Manuel Vicent
Diario del Aire
domingo, 5 de abril de 2026
LOS TRES DIOSES MONOTEÍSTAS YA SÓLO SE ALIMENTAN DE PETRÓLEO
CONTRA LA ACONFESIONALIDAD: PÚLPITO PARA LEÓN XIV EN EL CONGRESO
La izquierda española, o lo que por tal se entienda en los tiempos que corren, al aceptar que la tribuna parlamentaria se convierta en un púlpito con motivo de la visita a Madrid de León XIV, ha abandonado definitivamente el laicismo como principio esencial de cualquier democracia, según el autor del artículo. En realidad, lleva años legislando a favor de los intereses del catolicismo, especialmente en el ámbito educativo y en la gestión de los servicios sociales, además de mantener el culto católico con fondos públicos a través de los Presupuestos Generales del Estado. Aún así, la mayoría de la sociedad española -como reflejan las encuestas sociológicas- considera cada vez más intolerables los privilegios de la Iglesia y rechaza la imposición de normas morales desde los púlpitos, aunque éstos se emplacen en el propio Congreso.
Antonio Gómez Movellán, Nueva Revolución
La anunciada visita del Papa a España no es un simple acto religioso. Es, sobre todo, una visita deseada por el Gobierno de España y, en parte, impulsada por el influyente lobby católico que existe dentro del PSOE bajo las siglas de “Cristianos Socialistas”. Este grupo está encabezado por la veterana política Rosa Aguilar, quien, desde sus distintas responsabilidades de gobierno -tanto en la alcaldía de Córdoba como en la Consejería de Cultura de Andalucía-, ha favorecido siempre los intereses de la Iglesia católica. Otro político alineado con estos intereses es el vicepresidente del Gobierno, Bolaños, que desde hace tiempo viene preparando este golpe de efecto: la visita del Papa, que ahora pretende presentar como un éxito político tanto ante su partido como ante el propio Gobierno.
En realidad, se trata de una operación de marketing político-electoral y de una clara traición al laicismo. El objetivo es proyectar la imagen de un gobierno moderado y centrado, ahora legitimado por la púrpura vaticana.
La sesión especial conjunta de las Cortes, prevista para el 8 de junio, constituye una evidente vulneración de la supuesta aconfesionalidad del Estado. Las Cortes no deberían convertirse en el púlpito de ninguna religión y, sin embargo, lo serán para una sola, lo que supone un privilegio simbólico para el catolicismo. Pero el problema no es solo simbólico: la existencia en España de un concordato con la Santa Sede representa una anomalía democrática y sigue siendo el principal apoyo jurídico de los privilegios fiscales de la Iglesia, de la financiación pública del culto y del clero, de la educación católica en la escuela y de la red de centros concertados, además de la financiación de gran parte de la caridad católica. Se trata de un instrumento que debería ser derogado, porque supone una injerencia directa de la Iglesia en nuestras leyes y no es más que una reliquia heredada de las dictaduras fascistas.
Asuntos como las inmatriculaciones o los abusos sexuales no se han abordado en esta legislatura pensando en la sociedad, sino en los intereses de la Iglesia. En lugar de resolver el problema de los abusos mediante una ley clara, se ha optado por una solución de compromiso arbitrada por el Defensor del Pueblo -un árbitro, cuanto menos, discutible ya que es un ex-eclesiatico-. En vez de establecer indemnizaciones por ley, se ha optado por un complicado encaje de intereses que, en la práctica, evita molestar a la Iglesia. En el caso de las inmatriculaciones, el escándalo es aún mayor: no se ha hecho absolutamente nada. El ministro de Cultura, que podría haber impulsado reformas importantes, como una modificación de la ley de patrimonio histórico, se ha limitado a mirar hacia otro lado mientras invertía recursos en campañas publicitarias sobre los “derechos culturales” sin impacto real en la cultura. Resulta vergonzoso que el patrimonio histórico de origen religioso siga en manos de la Iglesia y continúe siendo explotado económicamente por ella.
La izquierda española, al aceptar que la tribuna parlamentaria se convierta en un púlpito, ha abandonado definitivamente el laicismo como principio esencial de cualquier democracia. En realidad, lleva años legislando a favor de los intereses del catolicismo, especialmente en el ámbito educativo y en la gestión de los servicios sociales, además de mantener el culto católico con fondos públicos a través de los Presupuestos Generales del Estado. Incluso la izquierda alternativa pretende ahora arroparse bajo la bandera vaticana para ganar una credibilidad social que no consigue en las urnas. En lugar de apoyarse en los valores universales del laicismo, el humanismo o la solidaridad social, busca legitimarse en declaraciones puntuales del Papa de Roma. No es casualidad que líderes de esa izquierda, como Yolanda Díaz, hayan buscado reiteradamente la foto con el Papa, rompiendo así con la tradición republicana y laica.
Por su parte, la derecha española va todavía más lejos y pretende identificar la nación con el catolicismo. Sin embargo, también se siente incómoda con esta visita, porque la considera una maniobra política del PSOE. Aunque el gobierno debería tener cierta precaución ya que nunca se sabe con los curas en los pulpitos y seguro que León XIV tiene en la recamara algunas balas de fogueo contra el propio gobierno.
En España no existe una verdadera derecha liberal defensora del laicismo. El liberalismo político desapareció con la Segunda República, a pesar de que fue precisamente ese liberalismo, también en la Segunda República, quien llevó a cabo la principal obra laicista en nuestro país. Hoy, quienes se llenan la boca con la palabra “liberalismo” son, en realidad, conservadores católicos que hunden rus raíces en una derecha monárquica y católica que acabó finalmente apoyando el fascismo
El Papa de Roma, previsiblemente, protagonizará un baño de multitudes y contribuirá a blanquear la imagen de la institución. Desde el Parlamento sermoneará sobre la paz, la pobreza o del drama de la emigración, pero después, en la práctica cotidiana, la Iglesia seguirá fomentando la caridad en lugar de la solidaridad y manteniendo desigualdades profundas, especialmente en el ámbito educativo. Tampoco hay que olvidar su agenda contraria a los derechos sexuales. La hipocresía de esta institución cuando habla de justicia social es sobradamente conocida, así como la de muchos de sus líderes religiosos, que hoy se presentan como progresistas pese a haber apoyado en el pasado algunas de las dictaduras más crueles como ocurrió con el Papa Francisco que, cuando era superior de los jesuitas, colaboró abiertamente con la dictadura de Videla.
