Todos los estudios lo dicen y no hace falta ser un lince: con el mismo número de votos, la izquierda, si se une, obtendría como mínimo el doble de diputados y diputadas que si va por separado. Repitámoslo hasta hacerlo posible, escribe la articulista. A lo que me permito añadir: si no les basta con estos números a los que hasta ahora les tocaría por dignidad haber llegado a un acuerdo, con la que nos puede caer el 29 de noviembre, es como para decir apaga y vámonos.
Marge Ferré
La unidad electoral de la izquierda no
es un deseo, es una necesidad. Lo es si lo que se quiere es impedir que los
neofascistas vuelvan a gobernar España, esta vez sin Franco, pero con
intenciones parecidas.
Lo es, una necesidad, si se entiende
que para cambiar una realidad dada lo que hay que hacer es trabajar sobre ella;
sobre la realidad, quiero decir, no sobre los deseos. Y la realidad en nuestro
país desde que alguien plantó la primera tienda en Sol, es la de un tiempo
político acelerado.
Parece ya lejano, afortunadamente,
pero fue hace poco que vivimos un verano en el que la derecha y su enjambre
mediático, judicial, económico y youtubero nos enfangaron en debates sobre el
odio a los condenados de la tierra que cruzaron a Ceuta, pretendiendo hacer del
racismo el eje articulador de la política en España. Recuerdo pensar “cómo les
gusta odiar” mientras veía videos de hordas queriendo patear migrantes. También
pensé que odiar es su espacio favorito, es el lugar oscuro y húmedo en el que
crecen. Al miedo, que es lo que en el fondo sienten, le encanta la oscuridad.
Pero llegó el otoño y una tienda de
campaña, en la plaza que ilumina, les rompió el relato y al hacerlo, la rabia
justa encendió un tiempo diferente; cuando la realidad grita, se hace audible y
ya no te puedes hacer el sordo.
Las acampadas por el derecho a la
vivienda importan porque lo que ha cambiado el tiempo político no ha sido solo
el desahucio de Maricarmen, sino la lucha desencadenada para que esa barbaridad
no pueda volver a ocurrir. Es la reacción a lo injusto lo que lo cambia la
realidad y eso es, precisamente, lo que es una Huelga General; algo así como un
grito masivo que anuncia hartazgo, un “se acabó” que marca el camino y que dice
que vamos en serio. Una Huelga General es la expresión de la voluntad colectiva
de que lo injusto ha de ser resuelto.
Los que así lo entendemos (y somos
millones) sabemos que en las elecciones que Sol precipita, hay que hacer todos
los esfuerzos para que ese anhelo -vivienda, salarios, precio- cristalice, se
convierta en políticas públicas que cambien a mejor la realidad cotidiana de la
gente y que eso no es política en pequeño. Es política en grande.
Sabido es que, para hacerlo, para
materializar ese anhelo, hay que sortear un muro cuidadosamente construido: la
ley electoral es la que es (de nuevo la tozuda realidad sobre la que hay que
trabajar) y obliga a la unidad de la izquierda. Me consta que muchas y muchos
están trabajando por ello, unas a regañadientes, otros más convencidos, las
mejores en la sombra… pero da igual, ha de hacerse. No solo por sumar más
escaños, sino por otro motivo mucho más precioso.
Si la gente importa, su voto también.
Una propuesta que garantice que cada voto a la izquierda cuente y que, por el
camino y de propina, le quite diputados a Vox. Todos los estudios lo dicen y no
hace falta ser un lince: con el mismo número de votos, la izquierda, si se une,
obtendría como mínimo el doble de diputados y diputadas que si va por separado.
Repitámoslo hasta hacerlo posible: que los neofranquistas no gobiernen España
pasa por la unidad electoral de la izquierda y esa es la contradicción principal.
Lo demás es secundario.
La buena noticia es que en ese
espacio no hay insalvables divergencias programáticas, debates sí, pero no
antagónicos, sobre la defensa de Palestina, la paz, la vivienda, la sanidad, la
educación, la igualdad… Un país mejor y para su gente frente a rentistas y
especuladores, un país que haga de la solidaridad un recurso inagotable.
Enfrente, un PP que anuncia
sacrificios que sabemos sobre qué hombros pretende cargar y un Vox que quiere
emular a Milei y su jornada laboral de 12 horas, salarios de miseria, regalarle
nuestras pensiones a la banca y nuestro país a Donald Trump. No hay grises ni
equidistancia posible: este tiempo político acelerado es un tiempo de disputa y
por eso me atrevo a recordar que ni los partidos ni las huelgas son fines en sí
mismos, sino herramientas construidas para canalizar la escucha cuando la gente
grita.
Su voz ha abierto, como una ventana,
un tiempo político que rompe predicciones, que incomoda y pone nerviosos a
caseros, banqueros y a traficantes de armas y por eso, ni más ni menos,
defiendo la unidad.
Hay que saber leer el tiempo
histórico y escuchar a quienes lo construyen, voces que hoy exigen una
candidatura de la izquierda lo más unitaria posible. Así que me sumo a las
muchas que ya apelan a no decepcionar a la gente y a trabajar desde la realidad
desafiable. Animo, desde estas líneas llenas de realidad y deseo, a trabajar
por la unidad de la izquierda, hasta el último minuto.
PÚBLICO DdA. XXII/6497










