domingo, 23 de agosto de 2026

CARMEN ABENZA, DE LA ESTIRPE DE LAS GRANDES PERSONAS



Víctor Claudín

Se nos sigue yendo la gente querida. Ayer murió Carmen Abenza (no confundir con una periodista andaluza). Tenía 98 años. No la vais a encontrar en la wikipedia, y, salvo alguna rara referencia escondida, en ningún lugar de estas redes que son el mundo que vivimos. Pero, en cambio, si forma parte del corazón de muchos que la conocimos y la quisimos. Una mujer pequeñita, muy manejable, pero con una energía, una vitalidad y una grandeza, difíciles de superar. Su vida fue dura, incluso trágica, a lo largo de un montón de años. Luego, autodidacta, empezó a ser feliz y a contar por escrito su historia, lo que pensaba de la vida y cómo veía el mundo. De esa guisa se autoeditó dos o tres libros. Luego, con Herminio, el librero y editor de Collado Mediano, Librería HG, publicó otros dos, Niños de la guerra y Una mujer vista por dentro, ambas con portadas realizadas por su hija Susana Abenza. Juntando toda su obra una especie de autobiografía llena de sentimiento, de luz y de dolor, de pensamientos, de principios, de Historia. Con más de 85 años se apuntó al taller de creación literaria que yo conducía en la librería, porque ella quería seguir aprendiendo, tratando de escribir cada vez mejor. Una luchadora con la que me encontré en muchos combates. Una mujer de la estirpe de las grandes personas, cuando para las mujeres decir eso es mucho más complicado que para los hombres, que tenemos todas las ventajas imaginables. Ayer, el abrazo con su preciosa y querida hija Susana, me permitió volver a recordar todo lo bueno de la abuela de Collado Mediano que, ya, cansada de batallar, desaparecía. Eternamente en nuestra memoria, Carmen Abenza.

DdA, XXII/6445

EL BLOQUEO ES UN NEGOCIO, PERO CAERÁ PORQUE SE HACE CONTRA LA DIGNIDAD HUMANA



Raulito Torres/Aquí en La Habana

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Alguien por estos días me hizo una pregunta recurrente....que qué haríamos si de pronto tumban el bloqueo...y yo:

Vamos a abrir los ojos mi gente...somos un pueblo que ha hecho de la escasez una escuela de prodigios y de la voluntad un músculo insomne. La grandeza no viene del tamaño de la isla, viene del tamaño de su alma. Donde el mundo ve falta, nosotros sembramos ingenio; donde falta el repuesto, ponemos el alma; donde falta el pan, compartimos la dignidad. Hemos atravesado ciclones, sanciones y asedios, y aun así amanecemos con el mismo sol tercamente hermoso. Si con las manos casi vacías levantamos hospitales, alfabetizamos montañas y parimos vacunas, ¿qué no haríamos con las manos llenas?
Si sin recursos sobrevivimos y hasta asombramos, imagínese sin el bloqueo, con recursos: los laboratorios floreciendo como jardines, los campos devolviendo cosechas sin pedir permiso, los niños sin otro techo que su talento y sin más frontera que su vocación. Seríamos LA POTENCIA DE LA TERNURA y a eso le tienen miedo los bloqueadores..., la fábrica de solidaridad que ya asombra al mundo, multiplicada por la técnica y el descanso. Porque el cubano no pide riqueza para acumular: pide recursos para crear, para curar, para enseñar, para seguir partiendo el pan con el que llega hambriento.
El bloqueo es el miedo de los imperios a un pueblo que demuestra que se puede vivir con decoro sin arrodillarse. Nos castigan por no rendirnos, por creer que la salud y la educación no son mercancías, por atrevernos a soñar en colectivo. Pero el imperialismo no sabe que el amor es un motor que no necesita gasolina, y que la memoria de los mártires es un combustible infinito. Cada pieza negada se convierte en vergüenza para el bloqueador y en escuela de valentía para nosotros.
Sin bloqueo, Cuba no sería una isla más en el mercado: sería un faro para los pueblos, la prueba viva de que la humanidad puede organizarse desde la justicia y no desde la codicia. Seríamos científicos y poetas, agricultores y arquitectos de la esperanza, sin dejar de ser ese pueblo abrazador que cura en Haití, alfabetiza en África y comparte la vacuna con los pobres de la Tierra. El bloqueo es un negocio pero caerá, porque todo muro levantado contra la dignidad termina en ruinas sean cuales sean sus componentes; y ese día, el mundo entero verá lo que esta isla guarda en el pecho: un volcán de amor con forma de archipiélago, desparramando alegría y buenas energías a ese mundo que hoy sigue mostrándole apenas su espalda, salvo santas excepciones....