Todo esto se producirá, además, en medio de multitudes y de cientos de miles de jóvenes: jóvenes educados en colegios católicos, jóvenes que llenan residencias universitarias, jóvenes provida que se presentan como alternativa al mundo secular y que, con el tiempo, acabarán formando parte de las élites sociales del futuro. La iglesia católica en España incuba en sus entramados educativos el huevo de la serpiente de la intolerancia, del elitismo y de la segregación social.
La izquierda ha abandonado el laicismo y la derecha española va incluso más allá al intentar identificar la nación con la religión católica. Aun así, el tiempo juega a favor del laicismo. A pesar de que tanto la izquierda como la derecha lo han abandonado, la mayoría de la sociedad española -como reflejan las encuestas sociológicas- considera cada vez más intolerables los privilegios de la Iglesia y rechaza la imposición de normas morales desde los púlpitos, aunque éstos se emplacen en el propio Congreso de Diputados y Diputadas.
ASTURIAS LAICA DdA, XXII/6307
sábado, 4 de abril de 2026
¿NOS QUEDA REALMENTE LA PALABRA?
Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad. (Confucio)
En el principio
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
si abrí los ojos para desgarrármelos,
me queda la palabra.
(
Aurelio Peláez Moran
¿Es posible aún aferrarse a la
palabra como asidero frente a la injusticia, como vehículo de una utópica unidad
de los desfavorecidos, tal como hacía Blas de Otero hace apenas seis décadas? En
este mundo líquido en el que nada es lo que aparenta y nada sobrevive más allá
de un instante, los significados se han vuelto humo, y la palabra, como casi
todo, ha dejado de ser lo que era. En nuestra alegre y desenfadada excursión
hacia el precipicio, hemos pasado de ocultar nuestros pensamientos con nuestras
palabras —Voltaire— a mentir directamente y sin pudor alguno, a sabiendas de
que la mentira ha perdido casi todas sus connotaciones negativas y no tiene
castigo ni penal, ni social, ni político; los políticos que más mienten son los
que obtienen mejores resultados. Mentir en un juicio era en otros tiempos
delito de perjurio; ahora, todos los chorizos de bigote y correa* mercadean su
verdad a cambio de beneficios penales.
La palabra fue un logro fundamental
para el ser humano porque le permitía comunicarse con sus semejantes y romper
su aislamiento conceptual, transmitiendo primero ideas utilitarias y luego
sentimientos e ideas abstractas, que reforzaban la idea de grupo. Como reverso
de la moneda, las palabras nos proporcionaban la capacidad de mentir, pero
desde siempre y hasta hace poco, esta actitud estaba asociada al estigma del
pecado, la vergüenza o el descrédito, según fuera la creencia, la época y la
sociedad. Ahora, la palabra es casi exclusivamente el soporte de la mentira o,
en el mejor de los casos, de los millones de verdades subjetivas que pululan
enloquecidas en el ambiente, como los átomos de un gas, y que nunca buscarán
acercarse a una verdad objetiva o, cuando menos, consensuada.
No estamos ante un mero cambio
cíclico o social, sino ante un auténtico cambio de era, de civilización, que
afecta incluso al milenario concepto de ser humano. El mundo cambiará más en la
primera mitad del siglo XXI que en los veinticinco siglos anteriores, por lo
que se puede afirmar que la cosmovisión de los humanos del siglo XX es más
parecida a la de los coetáneos de Platón que a la de sus propios nietos. Las diferentes
culturas de nuestro planeta mantuvieron a lo largo de los tiempos referencias
comunes, que definían la esencia de lo humano, referencias que están siendo
arrumbadas por robots, cyborgs y humanos idiotas, quienes, deslumbrados por los
que gobiernan las todopoderosas nuevas tecnologías, desprecian la comunicación y,
con ella, la palabra. La sobredosis de información facilita la manipulación,
por lo que, paradójicamente, estas tecnologías son los principales enemigos de
la comunicación y la información; no hay más que ver cómo el político más
poderoso del mundo ** gobierna a golpe de “tuit”, cómo lo utiliza para
insultar, amenazar o agredir, y la trascendencia que se da al hecho de saber lo
que ¿piensa? En tiempo real. Que la comunicación se haya reducido al “tuit” y
al “whatsapp” puede producir la sensación de que hemos llegado al colmo del conocimiento
y la comunicación, pero ¿es realmente así?
El arma más potente del poder
es el miedo, y el miedo a la soledad es uno de los más fuertes, porque es un
trasunto del miedo a la muerte. Antes, lo contrario de la soledad era la
compañía de los semejantes; ahora, la compañía la proporciona una máquina, pero
la compañía de una máquina que podemos desenchufar no es compañía, es lo que Bauman
denomina soledad conectada. Sin diálogo, no hay civilización, y lo que no es
civilización es barbarie, llena de sofisticados aparatos, pero barbarie.
Nuestros niños, más
escolarizados que nunca, no saben en muchos casos escribir correctamente su propio
nombre, ni entienden lo que leen o lo que escuchan, porque no escuchan
realmente, no pueden hacerlo, porque no pueden concentrarse, y no pueden
concentrarse porque la frenética velocidad de lo audiovisual y el maremágnum de
contenidos se lo impide, pero, sobre todo, porque no quedan abuelas y abuelos
que les cuenten historias, ocupados como están con sus propios juguetes
electrónicos, con sus viajes para jubilados, donde creen que encontrarán la
eterna juventud que les promete el consumismo, o, sencillamente, cubriendo el
vacío afectivo y/o económico que unos padres cada vez más esclavizados, no
pueden o no quieren llenar. Ante la impotencia o la dejadez de sus maestros y
el embeleso de muchos de sus progenitores, la mayoría de los alumnos de
nuestras escuelas son incapaces de mantener la atención más de dos o tres
minutos sin empezar a columpiarse en su silla, jugar con uno de los tres
estuches de que disponen sobre su pupitre, o con la botella de agua que abren y
cierran continuamente, que la hidratación no puede esperar.
