viernes, 24 de abril de 2026

EL AMOR DE LA ULTRADERECHA A ISRAEL Y LAS URNAS

Después de analizar el amor de los partidos de extrema derecha por Israel y su gobierno, según demostró la reciente visita del presidente argentino a aquel país, el articulista estima, en el fragor de una guerra cada vez más impopular, que no sería extraño que las ultraderechas de Europa y de los Estados Unidos decidan alejarse progresivamente de Israel, no por pacifismo sino por intereses meramente electorales. Por suerte para Netanyahu, todavía cuenta con aliados como el mandatario argentino, que insiste en comprar un conflicto abierto con Irán, cuando sus pares ideológicos se están replanteando si es lo mejor para su propia estrategia de supervivencia política.


Daniel Kersffeld

Cantó, bailó, lloró, rio… En Tierra Santa, en apenas tres días, y durante los festejos por el Día de la Independencia, Javier Milei  vivió un cúmulo desenfrenado de sentimientos y emociones.

En el medio, el presidente argentino se definió nuevamente como uno de los principales aliados de Benjamin Netanyahu, volvió a insertar a Argentina en un conflicto absolutamente inconveniente y que ya generó dos atentados terroristas en su historia reciente y, desde un argumento mesiánico y cultural antes que político, señaló a Irán como un enemigo al que resulta imperioso derrotar. Poco faltó para calificar a la iraní como una civilización a la que se debía eliminar, como lo expresó Donald Trump en el punto álgido de la guerra en Medio Oriente.

Lo de Milei no es una excepción: desde hace ya varios años que las ultraderechas viven una suerte de encantamiento frente a Israel, a la que en muchos casos ven como una representación de sus máximas aspiraciones políticas. Hoy es sentido común lo que hace un par de décadas era impensable: las organizaciones ultranacionalistas convertidas en firmes actores sionistas…

El enamoramiento no es reciente y fue cultivado por Israel desde hace más de veinte años, bajo una lógica predictiva envidiable que imaginó que valía la pena dejar atrás viejas heridas y, en cambio, apostar por grupos y facciones, en muchos casos marginales, pero que, con el paso del tiempo, podrían ocupar desde cargos parlamentarios a ministerios y presidencias. Pragmatismo al mil por ciento y que, sin duda, tuvo sus resultado positivos.

El detonante de este acercamiento fue el ataque a las Torrres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 y el auge del “terrorismo islámico”, una expresión que se ocupó de condensar los nuevos terrores del siglo XXI en torno a expresiones religiosas y formas atávicas de denominarlas y enfrentarlas.

El extremismo de derecha comprendió que el cambio era inevitable si querían participar libremente en el juego electoral, sin condenas sociales. Fue una prueba de fe para su definitiva aceptación dentro de los marcos legales de las democracias y de los sistemas políticos occidentales que ya comenzaban a atravesar sus propias crisis de representación.

En las organizaciones radicalizadas de la derecha se comenzó a operar un cambio de amplias consecuencias. El miedo, como factor político existencial, sufrió un redireccionamiento clave: el judío sería “tolerado” (como hicieron los viejos liberales de los siglos XVIII y XIX) y, en consecuencia, el antisemitismo sería enterrado, aunque nunca destruido o erradicado. Y en lugar del “judío” otros colectivos serían responsabilizados por irradiar terror, como sucede con la población árabe e islámica en Europa, con los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, y con los trabajadores extranjeros, de países vecinos o de la región, cuando se contemplan las variadas expresiones de las ultraderechas latinoamericanas.

Quizás el caso más representativo de este cambio ocurrió en Francia cuando en la década pasada Marine Le Pen llevó adelante el pasaje del Frente Nacional a la Agrupación Nacional para reconvertirla en una organización de extrema derecha “moderna” que, por lo tanto, ya no rechazaba (al menos públicamente) a los judíos, sino que ahora combatía a la inmigración africana y asiática. El auto de fe de la dirigente, que de ese modo expresaría su renovado compromiso con la democracia, fue la expulsión en 2015 de su propio padre, Jean Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional y uno de los principales impulsores de la judeofobia en Francia en el último medio siglo.

El acercamiento a Israel fue el principal objetivo trazado por estas organizaciones, como prueba de su “desdemonización”. Así, ocurrió con Vox, de España; con Lega, de Italia, y con partidos de similar orientación en Países Bajos, Croacia, Finlandia, Grecia, etc. Este giro también tuvo lugar en el Partido Republicano de Estados Unidos, impulsado por la derecha y por sectores evangélicos sionistas. Por el lado israelí, fueron dirigentes ultranacionalistas como Bezalel Smotrich, Itamar Ben-Gvir y Gideon Saar, ente otros, quienes se ocuparon de tejer estas vinculaciones.

El atractivo que Israel ejerce sobre estos partidos puede medirse en varias dimensiones. En primer lugar, una visión clásica, impulsada más desde el cristianismo que desde el judaísmo, y que retoma argumentos vinculados a las Cruzadas, le otorga a esta nación un lugar de avanzada occidental en contra de los países árabes. Así, para la ultraderecha (aunque no sólo para ella) Israel debe ser sostenido a toda costa como la “última frontera” de los valores occidentales y racionales.