-2-

Este señor que me preguntaba sobre Cuba sin bloqueo..., no quedó conforme con la respuesta anterior ...pues a continuación expongo en mi muro su cuestionario y debajo mi nueva respuesta, esta vez con más argumentos ...espero que vaya bien servido en esta ocasión!!
Tu respuesta es hermosa desde el punto de vista literario y expresa un profundo amor por Cuba. En eso podemos coincidir. Pero mi pregunta iba por otro camino: ¿qué ocurriría realmente si mañana desaparecieran todas las sanciones de Estados Unidos?
Supongamos que mañana Washington elimina completamente el embargo. Cuba podría comerciar con Estados Unidos sin esas restricciones, acceder con mayor facilidad a financiamiento, atraer determinadas inversiones y reducir muchos costos y obstáculos comerciales.
Perfecto.
Pero al día siguiente seguirían existiendo preguntas que el embargo no puede responder:
¿Quién hará producir una agricultura que durante décadas ha estado sometida a controles, restricciones y decisiones burocráticas?
¿Quién devolverá productividad a empresas estatales deficitarias?
¿De dónde saldrá el capital si no existe suficiente seguridad jurídica para quien invierte?
¿Cómo se recuperarán la infraestructura eléctrica, el transporte, los acueductos, las viviendas y una industria deteriorada durante décadas?
¿Quién detendrá la emigración de médicos, ingenieros, técnicos, agricultores y jóvenes?
Y, sobre todo, ¿cuánto tiempo necesitaría Cuba para recuperarse?
Porque eliminar el embargo no significa que al día siguiente aparezcan barcos cargados de mercancías gratis. Comerciar significa comprar, vender, producir, financiar y pagar.
Además, Cuba no ha estado completamente aislada del mundo. Durante décadas ha comerciado con Europa, China, Canadá, Rusia, México, Brasil y muchos otros países. Incluso ha comprado alimentos y productos agrícolas a Estados Unidos bajo las excepciones permitidas por la legislación estadounidense.
Por eso mi planteamiento no pretende negar que las sanciones estadounidenses tengan costos reales. Los tienen. Mi pregunta es otra:
Si mañana desapareciera el embargo y cinco o diez años después Cuba continuara con baja productividad, escasez, deterioro de servicios y emigración, ¿a quién responsabilizaríamos entonces?
Amar a Cuba también significa hacernos esa pregunta.
Yo también creo profundamente en la capacidad del cubano. Precisamente por eso pienso que Cuba necesita algo más que el levantamiento del embargo: necesita liberar las fuerzas productivas, garantizar propiedad y seguridad jurídica, permitir verdadera iniciativa privada, atraer capital, producir riqueza y dejar que el talento de los cubanos pueda desarrollarse sin tantas trabas internas.
Entonces sí podremos comprobar hasta dónde somos capaces de llegar.
Porque quitar el embargo puede quitar una parte del problema; pero ningún decreto firmado en Washington puede sustituir las reformas que corresponde hacer en La Habana.
Mi respuesta:
.... tu pregunta es legítima y la recojo con el respeto de quien no teme a la verdad. Pero permíteme decirte que como casi siempre pasa, hay en ella una trampa sutil: la de separar el bloqueo de la realidad interna como si fueran dos mundos que no se tocan. Y no es así. El bloqueo no es una anécdota; es una guerra económica de más de sesenta años que ha condicionado cada ladrillo, cada semilla, cada decisión, cada sueño. No se puede juzgar la productividad de un pueblo al que le han atado las manos a la espalda y luego preguntarle por qué no nada.
Tú dices: “¿Quién hará producir una agricultura sometida a controles burocráticos?”. Y yo te respondo: la hará producir el campesino cubano cuando pueda comprar un tractor sin persecución financiera, cuando el fertilizante no tenga que llegar por otras vías dificultosas, cuando cada semilla no sea un milagro de resistencia. Porque la creatividad del cubano no está muerta: está comprimida, como un resorte, esperando el momento de saltar. ¿O acaso no viste cómo en los peores años del Período Especial, sin combustible, sin insumos, sin créditos, Cuba reinventó la agricultura urbana, la organoponía, la medicina verde? Eso no lo hizo la burocracia: lo hizo el pueblo, con las uñas, con la inteligencia, con la terquedad de quien se niega a morir.
Tú preguntas: “¿Quién devolverá productividad a empresas estatales deficitarias?”. Yo te digo: la devolverán los trabajadores cubanos cuando no tengan que elegir entre reparar una máquina o alimentar a sus hijos, cuando cada pieza de repuesto no sea una odisea diplomática, cuando el acceso a tecnología no sea un delito castigado por la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses. Porque el bloqueo no es solo prohibición de comerciar: es persecución bancaria, es veto a navieras, es cierre de puertos, es miedo inducido a cualquier inversor. Quítale eso, y verás cómo la empresa estatal cubana, con sus profesionales formados gratuitamente, con su cultura de innovación, puede levantarse. No es un problema de propiedad: es un problema de asfixia.
Dices: “¿De dónde saldrá el capital si no hay seguridad jurídica?”. Y te respondo: la seguridad jurídica no se decreta en el vacío; se construye en la práctica. Cuba ha aprobado una nueva Constitución, ha abierto zonas de desarrollo, ha firmado acuerdos de protección de inversiones. Pero dime: ¿qué inversor sensato arriesga su capital si sabe que Estados Unidos puede multarlo, encarcelarlo o incluirlo en listas negras solo por negociar con Cuba? El bloqueo es un muro de miedo que ahuyenta hasta al más valiente. Levántalo, y la seguridad jurídica cubana se pondrá a prueba en un terreno real, no en un campo minado.
Tú preguntas: “¿Cómo se recuperarán la infraestructura eléctrica, el transporte, las viviendas?”. Y yo te digo: con el mismo ingenio con que Cuba fabricó sus propias vacunas contra la COVID-19 mientras el mundo rico acaparaba patentes. ¿Sabes lo que significa producir Soberana, Abdala, Mambisa, sin acceso a insumos básicos, sin divisas, sin créditos? Significa que hay una capacidad científica y técnica que el bloqueo ha reprimido, pero no destruido. ¿Cómo no va a poder reparar una termoeléctrica un país que ha formado a cientos de miles de ingenieros? El problema no es la capacidad: es el acceso a los recursos, a las piezas, a los créditos, a los mercados. Todo eso se lo niega el bloqueo.
Tú dices: “¿Quién detendrá la emigración de médicos, ingenieros, técnicos, agricultores y jóvenes?”. Y yo te respondo: la detendrá la esperanza. Porque el cubano no emigra por falta de talento; emigra porque el talento no encuentra espacio para respirar en una isla bloqueada. Dale a un joven cubano la posibilidad de crear, de emprender, de producir, de importar, de exportar, y se quedará. Dale a un médico cubano un consultorio con insumos, una perspectiva de vida, y no tendrá que elegir entre curar en su tierra o sobrevivir en el extranjero. La emigración no es un destino: es una consecuencia del estrangulamiento. Abre las compuertas y verás cuántos regresan, cuántos invierten, cuántos construyen.
Ahora, tu pregunta más dura: “Si mañana desapareciera el embargo y cinco o diez años después Cuba continuara con baja productividad, escasez, deterioro de servicios y emigración, ¿a quién responsabilizaríamos entonces?”.
Te respondo con la seriedad de quien ha estudiado un poquito la historia y la economía, pero también con la fe de quien ha visto al pueblo cubano sobrevivir a lo imposible. No va a pasar. Porque Cuba no es un país quebrado: es un país herido. La diferencia es fundamental. Un país quebrado ha perdido la capacidad de regenerarse; un país herido tiene una fuerza vital impresionante, una memoria, una cultura de resistencia, una educación universal, una salud pública, una cohesión social que el capitalismo neoliberal ni sueña. Si con el bloqueo logró alfabetizar a toda su población, reducir la mortalidad infantil a niveles de primer mundo, crear un sistema de salud que exporta solidaridad a cien países, desarrollar biotecnología de punta, ganar campeonatos mundiales y producir una cultura admirada en todo el planeta, ¿qué no hará sin el bloqueo?
No digo que no haya que hacer reformas. La Revolución Cubana ha sido, desde el primer día, un proceso de transformación constante. Pero esas reformas no son un requisito previo para que el bloqueo se levante; son un derecho soberano del pueblo cubano, que las hará a su ritmo, con su propia lógica, sin imposiciones externas. Y digo más: el bloqueo ha sido precisamente el mayor obstáculo para que esas reformas den frutos. Porque reformar en medio de una guerra económica es como sembrar en un huracán. Se puede, pero los resultados son magros.
El decreto de Washington no sustituye las reformas de La Habana, es cierto. Pero la ausencia del decreto de Washington las hace casi imposibles. Es un falso dilema plantearlo como si fueran alternativas excluyentes: no se trata de “o bloqueo o reformas”, sino de “fin del bloqueo y reformas”. Sin embargo, mientras exista el bloqueo, cualquier reforma nace con una soga al cuello.
Yo amo a Cuba. Y precisamente porque la amo, me niego a aceptar la narrativa de que su destino depende de lo que haga Washington. Cuba ya ha demostrado que puede levantarse de las cenizas; lo hizo en 1959, lo hizo en el Período Especial, lo hizo tras cada huracán, lo hace cada día en cada barrio, en cada escuela, en cada hospital. El bloqueo no ha logrado doblegarla porque el pueblo cubano tiene una capacidad de resistencia que es también una capacidad de creación.
La creatividad reprimida por el bloqueo es una realidad tangible. Miremos a los cuentapropistas, a los artistas, a los científicos, a los campesinos, a los maestros, a los médicos. Todos ellos, bajo condiciones de asfixia, han logrado milagros. ¿Te imaginas lo que harán cuando respiren? Porque el talento cubano no necesita permiso para existir; necesita oxígeno para florecer. Y el bloqueo es la mano que aprieta la garganta.
Así que no, no esperaré diez años para saber si Cuba puede. Sé que puede. Lo sé porque la he visto levantarse una y otra vez, con dignidad, con alegría, con solidaridad, sin perder el alma. Y sé que el día en que el bloqueo caiga, no será Washington quien salve a Cuba: será Cuba la que, al fin, podrá mostrar al mundo todo lo que ya era, todo lo que siempre fue, todo lo que el imperio intentó ocultar con bombas económicas.
Porque Cuba es un faro que ha resistido la tormenta más larga de la historia. Y cuando amaine el viento, su luz iluminará no solo el Caribe, sino el mundo entero.
Esa es mi respuesta, hermano, sin ingenuidad pero con certeza histórica, sin dogma, pero con la evidencia de un pueblo que ha convertido la resistencia en un arte y la creatividad en un arma. El bloqueo caerá, y cuando caiga, Cuba no tendrá que pedir permiso para ser grande: ya lo es. Solo necesitará que le quiten las cadenas para volar.

