Se puede discrepar del Gobierno de Pedro Sánchez. Se pueden criticar sus decisiones. Eso forma parte del debate democrático. Pero lo que no es aceptable -escribe Miñana- es insinuar que la voluntad de un país puede ser ignorada por la fuerza o por la imposición unilateral. La soberanía española no es negociable según simpatías ideológicas. La soberanía no se impone, se reconoce. Esto lo deberían defender todos los partidos de nuestro país, máxime los que dicen ser tan patriotas.
Ricardo Miñana
Las palabras de Donald Trump no son una simple salida de tono. Cuando afirma que puede “usar las bases españolas si quiere” aunque España diga que no, está cuestionando algo mucho más profundo que una decisión puntual del Gobierno de turno: está cuestionando la soberanía nacional.
España no es un territorio subordinado. Es un Estado soberano, miembro de la Unión Europea y aliado en la OTAN, cuyas bases militares operan bajo acuerdos bilaterales y dentro del marco del derecho internacional. Esos acuerdos no son concesiones graciosas ni cheques en blanco: son pactos entre iguales. Y entre iguales no caben amenazas.
Se puede discrepar del Gobierno de Pedro Sánchez. Se pueden criticar sus decisiones. Eso forma parte del debate democrático. Pero lo que no es aceptable es insinuar que la voluntad de un país puede ser ignorada por la fuerza o por la imposición unilateral.
La soberanía española —como la de cualquier Estado europeo— no depende de quién gobierne en cada momento. No es negociable según simpatías ideológicas. Es un principio básico del orden internacional surgido tras décadas de conflictos devastadores en Europa: las fronteras, las decisiones y el territorio de cada nación se respetan.
Una amenaza a España no es un asunto interno español. Es un desafío al respeto mutuo entre aliados y al equilibrio sobre el que se sostiene Europa. Y si permitimos que se normalice ese tono, mañana podrá dirigirse contra cualquier otro país.
El derecho internacional debe prevalecer. La cooperación se basa en el respeto. Y la soberanía no se impone: se reconoce.
Es extravagante que la Conferencia Episcopal Española pretenda que la visita de su Pontífice máximo (así lo llaman en nota oficial: Pontifex), sea loado de forma extraordinaria por las Cortes (“en sesión conjunta del Congreso y Senado”, piden). Nunca ocurrió antes. Parece extravagante que pudiera ocurrir ahora. León XIV viene a España como líder religioso, no como un jefe político. Un teólogo famoso suele bromear con que España es un Estado aconfesional con querida. Las otras religiones lo dicen sin rubor, enfadadas. No echemos más leña al fuego de la religión.
El Papa León XIV, en una audiencia en El Vaticano | Vatican Media Handout (EFE) ________________
La Conferencia Episcopal Española (CEE) ya ha solicitado formalmente a las presidencias del Congreso y del Senado la celebración de una “sesión conjunta con el Pontifex León XIV”, según la nota de su Oficina de Información, emitida el lunes. La petición se ha hecho “por indicación de la Santa Sede”, añade. De aceptarse los deseos del Papa, será la primera vez que un pontífice de la Iglesia católica acuda a las Cortes en calidad de jefe de Estado. Está previsto que León XIV venga a España en viaje oficial entre los días 6 al 12 de junio para desarrollar una agenda centrada en su tradicional carisma religioso. Como adelantó EL PAÍS el pasado 26 de febrero, la sesión conjunta de las Cortes con el Papa se celebrará previsiblemente el lunes 8 en el Congreso de los Diputados.
¿Un pontífice en las Cortes Españolas? Sería la primera vez, y no parece que, de producirse, lo sea por casualidad. Por mandato constitucional, España es un Estado aconfesional. Las visitas de los papas, ocho desde el fin de la dictadura, tienden a olvidar que el nacionalcatolicismo franquista se acabó en 1976. Incluso antes, quizás: el caudillo Franco, irritado por las repercusiones aperturistas del concilio Vaticano II ―llegó a abrir una cárcel en Zamora solo para curas rebeldes―, prohibió que Pablo VI viniera a Madrid en 1970, para que no le hiciera sombra ni enredara en la política nacional.