Por otro lado, el gobierno de Netanyahu encara como ninguna otra administración israelí la ambición de recrear una sociedad nacional a partir de una visión étnica particularista, y en la que el componente judío resulta excluyente. Es, seguramente, el aspecto más controversial en la cosmovisión actual de las ultraderechas, que hace un siglo llevaron adelante el exterminio de la población judía europea y que hoy, en cambio, defienden al ultranacionalismo israelí. Desde ya este aspecto no borra el antisemitismo histórico, sino que lo resitúa en la compleja trama generada por el quiebre de la globalización y por los nacionalismos exacerbados del siglo XXI.

Un tercer aspecto clave en la relación de las ultraderechas con Israel lo constituye la política brutal de Netanyahu contra los palestinos, pese a la amplia condena internacional y a las recomendaciones de organismos multilaterales y de derechos humanos para el urgente restablecimiento de la paz y el fin de la masacre de la población gazatí. Para los dirigentes de la extrema derecha, el Primer Ministro israelí es hoy en uno de los principales referentes del recurso armado contra civiles, enarbolando así un cuestionable imperativo de “seguridad de Estado” que, por cierto, estuvo prácticamente ausente en el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023.

No hay duda de que Milei y otros dirigentes se han dejado arropar por el misticismo y por el pensamiento religioso de sectores de la ultraderecha judía que resumen su visión del mundo en aspectos maniqueos y milenaristas, en guerras del bien contra el mal y en la recuperación de un paraíso perdido aplicando políticas económicas empobrecedoras y deshumanizantes…

Pese al esfuerzo de sus dirigentes, la vocación sionista de la extrema derecha está encontrando sus propios límites cuando se vulneran sus intereses aislacionistas y, más aún, cuando se pretende embarcar al Estado en conflictos no deseados. La actual guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán está replanteando varios ejes en la relación de estas derechas con el gobierno de Netanyahu.

De manera pública y visible, el antisemitismo tradicional de la ultraderecha está reapareciendo en la superficie en el trumpismo de MAGA y en organizaciones como Vox, colocando en entredicho a aquellos dirigentes que insisten en que sus armados políticos se han despojado de los aspectos más negativos de su pasado. En tanto que el régimen neofascista de Georgia Meloni decidió no renovar el actual acuerdo defensivo entre Italia e Israel, profundizando así la distancia con Trump.

En el fragor de una guerra cada vez más impopular, no sería extraño que las ultraderechas de Europa y de los Estados Unidos decidan alejarse progresivamente de Israel, no por pacifismo sino por intereses meramente electorales. Por suerte para Netanyahu, todavía cuenta con aliados como el mandatario argentino, que insiste en comprar un conflicto abierto con Irán, cuando sus pares ideológicos se están replanteando si es lo mejor para su propia estrategia de supervivencia política.

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¿TRAMA CORRUPTA? VAYA USTED A SABER, HACE TANTO TIEMPO...

 Las prisas que se da la justicia podrían dar pistas sobre algunas cosas. Por ejemplo, si uno es fiscal general del Estado, y en pocos meses lo están citando para ser juzgado porque el novio de Ayuso se ha pillado un rebote que casi estampa el Maserati, la cosa pinta mal. Si, por el contrario, la cita para que un mandamás del PP se pase por el juzgado a comentar un grave episodio de la democracia española, tarda 13 años en llegar, la cosa suele pintar amable, escribe Técé en CTXT, y añade: La entonces número dos del Partido Popular y el número uno Rajoy contaron lo poco o nada que sabían sobre aquella trama indigna para la democracia. Nada recordaban sobre lo que sucedió frente a las narices de la dirección de un partido beneficiario de aquel trabajo sucio. ¿Resulta indignante? Quién sabe. Hace ya tanto tiempo...Nunca tan cerca la política y la justicia del tinglado de la farsa, añado.


Gerardo Tecé

Hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. La frase de la semana es un clásico en las reuniones de viejos amigos. Paco, ¿te acuerdas cuando te quedaste dormido en los baños de aquel karaoke? Hace tanto que ya ni me acuerdo, respondería Paco, aún con resaca 20 años después. La frase se escuchó este jueves en la Audiencia Nacional y es que aquello se asemejaba bastante a una reunión entre amigos con Rajoy y Cospedal declarando ante la justicia 13 años después. A ver si, en calidad de testigos, recordaban alguna anécdota divertida de aquella batallita del pasado llamada caso Kitchen. Cocina en inglés. Cuando compramos la cocina, el tipo nos dijo que daba igual la marca de los electrodomésticos porque la obsolescencia programada hacía que todas durasen diez años. De habernos comprado la cocina cuando Rajoy le decía a Bárcenas que fuese fuerte, ya hubiéramos tenido que cambiarla. Trece años. Hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo, respondía Rajoy y el tribunal asentía como entendiendo que arrojar luz sobre una vida anterior y tan lejana no era fácil para el simpático registrador de la propiedad allí presente. Tanto tiempo hace que algunos protagonistas, como el falso cura que secuestró a la familia Bárcenas a punta de pistola buscando, para destruirlas, las pruebas que implicaban a los peces gordos del PP, ya falleció. Tanto tiempo que algunos no reconocen su joven voz en los audios. Tanto tiempo que toda una generación de españoles no conoció aquella trama que consistió en usar recursos del Estado para eliminar pruebas de corrupción y proteger a los corruptos. Una actuación policial normal y corriente, lo llamó Rajoy durante su breve declaración, década y media más tarde.

