domingo, 15 de marzo de 2026

EL AFFAIRE EPSTEIN INTERPELA A LOS PUEBLOS A RECUPERAR SU CAPACIDAD DE JUICIO

 El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia.

 

Fernando Buen Abad Domínguez

Hacer que se pudra la moral de los pueblos no es un “daño colateral”, es una estrategia central. Un pueblo moralmente descompuesto es más gobernable, más manipulable, menos exigente. Cuando la dignidad deja de ser una expectativa razonable, cualquier migaja parece un favor. La indignación selectiva remplaza a la ética estructural, y el morbo sustituye al análisis. La guerra cognitiva no busca producir sujetos malvados, sino sujetos desmoralizados, incapaces de imaginar una vida común que no esté atravesada por la humillación y el abuso. 

Tal affaire Epstein no es únicamente un expediente judicial ni una crónica de excesos individuales, es un síntoma histórico que desnuda la fragilidad de la salud intelectual de los pueblos y la violencia simbólica que padecen en una intemperie semiótica cuidadosamente administrada. En ese espacio saturado de signos, imágenes y relatos fragmentarios, la verdad aparece deshilachada, sometida a un régimen de distracciones que anestesia la capacidad crítica colectiva. El caso irrumpe como un relámpago que ilumina, por un instante, la arquitectura del poder contemporáneo, pero pronto es envuelto en un manto de ruido, tecnicismos legales, morbo controlado y silencios estratégicos que neutralizan su potencia pedagógica. No se trata sólo de delitos atroces cometidos contra cuerpos vulnerables; se trata de la pedagogía inversa que el poder ejerce cuando logra que semejante horror no desemboque en una revisión profunda de las estructuras que lo hicieron posible. 

Y ahora, la intemperie semiótica es ese estado en el que los pueblos reciben signos sin abrigo crítico, expuestos a narrativas que no buscan comprender sino administrar la indignación. El escándalo se dosifica, se serializa, se convierte en mercancía informativa y, finalmente, desmoraliza a los pueblos. La repetición de nombres, cifras y detalles sórdidos produce saturación y apatía moral. Así, lo que debería provocar conmoción ética duradera se diluye en el consumo rápido de noticias manipuladas. El problema no es sólo la falta de información, sino su organización al servicio del espanto. 

En ese contexto, la respuesta gubernamental parece tibia, no por ausencia de claridad, sino porque ha sido sistemáticamente desarmada. Esa tibieza no es espontánea, es el resultado de décadas de pedagogía del cinismo. Se enseña, explícita o implícitamente, que el poder siempre escapa, que la justicia es un teatro selectivo y que la indignación profunda es ingenua o inútil. El caso Epstein, con su entramado macabro de élites financieras, políticas, mediáticas y culturales, confirma esa lección perversa, hay crímenes que, aun siendo evidentes, no encuentran un castigo político proporcional cuando rozan el corazón de la burguesía global. El mensaje es devastador para la salud intelectual de los pueblos, porque erosiona la idea misma de responsabilidad histórica. Esa toxicidad macabra de la burguesía no se manifiesta sólo en la acumulación obscena de riqueza, sino en la naturalización de la impunidad. 

Es macabra porque se alimenta de la cosificación pedófila del otro, porque convierte cuerpos en objetos intercambiables y silencios en placeres burgueses. Y es tóxica porque contamina el tejido simbólico, cuando los responsables no enfrentan consecuencias claras, se instala la noción de que el daño es negociable, que la ética puede subordinarse al prestigio, al dinero o a la influencia. La muerte, la violencia y la explotación se vuelven externalidades del éxito. En ese marco, la tibia reacción institucional no es una falla del sistema, es su funcionamiento normal. 

Sin embargo, el daño más profundo no reside sólo en los hechos, sino en la forma en que son narrados y procesados socialmente. La intemperie semiótica impide construir un relato emancipador que vincule el crimen con sus causas estructurales. Se personaliza el mal en el apellido Epstein para proteger al sistema que lo produce. Se habla del “monstruo” como excepción, evitando nombrar la red de complicidades, los valores que la sostienen y las prácticas económicas que la legitiman. Al aislar el horror, se protege la normalidad que lo incubó. Así, la burguesía aparece como espectadora escandalizada de su propio reflejo, fingiendo sorpresa ante una violencia que es coherente con su lógica de dominación. 

Es necesaria la defensa de la salud intelectual de los pueblos con mucho más que indignación episódica, se requieren herramientas críticas para leer el mundo, para conectar los puntos, para resistir la fragmentación del sentido. Exige una alfabetización política y ética capaz de transformar el escándalo en conciencia histórica. Cuando esa salud está debilitada, la sociedad reacciona con espasmos de desprecio que no alteran el orden existente. Se condena el hecho, se lamenta la tragedia, se espera el próximo tema. El poder respira aliviado. 

