viernes, 6 de febrero de 2026

ESPAÑA TAMPOCO NECESITA SALVADORES TECNOLÓGICOS



Una empresa privada (Telegram) decide intervenir en el debate político usando su posición privilegiada de fuerza que ningún gobierno democrático podría permitirse sin ser acusado, con razón, de abuso. La libertad digital no se protege con alarmas apocalípticas, se protege con transparencia, con control democrático y con una ciudadanía crítica que no acepta que ni un gobierno ni una plataforma le dicten lo que debe pensar. España no necesita salvadores tecnológicos, necesita debate informado y plataformas que respeten el espacio democrático en el que operan.

Alejandra Caldevilla

Ayer Telegram envió un mensaje masivo a todos sus usuarios en España acusando al Gobierno de querer instaurar un “Estado de vigilancia”.
Es decir, que una empresa privada extranjera decidió intervenir en el debate político español usando su posición privilegiada, sin contexto, sin matices y sin posibilidad de réplica.
Telegram denuncia supuestos intentos de control estatal, pero omite algo esencial y es que las plataformas tecnológicas también ejercen poder, y no poco, controlan infraestructuras de comunicación, algoritmos, datos, canales de difusión y cuando una empresa así decide enviar un mensaje político masivo, lo hace desde una posición de fuerza que ningún gobierno democrático podría permitirse sin ser acusado, con razón, de abuso.
El mensaje está diseñado para activar miedo, no para informar, exagera, simplifica y convierte un debate complejo, que sí creo que debiera darse en el Parlamento y en la sociedad civil, en un ultimátum emocional, no invita a leer la ley, ni a contrastar fuentes, busca la indignación inmediata.
Las regulaciones digitales pueden discutirse, criticarse y mejorarse, pero ese debate pertenece a la ciudadanía y por supuesto que Telegram tiene derecho a expresar su postura, lo que no tiene es legitimidad para autoproclamarse defensora de la libertad digital mientras envía una alerta nacional con su propaganda política a millones de personas como si fuera un parte de emergencia.
La libertad digital no se protege con alarmas apocalípticas, se protege con transparencia, con control democrático y con una ciudadanía crítica que no acepta que ni un gobierno ni una plataforma le dicten lo que debe pensar.
España no necesita salvadores tecnológicos, necesita debate informado y plataformas que respeten el espacio democrático en el que operan.

DdA, XXII/6254

CHOMSKY Y EPSTEIN: NO HABRÁ COMUNICADO DE LA FAMILIA DEL PENSADOR


Miguel Mora

No ha sido una decisión fácil, y es dolorosa porque Noam Chomsky ha sido el referente moral de mucha gente, y porque además tuvo la generosidad de aceptar la presidencia de honor de la revista CTXT en febrero de 2015, cuando nos concedió una entrevista en su despacho del MIT pese a que nadie nos conocía. Pero las últimas filtraciones del Archivo Epstein, que revelan que Chomsky fue amigo íntimo y asesor del pederasta Jeffrey Epstein, son demasiado graves como para mirar hacia otro lado.

Esta semana, el patronato de la Fundación Contexto y Acción ha debatido largamente si la editora de CTXT debía mantener a Chomsky como presidente de honor de la revista. La discusión ha sido intensa y apasionada. Y el resultado de la votación, en la que han participado 14 de las 15 patronas y patronos, ha sido de 11 votos a favor de retirar la distinción y tres en contra. Por tanto, nuestro admirado Noam Chomsky, que sigue vivo a los 97 años aunque ya sin facultades para defenderse, deja de ser el buque insignia honorífico de la revista.

Durante el debate, los defensores de Chomsky argumentaron que los correos filtrados por el Gobierno Trump entre el lingüista y pensador anarquista y el millonario y supremacista judío es un asunto privado, que no daña a nadie. Todos hemos sostenido en privado afirmaciones o críticas que no sostendríamos en público, dice ese sector minoritario del patronato, de manera que cancelar a Chomsky porque esos correos hayan salido a la luz es una decisión exagerada, punitivista y no exenta de moralina: “Moralismo y más moralismo. Resulta que si encima has hecho grandes cosas, entonces el castigo es aún mayor”, escribió uno de los defensores de no hacer nada. “Nadie discute que se equivocó gravemente en su juicio sobre Epstein, pero nada de lo que hizo o dijo sirvió para salvar a Epstein. Estuvo ciego, sí, pero eso como hecho (no como símbolo) es una nimiedad al lado de sus contribuciones y su compromiso. No dañó a nadie, más que por su indiferencia en este caso concreto…”.

Los partidarios de que Chomsky deje de ser presidente de honor alegaron que nadie trata de borrar su obra y sus contribuciones, claves para la formación del pensamiento crítico de varias generaciones, sino de que un intelectual que se pone del lado de un abusador y no respeta a las víctimas no puede representar los valores de la revista ni los fines que persigue la fundación.

Varios apuntan la incoherencia que supone que un pensador que dedicó su vida a decir las verdades al poder haya frecuentado el círculo íntimo de un personaje siniestro, obscenamente rico, creador de una red de prostitución de menores y mujeres para hombres muy poderosos y vinculado con el Mossad. Y destacan el apoyo que Chomsky le prestó –según se lee en un correo de 2019 firmado como Noam– al mostrar su solidaridad a Jeffrey Epstein por la “horrible manera” en que, según él, los medios y la opinión pública trataban al delincuente sexual. En ese mail, Chomsky hablaba de la “histeria en torno al abuso de las mujeres”.

“Mandan los tiempos, no la biografía. Si a Marx lo hubiesen pillado puteando a los trabajadores, el pedestal se hubiera roto. En estos tiempos no se puede ser referente de nadie ayudando a tapar abusos a menores”, dijo uno de los partidarios de prescindir de Chomsky. “No se trata de moralismo, sino de que defender a un violador de menores en serie es indefendible y no puede representarnos”, añadió.

