viernes, 22 de noviembre de 2019

DONANTES DE CONVERSACIÓN Y RISAS


Félix Población

Lo de la soledad en países mediterráneos como el nuestro, proclives a la extroversión y al parloteo, es especialmente llamativo, pero responde al tiempo que vivimos, dado a la urgencia y a la superficialidad. En mi pueblo tengo a una vecina de edad avanzada que busca la conversación por los comercios. Su soledad hace que intente ser escuchada con la excusa de sus compras. Pasa por eso largo tiempo en la farmacia o en la frutería, ante la indiferencia, la tolerancia o el fastidio de sus propietarios. 

Teniendo en cuenta este caso, advierto hoy leyendo el diario La Vanguardia que hay gente con la sensibilidad de Adrià Ballester (Barcelona, 1993), capaz de abrir su escucha a los demás de manera gratuita, sin esperar nada. Instalado en el Arc de Triomf de su ciudad desde hace tres años, Ballester ofrece conversaciones gratuitas al aire libre con quienes tengan la necesidad de hablar y ser escuchados. Junto a su silla en la calzada hay otra dispuesta para quien lo visite bajo el indicativo Free Conversations [Conversaciones Gratis]. 

Este conversador altruista decidió dedicar su tiempo libre a este menester y ya lleva en su archivo de pláticas un millar de charlas. Graduado en Administración y Dirección de Empresas vende Adrià, como comercial, cursos de informática, por las noches estudia a distancia algo tan indispensable en su actividad callejera como el grado de Comunicación. Ballester cuenta en La Vanguardia por que decidió llevar adelante este singular servicio: "Fue un día en que la jornada no me fue muy bien, había discutido con alguien en el trabajo, ya ni me acuerdo con quién. Fui a dar una vuelta por la ciudad y sin darme cuenta llegué hasta Collserola. Allí en la montaña me topé con un señor mayor, era la versión española de Papá Noel, y estuvimos hablando, de nada en concreto, simplemente hablando. Cuando volví a casa me di cuenta de que después de hablar con aquel hombre ya no estaba pensando en el mal día que había pasado. Y desde aquel día me di cuenta de lo importante que es hablar, y tomé la decisión de empezar este proyecto".

Ayer mismo me enteré de que hay una asociación no menos altruista que en lugar de donar conversaciones, como este joven catalán, se dedica a donar risas y convoca a tan humanizador efecto unos talleres de risoterapia. Se llama Donantes de risas y pretende hacer -leo- "un lugar de encuentro para saborear los beneficios de la risa en nuestra vida cotidiana, aprendiendo a desdramatizar situaciones diarias y a verlas desde otra perspectiva más optimista. Enseñando técnicas que nos hagan incorporar el sentido del humor en nosotros para contribuir a mejorar las condiciones de vida, tanto físicas y emocionales como mentales y sociales". 

Esta asociación quiere elevar la risa a la categoría de deporte y con este propósito tiene previsto solicitar espacios municipales para darle a la carcajada ámbitos urbanos. En el fondo y en la forma, Donantes de risas se mueve impulsados por la felix-sofía o tratado de la sabiduría de la felicidad, "en clave de humor al más puro estilo de “Platero y yo”… para que caigas en la cuenta de que cualquier burro ríe más que tú".

Nuestra sociedad necesita muchas risas y muchas palabras compartidas, porque cada vez está más sorda y apagada. Por eso no he dejado sin referencia ese conversatorio montado en el Arc de Triomf de Barcelona y esa asociación que se cree a pies juntillas lo que Victor Hugo afirmó: "La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano". O lo que Miguel Hernández le escribió desde la cárcel en una nana a su hijo:

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.

