Diario del Aire
martes, 5 de mayo de 2026
"EL ÚLTIMO PRESIDENTE", JUAN NEGRÍN LLEGA AL TEATRO
ESTA CACERÍA TAMBIÉN LE AFECTÓ A USTED, INGENUO SEÑOR GARCÍA ORTIZ
GRITOS CON CITA Y GLOSA (LXXIV): CONOCIMIENTO E INTENCIONALIDAD DEL SANO ESCEPTICISMO
LOS INSULTOS COMO SÍNTOMA DE UNA DERECHA CORROSIVA PARA LA DEMOCRACIA
Félix Población
Conviene recordar, ya que David Torres no lo tuvo en cuenta en cuenta a la hora de otorgar dos sillones de la RAE al líder absoluto de Vox (los de la H y P mayúsculas), que no fue este partido ni Abascal los que empezaron a insultar al Presidente del Gobierno, sino la presidenta de la Comunidad de Madrid, que lo hizo desde la tribuna de invitados del mismísimo Congreso, eligiendo para ello las iniciales de los dos sillones que concede a Abascal el firmante del artículo La lengua extensible de Abascal, que leímos ayer en el diario Público.
Fue quien representa al principal partido de la oposición con un alto cargo institucional y aspira sin ninguna duda a La Moncloa, quien dio origen a que Santiago Abascal la imitara con todos sus fieles adeptos coreándolo en los mítines que está dando por Andalucía. Sería muy de agradecer, entre los demócratas, que el electorado andaluz recapacitara y lo tuviera en cuenta en las próximas elecciones, pero no tengo en ello mucha confianza.
Si no fuera así, tanto respecto al Partido Popular como a Vox, y las encuestas previas publicadas hasta ahora confirmaran sus diagnósticos demoscópicos en las urnas, el grado de corrosión de la democracia en este país denotaría un avance más alarmante que preocupante, que debería empezar a tomarse quizá con menor humor, por satírico que sea, que el que pone en su artículo mi estimado colega Torres.
No se deberían seguir entregando gobiernos autonómicos voto a voto a quienes, faltos de ideas y proyectos, con una sanidad pública en Andalucía y Madrid cada vez más deteriorada en favor de la sanidad privada, se dedican a agraviar de modo burdo y tabernario al Jefe del Gobierno. Nunca se dio tal proceder en la historia democrática que hemos vivido y su infecta floración ahora es un síntoma evidente de que la derechas favorecen con ello una indudable degeneración democrática, por aquello de que a los insultos suelen seguirles las peleas, y este país debería estar muy harto de peleas.
Andalucía y sus electores deberán recapacitar en ello a la hora de ir a las urnas, incluso no habiendo frente a esta casposa regresión cívica y democrática de la derecha y extrema derecha -unidas para insultar y gobernar como nos consta-, una izquierda que sepa aglutinarse ante al creciente riesgo involutivo que comporta como grave síntoma degenerativo llegar a este tipo de lenguaje zafio e injurioso.
En suma, no debería repetirse en Andalucía lo ocurrido estos meses pasados en tres comunidades autónomas. Pero ¿y si sí?, como diría Mota. Pues nos mereceríamos otra vez lo que durante casi cinco décadas creíamos que era pasado, posiblemente porque no se hizo todo lo necesario y posible para que fuera interpretado democráticamente lo que supuso.*
*Leo con discreto optimismo que María Jesús Montero ganó ayer el debate televisivo, frente a Bonilla "hecho un lío, con papeles por los suelos e intentando ocultar su reconocido desastre de gestión, señalando como culpable de su incompetencia al Gobierno de Pedro Sánchez o a los gobiernos socialistas de hace ocho años y más. Desnudo".
DdA, XXII/6334
lunes, 4 de mayo de 2026
EL ESTADO ISRAELÍ MORIRÁ CON NETANYAHU, SEGÚN CAROLINA LANDSMANN
Prestemos mucha atención al artículo que firma en el prestigioso diario israelí Haaretz la periodista especializada en la política de aquel país Carolina Landsmann, que leemos gracias a la amabilidad de Rafael Araya, y en el que sostiene que el primer ministro israelí se irá, pero el Estado morirá con él, porque en lo que respecta al desmantelamiento del Estado sus logros han sido innegables. Ha logrado destruirlo todo, todo lo bueno, claro. No queda nada. Absolutamente nada. Nuestra sociedad se ha desmoronado, el ejército se ha desintegrado, los jueces se mueren de miedo, los medios de comunicación se han convertido en un reality show, la Knesset en un manicomio y la oposición comparte la visión de la realidad de Netanyahu ( Irán es una amenaza existencial; no hay solución para el problema palestino; solo los partidos sionistas deberían ocupar un puesto en el gabinete.
