domingo, 22 de febrero de 2026

"HÉROES DEL SIMANCAS": EL ESPACIO PÚBLICO DEBE DEDICARSE A LO QUE HONRAMOS

A propósito del monumento a los llamados "héroes del Simancas, que homenajea en Gijón 90 años después y en contra de la Ley de Memoria Democrática a los militares que se sublevaron en el verano de 1936, el firmante escribe: "en una democracia los espacios públicos tienen que ajustarse a los principios y valores que queremos defender, y no existe ninguna obligación de mantener en ellos lo que otros regímenes políticos decidieron en su momento que querían visibilizar, menos aún si los principios y valores de esos regímenes no son compatibles con los de la España democrática que queremos construir". El centenar de personas que se manifestó ayer en Gijón a favor de la permanencia del monumento evidenciaron con su simbología que sus valores no son compatibles con esa España. El espacio público debe dedicarse a lo que honramos.


José Antonio Garmón Fidalgo

La mayor parte de las personas desconocemos qué méritos tiene la persona que da nombre a una calle o la estatua que nos cruzamos en una plaza. Aún más raramente nos preguntamos quién decidió que esa persona merecía estar ahí. Y la respuesta casi siempre es la misma: lo decidieron los que ganaron. Los vencedores de cualquier conflicto (y de cualquier signo político) tienen el poder, y suelen ejercerlo, de construir el relato. Así ponen y quitan nombres a las calles, levantan arcos de triunfo, encargan esculturas... Y con el tiempo esos monumentos se vuelven paisaje. Llega un momento en que dejan de ser una decisión política y se convierten en algo que "siempre estuvo ahí" y lo normalizamos casi sin darnos cuenta.
Durante muchos años muchas ciudades y calles españolas honraron a destacadas figuras del franquismo. La mayoría de españoles que nacimos en el siglo XX hemos aprendido geografía urbana con esos nombres y muchos ni siquiera los cuestionábamos. Simplemente eran el nombre de la calle donde vivía la abuela o la estatua en frente de la panadería. Porque eso es exactamente lo que hace el tiempo con los monumentos del poder: los vuelve neutros intentando convertirlos en patrimonio de todos antes de que podamos decidir si realmente queremos heredarlos, sin saber muchas veces ni siquiera qué significan. Porque, ¿realmente queremos heredarlos? Y si no es así, ¿qué hacemos con ellos?
Habrás escuchado que esos monumentos no hay que tocarlos, que son parte de nuestra historia aunque sean un recuerdo incómodo. O habrás escuchado que lo que hay que hacer es destruirlos, que no merecen existir. O habrás escuchado que hay que resignificarlos, con una placa que cuente toda la historia, no solo la del bando a la que representan. O quizás habrás escuchado que hay que retirarlos y llevarlos a museos donde se les puede dar contexto.
Mirad, un monumento en un museo con carteles explicativos no es lo mismo que una escultura en nuestras calles. El espacio público lanza mensajes colectivos diciendo qué es lo que honramos, no solo lo que sucedió. Por eso en una democracia los espacios públicos tienen que ajustarse a los principios y valores que queremos defender, y no existe ninguna obligación de mantener en ellos lo que otros regímenes políticos decidieron en su momento que querían visibilizar, menos aún si los principios y valores de esos regímenes no son compatibles con los de la España democrática que queremos construir.

DdA, XXII/6270

EL MAYÚSCULO "REY DE LAS LIBERTADES Y LA DEMOCRACIA"



Félix Población

Parece bastante claro que con la difusión de esta fotografía en la cuenta de Instagram de José María Aznar, el ex presidente del Gobierno tenía el propósito de hacerla coincidir más o menos con los actos institucionales que se celebraron en España como homenaje a la Constitución de 1978, la más longeva de cuantas hubo en este país, sólo superada hasta ahora por la de Antonio Cánovas del Castillo en 1876, también después de una restauración monárquica y luego de una primera y efímera República. Por si hubiera alguna duda, el propio Aznar el de las Azores y su gran mentira de las armas de destrucción masiva que sirvió como excusa para arrasar Irak, lo ha dejado claro con un breve mensaje: “Con el Rey Juan Carlos. Reencuentro con el Rey de las libertades y la democracia en España”. Llama la atención que por dos veces escriba rey con mayúscula y aplique el título que le restituyó el dictador  a las libertades y la democracia. La fotografía podría haber sido tomada en un hotel de Abu Dabi, y también vino a coincidir -lo que son las cosas- con la aparición de Aznar en los archivos Epstein. Tal como ocurrió en eventos similares celebrados últimamente, el emérito huido a Abu Dabi no figuraba entre los invitados a celebrar la Constitución del 78. Quizá por esto, el ex presidente patrañero quiso hacerle constar que para él Juan Carlos I es el Rey de las libertades y la democracia, según se desprende de la historia oficial que esta noche veremos llevada al cine en La Uno de TVE con esa oficialoide Anatomía de un instante*. La otra historia, la que nos falta por no disponer a estas alturas de los documentos reservados de aquella infausta jornada del 23 de febrero de 1981, sigue pendiente

*Ayer noche se emitió en TVE la película El 47, el film que cuenta la historia, basada en hechos reales, de lucha de una serie de personas para forzar la llegada de un autobús de línea a su barrio de Torre Baró (obrero) en la Barcelona de los años 70. La dirección, la interpretación y otros elementos cinematográficos están muy bien, dando como resultado una película que merece ser vista. Pero conviene saber, para situar la historia en sus justos términos, algo que el guion nos escamotea: datos esenciales de la historia real, a saber, que los organizadores de esa lucha que se nos cuenta en la peli basada en hechos reales pertenecían a organizaciones sindicales y políticas concretas: CCOO y PSUC. En definitiva, eran los comunistas quienes daban la cara, quienes ponían el cuerpo y quienes, con su sacrificio, lograban mejoras para las y los trabajadores. Que lo esconda la película que nos narra la historia de esa lucha es un ejemplo más de la falsificación de la Historia. Alejandro Álvarez López

DdA,XXII/6270

EL CORAZÓN DEL PROBLEMA: JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZ DIMITIÓ, NO LO CESARON


La dimisión, en estos casos -escribe Miñano en este artículo-, no siempre suena a asunción de responsabilidad. A veces suena a estrategia. A blindaje. A puerta de salida acolchada. Y entonces surge la sospecha amarga: ¿es este el precio del silencio? ¿Es esta la forma en que el sistema protege a los suyos mientras exige ejemplaridad a los demás?

Ricardo Miñano

No ha sido cesado. Ha dimitido. Y esa diferencia, que algunos intentan presentar como un simple formalismo, es en realidad el corazón del problema. Porque al no ser degradado, conservará una pensión superior —hasta un 30% más alta que la máxima— y todos los privilegios asociados al cargo. Cuando alguien denunciado por un delito tan grave abandona su puesto sin consecuencias administrativas reales, el mensaje que se envía es demoledor.

La dimisión, en estos casos, no siempre suena a asunción de responsabilidad. A veces suena a estrategia. A blindaje. A puerta de salida acolchada. Y entonces surge la sospecha amarga: ¿es este el precio del silencio? ¿Es esta la forma en que el sistema protege a los suyos mientras exige ejemplaridad a los demás?

Ese sueldo vitalicio que arrastra inercias normativas desde tiempos de “Carolo” no es una anécdota histórica, es una decisión política sostenida en el tiempo. Han gobernado distintos partidos en España y ninguno ha querido o sabido reformar privilegios que hoy resultan difíciles de justificar ante la ciudadanía. Cuando las reglas favorecen a quienes ya tienen poder, la desconfianza deja de ser ideológica y se convierte en estructural.

