El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia.
Fernando Buen Abad Domínguez
Hacer que se pudra la moral de los pueblos no es un “daño colateral”, es una estrategia central. Un pueblo moralmente descompuesto es más gobernable, más manipulable, menos exigente. Cuando la dignidad deja de ser una expectativa razonable, cualquier migaja parece un favor. La indignación selectiva remplaza a la ética estructural, y el morbo sustituye al análisis. La guerra cognitiva no busca producir sujetos malvados, sino sujetos desmoralizados, incapaces de imaginar una vida común que no esté atravesada por la humillación y el abuso.
Tal affaire Epstein no es únicamente un expediente judicial ni una crónica de excesos individuales, es un síntoma histórico que desnuda la fragilidad de la salud intelectual de los pueblos y la violencia simbólica que padecen en una intemperie semiótica cuidadosamente administrada. En ese espacio saturado de signos, imágenes y relatos fragmentarios, la verdad aparece deshilachada, sometida a un régimen de distracciones que anestesia la capacidad crítica colectiva. El caso irrumpe como un relámpago que ilumina, por un instante, la arquitectura del poder contemporáneo, pero pronto es envuelto en un manto de ruido, tecnicismos legales, morbo controlado y silencios estratégicos que neutralizan su potencia pedagógica. No se trata sólo de delitos atroces cometidos contra cuerpos vulnerables; se trata de la pedagogía inversa que el poder ejerce cuando logra que semejante horror no desemboque en una revisión profunda de las estructuras que lo hicieron posible.
Y ahora, la intemperie semiótica es ese estado en el que los pueblos reciben signos sin abrigo crítico, expuestos a narrativas que no buscan comprender sino administrar la indignación. El escándalo se dosifica, se serializa, se convierte en mercancía informativa y, finalmente, desmoraliza a los pueblos. La repetición de nombres, cifras y detalles sórdidos produce saturación y apatía moral. Así, lo que debería provocar conmoción ética duradera se diluye en el consumo rápido de noticias manipuladas. El problema no es sólo la falta de información, sino su organización al servicio del espanto.
En ese contexto, la respuesta gubernamental parece tibia, no por ausencia de claridad, sino porque ha sido sistemáticamente desarmada. Esa tibieza no es espontánea, es el resultado de décadas de pedagogía del cinismo. Se enseña, explícita o implícitamente, que el poder siempre escapa, que la justicia es un teatro selectivo y que la indignación profunda es ingenua o inútil. El caso Epstein, con su entramado macabro de élites financieras, políticas, mediáticas y culturales, confirma esa lección perversa, hay crímenes que, aun siendo evidentes, no encuentran un castigo político proporcional cuando rozan el corazón de la burguesía global. El mensaje es devastador para la salud intelectual de los pueblos, porque erosiona la idea misma de responsabilidad histórica. Esa toxicidad macabra de la burguesía no se manifiesta sólo en la acumulación obscena de riqueza, sino en la naturalización de la impunidad.
Es macabra porque se alimenta de la cosificación pedófila del otro, porque convierte cuerpos en objetos intercambiables y silencios en placeres burgueses. Y es tóxica porque contamina el tejido simbólico, cuando los responsables no enfrentan consecuencias claras, se instala la noción de que el daño es negociable, que la ética puede subordinarse al prestigio, al dinero o a la influencia. La muerte, la violencia y la explotación se vuelven externalidades del éxito. En ese marco, la tibia reacción institucional no es una falla del sistema, es su funcionamiento normal.
Sin embargo, el daño más profundo no reside sólo en los hechos, sino en la forma en que son narrados y procesados socialmente. La intemperie semiótica impide construir un relato emancipador que vincule el crimen con sus causas estructurales. Se personaliza el mal en el apellido Epstein para proteger al sistema que lo produce. Se habla del “monstruo” como excepción, evitando nombrar la red de complicidades, los valores que la sostienen y las prácticas económicas que la legitiman. Al aislar el horror, se protege la normalidad que lo incubó. Así, la burguesía aparece como espectadora escandalizada de su propio reflejo, fingiendo sorpresa ante una violencia que es coherente con su lógica de dominación.
Es necesaria la defensa de la salud intelectual de los pueblos con mucho más que indignación episódica, se requieren herramientas críticas para leer el mundo, para conectar los puntos, para resistir la fragmentación del sentido. Exige una alfabetización política y ética capaz de transformar el escándalo en conciencia histórica. Cuando esa salud está debilitada, la sociedad reacciona con espasmos de desprecio que no alteran el orden existente. Se condena el hecho, se lamenta la tragedia, se espera el próximo tema. El poder respira aliviado.
Un humanismo radical no puede conformarse con la administración del escándalo. Debe insistir en la dignidad como principio no negociable y en la memoria como práctica política. Recordar no es repetir morbosamente, sino comprender para transformar. El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia.
Por eso, la ética de la semiótica se vuelve una exigencia ineludible frente a la inmovilidad de los gobiernos, porque no basta con constatar el silencio institucional, es necesario interrogar los sistemas de signos que lo hacen tolerable. Cuando los estados eligen la parálisis, también eligen un lenguaje, una coreografía discursiva hecha de eufemismos, dilaciones procesales y declaraciones vacías que simulan preocupación mientras consolidan la impunidad. La ética semiótica obliga a desnudar esas operaciones, a mostrar cómo el poder gobierna no sólo mediante leyes o policías, sino mediante relatos que normalizan la inacción y transforman la ausencia de justicia en un hecho administrativo.
Callar, archivar, diluir responsabilidades o desplazar la atención, no son actos neutros, son decisiones simbólicas que impactan a la sociedad con la aceptación del abuso pedófilo y necrófilo como parte del paisaje sin confrontar la mentira, sin romper la anestesia narrativa y sin devolverle a los pueblos la capacidad de leer críticamente al capitalismo que impone todo, incluso –y sobre todo– con la complicidad de no moverse.
LA JORNADA MX. DdA, XXII/6288