“No estamos cancelando a nadie. No se queman sus libros”, señaló otro de los promotores de la decisión. “Se le quitan todos los honores y se explica alto y claro por qué, y lo mucho que nos duele. Los lectores y donantes merecen una explicación. O varias, si hay debate como evidentemente hay”.

José Antonio Martín Pallín, presidente de honor de la Fundación Contexto y Acción, con voz pero sin voto en la decisión, resume así la paradoja de una decisión muy complicada: “Los avatares y azares de las vidas privadas pueden ser y muchas veces son lamentables. Pero la potencia de su pensamiento y su acción política permanecerán para siempre”.

CTXT se puso en contacto ayer con Avi, la hija de Chomsky, para preguntarle si la familia pensaba emitir algún comunicado sobre el asunto. Su respuesta fue un escueto “no”.

Larga vida, pues, al pensamiento y al activismo que encarnó Noam Chomsky como intelectual. Y tolerancia cero con quienes defienden a los abusadores, incluso a los convictos, y desprecian a las víctimas que sufren abusos.

*El Patronato decidió también cambiar la denominación del premio Noam Chomsky. A partir de ahora se llamará premio Magda Mora, en homenaje a la fundadora y mecenas de CTXT, fallecida el pasado 10 de enero.

CTXT  DdA, XXII/6254

¿ERAN UN DEBATE LAS JORNADAS SEVILLANAS O UNA PELEA DE BAR?

El debate no es un bien absoluto, como no lo es la libertad ni la tolerancia -al menos si no definimos los términos previamente. Dar la palabra a un negacionista de la crisis climática o el Holocausto en pie de igualdad con científicos o historiadores no nos hace mejores como sociedad ni expande nuestro conocimiento ni refuerza la democracia. Tampoco lo hace dar libertad a Elon Musk para que la utilice para convertir X en un pozo de mentiras y odio. Más bien lo contrario. La discusión, en el caso de las jornadas de Sevilla sobre la Guerra Civil -escribe el articulista-el debate debería haber sido sobre el marco de las jornadas, sobre lo que realmente pretendían producir y sobre si era posible una discusión franca en las condiciones propuestas. Sobre si era realmente un debate. O una pelea de bar. O la consagración de un discurso. O la exaltación de algún ego.


Alfredo González-Ruibal

Nada más sano que debatir. El debate está en la raíz de la democracia y del conocimiento crítico. Se debate en los parlamentos y las universidades. No debaten las dictaduras ni los fundamentalistas. Confrontar opiniones nos hace entender al otro, matizar posturas y descubrir nuevos conceptos e ideas. ¿Quién puede estar en contra de debatir? Oponerse es de sectarios. Es fácil. De hecho, es demasiado fácil. 

La derecha ha secuestrado la idea de debate como lo ha hecho con otros conceptos positivos -la tolerancia o la libertad. Y al apropiarse de ellos coloca a cualquiera que se resista en una posición perdedora de antemano. Si no te gusta la libertad de Ayuso, estás en contra de la libertad; si no aceptas el debate que te propone Pérez-Reverte, estás en contra del intercambio de ideas.  

En el caso de los debates, la apropiación hace que la derecha los gane incluso sin que tengan lugar. Si se hubieran celebrado las famosas jornadas de Sevilla sobre la Guerra Civil, hubiera ganado la visión conservadora, por la propia forma en que se habían diseñado; si no se celebran, como ha sido el caso, la victoria es aún mayor: la derecha presenta a la izquierda como la eterna totalitaria. La virtud y la razón, por tanto, siempre están con ellos. 

Las jornadas no eran en realidad tan distintas de los debates que propone la ultraderecha pop a sus rivales. Recuerda a lo que ha hecho estos días Soto Ivars con Laura Freixas o el youtuber RickyEdit con Irene Montero. El "no" siempre es signo de cobardía, de sectarismo o de no tener razón.  

Hay muchos más casos. La frase "te propongo públicamente un debate" se ha convertido en un lugar común entre influencers con más tiempo libre que neuronas. Proponen un debate como quien reta a un combate de boxeo. Y en realidad es de lo que se trata. No buscan un intercambio de ideas, sino una pelea a la puerta del bar, jaleados por sus incondicionales.  

En el caso de las famosas jornadas de Pérez-Reverte, toda la discusión quedó reducida a una falsa dicotomía: debate sí, debate no. Pero aceptar el juego en esos términos es perderlo de antemano. Debate sí, claro. Igual que libertad sí y tolerancia también. Cantidad de opinadores liberales se marcaron unos  puntos fáciles de superioridad moral al defender el diálogo público como bien absoluto.  

Pero el debate no es un bien absoluto, como no lo es la libertad ni la tolerancia -al menos si no definimos los términos previamente. Dar la palabra a un negacionista de la crisis climática o el Holocausto en pie de igualdad con científicos o historiadores no nos hace mejores como sociedad ni expande nuestro conocimiento ni refuerza la democracia. Tampoco lo hace dar libertad a Elon Musk para que la utilice para convertir X en un pozo de mentiras y odio. Más bien lo contrario. 

La realidad es que hay situaciones que no se pueden abordar de forma dicotómica, sino que requieren ampliar las cuestiones: ¿cuáles son los límites necesarios que debemos imponer a la libertad para que la libertad siga existiendo? ¿En qué condiciones un debate es legítimo? Es más ¿cuándo es un debate realmente un debate y no otra cosa? No tienen una respuesta sencilla. Y es fácil equivocarse -a mí me ha pasado. 

En el caso de las jornadas sevillanas, la discusión no se debería haber centrado tanto en si había que participar o no en el encuentro, sobre si está bien debatir o no debatir con posturas que nos parecen intolerables. Tampoco, creo, sobre las personas que participaban. La discusión debería haber sido, aquí como en cualquier debate similar, sobre el marco de las jornadas, sobre lo que realmente pretendían producir y sobre si era posible una discusión franca en las condiciones propuestas. Sobre si era realmente un debate. O una pelea de bar. O la consagración de un discurso. O la exaltación de algún ego. 