Carolina Landsmann
A propósito de hablar de un acuerdo de culpabilidad para el primer ministro Benjamin Netanyahu a cambio de su retiro de la vida política, en el que el presidente Isaac Herzog está trabajando; a propósito de los intentos de la Corte Suprema de ganar tiempo para posponer la "crisis constitucional" (es decir, la "toma de la Bastilla", también conocida como la corte, por "el pueblo", que, en lugar de conformarse con ser soberano, también quiere estar libre de todos los controles y equilibrios y "juzgar a los jueces"); a propósito de todos los cálculos electorales con respecto al número de escaños en la Knesset, el tamaño de los bloques y el entusiasmo por las fusiones políticas, que rápidamente se convertirá en una obsesión (Gadi Eisenkot se unirá a la lista conjunta de la oposición, o sentirá nostalgia por la maquinaria de veneno del gobierno) en el período previo a una elección "fatal": Lamento ser tan deprimente, pero nuestro destino ya está pasado. Todo ya sucedió.
«El Estado soy yo», ha insinuado Netanyahu durante casi dos décadas, y sus seguidores le han secundado la corriente. Y ahora es cierto. El Estado es él. Irónicamente, esta unificación del hombre y el Estado se hace evidente a medida que el primero se acerca a su fin («el fin de la era Netanyahu»). En la práctica, ambos están «muriendo» ante nuestros ojos: Netanyahu, el hombre, y la leyenda del padre fundador del Estado, Theodor Herzl.
Netanyahu se irá, pero el Estado morirá con él. Porque debemos admitir que, en lo que respecta al desmantelamiento del Estado, sus logros han sido innegables.
Ha logrado destruirlo todo, todo lo bueno, claro. No queda nada. Absolutamente nada. Nuestra sociedad se ha desmoronado, el ejército se ha desintegrado, los jueces se mueren de miedo, los medios de comunicación se han convertido en un reality show, la Knesset en un manicomio y la oposición comparte la visión de la realidad de Netanyahu (Irán es una amenaza existencial; no hay solución para el problema palestino; solo los partidos sionistas deberían ocupar un puesto en el gabinete).
El mundo odia a Israel, y el antisemitismo ha regresado a su cuna política. Ya no es la "nueva" versión crítica de izquierda (que se centraba principalmente en la política israelí y los defectos del sionismo), sino la vieja versión asesina de derecha (que adopta con regocijo la retórica de los "Protocolos de los Sabios de Sion"). La verdad es que, mientras nos volvíamos locos a nosotros mismos y al mundo con el Holocausto, mientras coreábamos "nunca más" hasta la saciedad, Netanyahu ha llevado al mundo al borde de una repetición de la historia.
La gente se engaña creyendo que aún hay una oportunidad: que él y el Estado son entidades separadas, que sobreviviremos a su mandato y que el futuro volverá a abrirse. Esta esperanza alimenta la estrategia de "ganar tiempo" adoptada por los jueces en el juicio de Netanyahu, por Herzog con respecto a la solicitud de indulto de Netanyahu, por el Tribunal Supremo en todas sus decisiones sobre los temas importantes (el servicio militar obligatorio, el mandato de Itamar Ben-Gvir como ministro de Seguridad Nacional, una comisión estatal de investigación sobre los fallos del 7 de octubre de 2023) y por la gran comunidad de opositores a Netanyahu que forman parte de las élites en el poder y que, a pesar de su retórica y protestas, se niegan a romper las reglas del juego.
Todos ellos sostienen al Estado y, por lo tanto, sostienen a Netanyahu, porque el Estado es él. ¿Cuál es la alternativa? ¿Evadir el servicio militar y dejar que el país se hunda? ¿Acabar con el Estado para deshacerse de él?