Y cuando situaciones similares salpican a responsables de distintos signos —como ha ocurrido en la Comunidad Valenciana con Carlos Mazón— la percepción se consolida: cambian las siglas, pero no siempre cambian las prácticas. Entonces nace esa frase que cada vez se escucha más en la calle: “todos son iguales".

Esto no es la sociedad que queremos —ni la “suciedad” institucional que estamos dispuestos a normalizar. Una democracia sólida no se mide solo por celebrar elecciones, sino por exigir responsabilidades claras, por eliminar privilegios injustificados y por colocar la ética por encima de la comodidad corporativa.

No es que en España no haya políticos. Es que demasiadas veces falta política en el sentido más noble de la palabra: servicio público, transparencia y rendición de cuentas. Y sin eso, lo que se erosiona no es solo un cargo, sino la confianza de todo un país.

DdA, XXII/6230

sábado, 21 de febrero de 2026

LA EXTREMA DERECHA MONTA CON EL BURKA MÁS ACTIVISMO RACISTA Y XENÓFOBO

 Piensa el profesor Enrique del Teso en este artículo publicado en Nortes que la izquierda debe dejar de ser un gallinero cacareando principios y certezas que no están en discusión e ir a lo mollar. La reacción a la propuesta es sencilla. La ultraderecha quiere poner el foco sobre el burka, porque es una infamia fácil de asociar con el islam y, por extensión, a la inmigración magrebí. Es parte del activismo racista y xenófobo que busca desconfianza, rechazo, temor y deshumanización de grupos humanos. Ataca a minorías para controlar de forma autoritaria a las mayorías, para introducir en la sociedad, en grupos limitados, la quiebra de derechos y para distraer y proyectar la frustración de la gente a falsos problemas, y así preservar los privilegios de los amos de los ultras. 

Enrique del Teso 

Punto para Vox. Cuando nuestra conducta es una reacción a lo que hacen otros, no es una conducta espontánea (o libre). Tener la iniciativa es precisamente actuar de manera espontánea y no inducida por otros. Evidentemente, es normal reaccionar a lo que hacen los demás y no deambular como zombis. Pero es un vicio cuando la dosis es muy alta y nos pasamos demasiado tiempo actuando en respuesta a lo que hacen otros. Una cosa es ser un zombi y otra ser un juguete roto incapaz de mantener un rumbo, porque siempre son los demás los que nos marcan el paso. Uno de los efectos de la provocación es que quien se siente escandalizado o desafiado por el provocador pierde la iniciativa, abandona su rumbo para responder a la conducta desafiante. Acumulando provocaciones conseguimos que el grupo al que queremos ofender esté siempre abandonando su rumbo. Es lo que se llama marcar la agenda, sacar de quicio. Las tácticas de la ultraderecha incluyen desafíos constantes a normas elementales de convivencia con expresiones y actitudes deliberadamente canallas, que dan cohesión a los propios y escandalizan y sacan de quicio a los rivales. La audacia puede incluso inducir parálisis y mutismo por el atrevimiento soez. La izquierda es moralmente superior a la derecha, no hay por qué decirlo de otra manera. El problema es que lo sabe y quiere tanto a sus principios que los petrifica y los convierte en lo que no deben ser: argumentos. Argumentar con principios generales supone repetir siempre las mismas razones y así se cae en letanías y sermones. La ultraderecha ladra brutalidad y la izquierda repite letanías, los ultras se cagan en Dios y los progres se santiguan compulsivamente.

Punto para Vox, decía. Soltaron lo del burka y la izquierda hierve de principios y moralidad superior. Los principios son trastos grandes del conocimiento y, cuando se miden las discusiones ordinarias con ellos, chocan, no caben todos a la vez. La izquierda es facilona para la provocación. Dices burka y llegan los principios en tropel: libertad religiosa, luego no hay que prohibirlo; igualdad y dignidad, luego hay que prohibirlo; lo dice la ultraderecha, luego no hay que prohibirlo; los ultras quieran dar lecciones de igualdad, luego hay que prohibirlo y de paso también los hábitos de las monjas, sobre todo los velos y las cogullas. Y así empiezan en redes sociales y púlpitos a bullir las izquierdas con lo de votar a favor o en contra. Como se razona con principios, todo son certezas y todo son berrinches. Puntazo para Vox. Veamos primero el burka y después a los ultras.

Pues claro que el burka es intolerable. Decíamos que no se puede razonar todo con principios, es decir, con grandes convicciones muy generales. Pero tampoco conviene estrechar los razonamientos tanto que perdamos la perspectiva. Si el culto de una religión incluye el sacrificio ritual de hervir a niños en agua, no debe haber una ley específica que prohíba ese ritual. Ya está prohibido el asesinato, agresión y tortura, simplemente se aplica la norma al caso del ritual. De la misma manera que no creo que deba haber una ley específica para los toros. Tendrá que haber leyes que regulen los aspectos de la dignidad humana implicados en el trato con los animales y actuar en consecuencia sobre los toros. Ya hay leyes suficientes para considerar un delito obligar a seres humanos, por su sexo, a sepultar su individualidad con indumentaria tan ominosa. La libertad religiosa no está por encima de las leyes que prohíben hervir a niños o pudrir en vida a las mujeres. Que no haya coerción física directa para ponerse el burka no quiere decir que no haya coacción. Ya hay leyes que señalan la persuasión coercitiva y el maltrato psicológico como agresiones. Votar contra una ley específica que prohíba el burka no es aceptar el burka como un adorno de la multiculturalidad, sobran los sermones izquierdistas y ultraderechistas en esa línea.

Una ley que prohíba el burka es innecesaria por dos razones: porque las leyes civilizadas de países civilizados ya reprimen un atropello como ese. Es coherente que Rufián votase contra la prohibición y al día siguiente dijera que el burka es una barbaridad. Precisamente, los estados de derecho tienen ya armazón legal para impedir barbaridades tan palmarias. La segunda razón es que es espurio prohibir lo que es manifiesto que no va a suceder. Sería necia una ley que prohibiera castrar a niños para recuperar para la ópera a los castrati. Ni se andan castrando niños, ni hay burkas. Hacer prohibiciones preventivas de aberraciones que no suceden, para las que además ya hay leyes aplicables, parece una necedad.