“En el nombre de la Santísima Trinidad”. Con este encabezamiento, todo en mayúsculas, se publicó en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el texto del concordato entre España y la Santa Sede. Era el 19 de octubre de 1953 y todo se hacía, según una farragosa exposición de motivos, en aras de regular “las recíprocas relaciones de las Altas Partes en conformidad con la Ley de Dios”. En esa idea, la parte vaticana, eufórica, conseguía del Estado español (artículo I) el carácter de “única religión de la Nación”, con el compromiso de perseguir a todas las demás; la promesa de “gozar de los derechos que le corresponden en conformidad con la Ley Divina”; que el Estado le suministrase los medios necesarios para su funcionamiento (textualmente, “una congrua dotación”), y sobre todo, ya puestos, conquistaba esta definición sobrenatural (artículo II.1): “El Estado español reconoce a la Iglesia el carácter de sociedad perfecta”.
Pese a tanta parafernalia, el concordato no había sido un camino de rosas. Tardó en fraguarse 16 años porque Franco quería para sí todo el poder, también sobre la Iglesia romana (en imitación de Felipe II), mientras que Pío XII, que siendo nuncio en Berlín había negociado con Hitler otro concordato, estaba escarmentado de frivolidades totalitarias pese a ser, también él, un jefe de Estado teocrático por gracia de otro dictador, Mussolini, que había devuelto en 1929 a la Santa Sede alguna de las propiedades perdidas a manos de Garibaldi, además del título de Estado, que lo es con apenas 800 habitantes, la inmensa mayoría hombres.
Fueron los tiempos del nacionalcatolicismo, donde los obispos, en la práctica súbditos del Vaticano, se erigieron en el principal apoyo de la dictadura a cambio de que Franco, que los elegía, les tratara a cuerpo de rey, nunca mejor dicho. El teólogo claretiano Fernando Sebastián, rector durante casi una década de la Universidad Pontificia de Salamanca, se maravillaba de que, con esos precedentes, la Iglesia católica hubiera salido viva del franquismo. El papa Francisco le hizo cardenal cumplidos ya los 84 años. Las consecuencias se ven ahora: en la antaño “reserva espiritual de Occidente”, en frase de Franco, la secularización y la crisis del catolicismo son mucho más intensas que en el resto de Europa.
Por mandato constitucional, España es un Estado aconfesional. El nacionalcatolicismo se acabó en 1976, fecha del primero de los cinco Acuerdos (con ese nombre) negociados en secreto por el Gobierno de Adolfo Suárez mientras se redactaba la Constitución. Primeras componendas: 1. El Rey dejó de meter mano en la elección de los obispos, pero se reservó el nombramiento del Vicario General Castrense, con grado de general de División. 2. El Papa, para elegir obispos, sigue obligado a notificar el nombre del designado al Gobierno “por si existiesen objeciones de índole política” y se entenderá que no existen si el Ejecutivo de turno “no las manifiesta en el término de quince días”. Y 3. El secretismo confesional: “Las diligencias correspondientes se mantendrán en secreto por ambas Partes”.
Extravagancias aparte, mal está que la Iglesia romana siga manteniendo muchos de los privilegios del franquismo, en exclusiva, pese a que funcionan ya, a plena luz del día, varios cientos de otras religiones, muchas con notorio arraigo y millones de fieles. Raro, también, que el Estado gaste miles de millones en pagar sueldos de obispos, sacerdotes, capellanes en cárceles, hospitales, cuarteles, cementerios y universidades, y a miles de profesores de catolicismo en escuelas públicas y concertadas, o para el mantenimiento de las iglesias y catedrales que los prelados han inmatriculado a su nombre pese a tenerlo prohibido por el mismísimo Franco. Pero aún más extravagante es que la Conferencia Episcopal Española pretenda que la visita de su Pontífice máximo (así lo llaman en nota oficial: Pontifex), sea loado de forma extraordinaria por las Cortes (“en sesión conjunta del Congreso y Senado”, piden). Nunca ocurrió antes. Parece extravagante que pudiera ocurrir ahora. León XIV viene a España como líder religioso, no como un jefe político. Un teólogo famoso suele bromear con que España es un Estado aconfesional con querida. Las otras religiones lo dicen sin rubor, enfadadas. No echemos más leña al fuego de la religión.