Una vez que estalló la polémica, la derecha ganó la partida, porque la izquierda decidió dejarse arrastrar por el marco que le impusieron. O bien desempeñaron el papel de intolerantes que se esperaba de ellos, para regocijo de los organizadores y sus hinchas, o bien se alinearon con la organización, defendiendo la legitimidad de debatir -en abstracto.  

Para la próxima, intentemos ponérselo un poco más difícil. Hagamos preguntas.

PÚBLICO  DdA, XXII/6254 

LA VIOLENCIA ANUNCIADA NO DEBERÍA QUEDAR IMPUNE


Lazarillo

Hay un tipo bien conocido en las redes sociales que utiliza su canal para anunciar acciones violentas contra determinados políticos. El otro día lo hizo con un ministro del actual gobierno y anteayer con un exvicepresidente de un gobierno anterior al que el día anterior acosó otro tipo que se hace pasar por periodista, pero que emplea el micrófono como herramienta también de acoso y persecución desde hace tiempo. El primero de los individuos tiene antecedentes policiales por agresiones y anteayer se mostró muy predispuesto públicamente a amenazar con una a Pablo Iglesias, en cuya trayectoria política constan acosos a su domicilio familiar de muchos meses, amenazas de muerte por carta de las que nunca se supo el remitente y otra serie de incidentes promovidos siempre contra él, su mujer o sus hijos desde el mismo entorno ultra. ¿No debería la Fiscalía actuar de una vez contra quienes se están permitiendo anunciar públicamente  mensajes de odio y violencia que no deberían quedar impunes? La convivencia en una sociedad democrática debe preservarse actuando con rigor contra quienes propagan la violencia y, como es el caso, se permiten la chulesca jactancia de anunciarla como vulgares hampones y publicistas del odio en su propio canal

DdA, XXII/6254

NI PUEDE, NI SUMA, NI EN COMÚN: FRACASA LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA EN CASTILLA Y LEÓN


Félix Población

Como era de prever, mal que nos pese, el PSOE no tendrá a su izquierda a la izquierda transformadora en las elecciones autonómicas de Castilla y León, a celebrar el próximo mes. Esto, me temo, aumenta las posibilidades de que el próximo gobierno vuelva a ser el que conformen la derecha y la extrema derecha, tal como ocurrió en los comienzos de la anterior legislatura, con la más que probable capacidad de Vox de tener más influencia en el ejecutivo, si es, como parece por la demoscopia, que Vox obtiene más escaños que en la ocasión precedente. La falta de acuerdo entre Izquierda Unida y Podemos ha impedido que se forme una coalición unitaria a la izquierda del PSOE que, como se demostró en Extremadura, fue capaz de obtener unos resultados muy estimulantes en las urnas. No voy a echar las culpas a unos o a otros  porque creo que siempre que no se consigue la unidad las culpas están repartidas y las consecuencias son las que merecen quienes no la han logrado. He leído muy por encima en qué puntos estaban las diferencias y me parece deplorable que con la que se nos viene encima, un gobierno autonómico de derecha extrema que quizá sea el adelanto del próximo gobierno nacional, la izquierda autodenominada transformadora sea incapaz de transformar sus lacras sectarias y sus egos ridículos en una imprescindible y urgente unidad de acción ante lo que se avecina. Habrá esta vez entre sus habituales electores quien se aparte de las urnas, hastiado, incremente la abstención o vote más que a regañadientes y sin remedio al PSOE. El resto dividirá sus votos entre esa izquierda partida, con un más que probable y rotundo fracaso por parte y parte. Esto no es derrotismo, es adelantarse preventivamente, desde la misma comunidad autonómica en la que se van a celebrar los comicios, a una jornada electoral muy triste para la autodenominada izquierda transformadora, esa izquierda no unida, que ni puede, ni suma, ni es capaz de ir en común cuando lo que viene obligaría a ser menos imbéciles¨*.


DdA, XXII/6254

NO HAY PAN DURO EN LAS BOLSAS DE TELA DE CERA DE ABEJA


Las mujeres de campo en Francia envolvían el pan en tela encerada entre días de horneado. Las panaderías alemanas hacían lo mismo. Antes de que existiera el plástico, así se guardaba el pan sin más. Los panes duraban una semana. A veces más. Como hacía la abuela de la firmante durante la posguerra, sin que ésta lo supiera hasta que se lo preguntó a su madre y se tomara muy en serio que el pan nuestro de cada día no debería alimentar al cubo de la basura. El pan reúne en su horneado la vida.