Pero no lo es. Vox quiere una prohibición expresa del burka para señalar al islam y, por asociación, a la inmigración magrebí. El islam no lleva al burka, como el catolicismo no lleva a la quema de herejes en hogueras. Es un episodio más de racismo y xenofobia ultra. La ultraderecha quiere una sociedad totalitaria y sin derechos, a la que se llegue con el apoyo de la población. La propaganda necesaria para eso necesita siempre a minorías estigmatizadas y señaladas por tres razones. La primera es para el control autoritario. Perseguirte porque tengas ideas distintas de las mías es feo y la gente no lo va a aceptar. Es mejor perseguirte por brujo y para eso tengo que quemar brujas. Si no quemo brujas, no convenceré a la gente de que hay brujería. Tiene que haber etarras, okupas violentos, inmigrantes aprovechados y delincuentes, para que cualquier disidencia de lo que digo pueda señalarse como grados de connivencia con inmigrantes violadores o terroristas antiespañoles. El islam encaja bien, por hechos brutales cometidos en su nombre y por ese imaginario patrio en que anda el Cid y la Reconquista. La segunda es para la eliminación de derechos. La gente no acepta que las autoridades pisoteen derechos ciudadanos. Pero si tenemos minorías deshumanizadas, temidas y odiadas, para ellas el pisoteo es aceptable o indiferente. Si no te cuentan cuentos de miedo de okupas, no aceptarías como normal que se exhiban muchachotes uniformados de negro y embozados gritando amenazas y alaridos. Y la tercera razón es la distracción. Los ultras son los perros de las oligarquías. Deberíamos estar discutiendo en serio las opciones perfectamente constitucionales de expropiar pisos y machacar a impuestos los pisos no destinados a vivienda. El derecho a tener dónde vivir prevalece sobre el lucro y la propiedad. Está en la constitución (artículos 47 y 128) y debería apelarse a ella cuando estamos ante una evidente emergencia nacional. Pero los ricos sueltan a sus lebreles políticos para que nos encrespemos con la extinta ETA, con inexistentes hordas de inmigrantes peligrosos (cuando España sigue teniendo índices muy bajos de criminalidad), o con okupas imaginarios (en España, país con niveles bajos de delincuencia, hay 40 veces más hurtos que okupaciones, afectan al 0,06% de las viviendas, la inmensa mayoría son apropiaciones y no allanamientos y más del 80% son pisos de bancos, fondos y grandes tenedores; no hay problema okupa).7

De esto va la chorrada de la prohibición del burka. La izquierda debe dejar de ser un gallinero cacareando principios y certezas que no están en discusión e ir a lo mollar. La reacción a la propuesta es sencilla. La ultraderecha quiere poner el foco sobre el burka, porque es una infamia fácil de asociar con el islam y, por extensión, a la inmigración magrebí. Es parte del activismo racista y xenófobo que busca desconfianza, rechazo, temor y deshumanización de grupos humanos. Ataca a minorías para controlar de forma autoritaria a las mayorías, para introducir en la sociedad, en grupos limitados, la quiebra de derechos y para distraer y proyectar la frustración de la gente a falsos problemas, y así preservar los privilegios de los amos de los ultras. Es así de sencillo.

NORTES  DdA, XXII/6269

LOS ARCHIVOS EPSTEIN, EL GRANO QUE SI REVENTARA COLAPSARÍA EL SISTEMA

Melania Trump, el príncipe Andrés, Gwendolyn Beck y Jeffrey Epstein en una fiesta en el club Mar-a-Lago en 2000.
Foto: Davidoff Studios Photography

Melania Trump, el príncipe Andrés, Gwendolyn Beck y Jeffrey Epstein en una fiesta en el club Mar-a-Lago en 2000. Foto: Davidoff Studios Photography (AFP -)

En 1996, el ya fallecido financiero estadounidense Jeffrey Epstein fue acusado por primera vez de traficar con niñas menores de edad y mujeres jóvenes para que tuvieran relaciones sexuales con hombres influyentes. Treinta años después, Epstein ya está muerto y el Gobierno de Estados Unidos afirma que se suicidó en prisión, pero la mayoría de los estadounidenses creen que fue asesinado. En cualquier caso, nunca se enfrentará a un escrutinio legal real y completo. ¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo es posible que en un país que vincula su supuesto excepcionalismo con un sistema legal abierto, justo y honesto, Epstein y Ghislaine Maxwell hayan evadido la justicia durante tanto tiempo? Quizás peor aún, ¿cómo es que ninguna de las muchas personas influyentes que viajaron o festejaron con él haya sido arrestada? Parece que nunca lo serán. El último intento de presentar cargos se topó con un muro cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció que los documentos recién publicados eran insuficientes para respaldar cargos criminales contra otros. Aún más grave, indicó que no se emprenderán más acciones judiciales contra nadie. ¿Está intentando el Departamento de Justicia obstruirla debido a las múltiples apariciones del presidente de Estados Unidos en los llamados "archivos de Epstein"? Según el New York Times, el nombre de Donald Trump aparece más de 38.000 veces en los mismos. Por lo tanto, existe preocupación pública de que el presidente esté mostrando nuevamente su disposición a utilizar la ley en su beneficio y el de sus allegados. Pero incluso si es así, hay otras razones que explican lo sucedido durante más de tres décadas. En primer lugar, debe reconocerse que los estadounidenses ricos e influyentes operan en un mundo diferente al de millones de sus conciudadanos. Las leyes fiscales a medida, que permiten a los ricos evadir muchos impuestos, son solo un ejemplo. Asimismo, los esfuerzos de los grupos de presión y las donaciones de campaña aseguran que se escuchen los intereses de los ricos, mientras que las necesidades correspondientes de la clase media y los pobres pasan desapercibidas.

Y en el caso de Epstein, Trump tenía amigos en los medios a quienes podía pedir cobertura favorable. A aquellos que accedieron, debe planteárseles la incómoda pregunta "¿por qué?". No esperen respuestas. En resumen, los ricos tienen la billetera y el oído de la clase política. Esto les permite solicitar que lo que prefieren avance rápidamente y que lo que no prefieren se estanque, o incluso desaparezca. Uno llega a una conclusión inquietante: todo lo que sucede ahora, incluidas las audiencias públicas convocadas por el Congreso, podrían ser meros actos teatrales, diseñados para hacer creer al público que realmente se está haciendo algo para descubrir la profundidad de la depravación de Epstein. Los actos teatrales nunca equivaldrán a la justicia, pero sí permiten una mayor desviación de la historia real. Por supuesto, el Congreso nunca haría eso al pueblo estadounidense, ¿verdad?.-CGTN

La conocida columnista del diario argentino Página/12 comparte con la fiscal general Bondi que si el departamento que ella comanda brindara como debe  un contexto, un modo legible de abordar los millones de datos que libera, accederíamos al horror que yace en las catacumbas del dinero a gran escala, a la barbarie del satanismo desplegado entre grupos de elite cuyos privilegios custodia la ultraderecha. En uno de los mails encontrados, Mete Merritt, la heredera de la Casa Real noruega, le dice a Epstein que será una suerte que los pobres ya no puedan tener hijos, que así será más fácil diseñar humanos de laboratorio. Epstein es el símbolo de la predación sexual de este modelo nazi, que acompaña todo el registro de predaciones

Sandra Russo

Apenas puedo bordear el tema sobre el que quiero escribir. Hace meses que me da vueltas en la cabeza. Y van pasando cosas que robustecen la idea de que en el núcleo de este plan macabro de la renazificación de Occidente, hay intenciones terribles y criminales contra los niños y las niñas, específicamente. (Una extrapolación, en un mundo extrapolado: las atroces visiones de cadáveres de niños que vimos todos en Gaza no le resultan gratis a nuestras psiquis. Hemos visto lo indecible, lo insoportable, el mal).

Los Archivos Epstein son el gran grano que si reventara del todo, tal como dijo la fiscal general Bondi con una impunidad propia de la época, “colapsaría el sistema”. Si el Departamento que ella comanda brindara como debe un contexto, un modo legible de abordar los millones de datos que libera, accederíamos al horror que yace en las catacumbas del dinero a gran escala, a la barbarie del satanismo desplegado entre grupos de elite cuyos privilegios custodia la ultraderecha. En uno de los mails encontrados, Mete Merritt, la heredera de la Casa Real noruega, le dice a Epstein que será una suerte que los pobres ya no puedan tener hijos, que así será más fácil diseñar humanos de laboratorio.