Las prisas que se da la justicia podrían dar pistas sobre algunas cosas. Por ejemplo, si uno es fiscal general del Estado, y en pocos meses lo están citando para ser juzgado porque el novio de Ayuso se ha pillado un rebote que casi estampa el Maserati, la cosa pinta mal. Si, por el contrario, la cita para que un mandamás del PP se pase por el juzgado a comentar un grave episodio de la democracia española, tarda 13 años en llegar, la cosa suele pintar amable. Llámenme observador si quieren. Preguntado Rajoy si él podría ser el “barbas” de quien hablaban los fontaneros de las cloacas, el tipo en lo alto de la pirámide de aquel intento por destruir evidencias de delitos, quien fuese presidente respondió: “Yo me llamo Mariano Rajoy y luego cada uno me llama como quiere”. La sala tuvo que aguantarse la risa con el simpatiquísimo Mariano. ¿Trama corrupta? Pues mire, vaya usted a saber, hace tanto tiempo que este humilde registrador no recuerda gran cosa. Normal. Demasiado ha hecho tomándose la molestia de venir usted hasta aquí, podría haberle dicho la presidenta del tribunal antes de pedirle un selfie y allí nadie se hubiese extrañado.

Cospedal, menos simpática que Rajoy, pero con idénticos problemas de déficit de magnesio, no recordaba si se había reunido dos, tres o quince veces con Villarejo homenajeando así a un chaval de mi barrio que, en plena sequía adolescente, aseguraba haberse liado con entre una y diez chicas. No las cuento, dijo con gran elegancia y cero credibilidad. En ninguna de las reuniones entre Cospedal y Villarejo, de las que hemos escuchado audios grabados por el expolicía, Cospedal le hace al dicharachero comisario ningún tipo de encargo, aseguró la exministra. No eran encargos, eran preguntas sin más, explicó. Ese pendrive que guarda Bárcenas debe de estar llenito de cosas interesantes, ¿verdad comisario? Tráiganme a un experto en sintaxis que me niegue que, con signos de interrogación de por medio, se trata de una simple pregunta. Y si en lugar de preguntar, Cospedal hubiese reconocido que daba órdenes tampoco hubiese pasado nada. No se la juzgaba ni tampoco al presidente emérito Rajoy, que a esa hora y cumplido el trámite, podría estar ya camino de Sanxenxo o Abu Dabi. Donde quisiera y sin dar explicaciones. La entonces número dos del Partido Popular y el número uno Rajoy contaron lo poco o nada que sabían sobre aquella trama indigna para la democracia. Nada recordaban sobre lo que sucedió frente a las narices de la dirección de un partido beneficiario de aquel trabajo sucio. ¿Resulta indignante? Quién sabe. Hace ya tanto tiempo...

CTXT  DdA, XXII/6324

LA NOVELA DE OSKAR MARIA GRAF EN LA QUE SE BASA LA SERIE "AMENAZA DE TORMENTA"


Oskar Maria Graf

Félix Población

Si quienes se toman la ocupación de leer este modesto DdA tienen oportunidad de ver Amenaza de tormenta, una miniserie muy recomendable de dos capítulos de 90 minutos cada uno dirigida por Matti Geschonneck, quizá se interesen por la vida y obra de quien escribió la novela en la que se basa el filme, titulada con más acierto Unruhe um einen Friedfertigen/Inquietud por un hombre pacífico. 

Se trata de Oscar Maria Graf (1894-1967), un autor al que el nacional-socialismo pasó por alto en principio, pero que, cuando residía en Viena, hizo que fuera finalmente condenado después de escribir Verbrennt mich/Quemadme, un artículo publicado en el diario austriaco Arbeitzeitung. 

La novela en la que se basa la miniserie aludida discurre en Baviera, tierra natal del escritor, durante el periodo de entreguerras, teniendo como marco histórico la gestación y nacimiento del nazismo en un entorno rural, una vertiente esta poco conocida que concentra a pequeña escala todo el carácter criminal de violencia, control y opresión del régimen político que se iba a imponer en Alemania y que, por centrarse en una pequeña localidad bávara, cobra una mayor dimensión dramática, muy aconsejable de recordar en los tiempos que vivimos. 

Con una ambientación sobria propia del entorno campesino y un guion muy preciso en su desarrollo que al parecer respeta al máximo la obra literaria en la que se basa, es de resaltar la interpretación de Josef Hader, el gran actor austriaco que encarna al zapatero de ascendencia judía, el hombre pacífico que da título a la novela, y que quizá sea un trasunto del padre del escritor bávaro, de profesión panadero como el propio Oskar Maria Graf en su juventud. 