Hace algo más de dos décadas, el Partido Socialista de Rodríguez Zapatero -cómodo y elocuente ayer en el comisión del Congreso-, apartó a España de una guerra en Irak en la que el gobierno de Aznar el de las Azores había embarcado al país teniendo como base una patraña. Siguiendo este criterio, Pedro Sánchez ahora se ha negado a respaldar los ataques de Israel y Estados Unidos a Irán. El "no a la guerra" vale tanto para Ucrania como para Gaza, y también para Irán:la guerra de Donald Trump y Benjamín Netanyahu no es asunto nuestro: “El mundo ya ha estado aquí antes. Hace 23 años, otra administración de Estados Unidos nos llevó a una guerra injusta, ha recordado hoy el presidente del Gobierno. La guerra de Irak generó un aumento drástico del terrorismo, una grave crisis migratoria y económica. Ese fue el regalo del trio de las Azores, un mundo más inseguro y una vida peor”, ha recalcado. Bien por Sánchez. Haberse ganado la animadversión de Trump y Netanyahu le honra y tenemos que celebrarlo. Se trata de un genocida, sobre el que pesa una orden de arresto por la Corte Penal Internacional, y de su socio mayor. También es posible que buena parte de nuestro país esté esta vez con su presidente, como lo estuvo con ZP*.
*El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha trasladado a su homólogo alemán la “sorpresa” del Gobierno porque el canciller Friederich Merz no saliera en defensa de España ante las críticas del presidente estadounidense, Donald Trump, y su amenaza de suspender el comercio.
El Trumpismo Global reúne a diversas fuerzas autoritarias y neofascistas de extrema derecha, alineadas ideológica y políticamente, que defienden la agenda trumpista y aplauden su gansterismo trasnacional. La consolidación del complejo capitalista hegemónico parece depender ahora del extremismo ideológico y el caudillismo político del Trumpismo Global. Este complejo está profundamente inmerso en sistemas trasnacionales de guerra, control social, represión y vigilancia, a medida que la acumulación militarizada se arraiga en toda la economía y la sociedad global. El fascismo, la guerra y la acumulación están inextricablemente unidos en la modalidad de acumulación que ahora persigue dicho complejo. En la lógica depravada del capitalismo global en crisis, esta acumulación de masacres no es más que la contraparte de la acumulación de capital.
William I. Robinson*
El ataque estadunidense-israelí a Irán ha encendido de nuevo a Medio Oriente, pero no es más que el último de una vertiginosa serie de convulsiones globales que abarcan desde el conflicto geopolítico en Ucrania y Oriente Medio, hasta las guerras civiles en Myanmar y Sudán, las disputas arancelarias, el ataque estadunidense a Venezuela, y el terrorismo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en ciudades estadunidenses, entre otros. Este tumulto global está impulsado por un catalizador sistémico común: las violentas estrategias expansivas de un nuevo complejo hegemónico del capital trasnacional, en respuesta a la crisis de época del capitalismo global.
El complejo triangulado reúne a las gigantescas empresas tecnológicas, el capital financiero trasnacional y el complejo militar-industrial-represivo. El Gran Tech controla todo el ecosistema del capitalismo digitalizado, convirtiendo su enorme poder estructural en control político directo por medio del Estado fascista. Para impulsar su agenda, el bloque ha recurrido al Trumpismo Global, uno de los varios síntomas políticos morbosos que emergen a medida que se desmorona el orden internacional pos Segunda Guerra Mundial.
Las 20 principales empresas tecnológicas del mundo tenían una capitalización bursátil combinada superior a los 20 billones de dólares en 2025, una quinta parte del PIB global. El Gran Tech está, a su vez, entrelazado con los gigantescos conglomerados financieros globales, que poseen más de la mitad de las principales empresas tecnológicas. En 2022, había 33 empresas de gestión de inversiones de capital valoradas en 83 billones de dólares de activos combinados, más de cuatro quintas partes del valor del PIB mundial.
Silicon Valley y sus patrocinadores financieros están recurriendo a las tecnologías digitales para la guerra y la represión, fusionándose con el complejo militar-industrial-represión, completando así el eje del poder del complejo, que a su vez se alinea con estados autoritarios, dictatoriales y fascistas. Los multimillonarios tecnológicos y financieros se están convirtiendo en actores geopolíticos globales. Ejercen su enorme poder estructural por medio del Trumpismo Global, desarrollando nuevas modalidades de control sobre la sociedad civil y buscando formas alternativas de legitimidad basadas en la inestabilidad y el caos que faciliten el control de países y recursos.
El gobierno estadunidense ha denominado la nueva dispensación política como Pax Silica. “Si el siglo XX funcionó con petróleo y acero, el siglo XXI funciona con computación y los minerales que la alimentan”, declaró el Departamento de Estado. Pax Silica implica el desarrollo de “cadenas globales de suministro de IA” que impulsarán “oportunidades históricas y demanda de energía, minerales críticos, manufactura, hardware tecnológico, infraestructura y nuevos mercados aún no inventados”.