Nos hemos dejado convencer de
que se aprende a través de la acción y no de la reflexión, y la acción necesita
pocas palabras. También es cierto que estudiar Emprendimiento no necesita mucha
reflexión, sino grandes cantidades de ignorancia, conformismo y audacia para
convertirse en autónomo y trabajar 16 horas al día. ¿Hay una tergiversación del
significado más evidente, una contradicción más flagrante, una burla mayor, que
llamar autónomo a un esclavo? ¿Cómo convencer al ser humano actual de que están
acabando con lo que más le distingue del resto del reino animal: la palabra
como vehículo de las ideas y los pensamientos?
Las redes sociales —redes para
pescar incautos— estimulan la cobardía de quienes, creyéndose anónimos,
mienten, insultan y calumnian, ante la selectiva impunidad que proporciona el
poder. Cualquier descerebrado puede tener millones de seguidores, cualquier
banalidad adquiere fama y la inanidad más absoluta se convierte en trending
topic. Todos los dictadores de manual que la Historia ha conocido habrían
dado media vida por disponer de un instrumento de manipulación y opresión como
nuestras simpáticas redes sociales. ¿Cuántos dictadores pueden imponer ahora
sus ideas por estos medios? ¿Qué defensa nos queda si no es la unión de los de
abajo y el respeto a la palabra y sus significados?
Se adjudican discrecionalmente significados
nuevos a vocablos viejos y se inventan “palabros” de todo tipo para no nombrar
realidades incómodas o para retorcer significados que no interesan a los de
arriba; los cambios lingüísticos ya no obedecen al desgaste o al propio uso del
lenguaje por parte de los hablantes, sino a los intereses espurios de unos
pocos. A través de las redes sociales y bajo el ¡liderazgo! Del presidente de
color zanahoria*** se ha colado en nuestras mentes la post-verdad, es decir, la
mentira. Ponerle un post a cualquier palabra puede sonar hasta bien —la
postmodernidad, la postguerra—, así que ¿por qué no llamar post-verdad a la
mentira?, ¿qué les parece la post-vida? Como todo tiene que ser divertido —la
comida, la escuela—, nos inventamos oficios —youtuber— o asignaturas
—Emprendimiento— que nos permitan ser felices mientras trabajamos o estudiamos
en lugar de aprender Humanidades y cosas que no sirven para obtener la
felicidad de humo que nos venden; en realidad, sólo sirven para hacernos menos
vulnerables a la mentira interesada de los poderosos, a sus engaños.
Somos súbditos de Garrafone,
Pineapple o Citron, empresas que nos gobiernan convirtiendo en papel
mojado los contratos y subvirtiendo los significados a su antojo para
esclavizar a una ciudadanía que desconoce por la mañana el significado que las
palabras tendrán por la tarde. Igual que en la Edad Media se guardó el
conocimiento en los monasterios, igual que ahora se conservan ejemplares de
semillas en las Islas Svalbard, sería necesario una nueva arca de Noé, donde
conservar los significados a la espera de tiempos mejores en los que se pueda
acabar con crecimientos negativos, con las mejoras del servicio, que dejan todo
igual menos el precio, o con los anuncios de que se van a mantener los precios
justo antes de subirlos. Cuando Henry Ford se vanagloriaba de que el cliente
podía elegir cualquier color de coche siempre que fuera negro, creó escuela. Así,
un político independentista catalán habla de sus acólitos como los republicanos,
por oposición a los monárquicos, que somos supuestamente todos los que no somos
independentistas; este lenguaje binario y sin matices oculta una falsedad
total: si no eres independentista —de los de misa diaria y escuela concertada***—,
eres monárquico. En la misma línea, nuestro Primer Ministro**** y sus secuaces
hablan de estabilidad — palabra que vende mucho— para referirse al inmovilismo,
que es la realidad, pero vende menos.
En todas partes cuecen habas,
pero España es un país particularmente proclive al engaño y la mentira, el país
donde la corrupción da mayores réditos políticos y donde el cabecilla de los
corruptos —el de la foto de las Azores*****— aún no ha pedido disculpas por
ninguna de sus probadas mentiras, mientras su partido es votado por ocho
millones de ciudadanos a los que habría que recordar que el individuo que se
engaña a sí mismo suele acabar mal, pero la sociedad que se engaña a sí misma
desaparece en su propio engaño y arrastra tras de sí a todos, incluidos a los
que tratamos de vivir en un mundo lo más honesto y justo posible. Por cierto,
del trío de las Azores, el británico reconoció su error, el norteamericano no
lo negó, pero Aznar no rectifica, que eso es de sabios y un patriota español y “mucho”
español****** no recula jamás; sostenella y no enmendalla. Un
conservador liberal como Burke ya advertía hace más de doscientos años; “Toda
sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en desintegrarse en el
polvo y las cenizas de la individualidad” (1) No hay mejor manera de destruir
el tejido social que destruir los significados, el lenguaje, la comunicación. Estamos
en ello. Viva el lenguaje líquido que, a fuerza de ser torturado, acabará por
no significar nada. Recuerdos de Confucio.
DdA, XXII/6306
LO QUE HAY QUE HACER CON EL RACISMO EN EL FÚTBOL
Félix Población
Siguen siendo más que esporádicos, en los estadios de fútbol de nuestro país, los gritos u otro tipo de manifestaciones racistas dirigidos contra los jugadores del equipo visitante que por su religión o color de piel concitan tan despreciable, repulsivo e inadmisible comportamiento entre una parte de los espectadores. Así, en el partido internacional amistoso disputado recientemente entre las selecciones de España y Egipto, un sector del público asistente se manifestó con gritos de odio racista dirigidos contra los futbolistas del país africano y en contra de la religión islámica, dándose la circunstancia de que uno de los más destacados futbolistas de la selección española profesa precisamente esa religión. No hace falta subrayar el caldo de cultivo en el que se genera este tipo de reacciones. A medida que partidos con mensajes en esa misma línea alcanzan responsabilidades de gobierno, como está ocurriendo determinados ayuntamientos y comunidades autónomas gracias a los pactos que suscriben con el Partido Popular, más manifestaciones de ese tipo encontraremos en los estadios y en la vida cotidiana en general. Hay que cortar de raíz estas expansiones de odio racista en un espectáculo público de masas como es el fútbol. Para ello no es suficiente que se multe a los clubes en cuyos estadios ocurren esos hechos. O que se expulse a los racistas, si son identificados. O que se cierre el estadio una o más jornadas. Creo que lo más operativo sería que el árbitro diera por concluido el partido dando por perdedor al equipo local, si los insultos o manifestaciones racistas provinieran de sus aficionados*. Podrá parecer una decisión demasiado drástica, pero teniendo en cuenta que las medidas planteadas hasta ahora no están sirviendo para solucionar tan grave problema, puede que así se solventara la mayor lacra social que actualmente afecta al fútbol como espectáculo público de masas.