Teniendo en cuenta que la obra de Graf es desconocida en España, me parece que algunos de sus libros, incluyendo el que ha servido de guion a la miniserie -máxime habiendo sido tan bien recibida-, podrían publicarse ahora en español. Llama la atención, al leer lo que Wikipedia publica de Graf, que  Das leben meiner Mutter/La vida de mi madre (1940), donde se cuenta la vida de Alemania desde Bismarck a Hitler,  sea la última obra que aparece en la bibliografía de este autor, cuando la novela que dio contenido a la serie mencionada, Unruhe um einen Friedfertigen/Inquietud por un hombre pacífico, fue publicada posteriormente. 

Toda la documentación sobre Oskar Maria Graf y sus libros, poemas, correspondencia y conferencias se encuentra en la University at Albany de Nueva York, en donde encontramos esta pormenorizada  sinopsis biográfica, en la que es de destacar lo que se dice respecto a que nunca dominó el inglés para conservar mejor su alemán: 

Oskar Maria Graf nació el 22 de julio de 1894 en Berg, a orillas del lago Starnberg, en Baviera, Alemania. Fue el menor de los ocho hijos supervivientes del panadero Max Graf y Therese Heimrath. Su padre, un panadero próspero, proporcionó un hogar y un entorno confortables a la familia Graf. Oskar ingresó en la escuela primaria de Berg en 1900; sin embargo, poco después de la muerte de su padre en 1905, comenzó un aprendizaje en la panadería familiar con su hermano mayor, Max. Aunque Oskar soportó casi cinco años bajo la estricta vigilancia de su hermano, en 1911, para escapar de los castigos, huyó a Múnich, donde se unió a un grupo bohemio. Entabló contacto con el círculo anarquista "Die Tat" y en 1912 viajó a pie a la región de Tesino, en el sur de Suiza, para unirse a una colonia anarquista. Se desilusionó con la colonia y regresó a Múnich. Durante este tiempo, mientras se ganaba la vida con trabajos ocasionales, comenzó a escribir poemas y cuentos. Sin embargo, no fue hasta 1914 que logró publicar varios de sus poemas en la revista expresionista Die Aktion (Berlín).

Graf fue reclutado por el ejército alemán en 1915 para servir en el Frente Oriental. Se declaró en huelga de hambre, fingiendo locura hasta que finalmente fue internado en un hospital psiquiátrico. En 1916, fue dado de alta del hospital y licenciado del servicio militar. Graf regresó a Múnich, donde trabajó en una fábrica y escribió reseñas para el periódico muniqués München-Augsburg Abendzeitung . En 1918, publicó su primera obra importante, Wir sind Revolutionäre , y se casó con su primera esposa, Karoline Bretting, con quien tuvo una hija, su única hija, Annemarie, un año después. Ese mismo año, conoció a Mirjam Sachs, prima de la poetisa Nelly Sachs, quien más tarde se convertiría en su segunda esposa. Más adelante, ese mismo año, participó en manifestaciones contra la guerra y, en 1919, tomó parte en una revolución que dio lugar a la efímera República Soviética de Baviera, y, tras su derrota, fue encarcelado por su participación.

En 1920, Graf se convirtió en el productor dramático del teatro obrero socialista "Die neue Bühne" en Munich, y en 1922 publicó Frühzeit y Zur freundlichen Erinnerung , seguido de Bayrisches Lesebücherl en 1924. Sin embargo, no fue hasta 1927 que Graf obtuvo reconocimiento internacional con la publicación Wir sind Gefangene . Graf continuó escribiendo, publicando Das bayrische Dekameron en 1928 y Kalender-Geschichten en 1929, seguido de Bolwieser: Roman eines Ehemanns en 1931 y Notizbuch des Provinzschriftstellers Oskar Maria Graf en 1932.

A principios de 1933, Graf se encontraba de gira de conferencias en Austria. Fue durante este tiempo, poco después del ascenso de Hitler al poder, cuando los nazis ordenaron la primera quema de libros. Con la excepción de *Prisoner's All* , los libros de Graf fueron recomendados en lugar de quemados por el régimen nazi. Esto impulsó a Graf a escribir su famosa "Verbrennt mich!" ("¡Quémame también!"), quizás una de las declaraciones antinazis más célebres, publicada en el Wiener Arbeiter-Zeitung el 22 de mayo de 1933. Graf permaneció en Austria en el exilio, donde vivió hasta 1934, trabajando como coeditor de la revista para expatriados alemanes Neue deutsche Blätter . En 1934, tras participar en un levantamiento político de trabajadores austriacos contra el régimen de Engelbert Dollfuss, Graf huyó a Checoslovaquia (Brno), donde permaneció hasta 1938. Se ausentó brevemente para asistir al Primer Congreso de Escritores Socialistas en Moscú, pero regresó a Brno, donde continuó escribiendo. Su novela Anton Sittinger fue publicada en 1937 por la editorial alemana en el exilio Malik en Londres.