Un humanismo radical no puede conformarse con la administración del escándalo. Debe insistir en la dignidad como principio no negociable y en la memoria como práctica política. Recordar no es repetir morbosamente, sino comprender para transformar. El affaire Epstein interpela a los pueblos a recuperar su capacidad de juicio, a salir de la intemperie mediante la construcción colectiva de sentido. No para alimentar el odio, sino para desactivar la maquinaria que convierte el horror en rutina. La verdadera respuesta no será nunca tibia cuando la inteligencia colectiva se asume como responsabilidad histórica y cuando la ética deja de ser un adorno discursivo para convertirse en una práctica cotidiana de resistencia. 

Por eso, la ética de la semiótica se vuelve una exigencia ineludible frente a la inmovilidad de los gobiernos, porque no basta con constatar el silencio institucional, es necesario interrogar los sistemas de signos que lo hacen tolerable. Cuando los estados eligen la parálisis, también eligen un lenguaje, una coreografía discursiva hecha de eufemismos, dilaciones procesales y declaraciones vacías que simulan preocupación mientras consolidan la impunidad. La ética semiótica obliga a desnudar esas operaciones, a mostrar cómo el poder gobierna no sólo mediante leyes o policías, sino mediante relatos que normalizan la inacción y transforman la ausencia de justicia en un hecho administrativo. 

Callar, archivar, diluir responsabilidades o desplazar la atención, no son actos neutros, son decisiones simbólicas que impactan a la sociedad con la aceptación del abuso pedófilo y necrófilo como parte del paisaje sin confrontar la mentira, sin romper la anestesia narrativa y sin devolverle a los pueblos la capacidad de leer críticamente al capitalismo que impone todo, incluso –y sobre todo– con la complicidad de no moverse. 

LA JORNADA MX. DdA, XXII/6288

SÓLO 5.000 PERSONAS CONTRA LA GUERRA EN MADRID



Ana Cardo

Algo le debe pasar al personal que no anda muy consciente del carácter de lo que se está dirimiendo en Oriente Medio. Lo digo porque las movilizaciones que hubo ayer contra la guerra en Irán estuvieron muy lejos de ser las que se registraron hace más de veinte años, aunque entonces también se protestaba contra el gobierno falaz que había implicado a España en aquel conflicto. El que no haya que oponerse en esta ocasión a las decisiones gubernamentales, pues desde el ejecutivo se ha rechazado la guerra y se le ha dicho a Trump lo que no se le dijo a Bush*, no debería reducir hasta tal punto la capacidad de protesta de la ciudadanía, dado los graves riesgos que comporta la actual situación geopolítica. Hay que tener en cuenta que a la guerra iniciada en Irán hace semanas se une la masacre continuada en la Franja de Gaza, bajo un alto el fuego de pega (asesinato hoy de dos niños y sus padres en Cisjordania), y la guerra en Ucrania. En Madrid no se juntaron ayer más de 5.000 personas, a juicio de los organizadores, y en otras ciudades del país las cifras también se dejaron hicieron por ser muy bajas.  Algunos medios de información afines a la derecha y a la extrema derecha lo han celebrado hoy en sus titulares con el adverbio "sólo", como si estuvieran exentos de la que se puede armar gracias a sus ídolos, el genocida y su socio, si no se para esta barbarie.

*"No se puede apoyar a quienes incendian el mundo y luego culpar al humo que produce ese incendio". Pedro Sánchez.

DdA, XXII/6288

YA NO HAY RELATO: BOMBARDEAR MENORES ES UN EFECTO COLATERAL

La autora del artículo que se publica hoy en el diario El País piensa que ya no se puede ganar la batalla del relato porque ya no hay relato. El relato ha muerto. Quedó en brazos de Bush como un cadáver irresucitable el día en que se descubrió que aquello de las armas de destrucción masiva era un cuento chino, y que lo sabían. Parece que Aznar es el único que no se ha enterado y se ve que por eso no pide perdón. Ya no hay relato. No hay intención de encubrir las acciones bélicas con buenas razones. Ya no importa aquello de exportar la democracia, ni lo de liberar a mujeres de la esclavitud; ahora se sobreentiende que la infancia bombardeada es un efecto colateral.


Elvira Lindo

Solíamos decir que cuando el aceto balsámico, las berenjenas con miel o el rulo de cabra en ensalada llegaran al restaurante El Cruce sería porque la nueva cocina había tocado fondo. En cambio, el guiso popular se adapta a los fogones sofisticados con naturalidad porque cualquier potaje está testado por millones de bocas que a lo largo de los siglos encontraron en ese sabor espeso y cálido la fórmula del consuelo ante la intemperie. El viaje gozoso de los sentidos, del olfato al gusto, del gusto a la barriga. La barriga caliente, el mejor inductor al sueño de niños y viejos.