*Si ocurriera lo que se apunta en el primer comentario, el perdedor sería el equipo visitante, aunque esto sea menos frecuente.
DdA, XXII/6306
viernes, 3 de abril de 2026
"LA MALA MEMORIA": DE LA CLASE DE RELIGIÓN AL NEGOCIO DE LA SEMANA SANTA, ETC.
Jesús Pozo, periodista y escritor: “La Iglesia católica es la mayor red de espionaje del mundo”
Estoy a la espera de recibir ‘La mala memoria’, el libro de Jesús Pozo que da voz -aunque sea tan tarde- a las víctimas de la represión franquista en los centros educativos de la iglesia católica y advierte de los riesgos de repetir la historia: “La Iglesia fue la gran beneficiada de la Transición”, nos dice el autor. Y estando en semana santa bien se puede constatar esto no sólo en los canales de televisión de comunidades como Castilla y León o Andalucía, sino en la propia televisión pública estatal, donde aparte de las retransmisiones en directo de procesiones a todo pasto, la recarga de películas de asunto religioso reproduce los tiempos del nacional-catolicismo.

Jesús Bastante, El Diario
Ha tardado años en ponerse a la tarea de recordar, de ponerse en la piel de otros que durante décadas sufrieron la represión por ser pobres o hijos de perdedores de la Guerra Civil a manos de colegios de la Iglesia católica. En ‘La mala memoria’ (El Mono Libre), Jesús Pozo traza una historia de poder, adoctrinamiento e injusticia, poniendo voz a los testimonios de personas silenciadas durante años.
Como Amelia, Nati o Ana, condenadas por el “pecado” de ser pobres. O Pino, o Juana, castigadas por ser “hijas de rojos”. O “el niño sin identificar, cuyos restos estaban al fondo de otra fosa en Víznar (Granada), con un tiro en la cabeza, junto a su lapicero y su goma de borrar”, al que este veterano periodista dedica su investigación. Con un prólogo (imprescindible) de Nieves Concostrina y un epílogo (no menos conseguido) de Carlos Santos.
¿Por qué este libro?
Surge porque la editora quería rescatar testimonios de víctimas del franquismo y de los colegios de la Iglesia, y yo quería contarlo aunque, lo confieso, mi experiencia personal no era esa. Yo pertenecí a esa ‘élite’ que pudo estudiar en las jesuitinas y La Salle, sin pertenecer a la clase baja, al menos hasta que a mi padre lo arruinaron. Yo no sufrí como ellos, sobre todo como ellas, aunque sí sabía algunas cosas que pasaban.
¿Es posible hacer memoria de la Iglesia de aquellos años?
Es posible y necesario. Porque las niñas de las que hablamos en el libro no eran niñas malas, eran niñas pobres o humildes. Y, sobre todo, eran niñas de los perdedores. En este sentido, este libro es un acordeón. Va de los ejemplos a los temas clave, desde la clase de Religión al negocio de la Semana Santa, las cofradías y las universidades.

Afirmas que la Iglesia y el Estado, durante el Franquismo, mantuvieron una unidad de acción…
La Iglesia es la ideóloga del Franquismo. No olvidemos el papel de los cardenales Segura y Gomá o de Herrera Oria. Ante ellos, reivindico la reacción de los ‘curas rojos’, que no es que fueran comunistas, es que seguían siendo fieles y honestos con sus creencias. Esto pasa en la Iglesia y en la política. Por eso es tan importante que haya conservadores que no sean fanáticos. En la izquierda pasa lo mismo.
Y, sin embargo, parece que, parafraseando el título de tu libro, en España tenemos muy mala memoria.
La educación la han controlado ellos. No se nos ha enseñado el período de Alfonso XIII o la República, el Golpe de Estado ni la Guerra Civil. Y vemos a muy pocos, pero haciendo mucho ruido, que vuelven a cantar el ‘Cara al Sol’. Hacen mucho ruido, pero son menos.
El libro es una defensa de la Institución Libre de Enseñanza, a la que los ganadores de la Guerra defenestraron por otro modelo. Por eso es necesario reivindicar esa memoria. Porque hoy, incluso desde la izquierda, hay gente que lleva a sus hijos a colegios de la Iglesia, concertados, porque quiere un nivel de estatus, para que sus hijos pertenezcan a esa élite privada. Tal vez porque no les hemos contado bien que esos mismos colegios son fruto del nacionalcatolicismo y de la unión estrecha entre la Iglesia y el Estado, y además suponen un inmenso negocio.
Porque no recordamos que no sólo la educación estuvo en manos de la Iglesia, también la información. Porque en todos los barrios de las ciudades hay una iglesia, y en ella unos confesionarios, con su confesor, que se entera de todo. Que lo sabía todo y que podía contar todo. La Iglesia católica es la mayor red de espionaje del mundo. Lo sabe todo y sabe exaltar el sufrimiento y el misterio. La Iglesia fue la gran beneficiada de la Transición. Y, en cambio, sigue sin salir a defender a la mujer.
¿Estamos condenados a repetir los errores del pasado?
Sí. Por eso, en el título, el ‘mala’ es polisémico. Es malo que vuelvan esos tiempos y ha sido mala la memoria que hemos recibido. La Transición, por ejemplo, la hicieron los ganadores de la guerra. Se hizo una amnistía para solucionar la vida de los torturadores. Como dice mi amiga Esther López Barceló, la amnistía de la Transición fue el crimen perfecto porque los franquistas y fascistas quedaron impunes. Hoy seguimos sin exhumar las fosas de una manera decente y la Ley de Memoria Democrática se está cumpliendo a trancas y barrancas y con muchos palos en las ruedas.
