Diario del Aire
jueves, 30 de abril de 2026
NO SON NIÑOS SOBRE PIEDRAS, SON UNA MEMORIA QUE SE RESISTE A SER BORRADA
EL EMBUSTE ES EL CABALLO DE ATILA DEL PENSAMIENTO
Dice Monterrubio en este magnífico artículo, donde sostiene que la esfera pública se ha transformado en un reality show, que dos personajes nefastos invaden con sus proclamas la rutina cotidiana: el mentiroso y el propagador de chorradas. Del primero se presume, quizás con optimismo, que no ignora la verdad, pero la retuerce, disimula, oculta o elimina en función de sus intereses. El otro, ni la conoce ni le interesa en absoluto. El discurso del Poder adopta cada vez más la forma de un galope de Gish perpetuo. Los embustes se suceden a una velocidad tal que es imposible desmentirlos. Es el caballo de Atila del pensamiento. Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba de la reflexión. Y con ella se marchitan el diálogo y la tolerancia. No dar respiro al cerebro es una modalidad sibilina y sumamente eficaz de censura. En ese ecosistema hostil, «¿qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?» (Lorca: Oda a Walt Whitman).
Antonio Monterrubio
Hay coyunturas históricas en las que la irresponsabilidad no tiene excusa. Hoy el discurso del odio, la irracionalidad y la violencia está lejos de ser patrimonio de demagogos ultramontanos y gamberros de las redes sociales amparados en el anonimato. Prolifera, como una floración de nenúfares malignos, desde las gentes de la calle hasta los charlatanes radiotelevisivos con licencia especial para insultar. Son las funestas secuelas de blanquear y dar esplendor a los usos y costumbres de tribus poco respetuosas con las reglas democráticas, por decirlo suavemente. Se normalizan las expresiones, gestos y conductas del trumpismo cañí de modo que ya no escandalizan a nadie. Cuando a todas horas y en todas partes oímos utilizar un léxico y una sintaxis que harían sonrojar a la niña de El exorcista, es que vamos sin frenos hacia el precipicio. Consolarse pensando que, con el tiempo, las aguas volverán a su cauce es de una ingenuidad alarmante. El último verso del poema de Philipp Larkin MCMXIV dice «never such innocence again». En este primer cuarto del siglo XXI, con la vista puesta en los años treinta y cuarenta del anterior, el consejo se torna perentorio. La realidad no se va a evaporar porque nos neguemos a verla por demasiado dura e incómoda.
Dar carta de naturaleza a la zafiedad, el mal gusto, el lenguaje soez y la incultura arrogante en todos los foros, de la prensa al Parlamento, tiene graves consecuencias. La banalización de la barbarie atenta contra la dignidad humana y es letal para la convivencia. Significantes que estuvieron un día repletos de vida han sido vaciados y rellenados con eslóganes de garrafón. Así, si la libertad consiste en ser dueño de sí mismo, difícilmente se aplicará el término a veletas movidas por el capricho de unos vientos de los que no saben ni el nombre. En las experiencias existenciales predominan las interpretaciones, las suposiciones y los espejismos. Lo fáctico y lo ficticio generan un entramado de múltiples dimensiones por las cuales se cuela y desaparece lo real.
Dos personajes nefastos invaden con sus proclamas la rutina cotidiana: el mentiroso y el propagador de chorradas. Del primero se presume, quizás con optimismo, que no ignora la verdad, pero la retuerce, disimula, oculta o elimina en función de sus intereses. El otro no tiene el más leve contacto con ella; ni la conoce ni le interesa en absoluto. El discurso del Poder adopta cada vez más la forma de un galope de Gish perpetuo. Los embustes se suceden a una velocidad tal que es imposible desmentirlos. Es el caballo de Atila del pensamiento. Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba de la reflexión. Y con ella se marchitan el diálogo y la tolerancia. No dar respiro al cerebro es una modalidad sibilina y sumamente eficaz de censura. En ese ecosistema hostil, «¿qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?» (Lorca: Oda a Walt Whitman).