Jessica Martín

Mi abuela conservaba el pan fresco durante una semana en la posguerra, y cuando por fin aprendí cómo, me di cuenta de que el plástico que había estado usando hacía exactamente lo contrario. Necesito dar un paso atrás. El pasado marzo, estaba de pie en mi cocina a las 6:45 de la mañana, llegando tarde al trabajo, y saqué una hogaza de masa madre del cajón del pan. La había comprado el sábado en la panadería del barrio. Pagué 5€ por ella. Era miércoles. La corteza estaba tan dura que apenas podía meter el cuchillo. Y cuando lo conseguí, por dentro estaba denso y seco. Sin moho. Simplemente muerto. Hice el bocadillo de todas formas. Me lo comí en el coche a la fuerza. Me dije que no pasaba nada.
Pero sí pasaba. Era la tercera hogaza ese mes que veía convertirse en un ladrillo antes de poder terminarla. Una noche me puse a echar cuentas. No porque quisiera. Porque no podía dejar de darle vueltas. Compro pan más o menos cada semana. A veces pan bueno de la panadería, a veces simplemente una barra decente del súper. Coste medio, unos 3 o 4 euros. Y tiro, siendo conservadora, un tercio de cada pan. A veces la mitad. Son 1,50 a 2€ a la semana directamente a la basura. En un año, eso son entre 80 y 100€. Solo en pan. Solo en un producto de la compra que no consigo guardar como es debido.
Se lo comenté a mi marido y se encogió de hombros. "El pan se pone duro. Es lo que hace el pan." Y le creí. Me lo había creído toda mi vida adulta. El pan es perecedero. Lo compras, comes lo que puedes y tiras el resto. Es simplemente el precio de comer comida de verdad en vez de la industrial llena de conservantes que dura tres semanas. Pero algo me seguía rondando la cabeza.
Mi abuela crió a cuatro hijos en la posguerra. No tenían casi nada. Y recordaba que me contó una vez que compraban un pan y les duraba toda la semana. No porque se lo comieran más rápido. Porque se mantenía fresco. ¿Cómo? Llamé a mi madre y le pregunté si se acordaba de cómo la abuela guardaba el pan. Se rio. "Ay, tenía aquella cosa de tela. La tela con cera. Lo envolvía todo con eso." No sabía qué significaba. Me imaginé papel de cera. Me imaginé film transparente. Me imaginé todas las cosas que ya había probado.
Me puse a investigar. Lo primero que aprendí me hizo sentir idiota. El pan no se pone duro porque "se seca" en el sentido simple. Hay un proceso químico llamado retrogradación del almidón. Después de hornear el pan, las moléculas de almidón empiezan a cristalizar. Expulsan el agua de la estructura y se endurecen. Este proceso ocurre más rápido a la temperatura del frigorífico. Entre 2 y 4 grados. La temperatura exacta de mi nevera. Había estado metiendo el pan en la nevera durante años, creyendo que lo estaba conservando. En realidad lo estaba envejeciendo seis veces más rápido que si lo hubiera dejado en la encimera.
Me sentí imbécil. Pero esto fue lo que de verdad me impactó: el proceso también se acelera cuando el pan está expuesto a demasiado aire. Así que dejarlo en una bolsa de papel o un trapo de cocina equivale a meterlo en un túnel de viento. La humedad sale del pan demasiado rápido y se consigue esa textura de piedra. Vale, ¿y el plástico? Eso es lo que yo había usado siempre. Bolsas con cierre, film transparente, la bolsa en la que venía el pan de la tienda.
Resulta que el plástico es el problema contrario. Lo sella todo. La humedad que el pan libera naturalmente no tiene adónde ir, así que se condensa en la superficie. La corteza se pone blanda y correosa. Y la humedad crea el entorno perfecto para el moho. Había estado alternando entre dos estados de fracaso toda mi vida. Duro y rancio, o blando y mohoso. Y pensaba que así era como funcionaba el pan. No lo es.
Hay una tercera opción. Mi abuela la conocía. Los panaderos europeos la conocen desde hace siglos. Pero de alguna manera, en algún momento, nos pasamos al plástico y nunca miramos atrás. El método es simple. Se envuelve el pan en tela saturada con cera de abeja. La cera de abeja es semipermeable. Deja pasar el vapor de agua lentamente, pero repele el agua líquida. Así que el pan puede respirar, pero no se reseca. La humedad sale al ritmo correcto. La corteza se mantiene crujiente. La miga se mantiene tierna. Y la cera de abeja es naturalmente antibacteriana y antifúngica. Las abejas la desarrollaron para proteger su miel de la contaminación. Es una de las barreras naturales más eficaces que existen. Por eso las colmenas pueden durar generaciones.
Las mujeres de campo en Francia envolvían el pan en tela encerada entre días de horneado. Las panaderías alemanas hacían lo mismo. Antes de que existiera el plástico, así se guardaba el pan sin más. Los panes duraban una semana. A veces más. No había oído hablar de esto en mi vida. Esa noche pedí una bolsa de pan de cera de abeja. Encontré una en Amazon por 15€. En las fotos tenía buena pinta. Buenas reseñas.
Llegó dos días después. Metí una hogaza fresca, emocionada por ver qué pasaba. Al tercer día, el pan tenía moho. No entendía nada. Pensé que a lo mejor había hecho algo mal. Que mi cocina era demasiado húmeda. Que el método simplemente no funcionaba como había leído. Pero algo no cuadraba. La bolsa no se sentía cerosa. Se sentía como tela normal con una ligera capa. Y después de lavarla una vez, la capa básicamente desapareció. Volví a leer la letra pequeña. La bolsa era una «mezcla con cera de abeja». Lo que aparentemente significa que era sobre todo plástico con un poco de cera pulverizada por encima.
Luego descubrí que las leyes de etiquetado son increíblemente laxas con esto. Una bolsa puede llamarse legalmente «de cera de abeja» con apenas un 20% de cera real. La mayoría de las baratas en Amazon son mezclas de plástico y cera diseñadas para tener un precio bajo. Quedan bien en fotos. Las reseñas son pagadas o falsas. Y fallan porque son básicamente bolsas de plástico con mejor marketing. Casi me rendí.
Pero seguí investigando. Encontré una pequeña empresa que solo vendía directamente desde su web. Sin Amazon. Sin intermediarios. Dirigida por un panadero francés cuya familia lleva cuatro generaciones horneando. Se había dado cuenta de que casi nadie en España sabía guardar el pan correctamente. Vio todas las bolsas falsas de cera de abeja inundando el mercado y entendió por qué la gente pensaba que el método no funcionaba. Sus bolsas eran diferentes. Más caras. Pero la tela era gruesa, rígida de cera de verdad. Se podía oler el leve aroma a miel al abrir el paquete. No era decorativo. Era funcional.
Metí una hogaza de masa madre fresca ese sábado. Doblé la parte de arriba. La dejé en la encimera. Lunes por la mañana, la saqué para hacer tostadas. La corteza crujió bajo el cuchillo. Por dentro estaba tierna. Miércoles, igual. Viernes. Seguía buena. Estaba de pie en mi cocina, con un trozo de pan de casi una semana, y sabía como si lo hubiera comprado esa mañana.
No quiero exagerar. No es magia. No es que el pan dure para siempre. Pero la diferencia entre dos días y cinco o seis días es enorme. Es la diferencia entre comer lo que compro y tirar la mitad. Volví a echar cuentas. Si desperdicio un 30% menos de pan cada semana, son unos 60 a 80€ al año que no tiro a la basura. La bolsa me costó menos de 40€. Se amortizó en unos meses. Pero sinceramente, el dinero ni siquiera es lo que más me importa. Es la culpa.
Crecí oyendo a mi madre hablar de mi abuela, de cómo estiraba cada céntimo, de cómo no desperdiciaba nada. Y ahí estaba yo, cada semana, tirando comida que estaba perfecta tres días antes. Viéndola convertirse en piedra o criar moho y simplemente aceptándolo como normal. No era normal. Era un problema de conservación disfrazado de inevitabilidad.
Se lo conté a mi hermana y no se lo creyó. Pensó que estaba exagerando. Así que le regalé una bolsa por su cumpleaños, y dos semanas después me llamó y dijo: "¿Por qué nadie nos contó esto?" No lo sé. De verdad que no.
Ahora tengo tres. Una para el pan. Una para bollería. Una que uso para panecillos cuando tenemos invitados. Mis hijos han dejado de preguntar por qué el pan está «crujiente y raro». Mi marido ha dejado de encogerse de hombros diciendo que el pan duro es inevitable.
Y yo he dejado de hacer eso de comerme el cuscurro seco y triste solo porque me siento demasiado culpable para tirarlo. No sé si esto le importa a alguien más. Quizá soy la única persona que pasó años sintiéndose vagamente mal por desperdiciar pan y nunca pensó en preguntarse por qué pasaba.
Pero si eres como yo, si simplemente has aceptado que el pan se pone malo en dos días y no hay nada que hacer, quiero que sepas que sí hay algo que puedes hacer. La solución existe desde hace siglos. Simplemente la olvidamos. Mi abuela la sabía. Ahora yo también. Y llevo ocho meses sin tirar una hogaza de pan.
Si quieres ver las que yo uso, te dejo el enlace aquí abajo. Solo asegúrate de que lo que compres sea cera de abeja de verdad, no las mezclas con plástico. Eso es lo que importa. Las de verdad se sienten rígidas y cerosas cuando llegan. Si se siente como tela normal, no va a funcionar.
En fin. Esa es mi historia con el pan. Pensé que a alguien más podría cansarle alimentar el cubo de basura.