A todo esto, en pocos meses León XIV visitará España…
Yo, en eso, quiero diferenciar ámbitos. Como jefe de un Estado, hay que recibirlo. Eso sí: cuando esté con su gente, con los católicos, los políticos deberían ausentarse. O dejar claro que no asisten como tales, sino como fieles. ¿Por qué, aún hoy, el alcalde, como alcalde de todos, tiene que ir detrás de un Cristo en una procesión? Me preocupa que se intente hacer de esta visita un acto propagandístico. Al menos, por lo que parece, este papa es más discreto.
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Jesús Pozo (Almería, 1961). Periodista. Autor de «Aquella España nuestra» y «De cuerpo presente». Creador del formato “Cualquier tiempo pasado fue anterior”, programa de la Cadena SER y co-guionista del espectáculo «100 años de la radio en España».
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Fragmento prólogo, Nieves Concostrina
Txlaparta
«Las experiencias personales recogidas al principio de este libro por Jesús Pozo son solo el cachete inicial para espabilarnos y recordarnos la inconcebible situación educativa que sufría este país en una segunda mitad del siglo XX que más parecía el rancio XIX. La bofetada viene después, cuando el autor nos pone delante una exasperante comparativa que nos hace ver que las malas artes empleadas por la Iglesia a principios de los años treinta para frenar la magnífica reforma educativa que traía la República, se han mantenido durante la tramposa Transición y todavía hoy se utilizan para mantener secuestrada la enseñanza».
ASTURIAS LAICA DdA, XXII/6305
LA IZQUIERDA PROBARÁ LA UNIDAD EN ANDALUCÍA
Ana Cardo
Las elecciones autonómicas en Andalucía están tan a la vuelta de la esquina, mes y medio, que a poco que anden distraídos los eventuales votantes de izquierda que reclaman unidad a los distintos partidos a la izquierda del PSOE, puede que no se hayan enterado de que la unidad ha sido posible. Después de una reunión que los medios califican de infinita -como no podía ser menos-, ayer, jueves de pasión, Podemos se integrará en la coalición Por Andalucía, formada por otros seis partidos, entre los que están el Movimiento Sumar, Izquierda Unida y Alianza Verde. Lo que no se logró en Aragón, con un desastroso resultado electoral en las autonómicas de esta comunidad, se ha conseguido en Andalucía, quedando por ver si el electorado andaluz, a falta de mes y medio, se cree o no se cree una unidad de última hora que más parece un paliativo de urgencia tras el fracaso aragonés. O también un a ver qué pasa y esto da resultado de cara a unas elecciones generales. Si la coalición Por Andalucía tampoco cuajara en las urnas tal como se presenta, el problema de la izquierda en España se debería a algo más que a la falta de unidad. Quizá, a las variantes habidas de unidad rota en esa izquierda, con una última que dejó heridas, difíciles de cicatrizar con una unidad de urgencia por motivos electorales.
DdA, XXII/6305
EL ULTRALIBERALISMO DE LA BRUJA AVERÍAS: ¡VIVA EL MAL! ¡VIVA EL CAPITAL!
¡Viva el Mal! ¡Viva el Capital!
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En opinión del articulista, que ha titulado con mucho acierto su artículo en Nueva Revolución con el grito de la Bruja Averías de la tele "¡Viva el mal! ¡Viva el capital!", el término neoliberalismo es demasiado blando para definir la realidad que vivimos. Más adecuado y justo sería el de ultraliberalismo. Los métodos de explotación masiva y continuada de productores y consumidores inaugurados durante los consulados de Reagan y Thatcher se nos antojan jurásicos. La despiadada brutalidad con que la Dama de Hierro destruyó la cultura minera aplastando a sus sindicatos resulta igual de anacrónica que los sacrificios humanos aztecas. Ahora las cosas se hacen con suavidad y las víctimas colaboran entusiasmadas en su propia aniquilación, arrancándose ellas mismas el corazón para ofrendarlo a los dioses. Es lo esperable cuando el trabajo, y por ende la posibilidad de un sustento garantizado, va camino de volverse rara avis, y el estado de bienestar el nebuloso recuerdo de una Edad de oro no se sabe si real o soñada. Falacia tras falacia, el Señor oscuro ultraliberal va a devorarlo todo, hasta aquello que creíamos a salvo para siempre. Para Monterrubio, teniendo en cuenta lo que está en juego, ya podemos aprestarnos a luchar a brazo partido por los derechos más consolidados. Hay mucho dinero de por medio, y no atrae únicamente a las urracas; también a los buitres humanos.
Antonio Monterrubio
La exposición de realidades económicas es un campo abonado para tergiversaciones, falsedades, fraudes, estafas y mentiras podridas envueltas en vistoso papel de plata. «La economía mundial continúa estando respaldada por puntales económicos sólidos», peroraba el Comité Financiero Internacional de la Junta de Gobernadores del FMI a finales de 2007. Titulatura larga, ideas cortas y equivocadas.
Esto sucedía menos de un año antes de que la quiebra de Lehman Brothers diera el pistoletazo de salida a la peor crisis global desde 1929. Es una muestra de las melosas declaraciones tranquilizadoras de magnates del dólar, instituciones internacionales, gurús académicos paniaguados, políticos seguidistas y jenízaros mediáticos que pavimentaron el camino hacia el desastre iniciado en 2008. Cuando la jabonosa pompa estalló, se nos acribilló con aseveraciones del estilo «ni los más reputados expertos pudieron prever lo que ocurrió». Se trasladó a la opinión pública el mantra de que la catástrofe surgió de la nada, apareció de improviso en el cielo como el meteorito que acabó con los dinosaurios. Solo que al contrario que en la extinción cretácica, aquí los gigantes sobrevivieron mientras los pequeños fenecieron.
