
Rafael Manuel Cansinos Galán*
Una de las características que tiene el fenómeno de recuperación de César González-Ruano en 2025 es que sus publicistas, desde medios de extrema derecha, evitan como al diablo la palabra "judío". Hagan ustedes la prueba: acoten la búsqueda de artículos periodísticos a 2025, año en el que la editorial Renacimiento, al husmo del negocio, ha decidido poner en circulación una Biblioteca González-Ruano; y cierren la búsqueda a 31 de junio de 2025, cuando escribo esto: ¡ni uno solo de los participantes en esa ignominia escribe la palabra "judío" en sus alharacas publicitarias! Los detalles paralelos de la actualidad son relevantes, por lo que no olviden ajustar también su sincronía mental a un tiempo en el que desde esos medios se aplaude sin rubor la limpieza étnica que está llevando a cabo el gobierno de Netanyahu en los territorios palestinos.
Estamos una vez más ante un nuevo episodio, anecdótico, pero significativo, de la historia de Israel en Sefarad y del mapa mental contradictorio que mueve a algunos de nuestros intelectuales, tertulianos y publicistas de medios. Hemos pasado de un último tercio del siglo XX y primera década del XXI marcado por la judeofobia tradicional de la derecha, herencia lógica del franquismo, a que esta misma derecha y sus ultras más extremos hayan sido aceptados por el Ministerio de la Diáspora israelí como portavoces legítimos y autorizados del ideario israelí y grandes defensores del papel del Estado sionista como avanzada de Occidente en Oriente Próximo. Todo ello frente a una izquierda desorientada que critica lo que a estas alturas es ya una clara limpieza étnica en Cisjordania y un genocidio en Gaza. Lo que le preocupa al hasbarismo no es que describan el procedimiento -aceptado por la derechas- sino que lo critiquen, lo que les convierte en antisemitas furibundos.
¡Claro! En esta recuperación ruanesca hay que desvincular cuidadosamente el sitagma "González-Ruano" de vocablos con los que puede establecer una concordancia perfecta como "judío" y "judaísmo", "antisemita" y "antisemitismo", "nazi" y "nazismo", etcétera. No puede haber proximidad o que se mezclen esos términos en una nube de palabras que revelaría evidencias. Noticias y artículos vecinos sobre "la guerra justa de Israel" contra lo que llaman estos medios "Hamás" (todos los palestinos), no puede aparecer mezclando resultados con la exaltación del un nazi antisemita que fue Ruano, quien, según indicios insoslayables, esquilmó a judíos durante la II Guerra Mundial y llevó su actividad criminal, también según algunos testimonios que veremos más adelante, a entregar a familias judías que acabaron sus días en los pasos ilegales de frontera española con Francia o en los campos de exterminio.
El argumento de que González-Ruano "es un gran escritor" y nos obliga a separar su vida personal de su obra literaria no tiene base, porque no es verdad. Él mismo fue honesto en este aspecto (¿lo fue en algo más?) y en varios momentos de su trayectoria le vemos plenamente sabedor de la inconsistencia de su labor literaria. No es falsa humildad. Como a otros autores de su generación, leerlo en nuestros días es un ejercicio que solo se justifica con alguna finalidad documental o acádemica. Tiene mucho oficio y miles de páginas y aquí y allí redacta algunos párrafos con cierta gracia dentro del género periodístico "ocurrente", ese que abrió con el siglo Gómez de la Serna, pasa por Umbral y que finaliza, ya en franca decadencia, con Vicente Molina Foix o Manuel Vicent.
No se trata de ignorar los méritos que González-Ruano tuvo como escritor, sino de recordar que cualquier mención a sus habilidades como antólogo, cronista, etcétera, no puede desvincularse del horror que perpetró. Analizar la labor literaria de una figura tan nefastas puede ser válido en contextos académicos, pero el riesgo está en que, al destacarlos sin crítica, se banalice su legado o incluso se abran puertas a narrativas revisionistas. Ruano no fue solo un escritor frustrado, dejó un rastro de actuaciones deleznables; por eso, aunque se estudien sus obras o sus crónicas periodísticas, el foco debe permanecer en las víctimas y en la responsabilidad que su nombre carga. Separar al "hombre" del "monstruo" es un ejercicio peligroso cuando la memoria de millones de seres humanos (no solo judíos) exige claridad, no matices que diluyan la verdad.
Faltan por digitalizar millones de documentos de la II Guerra Mundial. Cuando se apliquen las técnicas de cálculo probabilístico a toda esa documentación César González-Ruano no va tener ninguna oportunidad de escape, aunque siga despertando la admiración -y el respeto, porque a fin de cuentas eso es lo que hacen: respetar- de personas que no hacen otra cosa que justificar, sin ironía, la maldad.
*Hijo del escritor, ensayista, poeta y traductor Rafael Cansinos Assens (1882-1964) y director del archivo-fundación que lleva su nombre, editora reciente de los Diarios de Posguerra en Madrid, 1943 del autor de La novela de un literato, una obra fundamental para el conocimiento del mundo literario en Madrid en las décadas anteriores a la Guerra Civil. Ese tomo de los Diarios refleja a su vez la España de la posguerra en la capital del país. Este Lazarillo espera leerlo en breve para tener datos fehacientes del ambiente de miseria social, moral e intelectual que Cela recreó en su novela La Colmena.
DdA, XXII/6260