DdA, XXII/6254

RÉPLICA DE BRANCO MILANOVIC AL ARTÍCULO "CONTRA EL IMPERIO", DE MUÑOZ MOLINA

Desde Conversación sobre la Historia presentamos un interesante cruce de opiniones sobre un asunto recurrente que podría sintetizarse en el argumento de que las izquierdas de los países democráticos carecen de capacidad crítica para denunciar golpes, intervenciones y dictaduras que se proclaman de izquierdas, revolucionarias e igualitarias. El texto de Antonio Muñoz Molina (que se reproduce después del de Milanović) estaría cerca de esta argumentación, que no deja de ser un leitmotiv de la literatura reaccionaria, como replica Branco Milanović. Ahora bien, ¿por qué hay una generación de autores, especialmente literatos, que, desde concepciones de carácter relativamente progresista, recurren a este argumentario? ¿Tal vez la explicación esté en el peso del franquismo sociológico? No tratamos de ofrecer  una sola explicación para un fenómeno social de esta envergadura,  (recuérdese, por ejemplo, “La desfachatez intelectual”), pero habrá que valorar significativamente que estamos hablando de personas de una sociedad que disfrutó, pero también padeció, las grandes prebendas populistas del franquismo de los sesenta, por ejemplo, las becas de estudios para el bachillerato en función del mérito académico. Tal vez ese tipo de benéfica carga fuese la que provocase a aquellos bachilleres letrados convertidos en jóvenes sabios “mirar para otro lado”, todo por puro efecto rechazo. Como recuerda Branko, es más que razonable criticar los imperialismos presentes, pues tortícolis pasadas no dejan el cuello dañado, aunque el reaccionarismo educado argumente lo contrario.       

Conversación sobre la historia

16 de noviembre de 1972: audiencia del dictador a los beneficiarios de las Becas Francisco Franco. Entre las autoridades presentes, Antonio José García Rodríguez-Acosta (foto: Santos Yubero)

 

Branko Milanović

En un interesante artículo titulado acertadamente “Contra el imperio“, el columnista de El País Antonio Muñoz Molina ofrece una reseña resumida del último medio siglo de política internacional y, de hecho, de las decepciones políticas de la izquierda. El artículo está escrito bajo la sombra del imperialismo que regresa. Comienza citando a la pareja del autor, quien dice que tienen que volver a luchar contra el imperialismo como lo hicieron en su juventud. Termina con una nota similar: un llamamiento a luchar contra el imperialismo (implícito) de Trump, Putin y Xi Jinping. La mayor parte del artículo consiste en una lista, o incluso se podría decir una letanía, de los errores de la izquierda antiimperialista de la juventud del autor. Todos los que tienen más de 50 años, y más aún los mayores, recuerdan perfectamente todos estos acontecimientos. De hecho, yo recuerdo todos los citados en el artículo, algunos quizá mejor que los acontecimientos que tuvieron lugar hace varios meses.

Es una crítica a la izquierda que, según Muñoz Molina, comenzó con la lectura de El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin y el Libro Rojo de Mao, y que a partir de entonces se centró exclusivamente en criticar el imperialismo estadounidense. Dejó de lado, ignoró o apoyó, y en el mejor de los casos, no criticó lo suficiente las calamidades “producidas por la izquierda”, como el éxodo masivo de la población de Vietnam del Sur después de que Vietnam del Norte y el Vietcong ganaran la guerra1; ignoró la invasión soviética de Checoslovaquia o no adoptó una postura clara contra Jomeini durante la Revolución Islámica. Peor aún, los izquierdistas apoyaron a los regímenes opresivos de cualquier país del Tercer Mundo (Vargas Llosa es citado allí de manera útil), ya fuera Cuba, Zimbabue o China.