En 1938, Graf abandonó Europa sin su esposa e hija y huyó a Nueva York. Mirjam Sachs lo siguió a Nueva York; sin embargo, no fue hasta 1944 que Karoline accedió al divorcio y la pareja finalmente se casó. La única hija de Graf, Annemarie, permaneció en Alemania al cuidado de su madre y, con el tiempo, se unió a una organización juvenil alemana bajo el régimen de Hitler llamada Bund Deutscher Mädchen (BDM). Graf, quien se oponía vehementemente a Hitler, nunca tuvo una relación cercana con su hija y no existen cartas entre ellos en la colección. Durante su estancia en Nueva York, Graf pronunció discursos ante grupos germano-americanos y escribió regularmente para el periódico neoyorquino en alemán Aufbau , dirigido por el hermano de su esposa, Manfred George. También llegó a ser presidente de la Asociación de Escritores Germano-Americanos durante este período.

Durante un breve periodo, Graf vivió en la colonia de artistas de Yaddo, cerca de Saratoga Springs, en el norte del estado de Nueva York, donde finalizó la versión alemana de su novela La vida de mi madre (Das Leben meiner Mutter), que retrataba la vida en Alemania desde la época de Bismarck hasta la de Hitler. Posteriormente publicó Unruhe um einen Friedfertigen, la historia de un zapatero judío asesinado por los nazis tras haber vivido muchos años plenamente integrado en la vida de un pueblo bávaro.

Graf no pudo regresar a Alemania inmediatamente después de la guerra. El régimen de Hitler no solo le había revocado la ciudadanía alemana, sino que además se negaba a firmar los documentos de ciudadanía estadounidense porque esto le obligaría a portar armas. Finalmente, en 1958, tras la eliminación de la cláusula sobre el porte de armas, Graf se convirtió en ciudadano estadounidense y, con su pasaporte estadounidense, pudo volver a visitar Alemania, algo que hizo cuatro veces antes de su muerte.

La segunda esposa de Graf, Mirjam, falleció en 1959 tras una larga lucha contra el cáncer de mama. Él nunca deseó regresar definitivamente a Alemania, alegando que no le gustaba la "Nueva Alemania" y que se sentía sumamente a gusto en su hogar de exilio en Nueva York. Nunca dominó el inglés, principalmente porque, como escritor, quería que su alemán permaneciera "puro". Fundó una tertulia alemana habitual llamada "Die blaue Donau" en Nueva York y, en 1962, se casó con su compañera exiliada Gisela Blauner, quien se había doctorado en jurisprudencia en Alemania antes de exiliarse. En 1964, Graf se convirtió en miembro correspondiente de la Academia de las Artes de Berlín.

Oskar Maria Graf falleció el 25 de junio de 1967 en Nueva York a causa de complicaciones derivadas de una neumonía. Sus cenizas fueron inhumadas un año después en Múnich, el 28 de junio de 1968. Le sobrevivió su tercera esposa, Gisela, quien colaboró ​​en la publicación de nuevas ediciones de sus obras y organizó exposiciones dedicadas a su vida y obra. Su hija, Annemarie Koch (1919-2008), y su nieta, Ricarda Glas (nacida en 1943), continuaron residiendo en Alemania.

DdA, XXII/6324

jueves, 23 de abril de 2026

LA BIBLIOTECA DEL ATENEO OBRERO DE GIJÓN



Lazarillo

Algunos tuvimos oportunidad, muchos años después, de consultar en nuestra adolescencia algunos de los libros de esta biblioteca en los que se mantenía el sello del Ateneo Obrero. Les puedo asegurar que aquello en plena dictadura daba un significado especial al ejemplar del libro que teníamos en nuestras manos. La palabra obrero prestaba a las páginas del libro toda la dignidad que pretendió quitarle aquel régimen, empeñado en utilizarla las menos veces posibles. Les sonaba mejor operario. Nada tan estimulante y efectivo para la cultura en la atribulada historia de este país como darle al sustantivo ateneo ese calificativo. Pena que cuanto contenía en su expectativa transformadora  fuera destruido por una guerra. Estanterías repletas de libros de la Biblioteca Popular Circulante del Ateneo Obrero de Gijón, fundada el 20 de julio de 1904 por un grupo de socios y que funcionaba paralelamente, aunque separada del Ateneo: cuota especial, Junta Directiva propia, autonomía de funcionamiento, etc. La propuesta tuvo mucho éxito pues se basaba en el modelo anglosajón del préstamo de libros para la lectura individual y doméstica, y permitió atraer a nuevos públicos (mujeres y niños) con resultados espectaculares: en 1930 tenía 1.870 socios, casi 10.000 volúmenes y 56.584 préstamos anuales. Además había una Biblioteca Fija "Magnus Blikstad" que acumulaba 3.000 volúmenes en sus anaqueles - Colección: Constantino Suárez - Muséu del Pueblu d'Asturies.