Las situaciones vitales que exigen una toma de postura ética son más numerosas de lo que nos gusta creer. Esto conlleva una cuota de responsabilidad que muchos se niegan a asumir. Cuando el vivir colectivo está contaminado por la irracionalidad y sujeto a una lluvia ácida de bilis, la sociedad corre peligro de naufragar en una profunda crisis moral. El recurso profuso y continuado a las emociones más convulsas, las bajas pasiones, las pulsiones violentas y la inquina como motores de la conducta social acarrea una caída en el fango y una marcha hacia la disolución de la conciencia. «El mundo es ético solo en la medida y porque nosotros lo vivimos» (Negri: Spinoza subversivo). El ser humano es el agente único que puede introducir en él la moral. El acto ético es constructivo, propositivo, trabaja a favor de la vida. Vehicula una alternativa a la destrucción, la esterilidad y la muerte. Es una verdad rebelada, que no revelada.
La esfera pública se ha transformado en un reality show donde argumentos, propuestas y programas no tienen la menor importancia. El criterio propio y el juicio autónomo dormitan en el depósito de los objetos perdidos ni encontrados ni buscados. Se sigue la corriente, el sujeto se abona a lo que más suena, a lo que está en candelero. La era del individualismo a ultranza es la de la necesidad compulsiva de reconocerse en grupos anónimos y amorfos, cimentados muchas veces en la aversión al otro. El miedo a la insignificancia, a quedar al margen, a no estar en el cortejo de los triunfadores, fomenta la adhesión a convicciones nefastas.
La ideología posmocapitalista abomina de la Modernidad, lo cual explica su empeño en achacarle todos los males habidos y por haber, reales o imaginarios. Pero lo que les molesta de ella se resume en tres palabras: libertad, igualdad, fraternidad. Porque cuando dejan de ser inscripciones mohosas en las fachadas de edificios oficiales y vuelven a la tierra nutricia, la mente de los hombres, son ideas cargadas de futuro. En cambio, el Tinglado prefiere el presente continuo, y para mantener ese tiempo verbal único echará mano, si es preciso, de las más siniestras sombras del pasado o las más distópicas profecías del porvenir. De ahí su interés en una cultura degradada y provinciana o, mejor aún, en sucedáneos envilecidos y risibles.
DdA, XXII/6330
CASI UN SARCASMO PENSAR QUE UN INSTITUTO ES UN CENTRO DIFUSOR DE SABERES
Sentimos que se vayan los que piensan como el firmante, porque algunos de los que nos educamos en otros institutos (durante la dictadura) sabemos de su importancia en nuestra vidas: Toda emoción, toda forma de entusiasmo por el conocimiento queda disuelta ante una lógica que convierte la escuela en un mixto entre club de animadores, hospital psiquiátrico, cárcel y garaje. La idea de un instituto de enseñanza media como centro de difusión de los saberes suena hoy casi a sarcasmo, a pesar de que a los profesionales se nos contrate como expertos en tal o cual disciplina científica, técnica o artística.
David Pablo Montesinos
EL PARTIDO POPULAR Y EL PERIODISMO DE PERSECUCIÓN Y ACOSO
Félix Población
Hubo un tiempo, que sólo recordarán los mayores en edad y memoria, en que una mayoría de electores en España se caracterizaba por pensar y votar a lo que se llamaba el centro político. Ni la derecha de Fraga, franquista, ni el PSOE de Felipe, tibiamente socialdemócrata. Los de ahora no son aquellos tiempos. A la derecha de Fraga, tan derecha casi como entonces, y a la extrema derecha, se la vota hasta el punto de que su suma podría llevarnos al pasado más pasado que dábamos por pasado. El centro no existe y asistimos a lo que no ocurriría cuando este país ostentaba su centrismo para olvidarse un poco del viejo régimen: un tipo, al que algunos medios llaman agitador y otros periodista -aunque no llegó a terminar la carrera-, persigue y acosa a la esposa del Presidente del Gobierno en un restaurante, siguiendo la tónica que lo caracteriza con aquellos políticos o periodistas progresistas. Pesan sobre este individuo, al que también se le llama agitador, varias querellas y causas con la justicia por su entendimiento agresivo de la profesión, pero el tipo -respetado, alabado y hasta pagado por la derecha extrema- persiste en su actividad, manteniéndola incluso en el propio Congreso de los Diputados, donde el resto de periodistas parlamentarios ha planteado su expulsión. Todos los partidos de aquella España centrista de la transición -sin mayúscula santificadora- hubiesen condenado a este acosador, de haberse dado entonces este espécimen, pero al día de hoy, el Partido Popular no sólo no lo condena sino que, además de invitarlo a sus mítines fin de campaña como hizo no hace mucho en Aragón, toma frívolamente a chufla la reciente persecución y acoso contra Begoña Gómez, que ha denunciado al sujeto, al que vuelve a defender el PP y su lideresa Ayuso, y sobre el que la Fiscalía pide una pena de dos años de cárcel por denigrar en una entrevista a una mujer con discapacidad intelectual del 75 por ciento. Se está llegando demasiado lejos en tolerancia con quienes, siendo capaces de esto último, ganan con sus episodios de provocación y acoso una notoriedad que no merecen en las redes sociales y también en los medios de información. Si en este país un agitador, acosador o activista hiciera lo mismo que este sujeto con políticos o periodistas de derecha o extrema derecha, todos estamos convencidos de que su trayectoria profesional hubiera sido fugaz. También deberíamos estar convencidos de que sólo desde posturas contrarias a la democracia, o que tratan de socavarla, pueden aflorar individuos como el citado, pagados en origen por el mayor partido de la oposición, que también ha vuelto a ser el de su origen.