En virtud de esta Pax Silica, el régimen de Trump ha emprendido una desregulación radical de la IA y de las finanzas. Ha seguido una estrategia de mercantilismo digital, inscribiendo en sus negociaciones arancelarias con otros países la demanda de derogación de sus leyes que regulan la IA, mientras el Gran Tech busca su eliminación en al menos 64 países. El telón de fondo de la vorágine global es la crisis de época del capitalismo global. Estructuralmente, el sistema se enfrenta a una crisis de sobreacumulación que genera una intensa presión para la expansión que impulsa a la clase capitalista trasnacional (CCT) a buscar salidas para descargar el excedente de capital acumulado.
En 2025, China registró un superávit comercial récord de 1.2 billones de dólares –un aumento de 20 por ciento con respecto a 2024–, lo que indica una enorme sobrecapacidad global y contribuye a la creciente competencia geopolítica por los mercados y las oportunidades de inversión. Liderada por el nuevo complejo hegemónico de capital, la CCT está desatando una ronda depredadora de expansión impulsada por la digitalización, virando hacia formas más salvajes de acumulación extractivista, apoderándose de tierras, energía y recursos minerales para satisfacer la demanda de tecnología de la IA y centros de datos.
El Trumpismo constituye un Estado fascista embrionario que está forjando nuevas alianzas con estados represivos de todo el mundo. El fascismo en la era industrial y el fascismo en la era digital son distintos. El fascismo del siglo XXI implica la fusión del capital trasnacional con el poder político represivo y reaccionario en el Estado y con una movilización fascista en la sociedad civil, una fusión cada vez más visible en Estados Unidos bajo el régimen de Trump, a medida que el bloque hegemónico del capital se une al Estado fascista. En Estados Unidos, el ICE está emergiendo como una fuerza paramilitar fascista, una versión moderna de las camisas pardas que sirven de puente entre el desarrollo del Estado fascista y una reorganización fascista de la sociedad civil.
El Trumpismo Global reúne a diversas fuerzas autoritarias y neofascistas de extrema derecha, alineadas ideológica y políticamente, que defienden la agenda trumpista y aplauden su gansterismo trasnacional. La consolidación del complejo capitalista hegemónico parece depender ahora del extremismo ideológico y el caudillismo político del Trumpismo Global.
Este complejo está profundamente inmerso en sistemas trasnacionales de guerra, control social, represión y vigilancia, a medida que la acumulación militarizada se arraiga en toda la economía y la sociedad global. El fascismo, la guerra y la acumulación están inextricablemente unidos en la modalidad de acumulación que ahora persigue dicho complejo. En la lógica depravada del capitalismo global en crisis, esta acumulación de masacres no es más que la contraparte de la acumulación de capital.
*Profesor distinguido de sociología en la Universidad de California en Santa Bárbara
¿Qué es lo que ha pretendido el oligarca estadounidense Elon Musk, cuyo patrimonio ronda los 788.000 millones de dólares, tratando de hacernos creer que la atroz masacre con la que el gobierno de su país y de Israel iniciaron un nuevo capítulo de barbarie en Irán, fue un bulo? ¿Acaso se cree Musk que el mundo empieza a ser tan suyo como para permitirse difundir este tipo de patrañas con la intención de que se crean y le puedan a la verdad de los hechos? El brutal ataque asesinó el sábado pasado, día laborable en Irán, a 180 alumnas de entre 7 y 12 años, pero la herramienta de X y no pocos de sus habituales usuarios negaron que el ataque de EEUU e Israel fuera real, entre ellos encontramos los nombres de Esperanza Aguirre, Pilar Rahola o Hermann Tertsch, según hemos leído hoy en CTXT. ¿Se habrán atrevido los mencionados a ver ayer los funerales multitudinarios por las víctimas en la ciudad de Minab, esos casi dos centenares de fosas cavadas en la tierra y arropadas por el luto y el llanto de las madres, o seguirán creyendo que tanto dolor y muerte es sólo fruto de la IA?¿No deberían estas personas, si les queda un mínimo de vergüenza, apresurarse a pedir perdón por haberse creído las patrañas del oligarca? ¿Vamos a seguir teniendo en cuenta, sin más problema, sus criterios a la hora de opinar en estudios de radio, periódicos y platós de televisión? Como homenaje a las víctimas y a sus madres, ya sea en Irán, en Palestina o allá donde la sangre niña grite, volvemos a publicar el poema escrito por nuestro admirado Vicente Aleixandre en 1937 durante el bombardeo de Madrid por la aviación alemana: Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla.Nuestra gratitud, otra vez, a la poesía y a los poetas por ser una voz universal.