DdA, XV/4344

EL CURA DE CANDASNOS DE LA COLUMNA DURRUTI

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David M. Rivas

Como tamos nel aniversariu de la muerte de Durruti y toudiós cuenta les coses de siempres, prestaríame remembrar una d’eses histories escaecíes de la guerra civil, unes histories que de xuru que fueran munches, como en toles guerres. El cura de Candasnos, un pueblu d’Aragón, yera Jesús Arnal. Nos primeros momentos de la guerra, nel descontrol llóxicu pero tantes vegaes irracional, lleváronlu a un tribunal popular. Nun ye difícile de suponer cuála diba ser la sentencia. Los dirixentes de la CNT tiníenlu por home bonu, anque nin republicanu nin muncho menos de la causa, y decidieron abellugalu. Nun sabíen que facer con elli y menos a midía que llegaben noticies de lo que pasaba na zona controlada polos militares traidores. –Vamos mandalu pal frente. ¿Conoz vusté a Durruti? –Non, sé quien ye, pero nun lu conozo. –Ye home arrechu que tarrez la opresión, la cárcele y la pena de muerte. Y pallá que marchara’l cura. Durruti arrecibiéralu y cuando los frentes cambiaron entrugárai: “¿quiés marchar pa casa o quedar na columna?”. Taben entóncenes en Bujaraloz. El cura quedara y llevara tola intendencia de la Columna de Fierru. Queipo de Llano, nes sos alocuciones radiofóniques diz: “paez ser qu’hai un curín colos anarquistes; yá verá”. Jesús Arnal, que saliera d’España colos vencíos y volviera pa ser párracu, siempres refugó de lo de “cura roxu” y “secretariu de Durruti”, que yera como lu apellidaben. Ascaso dicía “nin yera un ultramontanu ni un fascista”. García Oliver fala d’elli como un home de bon coral. Años dempués, Arnal dicía que “nunca tuviera a favor del anarquismu”. Pero respetaba sobromanera al anarquista llionés: “Durruti yera un home xustu, y si dalguién diz que fora un asesín ya un lladrón, ye un calumniador”. El cura de la columna cenetista morriera en 1971.

                   DdA, XV/4344               

jueves, 21 de noviembre de 2019

EL KIOSCO DEL PRIMER CHÉSTER


Félix Población

Si duda habrá otras fotografías en las que se observe mejor la presencia del viejo kiosco de madera que aparece en el centro de la imagen y que estaba ubicado en los Jardines de la Reina,  en el puerto interior de Gijón, muy cerca de la parada de las líneas de tranvía que iban a Somió, barrio residencial de la clase potentada desde el siglo XIX -el más rico de la región-, y a los barrios obreros del Natahoyo y La Calzada, hasta  llegar a El Musel, el puerto exterior. Ese fue uno de los viejos kioscos que más perduró en la villa, antes de que fuera sustituido por otros de aluminio mucho más funcionales que fueron instalados en los años sesenta por el centro de la ciudad.

Mi infancia y adolescencia  tienen en aquellos kioscos un punto de referencia importante, unido a la lectura de mis primeros tebeos, con El capitán Trueno de Victor Mora y el dibujante Ambrós como publicación preferida, y también, como es el caso, a mi primer cigarrillo. Algunos de los antiguos kioscos eran tan vistosos y modernistas como los que existían en Los Campinos de Begoña, frente a la iglesia de San Lorenzo. El de los Jardines de la Reina no tenía esa prestancia, pero sí fue el que  abastecía de cigarrillos sueltos a mi amigo Cantarero, con el que estudiaba Matemáticas y Física y Química en una academia nocturna no muy distante que dirigía un cura exclaustrado al que llamábamos Palomo y se apellidaba Palomino. De ese kiosco, por mediación e influencia indudable de mi compañero, salió el primer pitillo que me llevé a los labios.

Solo en los kioscos se podían comprar cigarrillos sueltos, algo que por lo general hacían los más jóvenes fumadores y aquellos adultos con un bolsillo más precario, que eran muchos. Me parece que un pitillo de tabaco rubio de importación, marca Chesterfield, costaba por entonces una peseta, y que ese tabaco venía a ser un lujazo al lado de los humildísimos Celtas de tabaco negro, cuatro por una peseta, a los que se les llamaba el chéster obrero. Venían envasados en una tosca cajetilla que llevaba estampado un guerrero medieval barbado, con escudo, casco con cuernos y la espada en alto. Junto a los Celtas estaba el Ideales, que creo eran anterior en el mercado, un tabaco de picadura que mi padre requería en los estancos con la para mi ignota fórmula de "una de caldo", misterio que un día me aclaró diciendo que se debía al color amarillo del papel en que venían envueltos los pitillos, similar al del caldo de gallina. No tuvo mucho futuro este tabaco, a raíz de la salida del Celtas, pues para fumar ese "caldo" era preciso reliar los pitillos con el librillo de papelitos finos encolados que se vendía en los estancos, una dilación poco a poco desechada por el ritmo cada vez más acelerado que llevaban los tiempos.