Si hay guerra, acuden al servicio militar. Pagan impuestos. Obedecen la ley. Se unen al gobierno cuando se les llama a filas. Lo defienden en los medios de comunicación extranjeros. Lo defienden ante la corte internacional cuando es atacado, incluso si los partidarios de Netanyahu los tildaban de traidores cinco minutos antes y cinco minutos después (como ocurrió con el expresidente del Tribunal Supremo, Aharon Barak).
¿Herzog va a desactivar esta bomba? ¿En qué planeta vive? La bomba ya nos ha estallado en la cara mil veces. Nos ha amputado las extremidades y nos ha arrancado el corazón. Estamos ganando tiempo con la esperanza de que sea posible extirpar el tumor y salvar el cuerpo, pero ya es una causa perdida. Es demasiado tarde.
Ante el inminente fin, persiste una pregunta: ¿Hay vida después de la muerte? Solo Dios lo sabe. Tendremos que morir para averiguarlo. Quizás tras la muerte del Estado nazca algo nuevo y experimentemos una reencarnación nacional. Pero lo cierto es que no podremos resucitar la vida que teníamos. No hay vuelta atrás. No hay futuro para el Estado tal como era. El Estado es él. Y su fin será su fin. Él lo mató.
HAREETZ DdA, XXII/6333
EL DÍA EN QUE PEPE MUJICA Y EL PAPA FRANCISCO HABLARON EN EL VATICANO (1)
Carlos E. Ahrensburg
LOS PRIMEROS FAROLES DE GAS EN UN LIENZO DE NEMESIO LAVILLA
Félix Población
Es muy probable que el nonagenario actor Nemesio Lavilla (también conocido artísticamente como Pedro Luis Lavilla), a quien tuve oportunidad de saludar este pasado verano con motivo de sus habituales estancias en Gijón durante el periodo estival, tenga conocimiento de la valiosa adquisición por parte del Museo Casa Natal de Jovellanos de una obra pictórica de quien fue su abuelo, Nemesio Lavilla Vicchi (1860-1946). Fue El Neme, como también se le conoce en Gijón, quien hace un par de años reivindicó la figura de este pintor gijonés, al que creo le sigue faltando una plaza, calle, centro cultural o colegio que lleve su nombre, tal como lo tienen otros pintores nacidos en aquella villa.
Años después del fallecimiento Lavilla Vicchi, no se si en su domicilio de la calle que llevaba entonces el nombre del general felón Aranda, en frente del Mercado del Sur, mi familia ocupó el piso superior al que debió de ocupar Lavilla, una vez cumplidos los diez años de destierro de mi padre en Valencia. Compartimos allí la modesta vivienda que ocupaban desde los años treinta mis abuelos paternos. Tengo entendido -aunque no lo puedo asegurar- que mi abuela, peluquera de profesión, disputó como realquilada el tercer piso al pintor y que por favorecer a este, que aspiraba a una mayor luminosidad en las estancias, se lo cedió o hizo algún tipo de trato con Lavilla, pasando mis abuelos a residir en el piso superior, más modesto.
Nemesín, como le llamaba su afectuosa madre, desertaría de un brillante carrera universitaria en Madrid en los años cincuenta del pasado siglo el día que conoció a una jovencísima Sofia Loren en el rodaje de la película Orgullo y pasión, en la que el nieto del pintor gijonés hacía de extra a caballo. Este primer contacto con el cine determinará su posterior trayectoria como actor en papeles siempre secundarios. Es de resaltar que el actor Lavilla uniría su vida, a lo largo de cuarenta años, con una pintora francesa, Michelle Philittop, fallecida hace unos años, y a la que considera una persona fundamental en su vida.
Los datos biográficos que leemos en la información publicada recientemente por el diario El Comercio acerca de Nemesio Lavilla Vicchi son insuficientes para saber qué fue de sus pinturas, dado que en el Museo Casa Natal de Jovellanos sólo hay ocho cuadros, pero lo cierto es que su hijo Ramón y familia pasaron una posguerra con mayores estrecheces que las habituales de aquel tiempo, algo que, de haber sido valorada la obra del pintor, posiblemente no hubiese ocurrido.