DdA, XXII/6445

"EL CIELO Y LAS RUINAS": A BUEN TÍTULO, MEJOR Y MUY NECESARIO LIBRO

 Durante lo que llevamos de verano, dediqué muchas tardes con gusto y creciente interés a leer este voluminoso libro (más de 800 páginas) del profesor Juan Andrade, que lo es de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. Me parece que se trata de un libro indispensable para tener un buen conocimiento de la historia europea comprendida entre la Primera Guerra Mundial y la Guerra de España. Puedo asegurar que como lector sistemático de libros de historia contemporánea desde hace algo más de treinta años, El cielo y las ruinas. Guerra, fascismo y revolución europea (de 1914 a la Guerra de España) es una obra de incuestionable valor con la que puede disfrutar cualquier persona mínimamente interesada en el agitado periodo histórico señalado, no sólo por los pormenores y lucidez en la exposición de su contenido sino por la amena descripción de los hechos. Así lo han destacado reputados colegas de Andrade como Enzo Traverso y Paul Preston, quien llega a esperar y desear una segunda parte. Traverso, por su parte, autor del prólogo, afirma que el concepto de guerra civil europea "no me parece incompatible con este trabajo magistral que, muy al contrario, lo enriquece y lo completa iluminando una de sus encrucijadas, sin duda la principal". El libro se divide en cinco partes, con la primera dedicada a la Gran Guerra y la paz consiguiente, la segunda que estudia la revolución rusa, una tercera que lleva por título la revolución global, la cuarta que estudia los fascismos y la quinta que se centra en la Guerra de España. El cielo y las ruinas incorpora al final un perfil biográfico de algunos de los protagonistas más sobresalientes de los episodios históricos que se analizan, no pocos de los cuales desembocaron en la Guerra de España, ya fuera como periodistas, diplomáticos, intelectuales, asesores militares o brigadistas: vidas que atravesaron la historia y vidas atravesadas por la historia. "Nuestra comprensión de Europa y de su historia a lo largo del siglo XX, asegura igualmente Traverso, no podrá prescindir de El cielo y la ruinas", un título magnífico para un libro que por lo menos lo iguala. "Es , ciertamente, una dialéctica del cielo y de las ruinas, figuras alegóricas de la revolución y del fascismo, de un sueño liberador y de una crisis devastadora -escribe también el prologuista-, lo que se despliega en la narración de Juan Andrade" La editorial Akal se ha apuntado un gran tanto con la edición de esta obra, por la que felicitamos al autor. Ofrecemos un extracto de la introducción escrita por Andrade, facilitado por Conversación sobre Historia, al tiempo que recomendamos la lectura de su excelente libro. L0 quisiéramos en todos los institutos y colegios de España, y también en el guion didáctico de los profesores de Historia.- Lazarillo