Como la economía era en aquellos años muy estrecha, el tabaco negro era con mucho el que más se consumía, hasta el punto de que la percepción olfativa del tabaco rubio constituía por lo general algo ambientalmente excepcional, propio de determinados círculos sociales  a los que yo no solía tener acceso. Esa diferencia de olor entre un tabaco que parecía perfumado y otro que apestaba a astilla quemada marcaba de modo inmediato la diferencia de clase entre quienes frecuentaban uno u otro. Era tal el poder distintivo del olor a chéster que, fumado por una persona de apariencia modesta,  podía otorgarle una falsa aureola de supremacía, si bien eran contadas las ocasiones en que pudiera darse tal caso, siendo en todas motivo de especial significación.

Yo siempre hasta esa noche, en la que probé a fumar nada menos que un chéster por invitación de Cantarero, me limitaba a observar la varonil prestancia que adquiría mi amigo  mientras  lo hacía con mucha soltura durante nuestro corto paseo por El Muelle. No tendríamos más de catorce o quince años, pero los suyos, con el pitillo en la mano izquierda y aquellas profusas expiraciones aventando el humo contra la húmeda atmósfera de la noche neblinosa, me dejaban reducido a una niñez pánfila y parvularia de la que él, además, se sabía distanciar con una sobreactuación manifiesta en su gestualidad, para realce de un empaque algo artificioso en el que yo apenas reparaba.

Por lo demás, mi amigo Cantarero era un oyente  casi siempre interesado por la meticulosidad con la que le describía las películas o lecturas que él no había visto o leído. Fuera de ahí, me dejaba sumido en la menudencia cuando encendía su cigarrillo con la cabeza ladeada y la destreza de un experto fumador, evitando con la protección de la mano sobre la llama de la cerilla que el viento la apagase. Aquella maniobra maquinal me parecía todo un dechado de virtuosismo y adulta autoafirmación que me subsumía aún más en mi cándida niñez de chicle y chocolatina, como si mientras no me tragase el humo de mi primer pitillo con idéntico desparpajo y seguridad, y no lo hiciese con la misma concentración en la calada que la exhibida por mi amigo, la distancia entre los dos fuera poco menos que insalvable. 

La salvé una de esa noches de lluvia fina (orbayu) tan habituales en la costa de Asturias. Esa vez le conté a Cantarero la trama e incidencias de la película para mayores con reparos (fórmula al uso dictada por la censura eclesiástica vigente) Moll Flanders, un privilegio -el de acceder a la sala- que me era permitido disfrutar por contar con el permiso de Amadeo, portero del cine Albéniz, amigo de mi padre.  Lo hacía desde una butaca algo arrinconada y con mala visibilidad de una de las filas traseras,  después de acceder al cine cuando ya se había iniciado la proyección y nadie entre el público podía percibir mi tierna presencia. Lo discreto del lugar  me hubiera permitido ser algo más activo con la excitación que me procuraban determinadas secuencias, pero solo con pensarlo y la posibilidad de que  alguien descubriera mis bajas pasiones, hacía que se vinieran abajo aquellas pujantes y puntuales calenturas de bragueta.


Como en el caso del pícaro personaje femenino de la novela de Daniel Defoe la peli era pródiga en lances amorosas y mujeres descotadas, debí poner más celo descriptivo del habitual en la glosa, para holganza y recreo de mi encandilado oyente, de modo que al ofrecerme Cantarero un chéster, me lo llevé a los labios sin la menor vacilación. También, sin que yo mostrara la más mínima resistencia, me lo encendió con suma celeridad, en evitación de cualquier reserva por mi parte que interrumpiera la prosecución de la historia, interpretada por una treintañera y todavía muy sensual y seductora Kim Novack, puro pecado de la carne en fotogramas, según se puede apreciar en el cartel que por aquellos años no era permitido exponer en el exterior de la sala.

La calada a aquel primer chéster de mi vida no fue intensa, pero el mareo la sobrepasó con creces, hasta el punto de que hube de sentarme en una de las lanchas estacionadas en el muelle para no perder pie,  sin que el momentáneo sobresalto del vahído me impidiera repetir la experiencia en contadas y sucesivas ocasiones.  Tengo para mí que si me aficioné al tabaco, hasta hacer de su consumo una costumbre constreñida en todo caso a mi escaso poder adquisitivo, no fue en principio porque sintiera necesidad alguna de fumar, sino por la sensación de que mis palabras aliñadas con humo alcanzaban un cierta sustentación de madurez en mi voz y tonalidad,  de la que hasta entonces yo creía que estaba desprovisto.