Tampoco se nos dice en el texto del periódico la procedencia del último cuadro adquirido por el citado museo, pintado a finales del siglo XIX y en el que se advierten las primeras farolas de gas que iluminaron el callejero urbano, encendidas sobre los muros del llamado martillo de Capua, en la confluencia de esta calle con la calle Ezcurdia, una construcción que aún se mantiene en pie como uno de los edificios más antiguos de aquella villa. Algo en cierta medida insólito en el centro de una ciudad donde el desarrollismo, a partir de los años sesenta, acabó con un valioso patrimonio arquitectónico sin ninguna reserva ni miramiento.
El lienzo, de 46,5 por 90 centímetros, capta desde un emplazamiento próximo a La Escalerona actual una panorámica de la playa de San Lorenzo una noche en que la luna, entre las nubes, se refleja en el mar. La obra data de los años 1898 y 1899, según leemos, y su autor, al contrario que el excelente pintor de marinas Juan Martínez Abades, con el que compartió estudio en la calle San Bernardo, o sus discípulos Nicanor Piñole y Evaristo Valle, no procedía de la burguesía local sino de un padre que era lampistero en la fábrica del gas y una madre que trabajaba en Tabacalera, sita en el antiguo barrio de pescadores de Cimadevilla. Pudiera ser que esas primeras farolas de gas encendidas sobre los muros del viejo caserón proyectado por Rodolfo Ibáñez por encargo de Alejandro Alvargonzález, fueran un homenaje a su progenitor.
Cabe también la posibilidad de que las consecuencias de la guerra, sobre todo para los vencidos, hubieran tenido sus efectos en la conservación y valoración de las obras pintadas por Lavilla. Si no, es difícil entender las estrecheces en las que vivieron sus descendientes en el tercer piso de la calle General Aranda, casi a expensas de las donaciones de víveres y demás ayudas que les suministraban amigos y vecinos.
De niño, cuando me encontraba con Ramón Lavilla en la semioscura escalera del edificio que habitábamos, sentía una especie de temor y conmiseración por su persona. Con su barba de días y su boina negra, mal vestido, y en ocasiones con algún vino de más en su mellado aliento, su figura enteca y vacilante subiendo con torpeza los escalones de madera con un saco cargado al hombro y una tablas de madera bajo el brazo para calentar la casa, aquel hombre de no más de sesenta y pico o setenta y pocos años me parecía un anciano pedigüeño de los que por entonces había en torno a los atrios de las iglesias. Ramón decía que había dejado de trabajar al final de la guerra por no hacerlo para Franco, sin que me conste si era así porque perdió su empleo después del conflicto y consideró más tarde avalar con esa razón no recuperarlo, ni ese ni ningún otro*.
*Desconozco si el también pintor Ignacio Lavilla Nava (1895-1980), que formó parte como periodista de la redacción de dos periódicos asturianos, El Noroeste y Avance, diario socialista en este caso dirigido por Javier Bueno Bueno (fusilado por la dictadura en 1939), fue hijo de Nemesio Lavilla Vicchi o tenía algún parentesco con él. El caso es que Ignacio Lavilla Nava (1895-1980) sufrió dos exilios. El primero en Francia y Bégica, después de la Revolución de Octubre de 1934 (Avance fue el periódico que la alentó), y el segundo en México, una vez terminada la Guerra Civil, en donde falleció. La fotografía, con la que Janel Cuesta ilustró un artículo sobre el periodista y pintor, se publicó en el diario El Comercio y nos lo muestra sentado en el centro de la imagen, acompañado a su derecha por el pintor Nicanor Piñole. De pie, detrás de éste, aparece el periodista y director durante décadas de El Comercio Francisco Carantoña, que en los último años de vida de Piñole favoreció la revalorización de su obra a partir de una gran exposición que tuve oportunidad de ver en la Biblioteca Nacional. La instantánea data 1958.
DdA, XXII/6333
FRANCISCO GONZÁLEZ PRIETO (EL ZANCARRU), PELUQUERO, POETA, MÚSICO Y FILÓSOFO
No sabemos si Francisco González Prieto, conocido por El Zancarru y también por Pachu'l Péritu, murió durante la guerra en Asturias, en 1937, o una vez terminada ésta con la ocupación de Gijón por las tropas sublevadas en octubre de ese año. Luis Miguel Piñera ha tenido la amabilidad de mandarme el capítulo que le dedica en sus Crónicas gijonesas, publicado recientemente en asturiano en el diario La Nueva España. Barbero de raro ingenio, un iluminado para no pocos, nos dice. Cita el cronista oficial de Gijón, entre quienes citan al protagonista de su artículo, al médico Carlos Martínez, autor de unas valiosas y entretenidas memorias (Al final del sendero), en las que cuenta con detalle la proclamación de la Segunda República en aquella villa, así como otros pormenores del azaroso tiempo en que vivió.