Pero ¿qué hay de cierto en lo sorpresivo e inesperado de esos hechos que conmocionaron al planeta? Mucho menos de lo que se ha contado. Hubo quienes previnieron de lo perniciosa que era la senda emprendida y predijeron graves consecuencias, incluyendo economistas serios que, por desgracia, no forman parte de lo que el Sistema y sus portavoces consideran expertos. Para ganarse ese título en un mundo patas arriba, es condición indispensable funcionar al dictado de los que mandan, es decir quienes disponen de la riqueza. Luego, esos laureados técnicos van a cometer las mayores barbaridades, tomando decisiones y ejecutando medidas que dejan el campo cubierto de cadáveres –y no solo metafóricamente–.
Sin embargo, el asunto parecía claro:
Un mercado desregulado, inundado de liquidez y con unos tipos de interés bajos, con burbuja inmobiliaria mundial y unos créditos de alto riesgo en vertiginoso aumento eran una combinación peligrosa. Añádase el déficit público y comercial de Estados Unidos y la correspondiente acumulación en China de ingentes reservas de dólares […] economía global desequilibrada […] las cosas estaban terriblemente torcidas (Stiglitz: Caída libre).
Dado que esta crisis tenía su epicentro en Washington, sus ondas sísmicas alcanzaron la totalidad del orbe. Se extendió rápidamente, hiriendo tanto a las naciones más desarrolladas como a las economías emergentes, y arrasando de paso a los más desfavorecidos.
En este país donde imperan la mediocridad y el servilismo, tuvimos el privilegio de asistir al espectáculo bochornoso de ver al indocumentado director de un medio gacetillero hasta decir basta negar toda autoridad sobre estas cuestiones a los premios Nobel del ramo Stiglitz o Krugman. Que sujetos seguros de que el sobre apalancamiento consiste en apretar demasiado el cambio de marchas pontifiquen ante millones de telespectadores es patético. Peor aún es el discurso de profesionales que, a base de repetir una jerga ininteligible, dejan al personal atónito, boquiabierto y convencido. Recuerdan la reacción de aquel feligrés a los estratosféricos sermones del Fray Gerundio de Campazas de turno: «Qué bien habla, no se le entiende nada».
Pero una vueltecita por las calles de barrios y suburbios –lugares por los que toda esa ralea en su vida pisará– muestra adónde ha llevado a la mayoría la economía neoliberal de Monopoly. No es creíble que, a pesar de su obsesión por la ortodoxia monetaria y el libertinaje de los mercados, estos individuos no repararan en lo que se estaba cociendo. Parecería más bien que lo ocultaron deliberadamente. Prefirieron pasar por idiotas ineptos antes que por hipócritas estafadores. No obstante, es cierto que su capacidad para predecir las consecuencias de sus elucubraciones teóricas es sumamente restringida, y esto se debe a su intento de disfrazar dogmas filosóficos y políticos de evidencias científicas.
La forma epidémica en la que se expande la leyenda urbana de la competencia de los gurús económicos nubla incluso a mentes despiertas. En el año 2000 el prestigioso periodista Bob Woodward, uno de los que desvelaron el escándalo Watergate, publicó lo que Stiglitz llama «una hagiografía de Greenspan titulada Maestro» (ib.). Este Greenspan, que en su día presidió la Reserva Federal norteamericana, fue uno de los desreguladores en jefe que dejaron el terreno preparado para que el bulldozer de la crisis lo apisonara a conciencia. En 2005 sentenció que «la regulación prudencial está mucho mejor garantizada por el sector privado […] que por el Gobierno, cuya intervención socava un sistema altamente moral» (el subrayado es mío).
Estas inverosímiles afirmaciones, tres años antes de que el caos absoluto y la falta de control de los mercados provocaran la explosión, eran la expresión de su fidelidad a la visión neoliberal del mundo. Pero solo es un personaje, a la postre secundario, de una trama coral. Ni siquiera como malvado tendría especial relevancia. Se limitó a hacer un trabajo de encargo que, de no ser él, habría ejecutado otro. Siempre hay voluntarios para este género de faenas. Lejos de ser un maestro, fue un mero peón.
Unos días después de que los empleados de Lehman Brothers se llevaran sus pertenencias a casa, el G 20 se reunió con gran pompa y circunstancia. Los heraldos del statu quo mundial se apresuraron a lanzar las campanas al vuelo. Los dirigentes políticos iban a poner orden en el desconcierto y todo volvería rápidamente a su cauce, del que nadie sabía cómo era posible que se hubiera salido. En el cónclave se habló de reformas necesarias y urgentes, de responsabilidad de las instituciones financieras, de terminar con la especulación, liquidar el secreto bancario o erradicar los paraísos fiscales. Tales medidas se iban a aplicar inmediatamente para recuperar la buena marcha del planeta. Algunos de los líderes más dados al espectáculo y a las apariciones televisivas estelares realizaron solemnes proclamas como el «vamos a refundar el capitalismo» de Sarkozy.
Clausurada la cumbre, todo quedó en papel mojado. Eso sí, las declaraciones rimbombantes, rebosantes de preocupación por el bienestar de los ciudadanos, digo de los electores, resonaron días y días en pantallas de variados tamaños. En cuanto el verdadero poder, el económico y más en concreto el financiero, levantó un tanto la voz, corrieron a unirse marcialmente al viejo grito de guerra de la bruja Avería en La bola de Cristal: «¡Viva el Mal! / ¡Viva el Capital!».
A principios de 2005, es decir, antes del comienzo de la crisis, en plena época de presuntas vacas gordas, Susan George suministraba algunas cifras sobre la situación creada por el neoliberalismo rampante, triunfante sin resistencia desde los años 80:
Actualmente el 20 % superior de la humanidad recibe más del 80 % de la riqueza y el 20 % inferior apenas el 1 % […]. Las primeras quinientas empresas nacionales controlan un 70 % del consumo] mundial […] las doscientas primeras son responsables de aproximadamente una cuarta parte del producto global del mundo (Frente a la razón del más fuerte).
A partir de entonces las cifras no han hecho sino empeorar. El patrimonio de los acaudalados se ha multiplicado mientras la miseria conquistaba sucesivas capas de población. Al mismo tiempo las deudas aumentaban, dando un sentido muy diferente a la frase de Winston Churchill «Nunca tantos debieron tanto a tan pocos», dedicada originalmente a los pilotos de la RAF.