¿Parece conspiranoico? ¡Pero claro que conspiraron! Estamos ante gente que durante décadas violó y torturó a menores de edad, ordenó matanzas, ideó guerras y hasta la destitución del papa Francisco. Fueron hackeados desde el Vaticano. Se protegieron recíprocamente, porque la trama que compartían era criminal y abominable. La detención, el viernes, del expríncipe Andrés, es el primer acto ruidoso que surge de esos papeles.

El dinero acumulado a cierta escala, quizá, provoque perturbaciones mentales que nunca fueron estudiadas. Pero época tras época y contexto tras contexto, las grandes fortunas fueron amasadas en guerras en las que murieron millones de inocentes. Esa riqueza tiene un origen tanático y amoral.

La información reciente de la existencia de safaris humanos de multimillonarios italianos en Sarajevo, con puntaje más elevado si era un niño el asesinado, apuntalan la idea de una perversión que se estimula con el peor de los vicios criminales conocidos.

El dinero y el crimen sellaron el pacto entre estas nuevas tecno fortunas con los nobles y los poderosos convencionales. Hay cosas sobre la isla de Epstein que ya están claras y pasadas en limpio. La pederastia consta, abunda, a tal punto, que se difundieron más fotos de víctimas que de pedófilos. Apenas el Departamento de Justicia de EE.UU., que le es a Trump como Comodoro Pro a Macri, lanzó los últimos tres millones de documentos, pasamos a otra etapa, lo sepamos o no.

Ese caso concentra la llave maestra para entender lo que es totalmente ilógico y sin embargo nos pasa. Esto cotidiano que nos pasa. Este caer cada día un poco más en el desquicio, la locura. Pero sobre todo, vuelve a exhibir qué noción de niñeces conciben, exentos de todo lo que nosotros amamos de los niños, de los indefensos porque así somos todos cuando nacemos y morimos.

Epstein es el símbolo de la predación sexual de este modelo nazi, que acompaña todo el registro de predaciones. Incluye todo tipo de vejaciones físicas, simbólicas, materiales, morales contra todos, pero sobre todo a los niños. Porque los niños y las niñas son la regeneración de la especie, y el fascismo quieren libre disponibilidad sobre ellos.

Hay políticas multipropósito que también vulneran a los niños. La reforma laboral, con su ignominiosa carga horaria y la desarticulación de los ritmos de vida familiares, castiga a trabajadores, pero también castiga a millones de niños que dejarán de ser cuidados, que no podrán ser asistidos como es debido por sus familias.

Así como hemos escuchado estupefactos que los bebés palestinos no son inocentes, sino futuros terroristas, escucharemos cosas similares de otros bebés. Ya están esperando ver morir a niños cubanos de hambre. Y lo hace gente amoral, que la única libertad que defiende, en el fondo, es la de su propia expiación por pecados de lesa humanidad. Ellos y, naturalmente, los millones de perversos que ha generado el algoritmo.

Tomemos en serio la amenaza que se cierne sobre todos y especialmente las infancias. Este satanismo político debe ser derrotado.

PÁGINA/12 DdA, XXII/6269

EMILIO DELGADO, ASOCIADO A LA GRIETA QUE HIZO SALTAR LA UNIDAD POR LOS AIRES

Conviene recordarlo porque está en las hemerotecas y es lo que hace hoy este artículo de Eduardo Romaneli en Diario Red (Emilio Delgado: el eterno estratega), que aunque sea un medio que no disimula su dependencia de Podemos no deja por ello de contar en esta ocasión algo que es incuestionable en la memoria reciente de este país y que la mayoría de los medios de información silencian al propagar en grandes titulares y aperturas de telediarios -como el de doña Pepa Bueno (algo insólito en la historia de TVE si se tiene en cuenta que se trata de una noticia sobre la unidad de la izquierda)-, la presentación o así de un proyecto para llevar adelante esa unidad ante las próximas elecciones generales.  Lo hizo esta semana en el Teatro Galileo Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso -mediáticamente en alza por sus intervenciones-, en compañía del masmadridista Emilio Delgado: "La política no es amnesia, leemos en el citado artículo. Y en la memoria de la izquierda madrileña, el nombre de Emilio Delgado sigue asociado tanto a la promesa de unidad como a la grieta que la hizo saltar por los aires". Casi todos los medios de información se olvidaron de lo que Romaneli subraya. Y a este Lazarillo eso le parece que está bastante feo en un periodismo que se precie, y también digamos que afea lo que esa unidad de la izquierda puede proyectar como objetivo ilusionante para el electorado.


"El 18 de febrero de 2026, el Teatro Galileo Galilei se llena en minutos. El cartel: Emilio Delgado y Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya. El tema: el futuro de la izquierda. La iniciativa parte del propio Delgado. El acto reúne a cuadros de Sumar, IU, Comuns, ERC y otras fuerzas. La alianza es heterodoxa y mediáticamente eficaz. Delgado y Rufián comparten diagnóstico: la izquierda debe hacer ‘algo’ electoralmente para frenar a la extrema derecha. En el escenario se disputan conceptos como la seguridad y la integración de los migrantes, argumentando que los niños ya no pueden jugar en las plazas. Las redes responden con críticas y su posicionamiento discursivo queda a la vista en un remedo de la estrategia errejonista de la transversalidad y entender la política como un mercado de demanda. Pero la pregunta es inevitable: ¿se trata de una apuesta estratégica para recomponer mayorías o del lanzamiento informal de una candidatura con vocación estatal con él de único protagonista?   Los días previos no fueron menos turbulentos. En una entrevista en Eldiario.es, Delgado planteó que la visibilidad del colectivo LGTBI y de los avances feministas deben hacerse "sin invisibilizar lo que siempre ha sido visible", sin "desplazar a la población que siempre ha gozado de mayor visibilidad". La intención, según sus palabras, era hablar de articulación de mayorías. El efecto fue otro. Las redes volvieron a estallar. La reacción interna fue inmediata: compañeras de partido, el sectorial LGTBIQ+ y dirigentes socialistas lo cuestionaron abiertamente. Delgado pidió disculpas: "Estuve poco fino explicándome".

Un día después del acto con Rufián, Delgado propone en una entrevista en Mañaneros de RTVE que en Madrid solo debería concurrir Más Madrid en unas hipotéticas elecciones generales. Se desvela el plan. Sin coaliciones. Sin Sumar. Proyecto propio. La lógica es clara: fortaleza regional y concentración del voto. La consecuencia, también: pedir a otras fuerzas que se retiren en favor de una sola marca. No es una idea nueva en su discurso, pero ahora la formula con mayor nitidez. Y al hacerlo, refuerza la percepción de que su proyecto político pasa por él.

Emilio Delgado es, sin duda, uno de los perfiles más conocidos de la izquierda madrileña actual. Tiene discurso, capacidad mediática y olfato estratégico. Pero su trayectoria también revela un patrón: cada cambio de ciclo ha coincidido con un cambio de posición que lo mantiene en la centralidad. En política, la coherencia no es inmovilidad. Pero tampoco es amnesia. Y en la memoria de la izquierda madrileña, el nombre de Emilio Delgado sigue asociado tanto a la promesa de unidad como a la grieta que la hizo saltar por los aires".

DdA, XXII/6269

¿QUE TIENE EL AYUNTAMIENTO DE ORIHUELA CONTRA MIGUEL HERNÁNDEZ?