Luis Miguel Piñera
Su nombre real era el de Francisco González Prieto (Gijón, 1859-Siero, 1937) y este peluquero —que fue líder en Gijón de la Sociedad de Oficiales de Peluquería y Barbería— era además poeta, músico, filósofo y dramaturgo. Hombre de vasta cultura, bajo de estatura, con pelo enmarañado, y que fomentaba una imagen de heterodoxia, Francisco González Prieto era conocido tanto por «El Zancarru» como por «Pachu´l Péritu». Péritu como esdrújula. En el Registro Civil de Nacimientos del Concejo de Gijón que se conserva en el Archivo Municipal vemos que nació en Gijón el 8 de noviembre de 1859 a las cuatro de la mañana, y que le pusieron los nombres de Francisco Antonio.
Fue el dueño de la peluquería «La Bella Luna», en la calle de Menéndez Valdés, y luego de otra que llamó «El Fígaro» en la calle de Begoña frente por frente a la calle de Pedro Menéndez. En sus peluquerías se mezclaban anuncios como «Se hacen añadidos y bisoñés» con otros del tipo «Nadie entre que no sepa matemáticas» o «Se dan clases de latín, griego y guitarra». Clases que él mismo impartía, lo mismo que eran suyos los poemas anunciadores. «Y allá os vaya, pues en mi barbería / a la luna imitarla yo pretendo, / para vuestro servicio si la tengo / pero yo exijo de vos simpatía. / En mi tienda sabéis que se trabaja, / se afeita, se corta el pelo con esmero / también en domicilio, en vuestra casa, / se componen a los niños el cabello. Menéndez Valdés 45 sin más tasa / ser vuestro servidor eso yo quiero».
Fue «El Zancarru» profesor de música, escribió sobre Jovellanos, disertó sobre Einstein (refutando sus teorías), sobre Sigmund Freud también, y sobre «si la luz pesa o no pesa». Uno de sus libritos es «La Crónica de Gijón» editado por La Industria en el año 1904 donde relaciona hechos de la historia de Gijón desde la prehistoria «cuando Gixán, bisnieto de Tubal que a su vez fue nieto de Noé, fundó Gixa que luego sería Gijón» hasta 1899 cuando se inaugura el Mercado del Sur. El librito tiene tres partes: La Gijia Antigua «desde tiempos fabulosos hasta su destrucción en 1396»; La Nueva Gijia «desde su reconstrucción hasta 1799», y El Gijón moderno «desde 1800 hasta nuestros días».
Relaciona una noticia por año, más o menos, y noticias diversas como en 1801 la prisión de Jovellanos; que en Gijón había 7.000 vecinos en 1820; que en 1836 entraron en Gijón las tropas carlistas al mando del general Sanz; la fecha de inauguración de muchas fábricas y lugares de ocio; en 1851 «se construyó el Asilo de Mendicidad en la calle de Jovellanos», o que en el año 1856 unos calderones fueron perseguidos por un pez espada en la playa de San Lorenzo. En 1867 «el acróbata Casali anduvo la maroma desde la torre de la Colegiata hasta la fuente de La Barquera». En la misma portada ya lo reflejaba: «Obra de consulta indispensable para conocer la historia de Gijónۚ». Además incluía unos poemas en llingua asturiana…
De ese librito ―«La Crónica de Gijón»— de formato muy pequeño y con 64 páginas, solamente conocemos la existencia de un ejemplar en las bibliotecas públicas de la ciudad: en la biblioteca del Muséu del Pueblu d´Asturies, procedente del fondo de Patricio Adúriz.
Patricio Adúriz fue el cuarto cronista oficial de Gijón y Fabriciano González «Fabricio» el segundo. Fabricio recuerda en uno de sus artículos de la serie «Tipos populares de Gijón» al abuelo materno de «El Zancarru», a Alonso «El Zancarru Vieyu» y su chistera muy famosa en el Gijón de la década de 1880, en tiempos infantiles de Fabricio: «Quizás en sus mocedades haya sido una prenda de ocho reflejos pero en nuestros tiempos no tenía más reflejos que el de la mugre y polvo que la envolvían como materia roñizante y contra la cual eran impotente el cepillo, como no fuera de carpintero».
