lunes, 22 de octubre de 2007

Los otros sacerdotes mártires de la dictadura de Pinochet

Lazarillo

Recientemente, la presidenta de Chile Michelle Bachelet visitó al romano pontífice en El Vaticano. Benedicto XVI tiene pendiente para el próximo día 28 una cita con la iglesia española a fin de beatificar a casi medio millar de religiosos y sacerdotes asesinados en la Guerra Civil por facciones generalmente incontroladas del bando republicano. Son sus únicos mártires, con los que la jerarquía eclesiástica reafirma el aprecio o afinidad por uno de los bandos contendientes, el rebelde, culpable de una dura y larga dictadura bendecida por las preces y amparada bajo palio en las ceremonias solemnes de las catedrales, en detrimento de aquellos otros de sus miembros que fueron asesinados por los forjadores de ese régimen contrario a la dignidad y el derecho de las libertades. Por eso, y porque con Chile nos vincula la lacra histórica de haber soportado un golpe de Estado fascista que comportó un riguroso y dilatado periodo de represión, no me resisto a insertar el artículo del padre jesuita don José Aldunate que recuerda a la alta curia vaticana el asesinato durante la dictadura del general Pinochet de unos cuantos mártires de la fe en un Cristo liberador y solidario con los perseguidos, sin plaza en el beaterio apostólico y romano. A los que se mencionan, alguno de ellos español, habría que añadir además cientos de curas -muchos de ellos extranjeros- que fueron detenidos, torturados o expulsados grotesca y arbitrariamente de Chile. Desconozco si la señora Bachelet ha tenido en cuenta a todos ellos en algún momento de la audiencia que le concedió su santidad hace unos días.

Mártires de la fe

Es bueno recordar a seis sacerdotes que, insertos en las poblaciones marginales y entregados con generosidad al cuidado de su gente, fueron detenidos como agitadores, torturados y muertos por la dictadura.
El español Juan Alsina
(que aparece en la foto) era un sacerdote-obrero y jefe de Personal del Hospital San Juan de Dios. Era una personalidad valiosa, muy querido y respetado. El 19 de septiembre de 1973, poco después del golpe de Estado, fue detenido, golpeado y durante esa misma noche fusilado en el Puente Bulnes, sobre el río Mapocho. "No me vendes la vista", le dijo a su fusilero, "quiero verte y perdonarte".
El 18 de septiembre detuvieron en Temuco a Wilfredo Alarcón, amigo y defensor de los mapuches. Con la complicidad de ciertos dueños de fundo, los carabineros lo llevaron a las orillas del río Cautín, donde lo fusilaron. Con tres balas en el cuerpo, cayó al río pero logró salvarse. Luego quedó recluido en el Hospital de Temuco, el obispo de la época lo rescató, ocultó y luego sacó rumbo a Argentina. En la actualidad vive y hace cientos de crucifijos con raíces de árboles para agradecer a su amigo Jesús que lo acompañó y lo salvó en su Vía Crucis.
El 22 de septiembre, un pelotón de marinos detuvo en un cerro de Valparaíso a un joven sacerdote anglo-chileno, Miguel Woodward. Educado en Inglaterra, había vuelto a su Valparaíso natal con el propósito de dedicarse a la atención de los más pobres. Fue torturado en el buque escuela Esmeralda, entonces convertido en una mazmorra. Llegó fallecido al Hospital Naval. Ocultaron su cuerpo. Todavía lo anda buscando su hermana Patricia. Mientras, la Esmeralda es rechazada en la mitad de los puertos del mundo debido a que tiene manchada su blancura con sangre.
El 21 de octubre, un joven sacerdote salesiano, Gerardo Poblete, fue torturado en una comisaría de Iquique hasta morir. Nacido en Chuquicamata, él era profesor en el colegio de la orden en Iquique, donde estudiaban muchos hijos de militares. De ahí las sospechas absurdas y la prepotencias. La congregación le hizo un solemne funeral en reparación en la Gratitud Nacional de Santiago.
El 25 de octubre de 1974 fue sacado de la celda número 13 del centro de detención de Cuatro Álamos, Antonio Llidó Mengual, durante muchos años pastor en Quillota. Había sido torturado con crueldad. Nunca se le volvió a ver. Su radical entrega al pueblo chileno lo llevó a la clandestinidad. Sacerdote y compañero hasta el fin.
Fue, finalmente, en otro septiembre, de 1984, que una bala puso fin a la vida de André Jarlan, sacerdote de la parroquia La Victoria.Él había dejado Francia para insertarse en una oscura y peligrosa parroquia de un sector marginal de Santiago. Sus amigos fueron los jóvenes drogadictos, quienes llevaron en hombros su cuerpo para celebrar en la Catedral de Santiago sus funerales.
Todas estas personas se jugaron la vida por asegurar las del resto y por el bien del hermano más necesitado. Fueron así mártires en el sentido de testigos (martyr en griego significa testigo) de aquel "mayor amor" que Jesús pide a sus seguidores. Los recordamos estos meses.