Nos enteramos que dicho Ayuntamiento ha decidido retirar subvención a la llamada Senda del Poeta, programa de reconocimiento popular de la vida y obra de Miguel Hernández. Esta ignominia se suma a la practicada por el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, también del PP, pero escorado a VOX, quien hace tres años, a martillazos, rompió unas lápidas del cementerio de la Almudena, en donde se habían grabado unos versos eternos del poeta.


Félix Maraña

A finales de los años cincuenta del pasado siglo, Gabriel Celaya se atrevió a escribir un artículo en defensa de la memoria de Miguel Hernández. Se atrevió y consiguió que se lo publicaran los periódicos del régimen. Pedía a todo ciudadano de buena conciencia que aportara algún dinero para poder comprar una tumba para Miguel Hernández, pues en el nicho en que estaba había cumplido plazo administrativo y lo iban a desahuciar cualquier día, echándolo al osario anónimo.

Gabriel consiguió reunir algún dinero, que se unió al recaudado por la digna militancia comunista clandestina. Una de las agentes más laboriosas fue la poeta y amiga Angelina Gatell, jugándose el tipo siempre por los demás.

Cuando vino esto que hemos convenido en llamar democracia, para ver si cuela en los libros de historia, creíamos que la figura de Miguel Hernández, como la de otros replicados cuya memoria seguía enterrada, se iba a reivindicar. Afortunadamente, se logró construir la Fundación Miguel Hernández, en su Orihuela natal, y muy cerca, en Elche, se creó la Universidad Miguel Hernández, que hoy está siendo uno de los puntales de la formación universitaria pública en la Comunidad.

La Fundación Miguel Hernández ha trabajado con afecto y rigor, consiguiendo alentar la memoria del poeta, promoviendo ediciones, recuperación de textos y artículos, y procurando que la casa natal del poeta siga teniendo el candor y humanidad de sus moradores originales. No hace mucho nos enteramos que el ayuntamiento de Orihuela había decidido retirar las subvenciones a la Fundación Miguel Hernández. Años atrás, el mismo ayuntamiento, dirigido por políticos indignos, se había negado a acoger el legado, todo el legado fundamental de la obra del poeta. Un ayuntamiento de Jaén dispuso acoger dicho legado, salvando así de la ruina tan importante conjunto de documentos de gran valor cultural e histórico.

Ahora nos enteramos que dicho Ayuntamiento ha decidido retirar subvención a la llamada Senda del Poeta, programa de reconocimiento popular de la vida y obra de Miguel Hernández. Esta ignominia se suma a la practicada por el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, también del PP, pero escorado a VOX, quien hace tres años, a martillazos, rompió unas lápidas del cementerio de la Almudena, en donde se habían grabado unos versos eternos del poeta.

Por este camino vamos hacia la ruina, si quienes aún tenemos conciencia no luchamos porque esto no siga deteriorándoselas aún más. Imploremos la libertad y la memoria de quien luchó y murió por una España nueva, pagándolo con su muerte.

Postdata: ¿Han visto si algún escritor famosete, sea de izquierdas o de derechas, haya dicho algo sobre este asunto?

DdA, XXII/6269

MELANIA TRUMP CON GHISLAINE MAXWELL NO ES UNA ANÉCDOTA TRIVIAL


Ricardo Miñana

Ver a Melania Trump en compañía de Ghislaine Maxwell no es una anécdota trivial cuando sabemos quién es Maxwell y qué hizo. No hablamos de rumores ni de insinuaciones: hablamos de una mujer condenada por tráfico sexual de menores, de una red de abuso construida junto a Jeffrey Epstein, de víctimas reales cuyas vidas quedaron marcadas para siempre.
La justicia, en este caso, no fue una teoría ni una conspiración: fue un veredicto. Maxwell fue declarada culpable por captar, manipular y entregar a menores a un depredador. Eso no es un error social ni una mala compañía; es un crimen atroz que destroza infancias y exige responsabilidad.
Por eso la indignación no nace del sensacionalismo, sino del contraste moral. Cuando figuras públicas aparecen vinculadas —aunque sea socialmente— con quienes cometieron tales atrocidades, la pregunta no es ideológica, es ética. Porque la verdadera medida de una sociedad no es cómo trata a los poderosos, sino cómo protege a los vulnerables.
Las víctimas merecen algo más que silencio incómodo o frases vacías. Merecen memoria, justicia y una condena clara hacia quienes participaron en su sufrimiento. Y quienes fueron hallados culpables de traficar con menores no merecen simpatía ni ambigüedad: merecen cumplir íntegramente su condena.

El hecho de que el 75% de los estadounidenses apoye la publicación total de los archivos de Jeffrey Epstein, incluso si ello implica a miembros de su propio partido político, revela algo profundo y poco común en el clima político actual: una demanda transversal de verdad y rendición de cuentas. En una sociedad cada vez más polarizada, este consenso sugiere que hay límites que no deberían estar sujetos a lealtades partidistas, y uno de ellos es la justicia frente a crímenes graves que afectan a los más vulnerables.
Los archivos de Epstein no representan solo un escándalo individual, sino un posible entramado de abusos de poder, silencios cómplices y protección institucional. Mantener información oculta, por conveniencia política o temor a las consecuencias, no hace más que reforzar la desconfianza ciudadana hacia las élites y las instituciones. La transparencia, aunque incómoda, es una condición necesaria para restaurar la credibilidad pública y demostrar que nadie está por encima de la ley.
Publicar todos los archivos no es un acto de revancha ni de espectáculo mediático, sino una exigencia ética. El mundo necesita llegar al fondo de este caso no solo para esclarecer responsabilidades, sino para enviar un mensaje claro: la verdad importa más que la reputación de cualquier partido, figura pública o sistema de poder. Solo enfrentando los hechos, por dolorosos que sean, es posible aspirar a una justicia real y a una sociedad más digna.

DdA, XXII/6269

EL EXCESO ES EL CAMERINO DONDE LA POESÍA SE VISTE DE IMPOSTURA

El autor del siguiente texto, el poeta gijonés  y crítico literario Alejandro Céspedes, lo leyó recientemente en la presentación en Madrid,  el pasado 12 de febrero, del libro de Pedro López Lara El último cuchillo: El exceso -escribe Céspedes- es el camerino donde la poesía se viste de impostura. Los camerinos son la antesala de la escena. La escena es la forma más sublime de impostura. Y la impostura no puede mantenerse indefinidamente. Eso también lo vimos en poetas que todos conocemos. Después está el abismo. 

Ha existido desde siempre, y contra toda lógica aún existe, una tendencia histórica que concede a la actividad artística una virtud salvífica. Quiero entender que esa supuesta redención de no se sabe qué, tiene obviamente que ver con el proceso de trabajo, nunca con la obra acabada. La obra terminada no posee la más mínima cualidad sanativa ni expiatoria; es una realidad distinta y ajena ya al propio autor y solo puede aportarle el valor emocional de lo que es bien o mal recibido, o ni siquiera recibido. Lo único que está presente en la escritura es el lenguaje. Lo que está presente en una partitura no es su autor, son las notas, es decir, otro lenguaje. Lo que vemos en un cuadro no es su autor, es color, pinceladas, es textura… y una manera de hacer. Entonces, si el autor deja de estar presente dentro de la obra y, una vez terminada, ya no le es posible la interacción con ella, la supuesta curación ha tenido necesariamente que producirse antes. ¿En qué momento? ¿En todas las palabras, notas, pinceladas… o solo está en algunas? ¿Está en los sustantivos, en los pronombres, en los artículos…? En una partitura ¿está en las blancas, en las semicorcheas, en los silencios…? ¿Está en el color verde? ¿En el azul? ¿En cuántos trazos? ¿Dónde? Porque si es cierto que está, convengamos que debería hallarse en algún sitio de todo ese proceso, un proceso muy largo, extendido en el tiempo, jamás continuo, interrumpido a intervalos.