DdA, XXII/6323

LA ALIANZA ENTRE ALEMANIA Y UCRANIA, NÚCLEO DEL EJERCITO EUROPEO

Alemania necesita una alianza estrecha con Ucrania. Tiene un problema muy grave: su población y sus jóvenes. Eso de ir a la guerra, una vez más, por Europa y por la OTAN, no parece fácil de vender en este mundo marcado por el genocidio de Gaza y por la sumisión férrea de Alemania al Israel de Netanyahu. Una guerra ―nunca se dice― que tendrá su epicentro en Alemania, donde lo primero que llegarán no serán los T34 o los T-14 Armata sino los nuevos misiles hipersónicos rusos armados con ojivas nucleares. Se entiende por qué hay que seguir humillándose ante el emperador Trump; se entiende, sobre todo, por qué la asociación con Ucrania es necesaria: mano de obra, soldados, efectivos capaces de jugarse la vida por defender su patria. Es cierto, sus fuerzas armadas ya no son lo que eran, diezmadas por la muerte, los heridos, las deserciones y una población cansada, deseosa de un arreglo rápido. El núcleo dirigente que rodea a Zelenski necesita crear futuro desesperadamente, señales claras de que no se les obligará a negociar con Rusia y que el conflicto durará. Eso lo garantizan los predispuestos y, más que nadie, Alemania.



Manolo Monereo

para Miguel Candel

 

No es fácil pensar estratégicamente en un mundo plagado de conflictos.  La clave: atisbar las tendencias de fondo. La reacción contra el eje Netanyahu-Trump es tan comprensible  que no siempre somos capaces de entender que la política que efectivamente realizan tienen referentes claros, nítidos, en prácticas políticas arraigadas norteamericanas y que la llegada de una nueva administración demócrata no implicaría cambios sustanciales, entre otros muchos factores, porque los poderosos lobbies israelitas seguirán conservando su poder de veto en la política de un país que lucha desesperadamente por no perder su hegemonía. Se trata del poder global y de cómo mantenerlo. En esto hay pocas diferencias entre las clases dirigentes de los EE. UU.

Los frentes político-militares, las líneas de fractura del Viejo Orden están en procesos complejos de cambio, de transformaciones que de una u otra forma tienden a converger en un enfrentamiento general. Un lugar central sigue siendo Ucrania y el enfrentamiento que ―por intermediación y activo compromiso del gobierno de Zelenski― mantienen la OTAN y Rusia. Siempre retengo en mi retina y reproduce mi mente un mapa de un libro de Brzezinski (El gran tablero mundial. Página 92. Paidós 1998) donde se ve Europa y en su centro, en forma de montera, cuatro países unidos “Hacia el año 2010 ―dice el conocido geopolítico polaco norteamericano-― la colaboración política entre Francia, Alemania, Polonia y Ucrania, que involucraría a unos 230 millones de personas, podría evolucionar hasta convertirse en una asociación que realzaría la profundidad estratégica de Europa”. Añadiendo más adelante: “la principal meta geoestratégica de los Estados Unidos en Europa se puede resumir en pocas palabras: consiste en consolidar, a través de una asociación trasatlántica más genuina, la cabeza de puente estadounidense en el continente euroasiático para que una Europa en expansión pueda convertirse en un trampolín más viable para proyectar hacia Eurasia el orden internacional democrático y cooperativo”.  No lo voy a comentar, queda claro:  la UE y la OTAN como instrumentos para proyectar poder en Eurasia y asegurar que la cabeza de puente de los EE. UU sobre el continente sea efectiva. Siempre, dejando a un lado la cuestión de si ese “trampolín” contempla los interese estratégicos y la independencia nacional de la civilización- Estado rusa o, simplemente, lo consideran un asunto a vencer.

En dieciséis años han pasado muchas cosas. No entraré mucho en ello, solo indicar que la guerra en Ucrania, cuatro años después, ha cambiado enormemente el mapa geopolítico europeo y mundial. Lo primero, constatar que las cosas no salieron como se pensaba, Rusia no fue derrotada, la crisis económica y social no se produjo y el esperado cambio de régimen parece que aún tardara. Es más, lo datos delatan capacidad para absorber las sanciones económicas, financieras y comerciales, y una sorprendente inteligencia colectiva para convertir las agresiones en instrumentos para transformar el modelo productivo y ampliar el complejo científico, militar e industrial, fortaleciendo la operatividad de sus fuerzas armadas y manteniendo, un apreciable consenso social. Segundo, la Unión Europea, ese viejo protectorado de los EE. UU., ha cambiado y mucho. La ruptura con Rusia ha tenido consecuencias económicas, comerciales y políticas especialmente negativas. La dependencia de la potencia imperial se incrementó sustancialmente, la militarización de la política y de la sociedad se convirtió en un nuevo inicio, instrumento e impulso para una enésima refundación de la UE en horas bajas. Tercero, Alemania obligada a cambiar su modelo productivo y redefinir su papel en una UE en mutación. Su estrategia parece clara: seguir siendo un aliado imprescindible de los EE. UU., convertirse aceleradamente en una gran potencia político-militar y seguir reivindicando su papel dominante en Europa, también, en esta nueva fase ¿Qué es lo nuevo?  Que ahora lo quiere ser abiertamente y sin complejos. Wolfgang Streeck viene hablando desde hace tiempo de una Alemania hegemón de un imperio (neo)liberal UE; creo que hay mucha verdad en ello. El núcleo fundamental de la seguridad europea del que hablaba Brzezinski (Francia, Alemania, Polonia y Ucrania) ha cambiado mucho y va a cambiar mucho más.