Y se acordaba también el cronista Fabricio del padre de Francisco González Prieto «El Zancarru», y lo describía: «José, yerno del señor Alonso y padre del popular poeta ya mentado, era achaparrado de cuerpo y taciturno de espíritu. En todo tiempo andaba a cuerpo gentil vistiendo pantalón a cuadros y chaqueta común de dos, entre americana y chaqué, con más reformas que la Constitución y más costurones que echó el sastre del Campillo. Se cubría con una gorra de piloto, de paño pardo, alta de copa y caída de visera que casi ocultaba los ojos de su dueño. Pero no la nariz, prominente y en forma de S invertida, ni el mostacho gris nicotizado».
En las memorias del médico Carlos Martínez, nacido en Ambás y exilado tras la Guerra Civil, «Al final del sendero» (1990) las tituló, leemos que «los que conocieron a Pachu'l Péritu, conocido también por el mote chabacano del Zancarru que no le cuadraba en absoluto, lo describen como una persona culta, que escribía muy bien, que sabía latín, y que fue por su ingenuidad presa fácil de torpes bromistas».
Escribió Francisco González Prieto («El Zancarru», «Pachu´l Péritu») sobre infinidad de temas, tanto en castellano como en asturiano. Fundó semanarios como «Ixuxú», colaboró con revistas gijonesas como «El Porvenir Asturiano», y fue bibliotecario de la Academia Asturiana de las Artes y las Letras. Barbero de raro ingenio, un iluminado para no pocos.
A lo expuesto por Piñera le ha añadido mi estimado amigo Manuel Antonio Goti del Sol está anécdota contada por su abuelo:
Me contaba el güelu Nemesio que, cuando pronunció [El Zancarriu] una conferencia para desmontar las falsedades de Einstein, la sala estaba abarrotada de gente que ovacionaba cada ocurrencia del orador. En mi familia, en la que las canciones eran obligadas en cualquier reunión, no podía faltar una con letra de El Zancarru. Seguramente en mi infancia y juventud de los años 50-60, la letra pudo llegar algo alterada pero lo que se cantaba, a ritmo de habanera, era lo siguiente:
Yo era inocente, descuidada y cándida,/ seguía los ruegos de un ardiente amor/ cuando los dos sentados en la orilla/ en una barquilla solían pasar./ Las olas que rugen, plácidas pasaban,/ las aves volaban hacia el amor,/ la risa romántica, las aves caían/ y en mi pecho latía tiernísimo amor./ Por qué te llaman reina y sultana/ si tú, inhumana, pruebas me das,/ sé que te olvidas hasta de mi nombre/y sé que a otros hombres tú sueles amar.
DdA, XXII/6333
sábado, 2 de mayo de 2026
EL LUCRO DE LA GUERRA EN GAZA HA ELEVADO A UNA NUEVA CLASE PRIVILEGIADA
La escritora palestina firmante del artículo en Al Jazeera señala que la guerra enriqueció a algunos habitantes de Gaza, especialmente a quienes se dedicaron a actividades ilícitas como el contrabando, el saqueo y el acaparamiento durante la grave escasez. Esta riqueza ahora se manifiesta de diversas formas, incluyendo cafés y restaurantes de lujo. Paralelamente, la gran mayoría de la población de Gaza ha caído en la pobreza extrema. Si bien antes de la guerra la persona promedio podía permitirse sentarse en un café a tomar algo y comer, hoy esto ya no es posible. El genocidio ha devastado a todos, incluso a quienes se han beneficiado de él
Eman Abu Zayed
Las redes sociales están repletas de publicaciones que muestran fotos y videos de cafés y restaurantes elegantes en Gaza. Las cuentas proisraelíes suelen usar estas imágenes para afirmar que la vida ha vuelto a la normalidad en Gaza, que la gente no sufre y que nunca hubo un genocidio. Estos cafés y restaurantes existen. Yo mismo los he visto.