Se ven pobres mujeres que corren en las calles como bultos o espanto entre la niebla. Las casas contraídas, las casas rotas, salpicadas de sangre: las habitaciones donde un grito quedó temblando, donde la nada estalló de repente, polvo lívido de paredes flotantes, asoman su fantasma pasado por la muerte. Son las oscuras casas donde murieron niños. Miradlas. Como gajos se abrieron en la noche bajo la luz terrible. Niños dormían, blancos en su oscuro. Niños nacidos con rumor a vida. Niños o blandos cuerpos ofrecidos que, callados los vientos, descansaban. Las mujeres corrieron. Por las ventanas salpicó la sangre. ¿Quién vio, quién vio un bracito salir roto en la noche con la luz de sangre o estrella apuñalada? ¿Quién vio la sangre niña en mil gotas gritando: ¡crimen, crimen!, alzada hasta los cielos como un puñito inmenso, clamoroso? Rostros pequeños, las mejillas, los pechos, El inocente vientre que respira: La metralla los busca, la metralla, la súbita serpiente, muerte estrellada para su martirio. Ríos de niños muertos van buscando un destino final, un mundo alto. Bajo la luz de la luna se vieron las hediondas aves de la muerte: aviones, motores, buitres oscuros cuyo plumaje encierra la destrucción de la carne que late, la horrible muerte a pedazos que palpitan y esta voz de las víctimas, rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido. Todos la oímos. Los niños han gritado. Su voz está sonando. ¿No oís? Suena en lo oscuro. Suena en la luz. Suena en las calles. Todas las casas gritan. Pasáis, y de esa ventana rota sale un grito de muerte. Seguís. De ese hueco sin puerta sale una sangre y grita. Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados gritan, gritan. Son niños que murieron. Por la ciudad gritando, un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba. No lo miréis: sentidlo. Pequeños corazones, pechos difuntos, caritas destrozadas. No los miréis: oídlos. Por la ciudad un río de dolor grita y convoca. Sube y sube y nos llama. La ciudad anegada se alza por los tejados y alza un brazo terrible. Un solo brazo. Mutilación heroica de la ciudad o su pecho. Un puño clamoroso, rojo de sangre libre,
Leemos que entre las ramas densas de un arbusto tropical, dos hojas grandes aparecen unidas por una costura casi invisible. No es obra del viento ni de una araña paciente. El mérito le corresponde al pájaro sastre. Esta pequeña ave no construye su nido sobre las ramas expuestas. Primero elige hojas flexibles y resistentes. Luego perfora cuidadosamente sus bordes con el pico, haciendo pequeños orificios alineados como si marcara un patrón. Después comienza la costura. Utiliza fibras vegetales, hilos de algodón natural e incluso seda de araña como si fueran hilo. Con movimientos precisos, pasa el material de un lado a otro, tensándolo hasta acercar las hojas y formar una especie de bolsa colgante. Desde fuera, parece una simple hoja doblada. Dentro, oculto y protegido, queda el verdadero nido. No corta las hojas por completo ni las daña en exceso; las mantiene vivas y verdes, lo que ayuda a camuflar la estructura entre el follaje. Es arquitectura ligera, flexible y perfectamente integrada al entorno. El pájaro sastre no solo construye. Diseña, perfora y cose. En el corazón del bosque, este ingeniero textil convierte hojas en paredes y seda en puntadas invisibles para esconder a su futura generación, mientras los dirigentes de los países imperialistas no dejan de atentar contra la vida del ser humano y el maravilloso planeta azul que nos permite observar la obra de arte y vida que ese pajarillo crea para su cría. Reconforta el ánimo observar esta portentosa tarea para preservar la vida de la vida que nace, proyectada por un ser silvestre tan pequeño, cuando tanta destrucción se perpetra mediante máquinas ideadas por el ser humano. Demos a conocer estas páginas de la naturaleza en las aulas y enfrentémoslas a las que propagan el odio, la codicia, el dominio y la guerra. Nos va la vida en ello, como de seguro se plantea un pájaro sastre cada vez que cose uno de esos nidos para que su crianza siga describiendo el vuelo de su nombre por el aire.