Juan Andrade

En 1914 arrancó la Gran Guerra, un cataclismo de proporciones hasta entonces desconocidas. El camino a la contienda pudo sortearse, pero luego no se encontró terapia a sus secuelas. En 1917 estalló en la Rusia de los zares una revolución social que prometía un horizonte de igualdad y emancipación. Tras una guerra civil devastadora, aquella revolución se acabó haciendo Estado. Como toda revolución, tuvo causas endógenas y singulares, pero fue también la manifestación de un fenómeno global. De 1918 a 1921, una oleada revolucionaria se extendió por Europa, anegando países derrotados en la Gran Guerra. Fue aplastada, contenida o drenada, según los lugares. No llegó a tumbar la arquitectura de aquellos Estados, pero se filtró a sus instituciones y amenazó con volver. Su reflujo abrió espacio a un nuevo movimiento político, el fascismo, que idealizaba la guerra y prometía acabar con la revolución social para siempre. Se propuso, además, acabar con los derechos y libertades fundamentales; a sus ojos, una oportunidad para la corrupción y una vía expedita a la revuelta. En un contexto de crisis el fascismo prometió su propia revolución: el renacimiento de la nación por medio de la fuerza. Sin embargo, tanto en Italia en 1922 como en Alemania en 1933, llegó al poder por medio de pactos con las derechas tradicionales. En España, en el verano de 1936, una parte del ejército se sublevó contra el régimen constitucional de la República con el respaldo de las derechas viejas y nuevas. Desencadenaron una revolución y provocaron una guerra que ganaron gracias al apoyo de Hitler y Mussolini, mientras construían un régimen que se fascistizaba sobre la marcha. En la guerra de España intervino también la URSS, el Estado surgido de la revolución de 1917, y a España llegaron miles de voluntarios «a luchar contra el fascismo». Muchos habían combatido en la guerra del 14, habían protagonizado las revoluciones de posguerra y se habían exiliado de países fascistas. Como tantas veces se ha dicho, la guerra de España reprodujo a escala un conflicto global y fue, a la vez, su principal escenario. En España, entonces, se concentró el mundo. Como se ha señalado con menos frecuencia, a España llegaron las experiencias de los últimos 25 años. En España, entonces, se condensó una época.

Este libro es una historia de Europa que acaba en España. Atraviesa varios escenarios continentales: las trincheras de la Primera Guerra Mundial en Francia; las calles de Petrogrado y las estepas rusas donde se enfrentaron rojos y blancos; las barricadas de la revolución en Berlín, Múnich o Budapest; las fábricas ocupadas de Turín y los barrios en huelga de Londres; el paredón, la cárcel y el exilio a los que fueron condenados aquellos revolucionarios; los despachos de la Comintern en Moscú donde gestionaron su derrota; la marcha de Mussolini sobre Roma; los desfiles nazis en Núremberg. Y esta historia se ubica en varios lugares de España que a la postre se solaparon con aquellos escenarios: el paso del Estrecho, la Ciudad Universitaria de Madrid, las colectividades en Barcelona, las sedes de los partidos del Frente Popular en Valencia, las visitas al despacho de Franco en Salamanca, los teatros donde los intelectuales lanzaron sus arengas, la base de las Brigadas Internacionales en Albacete, la cárcel de Sevilla, una carretera perdida de Huesca, una cala en Ibiza, tantos pueblos y ciudades bombardeados.

El libro no aborda los fenómenos de la guerra, el fascismo y la revolución en su integridad, sino en sus relaciones y contrastes. Tampoco es una síntesis de los años 20 y 30, un periodo crucial de la contemporaneidad sobre el que se han escrito grandes síntesis. El libro no busca la totalidad ni la síntesis, sino que propone una trama. Decía Paul Veyne que la historia consiste en construir un entramado de lo que nos ha llegado inasible en su inmensidad y dispersión. Decía también que esa trama cobra forma en la narración: que en historia la narración no es solo la forma expositiva y divulgativa de una verdad hallada antes en un plano empírico o abstracto; sino el trenzado de esos hilos del pasado, una parte del procedimiento indagatorio en el que cristalizan explicaciones y significados. Por eso este libro tiene una inclinación narrativa. Por eso y por la conciencia de que en historia las fotos fijas son deformantes y que los agentes solo adquieren una fisionomía verosímil en su dinamismo; por la convicción de que la experiencia necesita ser narrada.

Este libro es una historia de agentes colectivos y nombres propios, una historia de vidas atravesadas por la historia y de personas que atravesaron la historia. Las personas que hemos seleccionado van apareciendo en todos esos escenarios europeos hasta llegar a España. El libro, sin embargo, no se estructura a partir de sus vidas, sino que sus vidas surgen una y otra vez en el curso de la acción. Me inspira una idea de Bertolt Brecht, un personaje de este libro. En sus reflexiones sobre la novela negra el dramaturgo alemán abogaba por aquellas obras donde «la acción no se desarrolla a partir de los personajes, sino al contrario, los personajes a partir de la acción». Mi intención con ello no es deshumanizar a los personajes, sino al contrario, humanizar la historia, sin reducirla, por otra parte, a estas personas que no siempre fueron representativas. Estas personas fueron militares, militantes, obreros, periodistas, artistas e intelectuales, y, en algunos casos, casi todo eso a la vez. Fueron protagonistas de la acción que narro, testigos privilegiados o analistas lúcidos, y, en algunos casos, todo eso a la vez. Me sirven de fuente que someter a ejercicio crítico y de nudo carnal para trenzar la trama.

Funeral de Jean Jaurès en Paris el 4 de agosto de 1914 (foto: agence Rol/Gallica)

El libro pretende abordar estos procesos desde una perspectiva que interrelaciona sus dimensiones sociales y, especialmente, políticas. De acuerdo con mi trayectoria tiene una inclinación por la historia intelectual entendida en tres sentidos: el de la historia de las ideas, el de la historia de los intelectuales y el de la apuesta por una práctica historiográfica consistente en movilizar ideas y conceptos. En este sentido, el libro es un ensayo histórico. Decía Ortega y Gasset que «el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita». Este ensayo, sin embargo, explicita sus pruebas, es decir, las fuentes empleadas, primarias, diversas. Van saliendo en el cuerpo del texto en forma de citas literales e imágenes. Son tratados, discursos, manifiestos e informes políticos. Hay crónicas periodísticas y, sobre todo, diarios y memorias de los protagonistas. He incorporado además una perspectiva cultural que saca a colación novelas, poemas, obras de teatro, arquitecturas, lienzos y fotografías.