Estas son las críticas liberales habituales y no son nada nuevas. Prácticamente no han cambiado desde 1917: solo ha aumentado el número de acontecimientos a los que se pueden aplicar. Sin embargo, para no mostrarse totalmente ciego ante los acontecimientos de los últimos treinta años, Molina, de forma algo tibia, al parecer, extiende la crítica al insuficiente rechazo de la izquierda democrática a las oligarquías neoliberales de América Latina, que en su país viven en recintos fuertemente protegidos, pero que, tras comprar costosas villas en Miami y Madrid, disfrutan de los placeres de sociedades más igualitarias y ricas. (Quizás Vargas Llosa también podría haber sido citado en ese contexto). No hay que olvidar que también se mencionan los excesos de la privatización poscomunista, que benefició principalmente a los cuadros comunistas.

Intervención de Santiago Carrillo en la Conferencia de Partidos Comunistas, en Mundo Obrero, 22 de junio de 1969, en la que reiteró la crítica ya expresada en la “Declaración del PCE sobre los acontecimientos en Checoslovaquia”, publicada en Mundo Obrero en septiembre de 1968

Sin embargo, el lector se pregunta: ¿Qué sentido tiene el artículo, aparte de enumerar una letanía de errores, o “errores”? ¿Acaso la izquierda, que se equivocó permanentemente durante unos cincuenta años, ahora que el mundo ha vuelto a ser imperialista, necesita volver a los valores de su juventud? ¿Al Imperialismo… de Lenin? No está claro si este es el mensaje, y sinceramente dudo que lo sea. Pero el único mensaje que se podría imaginar es que uno debería refugiarse en lo que podría llamarse narcisismo intelectual, en el que uno siempre tiene razón políticamente, pero es irrelevante e ingenuo. ¿Es deseable esta combinación de vanidad e ingenuidad?

Con ese pensamiento, las críticas que Muñoz Molina dispensa libremente comienzan a perder su poder. Tomemos el caso de Vietnam. ¿No debería la izquierda haber apoyado a los comunistas vietnamitas en su lucha contra el imperialismo estadounidense porque no les importaba mucho la democracia? ¿O no debería la izquierda haber ignorado la teocracia de Jomeini? La respuesta siempre puede ser “sí”, pero la cuestión es que, en el mundo real, a diferencia del mundo de los sueños intelectuales, el contexto internacional importa. Y también está la cuestión del mal menor. Ciertas luchas merecen ser apoyadas, ya sea porque la parte que se apoya se considera el mal menor de los dos, o porque las luchas deben verse en el contexto global. Por poner un ejemplo: la guerra entre la URSS y Alemania entre 1941 y 1945 solo puede y debe verse en un contexto internacional. No tiene sentido declarar la neutralidad porque el régimen de Stalin fuera en algunos casos tan represivo, y en muchos casos incluso más represivo, que el de Hitler. Esta no es la base sobre la que decidimos si apoyar a uno u otro. La decisión debe tomarse dentro del contexto global, es decir, teniendo en cuenta lo que significaría para el mundo la victoria de uno u otro bando.

Es igualmente inútil criticar a las personas por no apoyar políticas o ideologías que simplemente no están sobre la mesa de posibilidades. Es posible que nuestra opción preferida no esté disponible en absoluto. No está en el menú. Si estuviéramos en Teherán en enero de 1979, las opciones del menú serían la continuación de una dictadura dependiente del exterior [comprador dictatorship] por parte de un autócrata vanidoso, un gobierno teocrático, una toma del poder por parte de los comunistas o un régimen extremista de izquierda del Tercer Mundo. La democracia liberal no está en el menú. Muñoz Molina quizá desearía que lo estuviera, pero simplemente no lo estaba. Uno tiene dos opciones: seguir viviendo en un mundo de fantasía y permanecer siempre coherente y «correcto», y por lo tanto irrelevante; o elegir lo que cree que es, en un momento dado, el mal menor.

Manifiesto de la Asociación Antiimperialista de los Pueblos de España (c. 1976-1977), uno de cuyos lemas era “Ni OTAN ni Pacto de Varsovia” (Archivo de la Transición, Repositorio de la UAB)

De hecho, todos los ejemplos que da Muñoz Molina deben analizarse en su contexto. Consideremos el caso de los Jemeres Rojos. Llegaron al poder tras derrocar la dictadura de Lon Nol, instaurada por Estados Unidos; pero Lon Nol llegó al poder porque los estadounidenses decidieron invadir Camboya para detener el flujo de armas que se suministraban a Vietnam del Norte a través de la “ruta Ho Chi Minh”. Así pues, la decisión de apoyar a Vietnam del Norte, Camboya o Sihanouk no se toma sabiendo a qué conducirá, sino basándose únicamente en las condiciones existentes en el momento en que se decide apoyar esa opción. El ascenso de los Jemeres Rojos no invalida la corrección de la decisión de apoyar a Camboya en su suministro de armas al Vietcong. Una letanía de errores se convierte en ahistórica.

Además, no sirve de nada. Cuando decidimos cuál es el mejor enfoque hoy en día, podemos acusar a Trump y Putin de imperialismo estadounidense y ruso, respectivamente, y a Xi Jinping de no respetar los derechos humanos. Pero en el mundo tal y como es, tenemos que decidir basándonos en el contexto histórico y en el principio del mal menor. La guerra en Ucrania tiene que terminar. Rusia controlará un territorio que nadie en el mundo reconocerá y esto continuará durante un futuro indefinido. Trump (y también Biden) han llevado a Estados Unidos a adoptar políticas que establecen más firmemente su dominio sobre el hemisferio occidental y se centran en contrarrestar a China a nivel mundial. Hablar del secuestro de Maduro y de las amenazas a Groenlandia como si representaran una novedad total en el comportamiento de Estados Unidos es simplemente erróneo. Antes de que Maduro fuera secuestrado, también lo fue Noriega, y con muchas más víctimas y 20.000 soldados estadounidenses atacando el país sin la autorización de ningún organismo internacional. Antes de que Groenlandia fuera amenazada, también lo fue Irak, y de nuevo con muchas más víctimas.