Inna Afinogenova, Estefanía Veloz y Marco Teruggi analizan en La Base América Latina el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán como una guerra de elección presentada mediáticamente como “preventiva”, con el asesinato del liderazgo iraní y bombardeos sobre infraestructura y población civil. Con datos, reconstrucciones mediáticas y declaraciones oficiales, el programa desmonta la coartada nuclear, examina el rol del Estrecho de Ormuz y el petróleo en la escalada, y expone cómo los grandes medios occidentales encuadran la guerra desde las bajas estadounidenses y no desde las víctimas iraníes. Además, paralelismos con Venezuela, antecedentes históricos como el golpe de 1953 y una discusión de fondo sobre derecho internacional, cambio de régimen y el efecto contagio de una impunidad que redefine el orden global. Imprescindible escucha el programa.
Eminentes estudiosos en la materia, como Juan Luís Arzuaga, sostienen que el Neolítico, ese momento en el que se produce una revolución cultural y tecnológica que nos lleva al mundo en el que estamos tratando de sobrevivir, no nos ha sentado nada bien como especie. Si uno se retrotrae a esos doce mil años en el que comienza a desarrollarse el modo social en el que estamos y sigue avanzando en el tiempo, comprueba que todo ha sido una cadena de muerte y destrucción, una manifiesta incapacidad del Homo Sapiens para establecer unas relaciones que posibilitasen la solución de conflictos sin recurrir a la eliminación física del oponente.
Estamos en un presente en el que la capacidad tecnológica permite propiciar la desaparición de cualquier forma de vida sobre el planeta y comprobamos con desazón que las personalidades a cargo de dirigir las sociedades humanas está compuesta por diversos tipos de trastornados mentales, desde quien se considera por encima de cualquier norma de derecho, hasta el que asegura que representa a un pueblo que ha sido elegido por un presunto dios, pasando por un tipo que esgrime una motosierra y que tiene fervientes partidarios en otros países distintos al que le ha tocado en desgracia, sin olvidar a otros que proclaman la subordinación de la mitad de la población, las mujeres, a los deseos de los hombres por mandato de otro supuesto creador.
Si a estas desgracias se añade que la información a la que accede la ciudadanía es un cúmulo de mentiras y manipulaciones en la que la verdad queda atrozmente enmascarada, el panorama no lleva precisamente al optimismo. Parodiando a Gramsci, parece que hemos caído en la hegemonía de la locura y uno no encuentra, por más que busca, el camino para sacarnos de semejante atolladero.
Tumbas de las niñas masacradas en una escuela al sur de Irán, víctimas de un misil israelí en las primeras horas de los ataques perpetrados por Estados Unidos e Israel. Si se invoca el derecho internacional, ha de hacerse siempre. Si defendemos a un pueblo, hagámoslo sea quien sea el que lo reprime, domina o humilla. Con frustración, pero también con la convicción de que el silencio nunca ha mejorado nada, solo puedo aportar mi palabra, mi denuncia y mi grito, escribe Torres. Un reclamo de coherencia, de legalidad y de humanidad. ¡Basta ya de tanta barbarie! Porque la barbarie no se combate con más barbarie. Y porque, si renunciamos a exigir reglas para todos y paz, lo que desaparece no es el conflicto, sino la civilización y la vida.
Juan Torres López
El ataque de las tropas de Estados Unidos e Israel contra Irán, con la consiguiente muerte de centenares de civiles y la eliminación de dirigentes políticos sin juicio previo, constituye una nueva y grave vulneración del derecho internacional. Es un crimen. Y, además, no es un hecho aislado, sino un nuevo episodio en una larga historia de intervenciones que han normalizado el uso de la fuerza al margen de las reglas que supuestamente rigen la convivencia entre Estados.
Quienes gobiernan estas potencias —hoy Donald Trump y Benjamin Netanyahu— han demostrado reiteradamente que conciben la política exterior como un ejercicio de poder sin límites efectivos. El desprecio por los mecanismos diplomáticos, la erosión sistemática del derecho internacional y la legitimación preventiva de la violencia no son errores puntuales: forman parte de una lógica de dominación que se presenta como seguridad y termina produciendo inestabilidad, sufrimiento y resentimiento.
Pero no nos equivoquemos. Aunque el problema se exacerba cuando aparecen en escena dirigentes como Trump o Netanyahu, no es de naturaleza personal, sino estructural. Es el resultado de un orden internacional que tolera la excepcionalidad permanente de algunos Estados, que permite que la fuerza se convierta en argumento y que aplica los principios jurídicos con una doble vara de medir. Cuando las normas sólo obligan a los débiles, dejan de ser normas y se transforman en instrumentos de poder y dominación injusta.