DdA, XXII/6330
INTERESANTE ESTUDIO SOBRE EL REVISIONISMO HISTÓRICO EN ESPAÑA (2010-2024)
Dos historiadores españoles, Pablo Molejón y Julio Iglesas Doval, acaban de publicar un artículo científico con un largo pero explícito título: “Antiacademicismo, nacionalismo y extrema derecha en la divulgación histórica española (2010- 2023): análisis bibliométrico y estudios de caso”. Exponen ahí con claridad la estrategia de la ultraderecha en las pasadas dos décadas, basada en la descarada manipulación de la historia para reforzar un discurso nacionalista de odio contra la izquierda, los migrantes y el islam y contra todo lo que no sea su “España una, grande, libre”. Para ello los autores han estudiado la autoría y temática de todas las obras de las secciones de Historia correspondientes a las editoriales Espasa, La Esfera de Los Libros, Planeta y Taurus entre 2010 y 2024. El autor del siguiente artículo cree necesario un estudio así en México.
Pedro Salmerón Sanginés
Termino de constatar (tras haber leído en el último par de años a gente como Carmen Iglesias, Elvira Roca Barea, Santiago Armesilla, Javier Rubio Donzé o el argentino Marcelo Gullo), que si los revisionistas mexicanos de derecha son unos farsantes y unos falsificadores, los españoles son peores, aunque también hay que decir que allá los historiadores serios empiezan a ocuparse del asunto, lo que en México no hemos hecho.
Esa derecha ultranacionalista ha hecho del invento de los reinos godos y la “reconquista” (sí, son inventos, tanto como lo es el “imperio mexica” y el “aztecocentrismo que nos agobia a nosotros), de la conquista de América y el imperio español de los Austria, sus grandes banderas de batalla. Para ello, tienen que mostrar como bárbaros, salvajes o caníbales al islam y a los amerindios, y descalificar con ofensiva violenta a los mexicas o a los libertadores de América, empezando por Bolívar (¡ah, claro!, y a los rojos o zurdos). “Con ello, intentan generar un sentimiento de nostalgia hacia esa versión manipulada del pasado, en la línea de aquello que Zygmunt Bauman llamó retrotopías.
Por otro lado, cuando se hace referencia a episodios del pasado sucio (guerra civil, dictadura...), el discurso cambia: no se trata de glorificarlos ni tampoco de rechazarlos, sino de relativizarlos, como hace buena parte de la extrema derecha europea, de eliminar sus partes más incómodas y venderlos como algo que hay (que)… reivindicar.”
El estudio cuantitativo (cuya metodología está perfectamente explicada) muestra que los divulgadores de derecha no son profesionales, no tienen ningún respeto por el método de los historiadores y suelen mentir con descaro o tergiversar sin rubor (que no nos lean Juan Miguel Zunzunegui, Macario Schettino, Catón, Reidezel Mendoza ni Julio Patán), legitimando “fraudes historiográficos”.
Su mecanismo es el mismo de los falsificadores de la historia de este lado del Atlántico que acabo de mencionar entre paréntesis: “El antiacademicismo y la desprofesionalización de la historia... Algunos de los autores lo reivindican abiertamente; por ejemplo, denunciando a las universidades públicas” como “centros de adoctrinamiento” de la “izquierda woke”, y a los profesionales de la historia de estar “subordinados a la visión negrolegendaria” (o en México, “oficial”). Por tanto, y lo mismo que hacen nuestros falsificadores, éstos tienen en su mano “la verdad” y así lo anuncian en sus portadas las editoriales comerciales que hacen negocio con ellos: “su relato es el verdadero y todas las pruebas que los investigadores profesionales puedan aportar para desmentirlo quedan automáticamente invalidadas por proceder de esa academia”.