Con el lenguaje ocurre igual: dura más aquello que viaja de abajo a arriba. La expresión que se inventa en la calle, o alguna otra que brilla en la literatura popular, se pone en boca del pueblo, se asienta en la lengua y al cabo de los siglos pierde la autoría y casi el origen, aunque el diccionario de Manuel Seco indague en ese viaje fascinante. Está ocurriendo ahora un caso a estudiar: abundan en tal grado los contertulios y sus consabidas tertulias políticas que, cuando alguno introduce una palabra nueva, que puede ser local o un anglicismo recién importado, y tiene éxito y cunde, se produce el milagro: los tertulianos se enamoran de la nueva expresión y se aferran a ella como si no hubiera otra que pudiera sustituirla. A esto se añade que, cuando un término novedoso se comparte con tu gremio, sientes que estás definitivamente integrado en una élite de personas bien informadas que saben desentrañar lo que nos pasa.

Como no hay manera de ponerse frente a la tele y que no haya una tertulia diseccionando la muy consabida batalla del relato, expresión que se amolda a las necesidades de cualquier asunto, y como la tele solo la ven en la actualidad las personas de cierta edad, me encuentro esperando a que dicha batalla del relato llegue a la boca de mis mayores (todavía tengo mayores). Me da cierto dolor de corazón que las personas que tantos cuentos han narrado a hijos y nietos puedan usar la palabra relato en esta nueva acepción, que ha desterrado otros términos sólidos, como punto de vista, versión o interpretación de los hechos, y que ahora parece servir tan solo para describir justificaciones políticas, dejando su viejo sentido literario, policial, incluso oral escondido en el baúl de los recuerdos.

Es una palabra secuestrada. Estoy esperando a que mi nonagenaria tía, la que tantas veces contó El enano saltarín, la que tiene la cabeza mejor que usted y que yo y que por un problema de cadera, ay, esas caídas, pasa unas horas escuchando a tertulianos, interviniendo eso sí desde la butaca ergonómica con un vocabulario envidiable, me suelte un día de estos lo de la batalla del relato. Lo espero y lo hará, porque pensará que es su manera de decir “aún sigo aquí”.

Pero en este futuro que nos roba el presente y no nos deja vivir en paz, la palabra “relato”, en el uso que se le da para definir las excusas que los poderosos nos dan para ejecutar sus tropelías, ha perdido todo el sentido. Espero que se den cuenta los que desde los medios se aferran cada día al término como a un madero en alta mar. Ya no se puede ganar la batalla del relato porque ya no hay relato. El relato ha muerto. Quedó en brazos de Bush como un cadáver irresucitable el día en que se descubrió que aquello de las armas de destrucción masiva era un cuento chino, y que lo sabían. Parece que Aznar es el único que no se ha enterado y se ve que por eso no pide perdón. Ya no hay relato. No hay intención de encubrir las acciones bélicas con buenas razones. Ya no importa aquello de exportar la democracia, ni lo de liberar a mujeres de la esclavitud; ahora se sobreentiende que la infancia bombardeada es un efecto colateral. Estamos ante una crueldad sin argumento. Y quien aún viva en la época en que hablar de relato tenía sentido, quien crea que el gran Patán piensa antes de actuar, ignora de qué va el cuento.

EL PAÍS  DdA, XXII/6288

sábado, 14 de marzo de 2026

QUE LEÓN DEJE DE ESTAR EN BABIA

Es de esperar que mañana en las urnas haya algún tipo de reacción para que lo que dice el escritor leonés en su artículo publicado en el diario La Nueva Crónica no sea tan taxativo o resulte algo menos notorio, según viene ocurriendo en las elecciones autonómicas que se han sucedido en Castilla y León a lo largo de casi cuarenta años: Babia no está en León, es León quien está en Babia. Y así le va.

Cartel de ‘Estás en Babia' elaborado por Manuel Sierra. | L.N.C.
Cartel de ‘Estás en Babia' elaborado por Manuel Sierra. | L.N.C.

Juan Pedro Aparicio

En español existe una expresión muy conocida: “estar en Babia”. Todos sabemos lo que significa. Se utiliza para describir a alguien distraído, ausente, con la mente en otro lugar. Cuando una persona no escucha, no reacciona o parece ajena a lo que ocurre a su alrededor, decimos sencillamente que está en Babia.