Duele, sin duda, la decisión de quienes ordenan bombardear y matan a centenares de civiles. Pero también el silencio de muchos otros gobiernos que, en nombre del cálculo político o la conveniencia estratégica, eligen no denunciar lo que contradice los principios que dicen defender. Y, por supuesto, duele y preocupa la resignación y falta de respuesta de millones de personas y de sociedades enteras que, saturadas de conflictos, terminan aceptando como natural e inevitable lo que no se debe tolerar.
Ayuda igualmente a que se produzcan crímenes, violaciones graves del derecho internacional humanitario y violencia sin cesar el que la defensa de los derechos humanos, del imperio de la ley y de la paz se asuma selectivamente. Como algo que se activa sólo cuando el agresor es nuestro adversario. Si se invoca el derecho internacional, ha de hacerse siempre; si se condena el autoritarismo, ha de condenarse en todas sus manifestaciones; si reclamamos dignidad humana, no podemos hacerlo sólo en función del pasaporte de las víctimas. Si defendemos a un pueblo, hagámoslo sea quien sea el que lo reprime, domina o humilla.
La paz no es un don gratuito ni un reclamo ingenuo. Es una construcción política que exige coherencia, límites al poder y, muy especialmente, ciudadanía vigilante y decidida a hacerla realidad. Obliga a rechazar la idea de que la violencia preventiva es una herramienta legítima de gestión del mundo y a entender que la seguridad sin justicia es una ilusión peligrosa.
Con frustración, pero también con la convicción de que el silencio nunca ha mejorado nada, solo puedo aportar mi palabra, mi denuncia y mi grito. Un reclamo de coherencia, de legalidad y de humanidad. ¡Basta ya de tanta barbarie! Porque la barbarie no se combate con más barbarie. Y porque, si renunciamos a exigir reglas para todos y paz, lo que desaparece no es el conflicto, sino la civilización y la vida.
“Hay colegios que no saben qué hacer con los profesores”: crisis en clase de Religión tras perder 370.000 alumnos en un lustro
Lo leímos ayer en el diario El País. Aunque se sigan montando funerales católicos, la clase de Religión ha perdido 369.807 alumnos en un lustro en las etapas donde se imparte -Primaria, ESO y Bachillerato-, diez veces veces más de lo que ha caído el número total de estudiantes en el mismo periodo por la evolución demográfica, según refleja la estadística oficial en el documento Las cifras de la educación en España 2026. En el curso 1998-1999 estudiaba Religión el 85% del alumnado de primaria y el 71% en la ESO, unos niveles que han caído 30 y 20 puntos respectivamente. En la enseñanza pública, la demanda ha caído a la mitad en dicho periodo, y solo un poco menos en la ESO. Euskadi y Cataluña (38% en Primaria) son las comunidades donde menos se estudia, y Andalucía (71%) y Extremadura (78%) donde más.
Entrada al instituto público Toki Ona, en Bera, al norte de Navarra, este viernes | Javier Hernández
El renacer del espíritu religioso no se aprecia en las aulas españolas. Más bien al contrario. El declive de la asignatura de Religión se ha acelerado en los últimos años tras la aprobación de la actual ley educativa, la Lomloe. La clase ha perdido 369.807 alumnos en un lustro en las etapas donde se imparte -Primaria, ESO y Bachillerato-, 10 veces más de lo que ha caído el número total de estudiantes en el mismo periodo por la evolución demográfica, según refleja la estadística oficial en el documento Las cifras de la educación en España 2026.
El bajón de alumnado y la reducción de horas semanales que se imparte de la materia en buena parte de España desde la entrada en vigor de la Lomloe, al tiempo que el número de profesores de Religión se ha mantenido prácticamente igual (12.554, según el último dato oficial) hace que muchos docentes tengan más horas de contrato que clases que dar.
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Navarra, un territorio que fue muy católico y ahora figura entre los lugares donde menos interés muestran las familias por la asignatura, ha sido la primera en poner el problema sobre la mesa. El departamento de Educación calcula que está pagando “1.020 horas de Religión que no se imparten” por curso, por un importe de 2,1 millones de euros. Un dinero que, sin despedir a los docentes, pero sí ajustando lo que cobran a las clases que dan, quiere dedicar a otros objetivos, como el refuerzo de la Formación Profesional.
“Hay muchos colegios que no saben qué hacer con el profesorado”, señalan fuentes educativas navarras, “o que los destinan a labores que nada tienen que ver con Religión”. Como vigilar los recreos, hacer labores de convivencia o llevar el huerto escolar. Y situaciones parecidas se están produciendo en numerosos centros de toda España, explican directores de colegios e institutos.