Lo que parece nuevo en «Contra el imperio» no lo es en absoluto. A lo largo del siglo pasado hemos tenido que lidiar con diversos imperialismos. En ocasiones, algunos recibieron apoyo porque (en opinión de la izquierda) eran mejores para el mundo o porque, a nivel nacional, representaban el mal menor entre las opciones disponibles. La situación no es diferente hoy en día. Los imperios también estuvieron presentes durante la era neoliberal. No se inventaron ayer.

1. Además, el ejemplo de Muñoz Molina no es del todo correcto desde el punto de vista técnico, ya que el gobierno de los Jemeres Rojos, tras ser derrocado por los vietnamitas, recibió el apoyo de Estados Unidos, y no de la izquierda “antiimperialista”.

Fuente: Global Inequality and More 3.0, 1 de febrero de 2026Traducción española publicada y revisada en Letras Libres 2 de febrero de 2026


Antonio Muñoz Molina en Nueva York, 1990 (foto de la web del autor)

Contra el imperio

Antonio Muñoz Molina

Mientras practicamos esa costumbre de ahora que es la conversación desolada sobre las calamidades del presente —las internacionales y las domésticas, por usar el nuevo calco infeccioso del inglés— la amiga que se sienta a mi lado me dice, no sé si con ímpetu combativo o con la ironía de la resignación:

—Se ve que tenemos que volver al antimperialismo de nuestra juventud.

Esa palabra, imperialismo, que leíamos y usábamos tanto en aquellos años, se había extinguido en el vocabulario de muchos de nosotros, de esa manera enigmática en la que ciertas palabras raramente usadas se multiplican en una progresión geométrica como la de las especies de bacterias, de plantas o insectos, y en un tiempo muy breve desaparecen sin dejar rastro. De la omnipresencia se pasa a la invisibilidad. Por eso me gustan tanto esas ferias de lo que en Estados Unidos llaman ephemera, las cosas sin ningún valor que todo el mundo usa y tira sin prestarles atención, postales, cajas de cerillas, bolígrafos, entradas de teatro o de cine, residuos en los que en el momento nadie repara, aunque están en todas partes, y que precisamente por eso, al cabo de los años, se convierten en pepitas de tiempo en estado puro. Una vez, mientras escribía una novela situada en los años treinta, encontré en una de esas ferias algo que sin tener utilidad para la trama me dio la sensación que uno necesita cuando escribe sobre un pasado que no conoció. Era una especie de libreta con un bello transatlántico dibujado en la portada, que contenía el calendario de comidas del restaurante de a bordo. Yo estaba tocando algo que no habría podido saber cómo era, pero que formaría parte de la realidad material de los personajes que inventaba: un pasaje de barco.

Hasta hace nada la palabra imperialismo era una reliquia olvidada, no porque el concepto que nombra se hubiera vuelto irrelevante, sino porque yo creo que nosotros, sus antiguos usuarios, habíamos perdido la capacidad racional de usarla, aunque también porque simplemente obedecíamos al capricho de la moda, que un poco antes nos la hacía imprescindible. Habíamos leído y desmenuzado en seminarios letárgicos El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en la ardua prosa de Lenin, o de los traductores del ruso que trabajarían a destajo en la editorial Progreso de Moscú, y aunque no perteneciéramos a la rara especie antifranquista de los prochinos estábamos tontamente familiarizados con un cierto número de consignas de Mao, extraídas del Libro Rojo que los alegres guardias juveniles de la Revolución Cultural esgrimían mientras quemaban templos o manuscritos inmemoriales, colgaban a alguien por el delito de llevar gafas o humillaban a los profesores culpables de saberes burgueses haciéndoles desfilar con orejas de burro entre los estacazos y pedradas de sus estudiantes. Decía Mao: “Los imperialistas son tigres de papel”.

Imperialismo, para nosotros, era por definición el imperialismo americano. En 1968, el Partido Comunista de España, honrosamente, se había pronunciado contra la invasión soviética de Checoslovaquia, pero no llegó a calificarla de imperialista. Uno de los hechos fundadores de nuestra conciencia política fue el golpe de Estado de Pinochet contra el Gobierno de la Unión Popular en Chile. Pero nuestro rechazo a la opresión no nos llevó a protestar contra las matanzas de Mao, el encierro de disidentes soviéticos en hospitales psiquiátricos, la tiranía devastadora de Ceaucescu en Rumania, por no hablar de la de Fidel Castro en Cuba. Creo que fue hacia 1970 cuando Mario Vargas Llosa sostuvo una polémica con uno de los grandes portavoces de la intelectualidad europea, Günter Grass, ardiente defensor entonces del régimen cubano y de las sublevaciones guerrilleras latinoamericanas, en una de las cuales los militares habían ejecutado a Ernesto Che Guevara. Lo que dijo Vargas Llosa, con toda la razón, y con el escándalo de bastantes colegas, fue que muchos intelectuales del primer mundo defendían para el tercero regímenes en los que ellos nunca aceptarían vivir.