Luego, los autores exhiben el nulo rigor metodológico de esos propagandistas, su carácter anticientífico y su presentismo. Esta oleada parece invencible tanto en España como en México. Los autores dicen que es habitual escuchar entre los profesionales a quienes denuncian a estos farsantes (la palabra es mía), sin embargo, más que de los historiadores, muchos de los cuales quisieran (quisiéramos) acceso a las editoriales comerciales (aunque hay que señalar que un historiador profesional no puede escribir un libro al año, si quiere ser serio, como presume un ingeniero Alberto Bravo (goo.su/ UUFKFO1) o peor aún, tres mamotretos en dos años como Marcelo Gullo).
Por tanto, buena parte de la responsabilidad “la tienen una industria editorial y mediática que favorece la difusión de productos con una falta manifiesta de calidad historiográfica y con un claro contenido político, habitualmente reaccionario. Sin obviar el carácter hermético de la academia española, algo que daría para cientos de estudios (lo mismo que en México, apunto yo), creemos poco acertado, en vista de los datos expuestos, reducir la responsabilidad de la mala calidad del grueso de la divulgación histórica a dicha hermeticidad…
Esta responsabilidad se aprecia, por ejemplo, cuando las editoriales deciden publicar a aficionados de derechas en lugar de contactar y dar promoción a historiadores profesionales interesados en difundir su trabajo entre un público más amplio”. Ante esto, “¿qué deben hacer los profesionales de la historia? Es la pregunta evidente, pero no nos toca responderla aquí.” El artículo, que no tiene desperdicio y que deberíamos replicar en México, se descarga aquí: https:// goo.su/e8SWbp
LA JORNADA MX DdA, XXII/6330
miércoles, 29 de abril de 2026
QUE LA MENTIRA POLÍTICA QUEDE IMPUNE ES UNA ANOMALÍA DEMOCRÁTICA GRAVE
El día, lejano al parecer, en que el pueblo, todos sin exclusión, entendamos que la mentira en general y en especial en política es imperdonable, y como consecuencia de ella, retiremos nuestra confianza y apoyo a quienes nos mienten con un descaro absoluto y arrogancia al hacerlo, entonces, y sólo entonces, seremos un pueblo serio, responsable y ecuánime. Mientras tanto, chapotearemos en la ciénaga de la estulticia. Si la mentira no le pasa factura a quien la comete, y los ciudadanos dejamos que eso pase, estamos abriendo una puerta muy peligrosa a un mundo cada vez más hostil, más deshumanizado y más injusto. Porque la mentira persigue fines que siempre tiene que ver con desprestigiar a algo o a alguien para denigrarlo. Manipular la opinión de las personas para que tomen partido por algo o alguien.
Fernando Rodríguez Calleja
EN EL PP SIGUEN HASTA 20 DIRIGENTES VINCULADOS A LA ETAPA KITCHEN
PACO IBÁÑEZ, EN EL TEATRO REAL, EN UN TIEMPO DE IGNOMINIA
Félix Población
Habiendo sido y siendo la de Paco Ibáñez una de las carreras más dilatadas como cantor y compositor, nada menos que setenta años, es muy posible que ni el propio Ibáñez imaginara, cuando se subió por primera vez a un escenario, que cumplidos los 91 años de edad cantaría en el mismísimo Teatro Real de Madrid. Lo hizo el pasado lunes, presentando su disco Vivencias, que pretende ser una reivindicación del humanismo frente a la barbarie, una luz en tiempos de ignominia como los de ahora. Quizá por esto, lo primero que se escuchó en el concierto que dio Ibáñez junto a su guitarrista Mario Mas, ha sido la grabación de unos versos de José Agustín Goytisolo: Por eso digo una vez más:/ que nadie piense o grite ‘no puedo más y aquí me quedo’./ Mejor mirarles a la cara y decir alto:/ ‘Tirad hijos de perra, somos millones y el planeta no es vuestro'. La primera canción compuesta por Ibáñez tiene por letra el poema de Luis de Góngora La más bella niña y el primer disco, que data de 1964, tiene a Góngora y a Federico García Lorca como los primeros poetas musicados por el cantor. Que Paco Ibáñez llegue al Teatro Real en un tiempo que tiene otra vez carácter de barbarie, debería ser una buena noticia, porque se le otorga una proyección al cantautor que se ha ganado con creces desde que rompió el silencio oscuro de la dictadura. Nunca se cantaron en el Real palabras tan necesarias como las que Ibáñez cantó hace unos días en tan carismático escenario. Paco Ibáñez en el Teatro Real con los poetas de nuestra vida en un tiempo de ignominia. El cantautor no se olvidó de nombrar y calificar a los genocidas. Todo el teatro cantó al finalizar el concierto el poema de Rafael Alberti A galopar. Una frase quedó inscrita en el escenario junto a las imágenes de los poetas que hicieron camino y cantar, verso a verso, durante nada menos que siete décadas junto a Paco Ibáñez: Nos queda la palabra.