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La gran deserción se está produciendo sobre todo en la enseñanza pública. Tres de cada cuatro, de los 369.807 alumnos perdidos, provienen de esta red escolar. Justo antes de la aprobación de la Lomloe, en el curso 2019-2020, en Primaria, la etapa donde más se estudia la asignatura, todavía asistían a ella más de la mitad de chavales de la pública (50,8%). En el 2023-2024, el porcentaje había bajado al 43,8%; se trata del último curso disponible, porque en este ámbito la estadística se publica con año y medio de retraso.
En el conjunto de la Primaria, los alumnos de Religión todavía son mayoría (55%), gracias a su peso en la concertada (83,4%) y la privada sin subvencionar (58,2%). Aunque en ambas redes, la clase también ha perdido terreno en el lustro analizado: 2,4 y 6,6 puntos, respectivamente. En la ESO la elige el 51% del alumnado (38% en los institutos públicos) y en Bachillerato, el 32% (24% en la pública).
La especial situación del profesorado de Religión -no se presentan a oposiciones, sino que son elegidos por los obispos- hace que no se les pueda destinar a funciones docentes distintas de su materia, como sucede con el resto de especialidades, explica Isabel Moreno, vicepresidenta de la federación estatal de directores de centros públicos Fedadi. Es decir, no pueden sustituir a una maestra enferma en una clase de matemáticas, por ejemplo. Ante la caída de la demanda, muchos dan clase en varios centros o, en función del grado de sintonía con la dirección del centro, ocupan parte de su tiempo en funciones diversas, ajenas al motivo de su contrato.
La directora de un colegio navarro admite, por ejemplo, que la docente de su centro se ha quedado “con nueve horas de docencia cuando cobra por 23″. Pero eso no quiere decir, agrega, que no trabaje o que no le resulte útil al centro, ya que coordina el programa de voluntariado del centro, el huerto escolar y las actividades de refuerzo. En el instituto público Toki Ona de Bera, al norte de la comunidad foral, la docente rellena parte de su jornada gestionando la biblioteca, explica su director, Igor Arruabarrena.
En muchas escuelas, como señala entre otros Fran Lires, presidente de la asociación de directores de colegios públicos de Galicia -que es la autonomía donde más ha caído la matrícula de Religión en el periodo analizado, 14 puntos en Primaria hasta situarse en el 45%-, se encargan de hacer guardias (vigilar el patio). E Iñigo Salaberria, de la federación de directores de la escuela pública Heize de Euskadi -la comunidad donde menor es la demanda; un 33% en toda la Primaria y solo un 12,6% en la pública-, afirma que, aparte de las clases, el profesorado se dedica a tareas como apoyar “la gestión de comedor”.
PP y Vox
La Lomloe mantuvo la religión en las aulas, en aplicación de los acuerdos firmados por el Gobierno con el Vaticano durante la Transición. Pero eliminó los elementos para tratar de sostener la demanda de la asignatura incluida por el PP en la ley anterior, la Lomce. Como el hecho de que su nota contara en el expediente a la hora de solicitar becas o de cara a la Selectividad, o la obligación de que quienes no eligieran Religión tuvieran que estudiar una “materia espejo” (que ha sido sustituida por una vaga “atención educativa” que los chavales suelen pasar leyendo o adelantando deberes).
Ante el desmoronamiento de la demanda, José María Guardia, presidente del sindicato de profesores de Religión Aprecce, reclama que se vuelvan a implantar. Guardia afirma que en las reuniones que han mantenido con representantes del PP y Vox, ambos partidos se han mostrado partidarios de hacerlo.
La Lomloe ha acelerado la pérdida de matrícula (alcanzando una media de 1,5 puntos por curso en primaria). Pero, en realidad, el descenso viene de largo. Y, salvo algún repunte en secundaria, se ha mantenido al margen de la legislación educativa desde hace 25 años, que es hasta donde permite remontarse la estadística oficial.
En el curso 1998-1999, estudiaba Religión el 85% del alumnado de primaria y el 71% en la ESO, unos niveles que han caído 30 y 20 puntos respectivamente. En la pública, la demanda ha caído a la mitad en dicho periodo, y solo un poco menos en la ESO. Las diferencias territoriales son, por otro lado, enormes, con Euskadi y Cataluña (38% en Primaria) donde menos se estudia, y Andalucía (71%) y Extremadura (78%) donde más.