El libro contiene vidas, datos, conceptos… y algunas metáforas. El cielo y las ruinas. Dos imágenes para ilustrar la guerra, el fascismo y la revolución. Dos metáforas de significados múltiples y ambivalentes con que asir esta triada. Están en nuestra mente y están en boca de los protagonistas de esta historia, «prestos a asaltar los cielos». El cielo como imagen de la ambición de los proyectos utópicos, y también como lugar habitado durante el éxtasis revolucionario. El cielo sirve de imagen al idealismo fascista, a su objetivo megalómano y a su mística. Es el lugar desde el que divisa a los inferiores y el destino que promete a la nación en crisis: la resurrección tras la decadencia. En los discursos belicistas el cielo es la recompensa para quienes sacrifican su vida: la trascendencia en su sentido religioso o la gloria póstuma cultivada por el Estado. Pero en la guerra moderna el cielo es realmente el lugar del que caen las bombas, de donde llega la muerte. Y, sin embargo, el cielo siguió siendo el lugar al que miraban en un momento de calma los soldados y revolucionarias de esta historia, un punto de fuga de las trincheras y barricadas, el sosiego de la naturaleza frente a la voracidad de la historia, un anhelo de normalidad.

Las ruinas son el producto más acabado de la guerra. La guerra deja ruinas colosales que luego se borran con la reconstrucción, a veces una forma de destrucción de las pruebas de la violencia. Asimismo, la violencia estructural que precede a las guerras y revoluciones genera ruinas ocultadas por las imágenes de estabilidad. Las ruinas forman el sedimento de la historia sepultado por el relato lineal de los vencedores, como escribió Walter Benjamin, testigo y actor de este libro. Las revoluciones producen ruinas, por lo pronto las ruinas del pasado, como propone La Internacional: «del pasado hay que hacer añicos». La demolición del pasado produce la apertura a un futuro antes tapiado, pues sobre esos escombros se suben los revolucionarios para otear el horizonte, hasta ver el cielo. Las ruinas sirven de atalaya. Las revoluciones también se arruinan. Sus ruinas son una muestra de su fragilidad, de la rapidez con que se degradan o de la facilidad con que son demolidas. A veces esas ruinas son la estela de un acto de soberbia o ingenuidad, el desplome de Ícaro al tratar de ascender al cielo con alas de cera. Normalmente representan el castigo cruel a Prometeo por tratar de arrebatar la técnica a los dioses. La ruina señala una carencia, «no ya de lo que fue, sino de lo que no alcanzó a ser», dice María Zambrano. Su propio vacío sugiere rellenos distintos a los que ocuparon esa silueta hueca. Las ruinas de las revoluciones son un plano para construir alternativas a su propio derrumbe. Son el resto inerte de lo que estuvo vivo, pero también materia orgánica que sirve de abono a un nuevo nacimiento. El fascismo no fue la fuerza de demolición de las revoluciones sociales, sino la trituradora de sus ruinas, pues se reciclaban como cimientos para construir reformas sociales y democráticas. En menos de un año Hitler dinamitó desde dentro la República de Weimar y redujo a ruinas al movimiento obrero más fuerte de Europa. El fascismo desarrolló un culto neorromántico a las ruinas, como idealización de un pasado a recrear. En España el fascismo encontró una resistencia feroz y tuvo que recurrir a una guerra total que dejó el país en ruinas.

El libro se estructura en cinco partes. La primera habla del cataclismo de la Gran Guerra y de los movimientos sociales que se opusieron y resistieron a ella. La segunda, de la revolución rusa, y la tercera, de la revolución global que se extendió por Europa. La cuarta parte se centra en los fascismos, especialmente en los casos paradigmáticos de Italia y Alemania. La quinta, más larga, se sitúa en España. A lo largo el libro van apareciendo una y otra vez la treintena de personajes con que hilvano la historia, que iré nombrando ahora en esta introducción. La inmensa mayoría son extranjeros que, tras participar en los acontecimientos europeos que se describen, llegaron a España en la guerra civil; pero he incluido como contrapunto a varios periodistas españoles que estuvieron presentes en esos mismos acontecimientos europeos. Quienes vinieron a España lo hicieron como periodistas, intelectuales, tutores políticos, asesores militares, militares o diplomáticos. Al final del libro hay un esbozo biográfico para tenerlos identificados.

Gran Guerra

La Gran Guerra no fue la explosión inevitable de una atmósfera ciertamente inflamada, ni la detonación del polvorín de Europa por efecto de una chispa puntual. Hubo una cadena de decisiones que los gobernantes trenzaron con su ideología y sus cálculos de oportunidad, con los automatismos de los protocolos de asistencia mutua y con reacciones improvisadas a las decisiones de sus adversarios. Atisbaron en algún momento el cataclismo que se les podía venir encima, pero pensaron que podían conjurarlo o no se lo creyeron del todo. Tenían elementos de juicio para deducir racionalmente la dimensión de la catástrofe, pero esa dimensión sobrepasaba la capacidad asimilativa que suele proporcionar la experiencia pasada, y se confiaron a ella. Para llevar a sus países a la guerra tuvieron que seducir a los desconfiados y reprimir a los disidentes, anticipar la guerra dentro de sus países con propaganda y fuego. El asesinato en París del socialista Jean Jaurés puede leerse como el pistoletazo de salida. Su asesino, Raoul Villain, aparecerá y reaparecerá en esta historia.

No solo fueron reyes prepotentes, políticos con ínfulas de grandeza, empresarios deseosos de hacer negocio y estrategas calculadores quienes incendiaron la belicosidad social. Académicos e intelectuales echaron más letra al fuego. Las soflamas conectaron con un tipo de sentir popular. Muchos jóvenes corrientes vieron en la guerra una oportunidad para paliar la anomía y la pérdida de sentido e intensidad que generaba la nueva sociedad de masas. La conjunción de presiones políticas y disposiciones anímicas hizo que, en algunos lugares, la guerra comenzara en medio de un ambiente festivo. Ahora bien, la mayoría de la gente no quería la guerra. Sin embargo, los tambores de guerra hicieron menos audibles las voces que alertaron de la catástrofe, y el fervor militar opacó el temor de la mayoría de la gente, luego infra-representada por una historiografía demasiado atenta al bullicio […]

Fotograma de la secuencia de la película Octubre de Serguéi Eisenstein en la que se recrea el asalto al Palacio de Invierno
Revolución   

[…] En medio del caos revolucionario el partido bolchevique despuntó como un artefacto con el que hacer palanca para orientar unos acontecimientos descontrolados en varios momentos de oportunidad. El más icónico fue el asalto al Palacio de Invierno los días 25 y 26 de octubre. No fue tanto la toma de bastión consistente como el empujón audaz a un poder tambaleante; una acción planificada, pero también frágil, sujeta al azar; tuvo relevancia y luego se sobresimbolizó.  Aquella noche, al frente de la guardia roja que asaltó el Palacio de Invierno, en el epicentro de aquel acontecimiento, estaba uno de los protagonistas de este libro: Vladímir Antónov Obséyenko.