Trump no abandonará la OTAN: no se entrega lo que se domina, se necesita y, al final, conviene a los intereses de los EE. UU. El presidente seguirá en su juego de amenazar, engañar, maltratar y despreciar a unos aliados siempre bien dispuestos y entregados. No lo seguirán en todas sus iniciativas porque no pueden hacerlo, entre otras muchas razones, porqué aún no se han creado las condiciones para legitimar ante las poblaciones los costes en vidas y recursos de las guerras de agresión al servicio de intereses de una potencia en declive. Este temor es compartido por Trump, simplemente espera que los demás pongan los muertos y él obtenga la victoria. Siempre quedará Israel, pero sus compromisos son problemáticos: pone sistemáticamente sus intereses en el centro de sus iniciativas militares y de seguridad y actúa, a la vez, como actor interno en la política norteamericana, con un papel preponderante en el circulo decisorio de Trump.  

No hay que hacer un gran esfuerzo para entenderlo. Si el enemigo es Rusia, si la Unión Europea se prepara para la guerra contra Putin en el 2029-2030, si hay un plan estratégico aprobado, generosamente financiado y operativizado para esas fechas por las instituciones europeas y coordinado al detalle con la OTAN, habrá guerra. Problema: sin los EE. UU. no la pueden ganar; insisto, sin la alianza atlántica organizada y dirigida por los estadounidenses no podrán derrotar militarmente a Rusia. La actual administración norteamericana lo ha dejado claro desde el principio y así se recoge en sus documentos básicos y en las sucesivas declaraciones de sus principales dirigentes. La prioridad de los EE. UU. es el Indo-Pacifico y contener a China, su único rival sistémico. La clave, recuperar el dominio sobre el hemisferio occidental, redefinir el papel de la OTAN, responsabilizando a Europa de la defensa de su territorio y de los costes económicos que ello supone. EE. UU., repito, no se retira, seguirá ahí con su poder nuclear, con sus bases y dirigiendo la alianza militar.

El verdadero problema de las clases dirigentes europeas, incluida la española, sigue siendo Rusia. Entendámoslo, éstas, representadas por el tándem von der Leyen-Borrell, se sumaron con entusiasmo a la guerra por delegación ucraniana contra Putin. Llevaban tiempo preparándose para ello, mucho tiempo, y la llegada de Biden aceleró el proceso. EE. UU. volvían a lo grande: primero Rusia, luego China. Era necesario defender el “Orden internacional basado en normas”, es decir, el poder unipolar norteamericano como condición material para su continuidad. Esa política fracasó y una de sus consecuencias fue la vuelta de Donald Trump. Esto es lo que nunca se tiene en cuenta. El nuevo presidente lo dijo claro desde el principio, esa guerra nunca se tuvo que producir y hay que encontrarle una salida realista.

Para la Unión Europea, aquí y ahora, la paz pasa por la derrota político-militar rusa. Sentarse a negociar con Putin sería aceptar unas condiciones logradas en frente militar y consolidadas en el plano político y económico; en este momento lo importante es ganar tiempo, jugando a fondo con las debilidades, cada vez más visibles, de Trump, y esperar. En noviembre hay elecciones parlamentarias en EE. UU., no está nada claro cómo terminará la guerra contra Irán, el sistema económico y financiero internacional está al límite y las consecuencias de una crisis energética pueden ser muy graves.  Toca esperar y verlas venir. Mientras, la Unión se rearma aceleradamente e inicia una enésima refundación hacia un poder supranacional más centralizado, menos burocrático, más liberal, con menos regulaciones ecológicas y sociales, comprometido con el incremento sustancial de los gastos militares y de seguridad de los Estados, más allá de las sacrosantas normas del “consenso de Bruselas” y que garantice el poder del nuevo núcleo duro: Reino Unido, Francia, Alemania y Ucrania.

Se dirá que el Reino Unido no está en la UE, tampoco Ucrania. Vivimos una etapa de excepción determinada por una guerra a plazo fijo.  Hoy el mando real, la dirección política efectiva, reside en la OTAN.  Desde ahí, se planifica la guerra total e integral contra Rusia, el llamado “Schengen militar”, las nuevas tecnologías aplicadas al control de las poblaciones (Israel, su experiencia, tecnología y métodos, es decisiva), las flamantes nuevas armas, la guerra cognitiva, una doctrina y una estrategia militar unificada. Desde ahí, se definen las políticas de sanciones (para Rusia, para China, para Irán), la supervisión de los grandes corredores geopolíticos, las políticas de recursos que afectan o pueden afectar a la operatividad de unas fuerzas armadas en proceso de transformación radical.