El término neoliberalismo es demasiado blando para definir la realidad que vivimos. Más adecuado y justo sería el de ultraliberalismo. Los métodos de explotación masiva y continuada de productores y consumidores inaugurados durante los consulados de Reagan y Thatcher se nos antojan jurásicos. La despiadada brutalidad con que la Dama de Hierro destruyó la cultura minera aplastando a sus sindicatos resulta igual de anacrónica que los sacrificios humanos aztecas. Ahora las cosas se hacen con suavidad y las víctimas colaboran entusiasmadas en su propia aniquilación, arrancándose ellas mismas el corazón para ofrendarlo a los dioses. Es lo esperable cuando el trabajo, y por ende la posibilidad de un sustento garantizado, va camino de volverse rara avis, y el estado de bienestar el nebuloso recuerdo de una Edad de oro no se sabe si real o soñada. Asistimos a espectáculos tan desoladores como la aparatosa subida en bolsa de una empresa al rumorearse que piensa poner de patitas en la calle a unos cuantos miles de asalariados. Lo más trágico es que muchos ignoran que son peones de esos tétricos juegos a través de sus participaciones en fondos de inversión o de pensiones.
Ante la patológica obsesión por el beneficio que conduce a una sucesión inaudita de desmanes, gobiernos e instituciones supranacionales siguen en estado de parálisis permanente. Como si eso explicara algo, se nos repite: «Es que hoy es la economía quien dirige la política». Bueno, en ese caso la novedad sería relativa, ¿verdad? El problema es que es el negocio, el lucro ciego el que guía a la economía, la cual lleva a su vez las riendas de la política. Se hace bajo cuerda, con sigilo, borrando todo rastro de modo que el Capital se asegure de que pocos sientan la tentación de «sospechar del sistema despótico aplicado para implantar su ideología imperiosa. Una política que se declara «realista» al mismo tiempo que supone la más absoluta indiferencia por la realidad» (Viviane Forrester: Una extraña dictadura).
Falacia tras falacia, el Señor oscuro ultraliberal va a devorarlo todo, hasta aquello que creíamos a salvo para siempre. Teniendo en cuenta lo que está en juego, ya podemos aprestarnos a luchar a brazo partido por los derechos más consolidados. Hay mucho dinero de por medio, y no atrae únicamente a las urracas; también a los buitres humanos.
Si los neoliberales pudieran privatizar la sanidad de todos los países que dependen de un sistema de sanidad público, ello crearía un mercado anual de tres billones de dólares y la privatización de toda la educación pública representaría unos beneficios aproximados de 2,5 billones de dólares al año (George: op. cit.).
Si creemos que el ogro de apetito insaciable va a renunciar a tan suculentos bocados, lo llevamos claro.
DdA, XXII/6305
jueves, 2 de abril de 2026
DESPUÉS DE LO DEL SANTO SEPULCRO, ¿QUÉ DICE EL PAPA DE JESUCRISTO=TRUMP?
Lazarillo
Según una información que leo en el diario italiano La Stampa, pastores, obispos y reverendos de su credo se reunieron con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca y dirigieron las oraciones de Pascua, alabando su liderazgo en la guerra contra Irán, en comandita con el régimen genocida de Benjamin Netanyahu. La pastora evangélica Paula White, asesora espiritual de la Casa Blanca, ha afirmado que el presidente de Estados Unidos ha sido "traicionado, arrestado y falsamente acusado", y ha trazado un paralelo con la figura de Jesucristo, a falta de crucifixión. Días atrás supimos que por primera vez en la historia, la política de seguridad impuesta por el citado régimen impidió que se oficiase misa en la iglesia de Santo Sepulcro de Jerusalén el Domingo de Ramos, importante festividad religiosa, deteniendo al cardenal católico en Tierra Santa y suspendiendo la tradicional procesión de esa fecha desde el Monte de los Olivos. Como ni entonces ni ahora, con la comparación establecida entre el socio del genocida y Jesucristo por la aludida pastora evangélica, el Santo Padre y el Estado que preside han dicho ni pío, cabe preguntarse si deberá a la nacionalidad del pontífice, porque el fallecido Francisco creo que no haría lo mismo. Quien calla otorga y aquí no cabe el amén.
DdA, XXII/6304
PETROLERO RUSO EN CUBA: NO ES JAQUE MATE, PERO ES JAQUE AL REY
Ni Leningrado entonces [Segunda Guerra Mundial] ni Cuba hoy, escribe la articulista, son el lugar donde se decide el resultado, pero son momentos en los que se hace visible una correlación de fuerzas que se construye a escala internacional. El mundo sigue en disputa. Y lo ocurrido no es el final de nada, sino una jugada más en una partida abierta: un movimiento que vuelve a poner en evidencia los límites del poder unipolar. No es jaque mate, pero sí un nuevo jaque al rey. (Acaba de ser noticia que Rusia enviará a Cuba un segundo petrolero, según su ministro de Energía).
Un petrolero ruso llegó a Matanzas cargado de cientos de miles de barriles de crudo, en un momento crítico para la isla. Su llegada no solo garantiza el suministro energético inmediato, sino que se inserta en un proceso más amplio de recuperación que ya ha iniciado La Habana tras meses de asedio impuesto por Estados Unidos, cuya intención confesa ha sido precisamente asfixiar económicamente al país hasta provocar su colapso interno. Un cerco que, lejos de ser una abstracción diplomática, ha tenido consecuencias materiales concretas: cortes eléctricos, paralización de sectores productivos y una presión sostenida sobre la vida cotidiana del pueblo cubano.
En enero de 1944, tras casi 900 días de cerco, el Ejército Rojo lanzó la ofensiva Leningrado-Nóvgorod, una operación militar de gran escala que logró romper definitivamente el asedio nazi sobre la ciudad de Leningrado, hoy San Petersburgo. A través de una combinación de ataques coordinados desde varios frentes, las fuerzas soviéticas empujaron a la Wehrmacht decenas de kilómetros hacia el oeste, reabriendo las rutas terrestres y asegurando el abastecimiento de una ciudad que había sido sometida a un intento sistemático de aniquilación por hambre y frío. Más de un millón de personas murieron durante el sitio, pero la resistencia y la contraofensiva soviética transformaron lo que debía ser una derrota en uno de los episodios que acabarían por expresar el agotamiento de la ofensiva nazi en el frente oriental.