Tardaría mucho tiempo en desvincular el tabaco de la palabra, desde ese inicial aprovisionamiento de un chéster en el viejo kiosco de los Jardines de la Reina. Muchos otros adolescentes de las generaciones precedentes a la mía habrán hecho lo propio en ese mismo lugar. Ellos posiblemente también habrán alumbrado la llama de sus primeros pitillos con la charla compartida de un amigo,  dando expresión a sus primeras emociones sexuales, rigurosamente condenadas por aquel clero de afincada raigambre inquisitorial y de tan celoso y pertinaz empeño en la fiscalización de nuestra enseñanza. Lo soportó este país durante casi toda su historia, especialmente cuando el nacional-catolicismo de la dictadura franquista le dio  la máxima  autoridad para hacer valer ese cometido. 

PS. Vaya desde aquí, por si por una improbable azar leyeran esta pequeña crónica memoriosa tantos años después, mi recuerdo para Manuel Cantarero, que vivía en la calle de Los Moros -cerca de la heladería Verdú, toda una institución gijonesa-, y para Angelines Hevia, que vivía en La Calzada y fue la compañera de estudios más hermosa de aquel fugaz tiempo de academia en que era posible compartir aula con las chicas, cuando esto no ocurría en la enseñanza pública. Nunca olvidaré la vez que Palomino la quiso castigar poniéndola de rodillas sobre el piso de vieja madera y ella se negó con una dignidad encomiable, descrita con el delicioso movimiento de su cuello erguido. El suave tacto de sus preciosas rodillas no se merecía semejante y oprobioso escarnio.

                           DdA, XV/4344                     

miércoles, 20 de noviembre de 2019

EL 20 N TAMBIÉN FUERON FUSILADAS TRES MUJERES Y SEIS HOMBRES EN ZAMORA

 Julia y sus hermanas
Eduardo Martín
Foro por la Memoria de Zamora

Un año más, la ciudad de Zamora acogerá esta semana una misa en sufragio por las almas de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera, y un año más se convocará a los asistentes mediante una esquela que atribuye al primero todos los honores de los que se apropió mediante el golpe de estado más brutal de nuestra historia y al segundo la condición de víctima del régimen democrático contra el que promovió la violencia terrorista y la insurrección armada. El difunto obispo y el jovial párroco de San Vicente (parroquia donde se oficiaba la misa) nos recordaron hace tres años, cuando les planteamos la incompatibilidad de esta celebración con la ley de memoria, el derecho de estos (y de los demás) difuntos a que se celebren misas por su alma, derecho que sin duda es una necesidad perentoria en el caso de estas dos almas.

No podemos evitar que la llegada de esta fecha nos recuerde la conversación que en 2004 tuvimos con Teresa, la modista de Villalpando, que tristemente ya no está entre nosotros. Teresa nos contó que durante varios años, cuando llegaba el 20 de noviembre, las autoridades locales multaban a su padre, Román Cifuentes, por negarse a asistir a la misa que se celebraba en su parroquia por el alma de José Antonio. Sus razones para esta negativa eran poderosas: el 20 de noviembre de 1936, la segunda de sus hijas, Julia Cifuentes, de 28 años, fue sacada de la cárcel, asesinada y enterrada en el cementerio de Zamora; junto a ella fueron enterradas otras dos mujeres: Ramona Ortiz Juan, de 45 años natural y vecina de Bamba, viuda y con dos hijos, y Fidela García Sánchez, de 33 años, natural de Aldehuela (Salamanca) y vecina de la carretera de Roales, casada y con una hija. Junto a ellas tres fueron enterrados seis hombres, asesinados el mismo día por los correligionarios de José Antonio. Baldomera Veledo, la madre de Julia, se encontraba también detenida y tuvo que presenciar como su hija era conducida a la muerte.