De 1917 a 1921, con coletazos importantes hasta 1923, una oleada revolucionaria cubrió buena parte de Europa. La influencia de lo acontecido en Rusia sobre estos procesos resultó notable, pero la revolución no fue un fogonazo que vino de oriente, sino una sustancia presente en toda Europa, sobre la cual los hechos de octubre en Petrogrado, o las interpretaciones que de ellos se hicieron en cada lugar, funcionaron, en todo caso, como levadura o reactivo. La revolución fue el gran fenómeno global de la Europa de posguerra, atravesó fronteras nacionales y produjo experiencias homólogas. Entre los distintos escenarios hubo contagio y sobre todo simultaneidad, emulación y sincronía. Un fenómeno común fue la autoorganización de obreros y soldados en Consejos, instituciones autónomas que combinaban la democracia directa con la representativa en distintas esferas de la vida social. Sin embargo, estos procesos revolucionarios acabaron revelando el peso de la historia en cada lugar, difiriendo en su derrota: la República de Weimar en Alemania, la dictadura reaccionaria de Horthy en Hungría o la Italia fascista de Mussolini. En España la impugnación social al régimen de la Restauración se clausuró con la dictadura de Miguel Primo de Rivera […]

Fascismo

El fascismo surgió como nostalgia de guerra cuando la guerra había acabado; como deseo de revertir sus resultados; como sublimación de la guerra en la política; como recreación a escala de sus ideales, procedimientos y estética. La guerra atravesó al fascismo como inercia, simulacro y horizonte. Tuvo su origen en la guerra y encontró en la guerra su destino. El fascismo conectó con los estados de ánimo de un tiempo de crisis, del miedo al odio, de la necesidad de protección a la de redención. Ofrecía seguridad frente a los mismos temores que azuzaba, y descargaba la frustración general sobre varios estereotipos: el especulador, el degenerado, el bolchevique, el judío.

El fascismo demostró una extraordinaria capacidad comunicativa. Combinó la violencia con la seducción. Nació entre las trincheras y las rotativas. Se lanzó a un activismo propagandístico frenético, amplificado por medios de comunicación propios y privados, que lo naturalizaron. Luego, donde llegó al poder, puso el aparato del Estado al servicio de la propaganda. El fascismo inventó emblemas, cánticos y gestos, y se apropió de algunos de la izquierda para disputarle sus bases. Puso en marcha rituales cohesivos de iniciación, homenaje a los mártires y culto al líder. En la conocida expresión de Walter Benjamin, el fascismo produjo una “estetización de la política”, mucho más que una escenografía atractiva. Los mítines y desfiles ofrecían una experiencia virtualmente integradora que prefiguraba un horizonte de grandeza; generaban en sus participantes sensación de comunión y elevación. Era una forma de restañar a nivel simbólico la desigualdad material del capitalismo y de proporcionar una vivencia sublime en un tiempo de crisis. Tenían, además, un efecto performativo capaz de crear la realidad escenificada: los desfiles paramilitares por las calles de Nuremberg enlazaron con la movilización militar hacia los frentes de la Segunda Guerra Mundial […]

España

Hitler quería atenazar a Francia y disuadirla de cualquier aproximación a la URSS, pero de cara a impulsar un programa de dominación en Europa conforme a parámetros ideológicos, que necesitaría de regímenes afines y colaboracionistas. Goebbels justificó su apoyo a Franco con la baza ideológica de la lucha contra el comunismo internacional, que, insistía, acababa de poner una pica en España. El comunismo funcionó en el discurso nazi como un espantajo, respondía a una paranoia y expresaba una sinécdoque. Hitler agitó el miedo al comunismo para acercarse al mundo conservador británico; se sugestionó con el fantasma del comunismo que tanto invocaba; y nombró con el término comunismo un peligro real y más amplio del que éste formaba parte: la existencia de coaliciones antifascistas que pudiera cundir de ejemplo en otros lugares y traducirse a escala internacional en alguna forma de avenimiento de la URSS con otros países. Intervino por razones añadidas: probar sobre el terreno el armamento y las técnicas que emplearía en la guerra de Europa y obtener beneficios por la ayuda militar concedida a crédito a cambio de explotaciones mineras y relaciones comerciales preferentes. España fue un laboratorio y una inversión.

El apoyo militar de la URSS resultó crucial para que la República pudiera resistir. La intervención militar de Italia y Alemania fue determinante para la victoria de Franco. Si se compara la ayuda recibida, la desventaja resulta patente. En resumen, el armamento italioalemán llegó antes, lo hizo con más facilidad y regularidad, se mantuvo hasta el último momento y, aunque la calidad fue similar, fue superior en cantidad. La desventaja aumentó porque el ejército de Franco, unido y formado por militares profesionales, supo sacarle mayor rendimiento. La España de Franco funcionó al contrario que la fragmentaria y caótica rusia de los ejércitos blancos.

Cuando España se situó en el centro del mapa de la estrategia internacional comunista y el PCE pegó el estirón, envió como tutor a una figura de peso, central en este libro, Palmiro Togliatti. Tenía un cometido complicado. Había que conciliar la defensa estricta del régimen republicano con una aspiración revolucionaria ulterior. Había que conciliar la capacidad de iniciativa del PCE con las directrices de Moscú. Y había que impulsar la influencia del PCE en la sociedad y el Estado hasta el punto justo de que no inhibiera el apoyo de Francia y Gran Bretaña ni generara en sus aliados una aversión tal que comprometiera la cohesión del Frente Popular y el gobierno: tenía que animar al PCE para que hiciera más y convencerle, al mismo tiempo, de que a veces más podía ser menos. Toda una labor de equilibrio para un equilibrista como Togliatti. Todo un equilibrio que se fue desmoronando ante la inminencia de la derrota.

En las Brigadas Internacionales había mujeres como nuestras protagonistas Lise London y Teresa Noce. Representaban dos perfiles de mujeres del movimiento comunista. Lise era una trabajadora de su aparato administrativo: gestionaba, traducía, organizaba. Estaba a entera disposición de la causa y decidió venir a España embarazada. Teresa Noce era una mujer de poder, una dirigente comunista. En España editó el periódico de los brigadistas italianos, trasladó directrices, apaciguó conflictos, reprendió disidencias e insufló ánimo. Como veremos, en las Brigadas internacionales se cruzaron las vidas de varios protagonistas de este libro, algunas vidas extraordinarias que se resisten a la pose descreída o la asepsia fingida de ciertas narrativas académicas.