¿En verdad tiene el arte, la escritura en nuestro caso, alguna capacidad de expiación restauradora del psiquismo? Y si la tiene, ¿con cuántas obras se obtiene? ¿Con dos, con veinte, con cuatro…? Y si en verdad nos curase de ese no se sabe qué, ¿perdería el artista su condición o se reduciría su talento al lograr la sanación? ¿El motor curativo de esa redención se pone siempre en marcha los días que trabajamos, o solo algunos? ¿Cómo funciona? Ese algo evanescente, inaprensible, indetectable, ha de ser una energía, algo que se transfiere… No, no se transfiere. Si se da, solo puede existir en el procedimiento. Tal vez no sea más que una corriente eléctrica que cambia de polaridad, de negativo a positivo, mientras la estamos usando para traducir nuestras ideas a un lenguaje, el que sea. Y me temo que muy posiblemente ni siquiera ese lenguaje es necesario para que el hecho sanador ocurra, si es que ocurre. También lo hacen unas vacaciones. Porque si lo que sucede es que nos salva o nos redime solo un poquito y a ratos, ¿qué diferencia sustancial existe entonces entre la dedicación artística y cualquier otra actividad de distracción? No sé…, la jardinería, hacer botijos, maquetas complicadas, un gran puzzle…

Entonces, si lo que redime y reconforta es el trabajo de construir la obra, ¿de qué les sirvió a Pavese, a Kafka, a Dostoievski, a Van Gogh, a Leopoldo María Panero, a tantos cientos de artistas que acabaron suicidándose? ¿No sería mejor pensar que el arte solo es el síntoma de una enfermedad del alma? El alma como metáfora, claro, quiero decir de un «trastorno» emocional. Los artistas, con frecuencia, somos personas neuróticas que aprendimos a procesar la realidad de un modo poco común. Desarrollamos, en el mejor de los casos, una manera estrábica, transversal, de percibir el mundo, una visión propia de seres complejos que refracta sobre la superficie de las cosas y llega desviada al fondo de una aparente realidad que los demás observan sin ningún cuestionamiento; eso que nos permite, en palabras de Valéry, «Ver lo que todo el mundo puede ver y no ve». Y si esa complejidad se da en un ser que se ha encontrado con el arte como una vía de escape, todas sus anomalías producen adherencias en las palabras escritas, en los trazos de una brocha sobre el lienzo, en el aire que se expele por cualquier instrumento o a través de la garganta —que no es otra cosa que el aliento vital transformado en sonido—, en los golpes que se dan contra una piedra para extraer la belleza que jamás se encuentra dentro de la piedra, sino escondida muy dentro de nosotros; al contrario de lo que dicen que dijo Miguel Ángel con un fino sarcasmo: que el David estaba dentro del bloque y que él solo tuvo que ir quitando el mármol que le sobraba. En esta especie de chiste hay una verdad inmensa: que el arte es un oficio que exige conocimientos, también muchísima práctica. ¿Por qué a tantos escritores les cuesta tanto asumirlo? ¿Creen que los rebaja de categoría? ¡Oh…, ser poeta, un ser ungido de gracia tan singular! No afirmo que el sufrimiento sea necesariamente una condición ligada al arte, hay demasiados ejemplos de que es el lugar también de muchos seres vulgares.

No he creído nunca que construir cualquier objeto artístico nos redima de nada. Creo menos aún en ese halo de misticismo y mitomanía que se le añade a la actividad artística. El numen no talla el mármol. Las musas no tienen la ocurrencia de escribir una aliteración, un acróstico o un oxímoron. La actividad artística como mucho nos estimula y como poco entretiene, aunque muchas veces frustra. Pero me ha servido aquí como introducción al tema. Porque de lo que en verdad pretendo hablarles es de todo lo contrario: de aquello que nos enferma cuando la obra se acaba, y muchas veces también mientras se hace. Sé que parece una broma, pero Pedro López Lara abandona la poesía por una prescripción médica. Y yo pienso seriamente en pedir hora a ese médico. ¿Le sirvió a Pedro este éxito —que ahora convierte en fugaz— para quedar redimido, o tal vez lo dejó hastiado? ¿Procede ese dolor de la propia creación? O, más bien al contrario, el sufrimiento, en su caso, es la deriva del resto; de lo que no es escritura, sino performance, esto que hacemos hoy. Esta liturgia pública es un desgaste inútil que a algunos nos arrasa; esa cansina exigencia de ir de lectura en lectura, de muro en muro de Facebook, esos esfuerzos que hacemos por levantar el brazo muy arriba para intentar ser visibles entre una multitud exagerada que también levanta el brazo en un estadio de fútbol donde actúa Taylor Swift.

Los solitarios, los sociófobos, quienes experimentamos la exposición pública como un trastorno de ansiedad más que como una oportunidad, percibimos estos actos no como celebraciones, sino como una erosión. Vivimos las consecuencias de la obra terminada: la obligación de mostrarse y la tensión de fingir. En estos ceremoniales siempre hay algo bipolar. Pedro ha tenido la suerte de haber sido publicado en las editoriales más potentes. Pero todos conocemos que hoy hay algo muy patético en eso de publicar e intentar buscar un hueco. Hay escritores que tras escribir el libro pagan para publicarlo, algunos compran sus libros para luego ir revendiéndolos igual que los comerciales de aspiradores a domicilio, puerta a puerta, en tugurios, librerías, bares o festivales, pagando de su bolsillo los viajes, la estancia, dietas… para vender algún libro, o regalarlo, por el que ni siquiera van a cobrar los derechos de esa venta. Seres embadurnados de sí mismos vociferan que la poesía es necesaria, pero nunca reciben nada a cambio. La poesía no les devuelve nada, solo da tocino al ego.

Es entonces cuando tendría que asaltarnos la pregunta más seria que deberíamos hacernos, y esta sí es necesaria: ¿cuál es el límite que señala lo que el poeta está dispuesto a soportar? ¿Dónde reside o se esconde la lucidez del cansancio? Un poeta puede decir «hasta aquí» cuando el lenguaje deja de resistírsele; cuando el poema ya no plantea dificultades reales o cuando las soluciones llegan demasiado rápido, cuando el texto obedece a una mecánica de oficio. La auténtica poesía —la que no es ejercicio, ni estilo, ni retórica— implica fricción y riesgo. Cuando eso desaparece, el resultado puede ser correcto, puede incluso ser brillante, pero ya no es suficiente.

Un poeta puede decir «hasta aquí» cuando comprende algo incómodo: que la poesía no crece indefinidamente, no progresa como una carrera profesional ni como una disciplina acumulativa. Hay poéticas que alcanzan su forma plena relativamente pronto y otras que necesitan varias décadas, pero la lógica del trayecto es en ambas parecida. Reconocer esos límites demanda una lucidez que no es frecuente porque va contra el narcisismo del autor, esa víctima del anhelo de una eternidad que se le desvanece entre los dedos o detrás de los cristales de los escaparates de alguna librería, si es que su libro llega a alcanzar un rinconcito en el estatus de las «novedades» de la librería de su pueblo.