La reciente reunión entre Zelenski y Merz da muchas pistas sobre lo que se hace y lo que se quiere hacer. Por lo pronto, han convertido su relación en asociación estratégica y van a intentar coordinarse mucho más, inclusive para devolver los inmigrantes ucranianos en edad militar. La Historia nunca se va del todo y vuelve siempre que se producen reorganizaciones geopolíticas de poder. Las relaciones entre los alemanes y los nacionalistas de extrema derecha o simplemente fascistas han existido siempre, hasta ayer mismo. Nada une más que la necesidad: Merz y Zelenski están obligados a entenderse y tienen intereses comunes relevantes. No me refiero a algo que pueda acontecer próximamente, sino de algo que ya se puso en práctica y que ahora se consolida.

Las relaciones de poder están cambiando en la UE y en la OTAN. El predominio alemán preocupa, sobre todo, a Francia y a Polonia. Viejos problemas. Macron, habla y habla, ocupa titulares de prensa y decae como poder real. Polonia quiere ser la gran potencia militar de la zona, tiene cuentas pendientes con Ucrania y trabaja para construir un espacio-zona de influencia propio en torno a la Iniciativa de los Tres Mares. Además, no es un detalle menor, es aliado clave de los EE. UU. Las divergencias de las dos derechas duras que compiten por el gobierno polaco tienen mucho más que ver con el papel de las instituciones de la Unión en su apoyo a la hegemonía alemana que con el nivel de identificación con los supremos valores del europeísmo. El Reino Unido observa y permanece, aparentemente, en un segundo plano. Lo fundamental está garantizado, no habrá entendimiento con Rusia. A partir de ahí, frenar a Alemania, jugando unas veces la carta polaca y otras veces ―llevan siglos haciéndolo― la francesa, eso sí, siempre pendientes de los “primos” norteamericanos, como decía el gran John le Carré.  

Ucrania es, desde hace tiempo, parte decisiva de la OTAN. Dejó de ser un Estado soberano mucho antes de la intervención militar rusa y ahora es la vanguardia estratégica de la alianza. Ucrania es cada vez más dependiente del Occidente colectivo, en el plano financiero, económico, comercial, técnico-militar, logístico; todos sus recursos básicos como país están hipotecados y sobrevive a base de préstamos y donaciones. La dirección operativa está dirigida, organizada y supervisada por la alianza por medio de varios miles de asesores. El gobierno de Zelenski es parte fundamental y eslabón necesario en la política de rearme, articula de facto todos los planos, es decir, diseño, formación, ensayo de los nuevos equipos y arsenales y la aplicación de las nuevas tecnologías, especialmente la IA. Visto desde otro ángulo, Ucrania está sirviendo de preparación político-ideológica, técnico-militar, operativa, para la guerra con Rusia. No será la primera vez que un país cumple este papel en Europa.

Alemania necesita una alianza estrecha con Ucrania. Tiene un problema muy grave: su población y sus jóvenes. Eso de ir a la guerra, una vez más, por Europa y por la OTAN, no parece fácil de vender en este mundo marcado por el genocidio de Gaza y por la sumisión férrea de Alemania al Israel de Netanyahu. Una guerra ―nunca se dice― que tendrá su epicentro en Alemania, donde lo primero que llegarán no serán los T34 o los T-14 Armata sino los nuevos misiles hipersónicos rusos armados con ojivas nucleares. Se entiende por qué hay que seguir humillándose ante el emperador Trump; se entiende, sobre todo, por qué la asociación con Ucrania es necesaria: mano de obra, soldados, efectivos capaces de jugarse la vida por defender su patria. Es cierto, sus fuerzas armadas ya no son lo que eran, diezmadas por la muerte, los heridos, las deserciones y una población cansada, deseosa de un arreglo rápido. El núcleo dirigente que rodea a Zelenski necesita crear futuro desesperadamente, señales claras de que no se les obligará a negociar con Rusia y que el conflicto durará. Eso lo garantizan los predispuestos y, más que nadie, Alemania. No es extraño ver por todos lados al presidente de Ucrania ofrecerse y ofrecer sus fuerzas armadas, sus especialistas y sus drones para poner fin al bloqueo del estrecho de Ormuz, combatir a Irán, ayudar a las milicias yihadistas en El Sahel o amenazar físicamente a Orbán y recientemente a Lukashenko.

Del discurso sobre el ejército europeo, queda poco, casi nada; es un significante vacío que sirve para diferenciarse de Trump no para separarse de él ―eso nadie lo quiere realmente, nadie. Legitima el rearme y ―es lo fundamental― da cobertura a un nuevo inicio de la Unión Europea. Lo que se está ejecutando con el nombre del ejército europeo son las directrices impuestas por la administración norteamericana: que los europeos se ocupen de su defensa y la financien, que construyan una base industrial común adecuada y todo ello se realice en el marco de la OTAN.

 Manolo Monereo, Sevilla a 22 de abril del 2026

DdA, XXII/6323