[…] La singularidad libertaria de España atrajo internacionalmente a quienes, como el crítico de arte Carl Eisntein y la filósofa francesa Simone Weil, querían hacer la revolución y luchar contra el fascismo fuera de los estándares de la Comintern. Weil, para quien el compromiso político consistía en encarnarlo, decidió hacer lo que más detestaba, la guerra, y, movida por una extraña combinación de lucidez e ingenuidad, se alistó en la columna Durruti. De su breve paso por España dejó testimonio de la doble vertiente de la revolución libertaria: humanista y violenta.

[…] La Guerra de España produjo debates ricos acerca de la función de la palabra en la guerra. En un extremo, estaba la esperanza en la palabra como arma en sí misma de transformación. En el otro, la conciencia de que al fascismo no se le derrotaría con manifiestos y poemas, sino con aviones y tanques. Entre medias un sinfín de mediaciones y sublimaciones: la escritura como arenga o como mira telescópica del fusil. Bertolt Brecht escribió Los fusiles de la Madre Carrar, una obra de teatro sobre la guerra de España para demostrar que no había otra opción que empuñar las armas, pero no llegó a poner un pie en España. Ludwig Renn dejó la literatura para combatir en España, pero pidió a los intelectuales que hicieran lo que mejor sabían hacer, escribir. La guerra generó una ansiedad extrema en los intelectuales revolucionarios. En los que escribieron provocó sensación de impotencia y miedo a salirse del texto, una forma de “malestar en la cultura”. En los que combatieron, dejó un anhelo por la palabra en ese mundo de violencia que despreciaban, un malestar en la guerra.

12 de junio de 1937. Valencia. Gerda Taro aparece fotografiada por la espalda mientras captura con su cámara un momento del funeral del general Lukacs, muerto en combate en el frente de Huesca el 11 de junio (foto: Emilio)
DdA, XXII/6445

NI UNA ASTURIAS SIN GANADEROS, NI UNA ASTURIAS SIN LOBOS


Los titulares de algunos periódicos de Asturias hablan de "extracciones". Utilizan el mismo sustantivo con el que los medios en su mayoría se referían al secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela a primeros de este año. En el caso del diario asturiano se refiere a los 67 lobos que podrán ser abatidos en aquella región a partir de este otoño. Otros periódicos habal de caza. Pocos medios emplean el verbo más ajustado: matar. Se podrán matar 67 lobos y puede que alguno más que esté a tiro. Se conoce que el titular incomoda. Se deben exigir
soluciones verdaderas, no convertir la muerte en la primera herramienta de gestión, escribe el firmante. Ni una Asturias sin ganaderos, ni una Asturias sin lobos. Llamar "extracciones" a su caza y muerte va camino de lo segundo. Suena y es falso.


Mercel Britez

Cuando el aullido vuelve a estar en peligro
Hay noticias que uno lee y tiene que volver a leer, porque cuesta aceptar que estén sucediendo.
Asturias volverá a permitir la extracción de lobos.
Hasta 67 ejemplares podrán ser abatidos dentro del nuevo programa de control previsto para comenzar en septiembre. El propio Principado sitúa la población mínima en unos 412 lobos y reconoce la existencia de 50 manadas, 46 de ellas reproductoras.
Y entonces me pregunto:
¿Cuántas veces tendremos que demostrar que el lobo puede sobrevivir para que dejemos de considerarlo culpable de existir?
Nos hablan de cifras.
De cupos.
De controles.
De daños.
De compatibilizar conservación y ganadería.
Pero detrás de cada número hay una vida.
Hay una manada.
Hay una hembra que puede estar criando.
Hay cachorros que todavía no conocen el mundo más allá de su refugio.
Hay un macho que recorre la montaña buscando alimento para los suyos.
Hay una familia que no entiende de decretos, de despachos ni de intereses humanos.
Solamente intenta sobrevivir.
No niego los problemas que puedan existir entre el lobo y la ganadería. Sería irresponsable hacerlo.
Pero precisamente por eso debemos exigir soluciones verdaderas, no convertir la muerte en la primera herramienta de gestión.
Porque matar lobos no puede convertirse en una respuesta automática cada vez que aparece un conflicto.
La ciencia, la prevención, la vigilancia, la protección adecuada del ganado, las compensaciones justas y rápidas y el conocimiento profundo del territorio deberían estar siempre por delante del gatillo.
Y hay algo que me resulta especialmente doloroso.
Hace apenas unos meses, las medidas de control fueron suspendidas después de que los tribunales cuestionaran su cobertura jurídica. Ahora Asturias ha modificado su Plan de Gestión y prepara nuevamente las extracciones.
Parece que cuando una puerta se cierra, se busca otra.
Pero yo seguiré haciendo la misma pregunta:
¿Dónde está la puerta que conduce a la convivencia?
Porque esa puerta también existe.
Solo hace falta voluntad para buscarla.
No quiero una Asturias sin ganaderos.
Pero tampoco quiero una Asturias sin lobos.
No quiero elegir entre el hombre y la naturaleza.
Quiero una tierra donde ambos tengan futuro.
Y por eso hoy vuelvo a decirlo, quizá con más fuerza que ayer:
NO ESTÁ TODO PERDIDO.
Mientras un solo lobo siga caminando libre por las montañas asturianas, su historia no habrá terminado.
Mientras haya alguien dispuesto a levantar la voz por él, tampoco.
Y mientras quede una persona que se niegue a aceptar que la solución a nuestros conflictos consiste siempre en eliminar al más débil, habrá esperanza.
El lobo no necesita que lo convirtamos en un símbolo.
Necesita algo mucho más sencillo:
que le permitamos seguir siendo lobo.
Que siga caminando.
Que siga criando.
Que siga cazando.
Que siga aullando.
Porque cuando desaparece el último lobo de una montaña, no desaparece solamente un animal.
Desaparece una parte de la memoria de esa tierra.
Y yo no quiero ser de los que algún día tengan que explicar a nuestros hijos:
«Aquí, hace mucho tiempo, aullaban los lobos.»
Quiero que puedan escucharlos.
Hoy.
Mañana.
Y dentro de cien años.
Por eso no voy a callar.
Por el lobo.
Por la montaña.
Por la vida.