Estamos acostumbrados a que se nos ridiculice por un supuesto empeño en recordar "muertos de la guerra", pero esto no tiene nada que ver con "la guerra". Estos hechos ocurrían a doscientos kilómetros del frente más cercano, y los militares golpistas que ordenaron estos crímenes no esperaban tener por delante el largo conflicto armado que sabemos que tuvo lugar, sino un paseo militar que finalizaría en cuestión de semanas: esos días, el ejército de Franco pisaba la Ciudad Universitaria de Madrid y las previsiones burocráticas y festivas para la toma de la capital eran públicas y notorias. Esto no impidió que al finalizar el mes de noviembre, yacieran en el cementerio de Zamora los cadáveres de más de seiscientas personas asesinadas por los golpistas (la mayor parte de las víctimas que la represión llegaría a causar en la ciudad), y que ese mes se diera el impulso definitivo a la liquidación de docenas de detenidos en las cárceles de Toro, de Benavente y de Bermillo.

Por tanto, no estamos hablando de las consecuencias de la guerra sino de la ejecución implacable de un plan de exterminio, de limpieza ideológica para descabezar a la clase obrera y a las clases medias progresistas, la "acción en extremo violenta" para la que el general Mola venía instruyendo a sus colaboradores en toda España desde que la derecha perdió las elecciones de febrero del 36, las decenas de miles de fusilamientos que el protomártir Calvo Sotelo estimaba necesarios para conseguir "setenta años de paz social". Una maquinaria homicida sin escrúpulos de ninguna clase: de las 103 personas cuyo asesinato se registró en la ciudad en aquel noviembre, trece eran mujeres, con edades que van de los 16 años de Ángela Flechoso a los 58 de Emilia Ramos.

Y no fue una violencia incontrolada: aunque ninguno de los asesinados en noviembre había sido condenado a muerte en consejo de guerra, todas estas muertes fueron ordenadas o justificadas por la autoridad militar, dispuesta a disfrazar cualquier aberración como un servicio a Dios y a España. Crímenes como el asesinato, aquel 20 de noviembre, de una mujer que había denunciado los abusos sufridos por su hija de diez años: ni que decir tiene que el denunciado sería absuelto, ya en 1937, en un juicio al que la denunciante no compareció por razones obvias y en el que el abogado defensor era, casualmente (o no) uno de los falangistas que habían detenido a Julia Cifuentes en Villalpando. Pueden añadir a todo esto la retórica que quieran de banderas victoriosas con rosas prendidas al paso alegre de la paz, de guardias sobre los luceros y de esa memoria "sin odio y con amor" que defendía Ortega Smith hace un año, pero la verdad seguirá revelando, lisa y llanamente, crímenes contra la humanidad.

En fin, nada evitará que la misa se celebre una vez más en una de nuestras iglesias, cuyos confesionarios conservan todavía el eco de estas atrocidades que, sin duda fueron perdonadas por los sucesivos párrocos, predecesores del que hoy oficiará esta ceremonia a la que, gracias a Dios, ya no se obliga a nadie a asistir.

                       DdA, XV/4343                 

ESTÁN CEGANDO LOS OJOS DE CHILE

Lazarillo

Lamentablemente no se acataron protocolos policiales: hubo uso excesivo de la fuerza, abusos, delitos y no se respetaron derechos, admitió el presidente de Chile, Sebastián Piñera. Desde que hace un mes se inicaron las protestas sociales contra su gobierno, las cifras oficiales de la represión en Chile señalan que son 23 las víctimas mortales registradas. El número de detenidos llega a 6.300 y 2.391 personas han resultado heridas  (41 por balazos, 964 por perdigones y 909 por golpizas y gases lacrimógenos). Anteayer se pudo ver en las calles de la capital de la nación, Santiago, a más de 200 chilenos que perdieron alguno de sus ojos, según apreciamos en la fotografía de Aldo Anfossi, publicada en el diario mexicano La Jornada. Como es muy posible que ninguno de los canales de televisión pública o privada que tenemos en España difunda esta imagen, la aportados desde aquí para general conocimiento y vergüenza del régimen chileno. ¿Qué se pretende disparando a los ojos de una juventud que protesta  porque el agua en Chile sea de propiedad privada y cinco familias sean dueñas de los ríos que corren por su tierra?

PS. Pablo Álvarez acaba de aportarme la oportuna cita de Eduardo Galeano para lo que se está viviendo en varios países de América Latina: "Vinieron. Ellos tenía la Biblia y nosotros la tierra. Y nos dijeron: "Cierren los ojos y recen". Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosostros la Biblia".