Lo curioso es que la frase no nació en el lenguaje abstracto, sino en la historia. Y esa historia conduce a una comarca de montaña del antiguo reino de León, llamada Babia. Comprender cómo surgió la expresión permite ver cómo un hecho concreto terminó convertido en metáfora universal. Pero también invita a plantear una reflexión más incómoda: quizá hoy la frase no sirva para aludir a Babia, sino a León.

Babia es un nombre muy antiguo. Los lingüistas creen que podría proceder de raíces prerromanas relacionadas con el agua o con los valles húmedos, algo que encaja bien con el paisaje de la zona. Muchos topónimos de la montaña leonesa —como Luna, Omaña o Laciana— conservan también esas capas lingüísticas antiquísimas, anteriores incluso al latín. Babia era, por tanto, simplemente una comarca con una larga historia. Fue la tradición oral la que la transformó en símbolo: el símbolo de quien no entiende o no atiende a lo que ocurre, de quien vive ajeno a la realidad.

En la Edad Media los reyes leoneses no permanecían mucho tiempo en la cabeza del reino. Su verdadero trono era la silla de montar; no en vano se ha dicho de ellos que no sabían descansar. La corte era itinerante y el monarca recorría continuamente su territorio para impartir justicia, resolver conflictos o reafirmar su autoridad.

Se dice —no sé si con fundamento— que ciudades como León, Astorga, Benavente, Compostela, Oviedo o Zamora concentraban buena parte de la actividad política. Pero también concentraban intrigas, presiones de nobles y obispos y un sinfín de disputas. Cuando esas tensiones se volvían excesivas, los reyes buscaban refugio en las montañas del reino, en Babia: un territorio de praderas frescas, agua abundante y abundante caza, en el corazón de la cordillera Cantábrica y relativamente apartado de las presiones de la corte.

En ese contexto nació la frase que acabaría entrando en el lenguaje común. Se cuenta que, cuando alguien preguntaba por el rey y el monarca no estaba disponible, la respuesta era sencilla: “El rey está en Babia”. La expresión era literal, pero sugería algo más: que el rey no estaba atendiendo los asuntos del reino, que los problemas podían esperar, que el monarca se encontraba —al menos por un tiempo— fuera de la realidad inmediata.

Con el tiempo aquella explicación se llenó de una carga irónica. Decir que el rey estaba en Babia equivalía a insinuar que estaba ausente de los problemas políticos. Es fácil imaginar escenas repetidas una y otra vez: mensajeros con asuntos urgentes, nobles esperando decisiones, conflictos sin resolver… y la misma respuesta tranquilizadora: habrá que esperar, porque el rey está en Babia.

La expresión había ido cambiando poco a poco de sentido. Primero significaba simplemente que el rey se encontraba físicamente en Babia. Después insinuaba que estaba desentendido de los asuntos del reino. Finalmente el lenguaje popular la transformó en metáfora. De ese proceso nació el significado que ha llegado hasta hoy: estar en Babia es estar ausente del mundo real, distraído, ensimismado, sin entender —o sin atender— lo que ocurre alrededor.

La difusión del dicho, sin embargo, no se debió solo a los reyes. También lo llevaron por toda la península miles de pastores trashumantes. Cada verano rebaños procedentes de Extremadura o de La Mancha subían hasta las montañas leonesas siguiendo las cañadas reales reguladas por el Honrado Concejo de la Mesta. Babia ofrecía algunos de los mejores pastos de verano de toda la cordillera Cantábrica. Durante meses pastaban allí miles de ovejas merinas. Los pastores decían con naturalidad: “Las ovejas están en Babia”.

Y no deja de tener su lógica: lo natural para las ovejas era, precisamente, estar en Babia. Sea como fuere, de este modo el nombre de la comarca comenzó a escucharse por toda España. Reyes y pastores coincidían en algo esencial: Babia era un lugar apartado del ruido del mundo. El idioma hizo el resto y aquel territorio real terminó convirtiéndose en una metáfora universal de la distracción.

Pero también se cuenta otra explicación, inversa y quizá más verdadera, ligada igualmente a la vida pastoril. Según esta versión, eran los propios pastores leoneses quienes, al bajar con sus ganados a las tierras bajas para invernar, caían a menudo en una especie de ensimismamiento melancólico. Durante esos meses lejos de la montaña pensaban en lo que habían dejado atrás: sus novias, sus familias, sus montes. Al verlos así, abstraídos, se decía que “estaban en Babia”: su pensamiento había regresado a su tierra.

Aquí aparece la verdadera ironía de la expresión. Durante siglos se ha repetido como una simple broma lingüística, pero quizá encierra algo más profundo. Babia nunca ha estado ausente de la realidad. Ha sido una comarca viva, con comunidades fuertes, concejos abiertos y una tradición colectiva profundamente arraigada. Babia no estaba distraída; en todo caso quien estaba distraído era el rey que se refugiaba en ella… o los pastores que la añoraban desde la distancia.