DdA, XXII/6445

sábado, 22 de agosto de 2026

LOS ESTADOS DEL ESTATUTO DE ROMA (SOBRE TODO) DEBEN ARRESTAR A NETANYAHU

Si bien Turquía dista de ser un referente en materia de derechos humanos y su orden de arresto contra Netanyahu está más motivada por razones geopolíticas que por un sentido de deber moral, el hecho es que Ankara ha dado al resto del mundo un ejemplo al tomar las acciones correctas hacia un régimen que hace mucho tiempo dejó de disimular sus intenciones genocidas y perdió de manera irreversible el manoseado recurso de apelar a la “defensa propia” en su violencia contra el pueblo palestino. Por ello, más que distraerse en consideraciones sobre los propósitos del gobierno de Recep Tayik Erdogan, la comunidad internacional –y en particular los estados parte del Estatuto de Roma– debe centrarse en hacer valer las órdenes de captura contra Netanyahu y los demás responsables de operaciones de limpieza étnica.


 A tres meses de que el primer ministro de Israel y prófugo de la Corte Penal Internacional (CPI), Benjamin Netanyahu, ordenara el secuestro de 430 tripulantes de la Global Sumud Flotilla, el ministerio de Justicia de Turquía emitió una orden de arresto internacional para su captura. La justicia turca precisó que el primer ministro es imputado por “crímenes contra la humanidad, genocidio, privación agravada de la libertad, ataques y lesiones voluntarias, tortura, destrucción de bienes, saqueo agravado y apropiación indebida de vehículos de transporte”.

En mayo pasado, Israel impidió por tercera vez que el grupo de activistas organizador de esa flotilla llevara ayuda humanitaria a la población de Gaza que padece la ocupación israelí y la determinación de ese país de aniquilar mediante hambre y enfermedades a quienes no murieron bajo las bombas. En octubre de 2025, 450 activistas fueron secuestrados, y a finales de abril pasado, 100 fueron plagiados y trasladados contra su voluntad a la isla griega de Creta, mientras el español Saif Abukeshek y el brasileño Thiago Ávila permanecieron secuestrados en aislamiento total y sometidos a torturas hasta el 10 de mayo.

En el último de estos episodios, el ministro israelí de Seguridad Nacional, el ultraderechista Itamar Ben-Gvir, publicó un video en el que aparecían activistas de la “flotilla por Gaza” arrodillados y con las manos atadas tras su detención en el mar mientras los plagiarios reían. No fue cesado ni reprendido por el primer ministro, quien comparte la política de exterminio de su subordinado.

Ante la impunidad interna y la complicidad de buena parte de la comunidad internacional esta semana, Ben-Gvir recomendó “matar 30 o 40 palestinos cada noche”, incluidos aquellos que “no representen una amenaza inmediata, porque no merecen vivir, ni siquiera son personas”. También afirmó que los alrededor de 10 mil palestinos secuestrados por Israel deberían ser ahorcados “uno por uno” y prometió hacer “todo lo que esté a mi alcance y poner el mundo patas arriba” para que los ahorcamientos ocurran.

Además, llamó a colonizar de forma permanente toda la franja: “considero que toda Gaza es nuestra. Deberíamos tener asentamientos no sólo en Gush Katif (colonia israelí en el enclave palestino desmantelada en 2005), sino en toda la franja, fomentando la mayor emigración posible, enviándolos a sus países de origen y para los terroristas nada de emigración, nada, simplemente matarlos uno por uno”. Ben-Gvir omitió que el país de origen de los palestinos es Palestina, la tierra entre el mar Mediterráneo y el río Jordán que, desde la limpieza étnica iniciada en 1948, es ocupada ilegalmente por sionistas, ellos sí, llegados de Europa, Asia y Estados Unidos.

Si bien Turquía dista de ser un referente en materia de derechos humanos y su orden de arresto contra Netanyahu está más motivada por razones geopolíticas que por un sentido de deber moral, el hecho es que Ankara ha dado al resto del mundo un ejemplo al tomar las acciones correctas hacia un régimen que hace mucho tiempo dejó de disimular sus intenciones genocidas y perdió de manera irreversible el manoseado recurso de apelar a la “defensa propia” en su violencia contra el pueblo palestino. Por ello, más que distraerse en consideraciones sobre los propósitos del gobierno de Recep Tayik Erdogan, la comunidad internacional –y en particular los estados parte del Estatuto de Roma– debe centrarse en hacer valer las órdenes de captura contra Netanyahu y los demás responsables de operaciones de limpieza étnica.

LA JORNADA MX. DdA, XXII/6444

PALESTINE 36, CINE DE COMPRENSIÓN PARA EXPLICARSE LO DE AHORA



Celso Miranda

Si en el cine buscas estrictamente diversión, ir a ver "Palestina 36" no es una buena opción. Sales de la sala con el estómago encogido y enfrentar el ocio que te ofrece la ciudad un viernes por la noche te hace sentir frívolo, convertido uno en una especie de recipiente de mala conciencia. Y es que la película histórica de la directora palestina Annemarie Jacir, rodada con todo tipo de dificultades en territorio palestino y, claro, prohibida en Israel, se confronta necesariamente con las noticias de hoy mismo. Al genocidio en Gaza, donde tras 6 meses de supuesto alto el fuego ha habido más de 1000 asesinatos de civiles palestinos, se suman las noticias de Cisjordania. Israel ha sacado a licitación la construcción de 1234 viviendas para colonos en la denominada zona E1, que servirían para desgajar físicamente Jerusalén del territorio cisjordano y evitar así la creación de un estado palestino, con la condena, sólo simbólica, de los países europeos. La película narra, incluso con imágenes de archivo de la época, la Huelga General convocada el 19 de abril de 1936, que duraría 6 meses y que constituyó el inicio de la resistencia árabe palestina al colonialismo británico y a los inicios de la ocupación sionista. La masacre de la aldea Al Bassa, próxima a Jerusalén, así como la corrupción y cooptación de las élites árabes por parte del colonialismo británico y el sionismo, son parte de la trama claramente expuesta en el film. No es cine de evasión, es cine de comprensión. Imprescindible para explicarse el día de hoy.

DdA, XXII/6444