
Félix Población
Doña Isabel Burdiel, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, expresa hoy en el diario El País su preocupación porque la católica iglesia vuelva a tener en cuenta -y así lo exponga- a la monarquía en sus oraciones. Hace para ello una obligada referencia al reinado de Isabel II, con quien se inició el doble juego y la doble moral que arrastró a todos los monarcas decimonónicos (y no tan decimonónicos) al conflicto partidista en el cual la posición de la Iglesia desempeñó un papel decisivo. Obstáculos tradicionales fue el calificativo con que don Salustiano de Olózoga denominó el impedimento para que el liberalismo pluralista se asentara en España. Específicamente, el entorno reaccionario y clerical que finalmente costaría el trono en 1868 a quien fue llamada reina de los tristes destinos. Doña Isabel Burdiel, como demócrata impía, se preocupa por esos rezos porque siempre que se hacen notar suenan, en la historia de nuestros reyes y en la nuestra, a sometimiento simbólico y a advertencia. Nos tememos que en la apropiación de la Monarquía todo vale: los rezos y Jiménez Losantos. Si Juan Carlos I no se implica, hay que implicarlo.
Dicho lo cual, y a expensas de que el curioso lector preste la atención debida al artículo reseñado, no me parece un error de protocolo la fotografía que ilustra hoy las portadas de los principales periódicos del país, como algún medio señala. Personalmente me resulta mucho más confortador y coherente con el tránsito democrático que compete hoy a la Corona que, con motivo de la inauguración del nuevo Museo del Prado, no haya sido una de las muchas pinturas alusivas a la Corte española la que sirviese como fondo a la foto oficial.
Don Antonio Gisbert, autor del cuadro elegido para esa instantánea, pintó El fusilamiento de Torrijos por encargo del gobierno liberal del señor Sagasta, bajo la regencia de doña María Cristina. Se trata de un alegato en defensa de la libertad, reflejo final de la sublevación protagonizada contra el absolutismo de Fernando VII por quien fuera ministro de la Guerra durante el trienio liberal. El hecho de que don Juan Carlos I sea descendendiente de aquel monarca felón no constituye una razón muy consistente para conceptuar como fallo de protocolo la plasmación de la fotografía.
Antes bien estimo lo contrario, que la foto me parece todo un acierto de puntual y atinada relevancia en las circunstancias actuales. Me baso para ello en el último párrafo del artículo de la señora Burdiel, donde se refiere a las filtraciones de aquella cena hace unas semans en Palacio en la que la señora Aguirre sugirió a don Juan Carlos I un trato humano para ese acosado locutor cuya libertad y expresividad podrían peligrar. Se filtra -dice doña Isabel- que el Rey se pregunta quién es, en realidad, el maltratado y se filtra que espera algo más que oraciones. Como penúltima vuelta de tuerca no está mal. Cualquier "reacomodo" mediático de dicho locutor será interpretado como una intervención del monarca, como un atentado contra la libertad de expresión por parte del garante de la libertad de todos. Chapeau, que diría Voltaire. A su pesar, la Corona ya es visible en la arena política de la España democrática del siglo XXI y a lo lejos se oye el ruido de los rezos habituales.
Pienso que la fotografía del Prado trata de hacer visible a la Corona en otra arena distinta a la que el vídeo regio de Rajoy, el Capo de la COPE con sus soflamas abdicatorias y los trisagios eclesiales pretenden, sin obstáculos tradicionales propios de la esperpéntica Corte de los Milagros.





