Y entonces surge una pregunta inevitable. Si estar en Babia significa vivir de espaldas a los propios problemas, no reaccionar ante lo que ocurre alrededor o no defender los propios intereses, quizá la cuestión ya no sea dónde está Babia, sino quién está hoy en Babia. Porque pocas cosas encajan mejor en esa situación que un territorio en el que su ciudadanía vota desentendida  de su propio futuro, que acepta indiferente decisiones tomadas lejos de su tierra y que contempla con resignación cómo otros deciden por ella .

En ese caso, la vieja expresión medieval adquiere un significado inesperado. Babia no es el lugar de la distracción y el desinterés. Babia es simplemente una comarca de la montaña leonesa, con praderas, agua y una larga tradición comunitaria. La distracción y el desinterés están en otra parte: en esa sociedad que se ha acostumbrado a perder población, peso político e influencia sin reaccionar, en esa tierra que ve marcharse a sus jóvenes mientras acepta como inevitables decisiones tomadas lejos de ella y no pocas veces contra ella.

Por eso quizá convendría darle la vuelta a la frase que durante siglos hemos repetido con ligereza. Babia no está en León. Es León quien está en Babia.

LA NUEVA CRÓNICA DdA, XXII/6287

ESPAÑA NO DEBE SER UN PEDAZO DE MIERDA AL SERVICIO DE ESTADOS UNIDOS

 Escribe el autor del artículo en Nueva Tribuna que los que besan la bandera constantemente y apelan a Franco como salvador de la patria y ejemplo a seguir, no se sienten orgullosos de que España haya hecho valer su soberanía, su independencia, por el contrario, se sienten humillados y creen que se ha faltado el respeto al jefe supremo Donald Trump, que es, como antes Hitler, quien ahora lidera la construcción de un nuevo orden mundial basado en la ley del más fuerte. España, su España, la racista, la xenófoba, la aporófoba, la vengativa, la abusona, la insolidaria, la explotadora, sólo tiene una misión en el mundo después de su grandeza histórica: ser una nación servil, un pedazo de mierda al servicio de Estados Unidos y de la oligarquía.



Pedro Luis Angosto

Desde principios del siglo XX, pese a la guerra que nos declaró para quedarse con Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas del Pacífico, hay una tendencia en la derecha española, en lo más rancio e irreflexivo de ella, a poner por delante los intereses de Estados Unidos a los de la nación a la que dicen amar. Evidentemente no se trata de amor, se trata de interés, si la nación no dicta leyes que les hagan más ricos, si no protege adecuadamente sus rentas crecientes, si opta por la igualdad de oportunidades o por el mérito, si no privatiza de forma correcta, el amor torna en odio y las banderas se convierten en espadas y fusiles para aniquilar al traidor. España para ellos es una, la que está a su servicio, la que defiende a sangre y fuego sus tradiciones particulares, la que castiga al divergente.

No bastó aquel desastre del noventa y ocho para que el patriotismo español de pacotilla tuviese una herida incandescente, una úlcera siempre viva, pronto se olvidaron de la humillación, de las pérdidas materiales, de la ruina de la Hacienda. Vino la Guerra Civil que ellos mismos montaron contra la democracia con el apoyo de Hitler y Mussolini, con la anuencia de Gran Bretaña y Estados Unidos. La ganaron y millones de españoles vieron la muerte, el exilio, la tortura y el robo como eventos consuetudinarios. Desde el exilio se esperaba un cambio, el que vendría con el final de la guerra mundial, con la derrota de las potencias nazi-fascistas.

Europa no podía mantener dictaduras de ese corte, como la de Franco, Europa había optado por la democracia y había borrado del mapa a las potencias del Eje. Quedaba Franco, que se habría ido con un soplo, con un pequeño empujón de los vencedores con los que trataba de hacer amistad. La oposición primera de Churchill, luego la de Truman, contraviniendo los deseos de Stalin y Roosevelt que querían una democracia en España, impidieron que Franco fuese expulsado del poder, luego la Guerra Fría de Truman y los estrategas yanquis vieron que para sus intereses era mucho mejor mantener una dictadura en España, por el tiempo que fuese necesario, a establecer un régimen democrático.

Estados Unidos nunca fue amigo de la democracia, la democracia puede crear problemas, partidos que pongan en duda los acuerdos a firmar, protestas callejeras, denuncias de abusos, reclamos de soberanía e independencia, en fin, cosas que no son del agrado de quien sólo aprecia la genuflexión y el halago. Como suele pasar con los dictadores, Franco fue extremadamente duro y cruel con sus súbditos y sometidos, un asesino contumaz y masivo, sin embargo, nunca llevó la contraria a los gobernantes de Estados Unidos, sometiéndose a todos sus deseos e intereses con tal de ver asegurada la permanencia de su régimen.