A finales de
marzo, visité la ciudad de Gaza por primera vez desde que comenzó la guerra. Me
impactó la destrucción que había sufrido la ciudad. Había montones de escombros
en cada esquina. Incapaz de reconocer las calles, me sentía como si estuviera
caminando por un laberinto. Pronto llegué a una zona cercana que me sorprendió
aún más. Estaba llena de cafés nuevos que no existían antes de la guerra.
No se trataba de construcciones improvisadas ni temporales, como cabría esperar; estaban hechas con materiales costosos, pintadas con esmero, amuebladas con mesas, sofás y sillas elegantes, con fachadas de cristal y luces brillantes. Exudaban una atmósfera de lujo. Parecían tan fuera de lugar entre los escombros y los edificios semiderruidos que resultaba casi surrealista verlas. Estos nuevos establecimientos no demuestran que la normalidad esté regresando a Gaza. Son un testimonio de su continua anormalidad genocida.
La guerra enriqueció a algunos habitantes de Gaza, especialmente a quienes se dedicaron a actividades ilícitas como el contrabando, el saqueo y el acaparamiento durante la grave escasez. Esta riqueza ahora se manifiesta de diversas formas, incluyendo cafés y restaurantes de lujo. Paralelamente, la gran mayoría de la población de Gaza ha caído en la pobreza extrema. Si bien antes de la guerra la persona promedio podía permitirse sentarse en un café a tomar algo y comer, hoy esto ya no es posible.
La mayoría de la gente ni siquiera puede mirar estos nuevos lugares, y mucho menos entrar y pedir algo. La gran mayoría de la población de Gaza vive en tiendas de campaña, carece de electricidad y agua potable, y sufre la pérdida de sus medios de subsistencia. Sobreviven con la escasa ayuda que Israel permite que llegue. Soy uno de ellos. Mi familia y yo vivimos en una tienda de campaña cerca de los escombros de nuestra casa en el campamento de Nuseirat. Hemos perdido nuestro sustento. La vida cómoda que teníamos antes es ahora solo un recuerdo lejano.
Los costosos
establecimientos nuevos reflejan el orden social profundamente injusto que ha
surgido en Gaza, donde el lucro de la guerra ha elevado a una nueva clase
privilegiada y ha sumido a la gran mayoría en la miseria, sin acceso a una
educación adecuada, atención médica ni siquiera alimentos. El genocidio no solo
mató y mutiló personas y destruyó hogares y escuelas; eliminó la posibilidad de
una vida normal para la mayoría de los habitantes de Gaza.Principio
del formulario
No podía
permitirme los cafés elegantes, así que seguí caminando por la calle hasta
llegar a un restaurante más modesto, al que solía ir con amigos antes de la
guerra. Entrar fue como retroceder en el tiempo a los días previos a la guerra;
el lugar seguía igual, con las mismas sillas y mesas, y los olores familiares
que lo impregnaban.
Me senté a
observar, rememorando con cariño las horas que pasaba allí después de las
clases en la universidad. Pedí lo de siempre: un wrap de pollo, un refresco y
una ensalada pequeña. La cuenta fue de 60 séqueles (20 dólares), más del triple
de lo que pagaba antes de la guerra, cuando mi familia tenía unos ingresos
normales.
La cuenta del
restaurante, junto con el pasaje que pagué por el viaje compartido a la ciudad
de Gaza (15 séqueles o 5 dólares por trayecto), me costó una fortuna. Me sentí
culpable por haber gastado todo ese dinero para disfrutar de un atisbo de
normalidad.
Quienes tienen
la fortuna de poder permitirse ir a cafés y restaurantes en Gaza pueden
disfrutar de breves momentos de alivio, un escape temporal de los horrores de
la realidad. Sin embargo, estos momentos son limitados y suelen ir acompañados
de la ansiedad de regresar a las calles destruidas, al paisaje devastado por
los bombardeos y al trauma.
Mientras
estaba sentado en Al-Taboon, pensé en los amigos con quienes solía pasar el
tiempo: Rama, que fue martirizado, y Ranan, que escapó a Bélgica. Estaba allí
solo, aferrándome a esos recuerdos en medio de la grisura de los escombros de
Gaza y las luces de los cafés alimentados por generadores.
El genocidio
ha devastado a todos, incluso a quienes se han beneficiado de él. Ningún tiempo
que se pase en cafés y restaurantes elegantes podrá borrar jamás esta realidad.
AL JAZEERA Dda, XXII/6332