La debilidad de nuestro antimperialismo era la ceguera parcial y voluntaria que nos aquejaba. Veíamos, con toda la razón del mundo, los crímenes de Estados Unidos en Chile, en Guatemala, en Argentina, en Uruguay, el descaro con el que armaron y patrocinaron la negra noche de las dictaduras en los años setenta. Simpatizábamos con la lucha de Vietnam del Norte, pero no con las víctimas del régimen de Ho Chi Minh, y menos aún con los survietnamitas que después de la guerra huían por millones, jugándose las vidas desesperadamente en el mar. Éramos tan contrarios al imperialismo que estábamos dispuestos a aprobar con entusiasmo a cualquier líder o cualquier movimiento que se declarase antimperialista, casi cualquier guerrilla que usara ese lenguaje y cumpliera con ciertas normas indumentarias y capilares establecidas por la revolución castrista. En julio de 1979, era lícito alegrarse sin reserva de la victoria de los sandinistas contra el tirano Somoza, pero en enero de ese año nos habíamos alegrado tanto de la caída de un “títere del imperialismo”, como era el sah de Irán que no se nos ocurrió poner reparo al ceño lúgubre de clérigo Torquemada del ayatolá Jomeini. Si el sah había impuesto autoritariamente las costumbres occidentales a su pueblo, ¿no sería un signo de liberación que las mujeres iraníes llevaran de nuevo el velo, tan propio de aquella cultura? ¿Quién iba a creer que los Jemeres Rojos, llevando ese nombre y habiendo derrotado a un golpista impuesto por los Estados Unidos, iban a cometer en Camboya uno de los dos o tres peores genocidios del mundo?

Paralizados entre dos opciones imposibles, lo que hicimos muchos fue mirar a otro lado. He observado que, con tal de enfrentarse a regímenes detestables, hay personas que adoptan actitudes detestables, y que por rechazo hacia un cierto tipo de crímenes y abusos aprueban los crímenes y abusos del bando contrario. En España queda quien, con tal de estar en contra de Estados Unidos, es capaz de aplaudir a déspotas corruptos como Maduro o el siniestro matrimonio Ortega de Nicaragua, y hasta de aprobar la invasión rusa de Ucrania, que ya tiene mérito. Mario Vargas Llosa, del que en otras épocas pudimos aprender a inventar novelas empapadas en la vibración y la complejidad del mundo y a defender la libertad de espíritu en contra de la peor de todas las ortodoxias, la que imponen los nuestros, derivó después hacia un neoliberalismo de millonario latinoamericano, de esas clases dirigentes que antes de pagar impuestos prefieren vivir en colonias de lujo custodiadas por guardas armados y comprar viviendas a precio de oro en Miami o en esta Europa donde políticas que ellos nunca aceptarían en sus propios países les permiten salir de compras, visitar restaurantes y pasear a pie por la calle, sin coches blindados ni escoltas con fusiles de asalto.

Los disidentes del este de Europa y de Rusia descubrieron con amargura en los años noventa que después del comunismo lo que venía era un capitalismo sin ley, del que se beneficiaban sobre todo los antiguos dirigentes comunistas. En China, se ha comprobado que capitalismo y comunismo, aquellos grandes enemigos de la Guerra Fría, son perfectamente compatibles, a condición de que se prescinda de la democracia. Y no parece que la democracia sea ahora una prioridad, aunque sí una molestia, para las oligarquías que en Estados Unidos controlan desde el Tribunal Supremo hasta la más vil y banal de las redes sociales. Así que no nos queda más remedio que hacernos de nuevo antimperialistas, y esta vez no contra uno, sino contra tres imperios, dotados cada uno de unas capacidades de vigilancia, control y destrucción que no habían existido nunca.

Fuente: El País 31 de enero de 2026

CONVERSACIÓN SOBRE LA HISTORIA

jueves, 5 de febrero de 2026

PERROS CONTRA TANQUES: FRACASO MILITAR Y HORROR ANTE UNA IDEA INHUMANA



Manuel Pacheco Ruda

NO SABIA QUE MORIRIA DEBAJO DE UN TANQUE
Esto pasó de verdad.
Y cuanto más lo sabes, más duele.
En la Segunda Guerra Mundial, el ejército de la Unión Soviética utilizó perros como armas antitanque. La mayoría eran pastores alemanes o cruces fuertes, perros nobles, obedientes, de los que miran a los ojos y confían sin preguntar.
No eran soldados.
No entendían órdenes militares.
Eran perros.
El entrenamiento no se basaba en golpes, sino en algo peor: la necesidad. Hambre.
A los perros se les enseñaba que la comida estaba siempre debajo de los tanques. Una y otra vez. Día tras día. Hasta que su mente solo asociaba una cosa: metal, ruido y alimento.
Aprendían el temblor del suelo cuando el motor arrancaba.
Aprendían el sonido grave de las orugas.
Aprendían el olor del combustible.
Para ellos no era una máquina de guerra.
Era el lugar donde sobrevivían.
Los entrenaban con tanques soviéticos, que usaban gasolina. Pero en el frente real, los tanques enemigos funcionaban con diésel. El olor no era el mismo. El sonido tampoco. Y el perro no sabía distinguir bandos. Solo sabía repetir lo que le habían enseñado.
Cuando el entrenamiento terminaba, les colocaban una carga explosiva en el lomo. Una varilla metálica sobresalía hacia arriba. La idea era simple y terrible: el perro corría hacia el tanque, se metía debajo buscando comida y, al tocar la varilla el chasis, todo terminaba.
El perro no sabía que iba a morir.
Nunca lo supo.
En el campo de batalla, el miedo lo cambiaba todo. Disparos, explosiones, gritos. Muchos perros se desorientaban. Otros no reconocían el olor del diésel y buscaban los tanques que conocían. Y muchos, simplemente, volvían corriendo hacia donde habían sido cuidados. A las trincheras. A su gente. Al único lugar que reconocían como hogar.
Y explotaban allí.
Los soldados enemigos aprendieron rápido a disparar a cualquier perro que vieran. Militarmente fue un fracaso. Humanamente, una herida imposible de cerrar.
Miles de perros murieron así.
Sin elegir.
Sin entender.
Sin saber que no habría comida al final del camino.
Mientras los humanos hablaban de banderas y victorias, el perro hizo lo único que sabe hacer de verdad: confiar en el humano.
Y el humano convirtió esa confianza en un arma.
Si esta historia te ha removido por dentro, no la guardes.
Compártela.
Para que no se olvide.
Para que no vuelva a pasar.