Estados Unidos traicionó, como era su costumbre desde los miles de acuerdos rotos con los indígenas de Norteamérica, a los demócratas españoles al permitir que la dictadura española se alargase veinte años más, al consolidar los intereses de los nuevos ricos criados al calor de la dictadura, al convertir a España en un patatal a su servicio, sin dignidad, sin historia, sin futuro. Empero, los fascistas españoles, los nacionalcatólicos, los derechistas del régimen vivieron con entusiasmo los pactos con la nación americana, se sintieron orgullosos de convertir a su país en su vasallo más fiel y barato, se enriquecieron con la llegada de la coca-cola, los Cadillac de segunda mano y las bases militares en las que España no tenía nada que decir.

La dictadura continuó dos décadas más y con ella los clientes que sacaron tajada y los que recibieron migajas. Desde entonces, la derecha hispana, la ultraderecha que habla del Cid y Hernán Cortés, es fervorosamente proyanqui y sumisa, incluso por encima de sus posibilidades.

Estados Unidos ha decidido, junto a su mortífero socio menor israelí, incendiar Oriente, el territorio del petróleo, el lugar donde junto al oro, la tecnología y los grandes rascacielos sobre la arena del desierto, pervive la edad media en forma de monarquías feudales. Su incendio no afecta a Arabia ni a Kuwait ni a Omán ni a Emiratos, tampoco a Irak, Libia, Siria, países ya aniquilados y desposeídos de sus riquezas donde ahora mismo ni existe el derecho ni la vida, afecta a Irán, una dictadura clerical parecida a la que Trump construye en su país.

Decidieron acabar con Irán, no para establecer una democracia, cosa que no han hecho jamás en ningún lugar del mundo, sino un régimen dócil como el de Franco que les permita robar a manos llenas, es decir, quedarse con sus materias primas más valiosas y administrar el petróleo. Quieren un ayatolá con mano dura en el interior, que mantenga acallados los gritos de libertad y justicia, pero que sea obediente al amo exterior. No les importa lo que pase con el mundo, mucho menos lo que suceda a España, país respondón que ha hecho valer su soberanía y su oposición a una guerra criminal cuyo resultado será similar al obtenido en Irak, Siria, Palestina o Líbano: miles y miles de muertos.

Los patriotas españoles, los que besan la bandera constantemente y apelan a Franco como salvador de la patria y ejemplo a seguir, no se sienten orgullosos de que España haya hecho valer su soberanía, su independencia, por el contrario, se sienten humillados y creen que se ha faltado el respeto al jefe supremo Donald Trump, que es, como antes Hitler, quien ahora lidera la construcción de un nuevo orden mundial basado en la ley del más fuerte. España, su España, la racista, la xenófoba, la aporófoba, la vengativa, la abusona, la insolidaria, la explotadora, sólo tiene una misión en el mundo después de su grandeza histórica: ser una nación servil, un pedazo de mierda al servicio de Estados Unidos y de la oligarquía. Cualquier gesto de nobleza, de gallardía, de decencia les parece traición, ultraje, irresponsabilidad, hasta hay muchos de ellos que en el fondo esperan que, dentro de su demencia sublimada, cualquier día seamos invadidos por la Sexta Flota, nuestra enseña sustituida por las barras y estrellas y nuestro idioma por el que también habló Aznar cuando puso los pies en la mesita de la Casa Blanca. Que aproveche.

NUEVA TRIBUNA  DdA, XXII/6287

LAS SEMILLAS DE LA OFICINA DE LA FE DE DONALD TRUMP


Lazarillo

Desde hace años, y a través de El Intermedio, el programa de La Sexta que presenta Wyoming, Guillermo Fesser se ha venido convirtiendo con sus crónicas en un corresponsal de los más perspicaces que tienen en Estados Unidos los medios de comunicación españoles. Por esta razón, desde que tuvimos información gráfica de que el despacho oval de la Casa Blanca, otrora escenario con Clinton para otras prácticas, sirve con Trump para que su Oficina de la Fe se dedique al rezo junto a un nutrido grupo pastores religiosos, estábamos pendientes de lo que pudiese contar Fesser acerca de la pastora evangelista mayor y consultora religiosa del socio del genocida Netanyahu. Paula White, que aparece a la vera de su jefe en la tierra, tiene montado según el periodista un negociado de semillas de resurrección  al módico precio de 114.000 dólares, acordado con el mismísimo Jesucristo, si bien también vale cualquiera otra cantidad. Nada nos dice Fesser de si los efectos resurrectos son los mismos o distintos según la cantidad de dinero que se aporte.