PS. Presentamos a ustedes este artículo de Atilio Borón, titulado El misterioso Chile de Vargas Llosa,
como réplica al que publicó  Mario Vargas Llosa: El enigma chileno el 2 de noviembre en el diario El País. Aprovecho la oportunidad para recomendar una vez más el libro de Borón El hechicero de la tribu. Vargas Llosa y el liberalismo.

                  DdA, XV/4343                 

DERRIBAR LOS MUROS DEL CREDO NEOLIBERAL


Abel Ros

Desde que escribo en las líneas de este blog (El rincón de la crítica), suelo recibir mensajes de periodistas americanos. Me preguntan sobre temas de política internacional. Hoy, sin ir más lejos, he recibido un correo de Ricardo, un columnista de un medio mexicano. Sorprendido por el ascenso de Vox, quería saber por qué en esta orilla del charco triunfaba el populismo ultraliberal. No entendía por qué las brisas de Trump calaban en nuestra tierra. Por qué aquí, con un Estado de Bienestar generoso – en contraste con el sistema de Estados Unidos – había tanto recelo contra los inmigrantes. Trump consiguió, con su discurso anti mexicano, movilizar a las clases medias de la América vaciada. Una América rural que temía – por las políticas llevadas a cabo por Obama – el empoderamiento laboral de los latinos. Ese temor, a que el otro les robara la comida, hizo posible que el discurso mercantilista ganase por goleada.
En España, las tornas son distintas. Aquí, a diferencia de Estados Unidos, tenemos un Estado de Bienestar universal. Un sistema que no deja a nadie en la cuneta. Y un sistema – junto con el colchón familiar – que hace menos visible la miseria de la pobreza. Las prestaciones asistenciales permiten que las situaciones de desempleo, enfermedad o accidente, por ejemplo, no sean tan crudas como en los Estados Unidos. Así las cosas, el miedo a un empoderamiento laboral, por parte de los inmigrantes, no es un argumento suficiente para explicar el ascenso de la ultraderecha. Es precisamente el Estado del Bienestar, y no el mercado, el que explica parte de lo ocurrido. Mientras en la América de Trump se teme al robo del puesto de trabajo aquí – en la Hispania ingobernable – se teme por el deterioro del Estado del Bienestar. Un deterioro – según las lenguas de las calle – ocasionado por quienes consumen servicios públicos y no contribuyen a su sostenimiento.
Esta situación – de aparente injusticia social – es la que explica por qué muchas papeletas han cambiado de color el día de las urnas. Esta percepción negativa, de una supuesta "inmigración privilegiada" que se adueña de nuestro Estado del Bienestar, contribuye a afianzar el patriotismo. Esta visión – retrógrada y egoísta – se convierte en un tóxico para la convivencia. Un tóxico que se traduce en el auge de la violencia callejera y etnocentrismo cultural. La visión de la inmigración como amenaza es el lubricante que une el éxito de Trump con los populismos europeos. Ante esta situación, la crítica intelectual no puede pasar de puntillas. Es necesario que desde las trincheras de la izquierda se derriben, de una vez por todas, los muros del credo ultraliberal. El Estado del Bienestar supone la supremacía de la igualdad en detrimento de la libertad. El inmigrante, como portador de dignidad, no se merece un trato diferente. Y no se lo merece, faltaría más, porque sino estaríamos cabalgando hacia atrás. Estaríamos retrocediendo hacia etapas olvidadas. Etapas donde los extranjeros eran ciudadanos de segunda.

                 DdA, XV/4343              

LA SENTENCIA DE LOS "ERE" Y EL GOBIERNO DE COALICIÓN PROGRESISTA


Félix Población

Cuando se estudie la historia de las tres décadas de gobernanza del PSOE en Andalucía habrá un hecho que pesará más que todos posiblemente en su memoria: los delitos de prevaricación y malversación que ayer dieron lugar a duras sentencia contra sus máximos responsables en la Junta de Andalucía. 

Forman parte, con los numerosos delitos de corrupción mayor del Partido Popular, de la España bipartidista gestada por una Ley Electoral que favorece y equipara el turnismo de ambas formaciones en el poder con otra época no menos corrupta de nuestra historia: la de la España de la Restauración, analizada con su habitual perspicacia por Paul Preston en su último libro, resumen en cierto modo de los precedentes: Un pueblo traicionado. Corrupción, incompetencia política y división social (Ed. Debate). No pueden faltar en esta voluminosa obra, que comprende el periodo que va entre 1874 y 2014, las páginas relativas a la segunda restauración, la de 1975, que ha traído consigo los consiguientes casos de corrupción por partede los partidos hegemónicos.