Ninguno de estos dos casos puede aplicársele a Pedro. Dice que está muy cansado. Que todo esto lo enferma. En él hay otra deriva. Cuando la vida —con todo su desgaste— ya no necesita ser metabolizada en un poema, cuando el poeta puede vivir sin traducirse, callar no es una mutilación: se convierte en un modo de descanso. Es reconocer que la poesía ya nos ha dado —o negado— todo cuanto tenía para nosotros. Seguir solo es un exceso. El exceso es el camerino donde la poesía se viste de impostura. Los camerinos son la antesala de la escena. La escena es la forma más sublime de impostura. Y la impostura no puede mantenerse indefinidamente. Eso también lo vimos en poetas que todos conocemos. Después está el abismo. Y entonces un poeta puede decir «hasta aquí» porque seguir lo obliga peligrosamente a mantener una identidad, a retener una audiencia, a sostener un lugar que únicamente es simbólico y que genera ansiedad. En este punto escribir ya no solo es creación, sino gestión de uno mismo. Y aquí uno puede negarse a degradar la experiencia. Sé que es raro, solo les pasa a unos pocos y se agranda con la edad. Mientras la escritura funciona como una forma de resistir, de ordenar el caos, como tabla de salvación para ese yo neurótico o ególatra que no sabe encontrar alimento en otra parte, abandonar puede ser muy peligroso. Aunque también publicar se ha vuelto tan gaseoso y estéril…

La decisión de cerrar una obra es un gesto que merece ser pensado con calma, sin sentimentalismo y sin mitologías de baratillo. Y no porque se haya agotado ni, como en este caso, porque le falte reconocimiento. No estamos ante el gesto melancólico o crepuscular de una despedida que se haga con desprecio hacia la poesía. Pedro no se va porque ya no tenga nada que decir, sino porque tras haber acumulado toda la leña cortada durante muchos años hizo una inmensa hoguera con gran poder calorífico. No como la mayoría, que vamos encendiendo pequeñas fogatillas que sirven solamente para entibiar los dedos. Pedro, además de enfermarse con estas ceremonias, tal vez decida irse porque ya ha dicho lo que necesitaba decir y no quiere convertir el oficio en una inercia, como hacemos tantos otros. Pedro nos enseña que hay poetas que escribimos para prolongarnos y otros —mucho más raros— que lo hacen para consumirse. Su labor pertenece a esta segunda estirpe. Saber detectar ese límite en uno mismo es una forma muy exigente de honestidad y también una forma muy rara de respeto por la poesía. Envidio esa fría lucidez. Siento hacia Pedro López Lara una profunda admiración, y no solo por su obra, sobre la que ya he escrito. Que él haya decidido que yo esté presente en este acto tan definitivo me produce una extrañísima ternura y una anieblada tristeza.

En una época que confunde visibilidad con sentido, insistencia con valor, perseverancia con fidelidad, presencia con relevancia, la retirada consciente introduce una distinción de autoridad: la de quien no necesita seguir hablando para seguir siendo escuchado. Estamos preparados para finales retóricos, para retiradas tácticas o silencios estratégicos que en estos tiempos que corren ya no sirven para nada, no para despedidas verdaderas. Hoy, desgraciadamente, no estamos asistiendo a la presentación de este libro, sino a algo más incómodo: la comparecencia final de un poeta que decide decir adiós cuando todavía podría seguir hablando, y eso, hoy, es profundamente anómalo. Su retirada no es un gesto teatral, es una consumación. Vivimos en un tiempo en el que casi todo invita a lo contrario: a prolongar, a insistir, a publicar más, a estar más, a decir más, a que nos vean más, a tratar de seguir ocupando un espacio cada vez mayor —si eso fuera posible— o por lo menos a no perder ni un milímetro de lo que se ha conquistado. No solemos darnos cuenta de que ese territorio que ocupamos solo es un suelo prestado que los demás nos conceden, nunca ha sido una conquista.

He escrito en la reseña de su libro Arcén que la poesía de Pedro tiene todo lo que a la mía le falta: sobriedad, concisión, una dicción depurada, una sintaxis limpia sometida a una abrasión meticulosa que la deja en el hueso. Son pensamientos tallados que, muy lejos del lirismo exuberante, se acercan al fragmento moral y metafísico. Quienes hayan leído con atención su obra reconocerán en ella una constante: la escritura no aparece nunca como adorno de la vida, ni como compensación, ni como refugio estético; la sobria precisión de su lenguaje transita por zonas de riesgo, lugares donde se juega y muchas veces se pierde. Todos los libros de Pedro crean una atmósfera moral, y aun así, no trata de protegernos, consolarnos o embellecer la experiencia: solo hiere y pone a prueba a sus lectores. Y lo hace con una ética clara: escribir hasta dejar exhaustas las palabras con una determinación subrayada en los últimos versos de su obra completa: «Todavía me quedan dos cosas por hacer: / este poema / —que dejaré incompleto— y después». «Después» sin punto final. Podría parecer la insinuación de un regreso, pero en realidad anuncia su irrevocable silencio. Después de ese «después» está «callar». Y como es un hombre conscientemente sabio, por si aún quedasen dudas, utiliza como título para su despedida otro último verso, el del poema de Borges, «Conjetural»: «el íntimo cuchillo… en la garganta». Nada más gráfico para quien desea enmudecer; el cuchillo, con su violencia retórica, es la herramienta precisa, además de una metáfora brillante, para acallar una voz.

Fotografía de Gloria Díez

Pedro no decide apartarse porque piense que el fuego de su escritura se ha vuelto decorativo como una estufa eléctrica que simula tener llamas. Ni hay tampoco en esta despedida voluntad de resumen, ni de canon personal, ni retrospectiva al uso. Lo decisivo de este gesto es que se produce desde la lucidez, la lucidez del cansancio, desde el reconocimiento de lo que mereció ser dicho, de lo que puede sostenerse sin el auxilio del futuro, no desde el agotamiento. Y sin embargo, si algo recorre las páginas de El íntimo cuchillo es la conciencia del desgaste, del tiempo que corroe, de la experiencia que va dejando restos esparcidos, de la imposibilidad de convertir la vida en un relato limpio. No hay aquí épica de la supervivencia ni celebración del yo. Hay, más bien, una ética del residuo: lo que queda después de que todo lo demás se ha consumido. Y escribir desde ahí no debe de ser cómodo.

No hay que demonizar la poesía, pero tampoco exaltarla como hacen tantos poetas tratando de convertirla en algo trascendente y hermanado con esa cosa indefinible que parece emanar de una divinidad sobreabundada. La poesía —ya lo he dicho de otra forma— no es otra cosa que la traducción del pensamiento a un lenguaje que necesita de cierta normativa para poder distinguirla, unas reglas muy laxas, eso también es verdad, tal vez demasiado flácidas. Y hay algo más importante que hemos visto padecer a alguno de los nuestros: entender que la poesía —como cualquier forma intensa de relación con uno mismo— ha de tener un límite saludable y que, alcanzado a ese límite, callar no es una derrota. En el rigor de este gesto, callar puede ser también detenerse para ver cómo esa barnizada trascendencia se va perdiendo en la nada, en esa nada multitudinaria que nos pone en nuestro sitio. Pedro no se va por esto. Los dos hemos entendido que este mundo exige mucho y que debemos mirarlo con las gafas de presbicia, las de la vista cansada, o separar el objeto para que no sea tan borroso. Es más lúcido que muchos. Otros siguen extendiendo la mano igual que el inspector Gadget usando el Gadgetobrazo.