DdA, XXII/6287  

viernes, 13 de marzo de 2026

EL PRETEXTO DE LA "AMENAZA A LA EXISTENCIA" DE ISRAEL, LO MÁS PELIGROSO DE LA GUERRA

Si las tendencias de la guerra empiezan a favorecer a Irán, el régimen genocida bien podría esgrimir el pretexto de una “amenaza a la existencia” de Israel para acabar de un bombazo con la vida de cientos de miles de iraníes. A fin de cuentas, Netanyahu tiene el instinto criminal para hacerlo y cuenta con la presencia en la Casa Blanca de un delincuente tan peligroso como él, dispuesto a garantizarle impunidad y cobertura. Ojalá (inshallah) que los gobernantes de Teherán hayan comprendido que tal desenlace no es imposible, que Trump se invente alguna de sus salidas fársicas al laberinto en el que se metió y que el mundo consiga parar a tiempo una espiral que puede conducirnos a todos al infierno.

Pedro Miguel

De acuerdo con la información disponible y verificable, en el escenario bélico del golfo Pérsico las cosas le están saliendo muy mal al presidente estadunidense Donald Trump. Si imaginó que con asesinar a la cúpula del régimen iraní lograría el desmoronamiento de la república islámica, se equivocó garrafalmente y a estas alturas ya habría debido cesar a quien le metió semejante plan en la cabeza. 

Trump no sólo subestimó la fortaleza política interior del gobierno de los ayatollahs, sino también la capacidad de respuesta misilística de Irán. A estas alturas, los proyectiles de Teherán han causado estragos en Israel, pero, sobre todo, han neutralizado cuatro de los ocho grandes radares estadunidenses en la región y han provocado una importante devastación en las bases militares que Washington mantiene en diversos países de la región. 

Y si creía que con meras amenazas podría mantener abierto el estrecho de Ormuz, unos buques petroleros en llamas le demostraron lo contrario en menos de 24 horas. Eso no quiere decir que la circunstancia sea favorable para Irán. Dejando de lado las tinieblas de la desinformación y la propaganda, 12 días de ataques aéreos conjuntos entre Estados Unidos e Israel deben haber causado una grave destrucción en la infraestructura civil y militar de ese país y un elevado número de muertes. 

Hasta ahora, la victoria iraní consiste en sobrevivir a la magna y perversa agresión bélica en su contra, degradar las defensas bélicas del enemigo –tanto por la eliminación directa de sistemas como por el agotamiento de sus municiones– y conservar al menos una parte del arsenal balístico propio para emplearlo cuando tales defensas hayan perdido un nivel significativo de eficacia. 

Todo esto configura panoramas inciertos, por cuanto resulta imposible tener balances mínimamente precisos de los logros y pérdidas de cada parte en el terreno estrictamente bélico. En el ámbito político, el hundimiento del régimen iraní parece menos probable que el colapso de la presidencia trumpiana, por cuanto la guerra ha actuado como elemento de unificación en el país asiático y como un factor de polarización en Estados Unidos. 

En el país vecino del norte, el rechazo a la confrontación crecerá cada semana que ésta se prolongue y conforme sigan aumentando –así sea a cuentagotas– las inevitables bajas estadunidenses. El grupo en el poder en Washington se enredará cada vez más en su contradictoria e incoherente exposición de motivos: que si los bombardeos sobre Irán fueron un “ataque preventivo”, que si fueron para liberar a los iraníes de la maldad satánica de los ayatollahs, que si se trataba de defender la civilización, que si se buscaba eliminar el riesgo –inexistente, según todas las fuentes confiables– de que Irán desarrollara armas nucleares. Incluso si Trump llegara a admitir, como lo hizo con todo cinismo en la agresión a Venezuela, que lo que quería era apoderarse de recursos petroleros ajenos, la afirmación sonaría hueca. 

Hace dos décadas, en vísperas de la invasión de Irak, George W. Bush al menos se preocupó por engatusar a buena parte de la opinión pública con la coartada de que era necesario suprimir las armas de destrucción masiva que supuestamente poseía el gobierno de Bagdad. En esta ocasión, en cambio, su sucesor en el cargo pateó intempestivamente el tablero de unas negociaciones que iban viento en popa y ninguno de los integrantes de su equipo ha sido capaz de explicar por qué se han gastado el dinero de los contribuyentes a un ritmo de mil 500 millones de dólares diarios en una aventura bélica sin propósito explícito (https://is.gd/RgBRVb). Pero el elemento más peligroso de esta complicada ecuación es el régimen israelí. 