DdA, XXII/6329
JUDÍOS PROTEGIENDO A PASTORES PALESTINOS DE COLONOS JUDÍOS
Javier de la Puerta/ desde Jerusalén
A ESTA NATURALEZA MUERTA SÓLO LE FALTA LA MOSCA
La extrañaba a este Lazarillo que el escritor Juan José Millás Millás, a través de su habitual sección en El País Semanal, en la que pone pie largo a una fotografía que le sea especialmente atrayente, curiosa o interesante, no tuviera entre las que selecciona con este fin esta del rey que sigue siendo emérito después de su presencia en la plaza de toros de Sevilla para dar lustre cañí a la dinastía de la que forma parte. Juan Carlos de Borbón, junto a la infanta Elena, aparece sentado, en el centro de la instantánea, en una de las salas más borbónicas del Museo del Prado, rodeado por unos cuantos matadores de toros y sus cuadrillas, luciendo todos ellos sus trajes de faena y sus capotes. No nos dice Millás el autor intelectual -es sólo un decir- de la idea, pero es probable que el rey padre quisiera marcar distancia con su sucesor en unos días en que éste llegó incluso a reconocer abusos en la conquista de México, además de mostrar de suyo y por lo general una actitud mucho más reservada y esporádica a la hora de asistir a los tan mal llamados festejos taurinos. "Esa fotografía -escribe Millás- ,como los membrillos del pintor Sánchez Cotán, se descompone mientras la miramos. Y uno busca la mosca, convencido de que, cuando la encuentre, entenderá el sentido último de la escena. Y de la vida". Aunque la mosca no se encuentre o no esté en esa naturaleza muerta, coincidimos con el escritor en que lo propio de una naturaleza así esté a punto de fermentar y oler:
"He aquí una naturaleza muerta a la que solo le falta, como recordatorio de la corrupción, la mosca posada sobre la fruta más madura del conjunto. Una de esas moscas tan bien pintadas que dan ganas de espantarlas con la mano. Me vienen a la memoria las pinturas de Sánchez Cotán con sus coles suspendidas en la penumbra, perfectas, pero también a punto de pudrirse. Recuerdo algunas naturalezas muertas del Museo del Prado, donde la fruta brilla con el fulgor sospechoso del oro de los trajes taurinos. Esa capa de barniz sobre la muerte.
Hay en este género pictórico, además de racimos de uva y cacharros de cocina, tiempo detenido, aire rancio: la respiración agónica de lo que no dura. Se aprecia el momento inmediatamente anterior al deterioro, que es el verdadero asunto del cuadro, porque toda naturaleza muerta es una naturaleza a punto de fermentar y oler.
La fotografía de Juan Carlos I rodeado de toreros pertenece a esa tradición, aunque haya sido tomada siglos después y con otro tipo de pigmentos. No hay fruta, pero hay carne. No hay mosca visible, pero se la presiente. Los ternos, las sonrisas, las posturas, todo está dispuesto con la precisión de un bodegón clásico, como si alguien hubiera solicitado a los personajes que no respiraran para no estropear la composición. Pero, igual que en las pinturas antiguas, lo que interesa no es la quietud, sino la inminencia de algo. Esa fotografía, como los membrillos de Sánchez Cotán, se descompone mientras la miramos. Y uno busca la mosca, convencido de que, cuando la encuentre, entenderá el sentido último de la escena. Y de la vida".
DdA, XXII/6329