La comparación no es casual. Cuando hoy se intenta presentar la llegada de un petrolero ruso a Cuba como el resultado de una supuesta flexibilidad de Washington, resulta difícil no recurrir a la ironía: ¿habría sido aceptable afirmar en 1944 que la Alemania nazi había decidido "aliviar" el cerco sobre Leningrado? ¿Que, tras casi tres años de asfixia, el levantamiento del sitio fue una concesión del agresor y no el resultado de su fracaso? Sin embargo, exactamente ese ejercicio de distorsión es el que estamos viendo en titulares recientes.
El titular de The New York Times lo ejemplifica: "Estados Unidos permitirá que un petrolero ruso llegue a Cuba, facilitando así la entrada de combustible esencial tras meses de lo que equivalía a un bloqueo". Es difícil condensar en una sola frase un ejercicio tan completo de inversión. EE.UU. no solo aparece como árbitro de la situación, sino como quien "permite" el suministro, mientras el cerco queda reducido a algo que "equivalía" a un bloqueo, casi como si se tratase de una percepción subjetiva y no de una política sostenida durante más de sesenta años. Pero lo más revelador no es solo este titular, sino cómo ha sido reproducido casi de manera automática a nivel internacional. Desde RTVE hasta El País, la consigna se repite con precisión: "Estados Unidos permite".
En 'Blade Runner,' los replicantes no saben que lo son. Se mueven, hablan y reaccionan como humanos, pero hay algo esencial que les falta: no pueden cuestionar el marco que los ha creado. Su existencia está delimitada por un programa que define lo que pueden ver, pensar y decir. Y, una vez más, vemos cómo el periodismo actual parece funcionar con una lógica similar. Lo que produce se parece al periodismo, adopta sus formas y su lenguaje, incluso su tono crítico en ocasiones, pero ha perdido aquello que lo define. En ese sentido, la pregunta es: ¿qué hace del periodismo, periodismo?, y más aún, ¿cómo podemos distinguir a los replicantes?
Si informar es contextualizar, identificar relaciones de poder y señalar responsabilidades, aquí ocurre exactamente lo contrario. Lo que queda no es información, sino una narración cerrada que impide comprender la realidad.
Ofensiva contra Cuba
Para comprender lo ocurrido es imprescindible salir de ese marco. La llegada del petróleo ruso a Cuba no responde a una concesión, y no porque lo diga nadie, sino porque se observan límites que operan en varios niveles.
En primer lugar, un límite económico: las amenazas de aranceles y sanciones pierden eficacia frente a actores que ya operan fuera del circuito económico estadounidense. Lo vimos también en la guerra comercial con China, donde la capacidad de presión de Washington encontró resistencias que evidenciaron que estos mecanismos no son universales, sino dependientes de la posición relativa de cada economía en el sistema internacional. Estados Unidos advirtió que impondría aranceles a quienes suministraran petróleo a Cuba; sin embargo, en la práctica esa medida resulta inoperante frente a Rusia. Desde 2022, el comercio entre ambos países es prácticamente inexistente como consecuencia del régimen de sanciones, y Moscú ha reorientado sus exportaciones energéticas hacia otros mercados, especialmente en Asia.
En segundo lugar, un límite geopolítico: Estados Unidos enfrenta una contradicción estratégica de fondo. No puede escalar directamente contra Rusia en el Caribe sin comprometer otros escenarios prioritarios, como el conflicto en Ucrania o su estrategia contra China. La operación del petrolero lo refleja con claridad: el buque contó con escolta puntual de unidades de la armada rusa en tramos estratégicos de su recorrido, un elemento disuasorio que introduce la dimensión militar sin necesidad de confrontación abierta.
Y, en tercer lugar, un límite material y temporal: la sobreextensión. Estados Unidos se encuentra actualmente inmerso en un escenario de alta tensión en Asia Occidental, particularmente en relación con Irán, pero también con Palestina, que está generando costes económicos, tensiones con aliados y debates internos sobre sus propios objetivos. Un contexto que condiciona directamente su capacidad operativa en otros espacios, incluido el Caribe.
Como en Leningrado, lo que está en juego no es solo un cerco aislado. El sitio formaba parte de una ofensiva más amplia —la Operación Barbarroja— concebida como una guerra de aniquilación. Durante casi 900 días, la ciudad resistió mientras contribuía a desgastar una maquinaria militar que acabaría quebrándose en todo el frente oriental.
Hoy ocurre algo similar, en otro contexto y con otras formas. El recrudecimiento del bloqueo contra Cuba no es un hecho aislado, sino parte de una ofensiva más amplia del imperialismo estadounidense contra aquellos países que no se subordinan a su lógica. Y es precisamente ahí donde este acontecimiento adquiere su sentido, más allá de un episodio en sí mismo, como un indicio más de una escena completa más profunda, que unida a los límites evidenciados en la guerra arancelaria contra China o en la incapacidad estadounidense de imponerse militarmente en Irán, evidencian que esta ofensiva empieza a encontrar resistencias en distintos frentes.
Rusia hace esto porque las condiciones materiales lo permiten, y su contraparte, Estados Unidos no lo impide porque no puede hacerlo sin comprometer otros escenarios en los que también está implicado. No se trata de voluntad, sino de capacidad.
Y, sin embargo, lo que veremos no será el reconocimiento de esos límites, sino su encubrimiento. Ya lo estamos viendo en titulares como los de The New York Times. Convertir derrotas en victorias no es un error informativo, sino una práctica clásica del poder para ocultar sus debilidades. Donald Trump, de hecho, convirtió esta lógica en espectáculo, hasta el punto de que hoy forma parte del sentido común político: perder y presentarlo como ganar.
Ni Leningrado entonces ni Cuba hoy son el lugar donde se decide el resultado, pero son momentos en los que se hace visible una correlación de fuerzas que se construye a escala internacional. El mundo sigue en disputa. Y lo ocurrido no es el final de nada, sino una jugada más en una partida abierta: un movimiento que vuelve a poner en evidencia los límites del poder unipolar. No es jaque mate, pero sí un nuevo jaque al rey.
RT DdA, XXII/6304