Si se tiene en mente la actuación de Benjamin Netanyahu y su grupo de sionistas sociópatas ante las incursiones del 7 de octubre de 2023, resulta obligado concluir que para ellos, cada ataque a Israel representa un pretexto inmejorable para aplicar el poderío bélico de Tel Aviv en la comisión de crímenes de lesa humanidad. El genocidio perpetrado en Gaza se ha extendido a Cisjordania y a Líbano sin solución de continuidad y la fase actual del robo israelí de territorios abarca además a Siria. 

Y si las tendencias de la guerra –que obliga a sus adversarios a invertir millones de dólares para interceptar proyectiles que cuestan una vigésima parte que los interceptores, o menos– empiezan a favorecer a Irán, el régimen genocida bien podría esgrimir el pretexto de una “amenaza a la existencia” de Israel para acabar de un bombazo con la vida de cientos de miles de iraníes. A fin de cuentas, Netanyahu tiene el instinto criminal para hacerlo y cuenta con la presencia en la Casa Blanca de un delincuente tan peligroso como él, dispuesto a garantizarle impunidad y cobertura. Ojalá (inshallah) que los gobernantes de Teherán hayan comprendido que tal desenlace no es imposible, que Trump se invente alguna de sus salidas fársicas al laberinto en el que se metió y que el mundo consiga parar a tiempo una espiral que puede conducirnos a todos al infierno. 

LA JORNADA MX.  DdA, XXII/6286

AYUDA HUMANITARIA CHINA A LAS FAMILIAS DE LAS NIÑAS IRANÍES DE MINAB


Ana Cardo

Si el comienzo de una guerra, sea donde sea, es siempre un fracaso para la humanidad, mucho mayor fracaso supone que el inicio de la guerra queda marcado por una masacre de menores en una escuela, en este caso del país agredido por la coalición Epstein. El máximo responsable de tal masacre, en lugar de disculparse por el error, trató de culpabilizar al propio país agredido, dejando en evidencia por enésima vez su catadura. La actitud de Trump vino a sumarse así a la barbarie de su socio genocida Netanyahu en la Franja de Gaza, con casi dos decenas de miles de menores asesinados por la invasión israelí. Por contra, los padres de las 180 niñas masacradas en la escuela de Minab han recibido, en medio de su dolor, el consuelo de una pequeña ayuda anunciado por el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China. La asociación de la Cruz Roja de este país proporcionará a la Media Luna Roja iraní 200.000 dólares en asistencia humanitaria de emergencia para las familias de las víctimas. Que ante la posibilidad de una guerra que puede llevar al planeta a la más grave situación histórica desde la Segunda Guerra Mundial, uno de los Estados más poderosos reaccione así, alivia y reconforta. Eso sí, por la entidad de la masacre, se echan de menos ayudas similares de otros Estados, aunque quizá occidente esté tan hecho a la indiferencia ante la matanza de menores en Gaza que haya perdido capacidad solidaria y humanitaria de reacción.

DdA, XXII/6286


EL FASCISMO JUEGA CON LA VERDAD DE LAS MENTIRAS

 

"El fascismo actualiza viejos fondos con nuevas formas. El fascismo está entre nosotros aunque no siempre se vea. Huele amargo, sabe a rancio y provoca acidez. Juega con la verdad de las mentiras. Por eso la libertad y la liberación son tareas que no acaban nunca, incluida la de la emanciparnos de nuestra propia desidia. Frente a la opresión de la estrella de David, protejamos la fortaleza de la piedra del rayo. Dicho en versos quevedianos: "No he de callar por más que con el dedo/ ya tocando la boca o ya la frente,/ silencio avises o amenaces miedo".

DdA, XXII/6286

MAYOR OREJA, EL 11-M Y LA GUERRA CIVIL


Lazarillo

El diario El País ha creído informativamente importante, a juzgar por el espacio dedicado al protagonista (toda una página) entrevistar a Jaime Mayor Oreja, ex ministro de Interior con el Partido Popular en el Gobierno de la nación, y dar con ello publicidad al libro escrito por este señor bajo el sucinto título Una verdad incómoda. Testimonio de una época: contra el silencio y la mentira. El libro lo presentó en Madrid su ex jefe José María Aznar, que comparte con Oreja lo que éste cuenta en el mismo, reverdeciendo sobre la autoría de los atentados del 11-M aquella conspiración con la que el Partido Popular pretendió ganar las elecciones de 2004. Esos atentados fueron el episodio más sangriento de nuestra historia después de la Guerra Civil y, como ocurre con ésta y su memoria, hay quienes hacen del 11-M su historia, como Oreja y Aznar, y hay autores que como historiadores nos han revelado documentalmente la historia de los precedentes, transcurso y consecuencias de la Guerra Civil, no lo inventado al respecto durante la dictadura. Ya sabemos que para Mayor Oreja la dictadura fue un periodo de "extraordinaria placidez".

DdA, XXII/6286