Aunque su autor lo subraye con toda su autoridad, no sabemos si este silencio será definitivo. Pero eso apenas importa, porque la claridad con que lo dice es tan poco frecuente que funciona como un acto de ejemplaridad. Y no porque debamos imitarlo —cada cual responde ante sí mismo—, sino porque subraya algo esencial: la poesía no consiste solamente en ocupar un lugar, sino en saber perderlo, o en abandonarlo a tiempo, o dejarlo transcurrir melancólicamente hacia su futura nada. Tras un éxito fulgurante, ¿tiene Pedro la conciencia y la propia honestidad de reconocer que ha agotado una forma de decir? Yo no lo creo. La amplitud de su abanico temático da muestras de lo contrario. La razón, como se ha dicho, hay que buscarla en otra parte, porque además su abandono no nace de la carencia, sino de la suficiencia; y lo hace sin fracaso ni resentimiento. El fracaso habla en pasado (no tuve suerte, no me tuvieron en cuenta…) El resentimiento lo hace con la tercera persona (es culpa del sistema, ellos, los otros…). En cambio la coherencia habla en presente, siempre en primera persona.

Pedro y yo nos tenemos por buenos amigos. Y no es para nada extraño que esa amistad, hasta hoy, haya sido únicamente telefónica. Tallada durante horas de largas conversaciones. Solo está construida con palabras, sin contacto ni gestos, igual que la poesía. Durante una de esas conversaciones telefónicas, Pedro, en otro alarde de su inmensa lucidez, dijo esta frase que me apresuré a apuntar: «Los humanos tenemos la costumbre de mirarlo todo desde el desenlace, sin tener en cuenta cómo hemos llegado hasta aquí». Hemos llegado hasta aquí, hasta este momento tan definitivo y quiero darle las gracias por dejarme acompañarlo hasta este umbral que lo llevará a otra parte. Y tiene que irse contento porque ha estado a la altura de todo lo que escribió. Lo demás ahora ya sobra, porque «hasta aquí» no es un límite, es el lugar de los ecos, de esas cosas tan livianas que no necesitan cuerpo ni presencia para seguir existiendo. Hemos llegado hasta aquí y «todavía me quedan dos cosas por hacer: / este texto para una despedida / —que dejaré incompleto— y después». «Después» sin punto final, como le gustaría a Pedro.

DdA, XXII/6269

viernes, 20 de febrero de 2026

EL INSULTO ULTRA MÁS UTILIZADO CONTRA LA MUJER PROGRESISTA ES "BRUJA"

«Si no estamos alerta no va a ser solo Rosalía la que se vista de monja con fines comerciales sino tu compañera, tu madre o tu hermana, y no precisamente para vender discos, sino para que no la quemen en una hoguera», escribe Barbara Celis. En el nuevo relato ultraderechista, bruja es el insulto más utilizado contra la relatora especial de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, y contra toda mujer que defienda públicamente hoy cualquier idea progresista.

Una escena de la película ‘Los domingos’, de Alauda Ruiz de Azúa | BTEAM PICTURES
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Bárbara CelisLa Marea

Aterrizo en Madrid y escucho hablar sin parar de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Yo vivo en Italia, patria del Vaticano, donde me han dicho cosas como «yo voy poco a misa, solo los domingos». Pero visto que en el último año he sido fagocitada por un jubileo y un cónclave, decido que –de perdidos al río– voy a ver la película, aunque intuyo que hay algo raro en el ambiente porque no es normal que todo pase a la vez: Rosalía se viste de monja y habla de Dios, Javier Cercas se forra vendiendo libros sobre un viaje con el papa Bergoglio, el Madrid institucional celebra la Navidad invitando a cantar a un grupo de dudosa calidad musical pero fervor indiscutible llamado Hakuna y una serie tan alejada de la religión como Machos Alfa incluye en su última temporada la conversión a cura de uno de sus protagonistas más golfos.

En los periódicos españoles no dejan de aparecer artículos analizando precisamente la coincidencia de esos fenómenos. En Francia avisan de que hay un auge de bautismos entre adultos. En Italia, cantantes como Elodie o Annalisa también han recuperado la iconografía católica que hace décadas convirtió a Madonna en hereje oficial, pero sobre todo hay un boom de influencers que te enseñan cómo vestirte para ir a misa o te leen la Biblia por si tú no eres capaz. El fenómeno de los tiktokers que evangelizan es global: también se da en España, Latinoamérica y, a lo bestia, en Estados Unidos.

Los expertos se preguntan si estamos ante un regreso de la espiritualidad. Afirman que la generación Z está perdida y desilusionada ante la falta de perspectivas laborales y necesitan volver a creer en algo. Nos dicen que estos fenómenos culturales reflejan lo que ocurre en el interior de muchas almas: la gente está volviendo a creer porque el capitalismo, ¡ay, dios!, les ha decepcionado.

Creer en Jesucristo puede que esté de moda, como lo está desde hace ya algunos años creer en la meditación y en el yoga. Pero en todos estos análisis se olvidan de que la solidaridad también estaba incluida en el cristianismo original. Pero en esta nueva ola nadie dice «ayudemos al prójimo», «creo en Dios porque él me ha enseñado que hay que luchar contra las injusticias».? ? Al contrario, creer parece ser parte del culto al yo: «Voy a meditar para sentirme mejor», cuando los verdaderos budistas meditan por la paz en el mundo. En la película Los domingos, el mensaje es acrítico: «Voy a hacerme monja porque he sentido la llamada de Dios», y punto. Otra muestra más del individualismo desmedido del siglo XXI, en realidad un subproducto de ese mismo capitalismo contra el que, en teoría, se rebela esa vuelta a la fe.

Pero… ¿y si estas manifestaciones cristianas que ahora pincelan nuestra cultura pop simbolizaran algo mucho menos inocente? ¿El reflejo, en formato consumible, de esos tiempos oscuros con los que nos amenazan desde múltiples frentes ideológicos? Porque no hay que olvidar que en el Proyecto 2025, la hoja de ruta de Trump, el cristianismo, en su vertiente más rancia, guía muchas de las decisiones políticas: la única familia es la formada por un hombre y una mujer, el aborto es pecado, los inmigrantes amenazan a la raza blanca y podría sustituirla si no los echamos, la mujer tiene una sola misión: dedicarse a la crianza, y toda esa serie de valores ultraconservadores, racistas y machistas promovidos también a través de organizaciones como el Congreso Mundial de Familias o Political Network for Values (Red Política por los Valores)

Esos centros de poder canalizan millones de euros que sirven para financiar a Vox y otros partidos ultraderechistas como Fratelli d’Italia. Con ese dinero ganan elecciones y así consiguen que esa ideología se convierta en legislación, como ya ha ocurrido en Hungría, el modelo político de éxito para la ultraderecha cristiana. Seguramente también lo replicará Chile, donde José Antonio Kast, presidente de la Red Política por los Valores, acaba de ganar las elecciones.

Aviso a navegantes: si no estamos alerta no va a ser solo Rosalía la que se vista de monja con fines comerciales sino tu compañera, tu madre o tu hermana, y no precisamente para vender discos, sino para que no la quemen en una hoguera. Porque además, las brujas han vuelto. En el nuevo relato ultraderechista, bruja es el insulto más utilizado contra la relatora especial de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, y contra toda mujer que defienda públicamente hoy cualquier idea progresista. Ideas que hasta hace unos años eran consideradas mainstream –desde la igualdad de género a la defensa de los inmigrantes–, pero que, con el empoderamiento de la ultraderecha, se han convertido en asuntos de… brujas.?

ASTURIAS LAICA  DdA, XXII/6268