Como era de esperar nada más conocerse la sentencia de los ERE, y teniendo como tiene la oposición conservadora tanta gana de hincarle el diente al pacto progresista que con suma discreción tejen Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el secretario general del Partido Popular ha saltado a la yugular del primero. Se refirió García Egea al "mayor caso de corrupción de Europa", como si Sánchez tuviera responsabilidad en el mismo, cuando por entonces era un simple concejal de su partido en Madrid. Es de recordar en este sentido que como secretario general del PSOE, Sánchez no quiso pagar a los abogados de Chaves y Griñán y los hizo dimitir de sus cargos públicos.

Tuvo la desfachatez García Egea de hacer esta declaración desde la misma sede de su partido, pagada con dinero negro, sin reparar que entre la malversación y la prevaricación de Manuel Chaves, Griñán, o Zarrías y la Gürtel pepera media un hecho diferencial: ninguno de los citados se enriqueció con esa trama corrupta, mientras que con la Gürtel se montó "un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública", según el texto de la correspondiente sentencia.

Una vez sabidas las severas condenas por el caso de los ERE y la repercusión mediática con la que han pretendido explotarlas los partidos de la derecha, se comprende -sin que por ello sea justificable- que la sentencia del caso se haya pospuesto y que no haya sido dictada antes de la cita electoral del pasado 10 de noviembre. No digo yo que de haber sido conocida antes de esa fecha el PSOE no hubiera ganado los comicios, pero si perdió 700.000 votos sin que la sentencia se supiera, es muy posible que el gobierno de coalición progresista que tenemos a la vista no fuera posible porque no dieran los números. Tampoco, posiblemente, uno de derechas.

              DdA, XV/4343            

martes, 19 de noviembre de 2019

LOS "MENAS" Y LAS FRONTERAS MENTALES DEL FASCISMO


Pablo Álvarez 

Párate un segundo, libérate de todos tus prejuicios, toma aire y piensa. Piensa en tu hija, en tu hijo, piensa en los adolescentes que conoces. Adolescentes de 12, 14, 16 años, a los que hemos criado en cunitas de oro. Es la generación de las toallitas húmedas para no irritar el culito, la de las barritas para los chichones, la de las tiritas Disney para las pupas, la de los parques infantiles acolchados, la del casco para el triciclo. Hablamos de la generación del móvil, la tablet, la consola, el portátil, la ropa de marca, las macrofiestas de cumpleaños y los campamentos temáticos. La generación que nunca ha recibido un no por respuesta, la que cree que la negación es una canción de Shakira, una generación a la que le cuesta valorar el esfuerzo porque todo lo que tiene le ha venido de forma gratuita.

Pues ahora imaginad por un momento que esta generación, nuestras niñas y niños, se vieran obligados a abandonar nuestro pais, huyendo de la guerra y la hambruna, y a enfrentarse al mundo.

Imagínatelos en otro país, solos, sin protección alguna, sin conocer ni lengua, ni costumbres, estigmatizados por su color de piel y su credo, señalados, utilizando bulos y mentiras, como delincuentes peligrosos por hordas de racistas y xenófobos. Imagínatelos durmiendo en la calle, abandonados a su suerte, sin nada que llevarse a la boca y sin una palabra o gesto amable que les ayude a llevar su situación. Imagínate su angustia, su miedo y su impotencia.

Imagínate que los deshumanizaran hasta el punto de robarles su identidad, de hacerles perder su nombre. Ya no serían Álvaro, Sara, Luis o Laura, serían MENAS y MENA, un sinónimo de violador, ladrona o delincuente.

¿Te gustaría? ¿Te parecería bien que tu hijo o a tu hija fueran tratados así en un país extranjero o lo considerarías algo injusto e inhumano?
Pues si no te gusta, si en ti todavía queda un poquito de humanidad o empatía, antes de caer en la trampa del fascismo, antes de usar sus términos, piensa en como se sentirían tu hija o tu hijo en esa misma situación. Así podrías empezar a derribar las fronteras más dañinas que existen, las que construimos con nuestras frustraciones y nuestros recelos: las fronteras mentales.

                  DdA, XV/4342