Hay mañanas que se visten de gris en los telediarios y tardes que se salvan
gracias a la palabra. El pasado 27 de mayo, la emblemática sala
Jazzville de Madrid se transformó en una asamblea de resistencia cultural y
humana durante la celebración de la sexta edición de Ética y Poética. El
proyecto, impulsado por la Plataforma del Voluntariado de España (PVE),
organización que coordina el latido de 84 ONG en todo el país, demostró que la
literatura y la acción social comparten la misma raíz.
Paz H. Páramo
El encuentro arrancó bajo el marco del Año
Internacional de las Personas Voluntarias. María Navas,
directora de comunicación de la PVE,
fue la encargada de abrir la velada con una verdad incómoda y necesaria para
los tiempos de codicia y violencia que inundan la actualidad: “El
voluntariado es donar tiempo, no dinero, y quizás es lo más importante que se
puede donar, porque el tiempo no es oro, es vida”. Tras sus
palabras, cedió el testigo al poeta, Gonzalo Escarpa, encargado de
dirigir esta edición.
«La poesía es solidaridad»
Escarpa firmó un manifiesto sobre el escenario que fijó las reglas del
juego de la noche. “No es que la poesía tenga que ver con el compromiso
social, es que la poesía es una de las formas más comunes
del compromiso”, sentenció el poeta. En un discurso ovacionado por el público,
rechazó las etiquetas comerciales y los corsés ideológicos: “No creo que exista
una poesía de la solidaridad, porque la poesía es solidaridad. Denuncia
injusticias, moviliza conciencias y acompaña luchas colectivas… No
existe una poesía del entretenimiento, como no existe un gato policía”.
Citando al pensador Santiago Kovadloff, Escarpa recordó que los
seres humanos somos «una tarea por hacer», un proyecto incompleto,
exactamente igual que un poema. Y bajo esa premisa de imperfección compartida,
dio paso a los «seis recuperadores de los fugaces parentescos de las cosas» que
conformaban el impresionante cartel de la noche.
De la infancia herida al latido de la tierra
Rosana Acquaroni rompió
el fuego literario haciendo suya la máxima “lo personal es político”.
Con una lectura honda y magnética, Acquaroni recorrió versos de su trayectoria,
incluyendo poemas de Discordia de los dóciles, un poemario gestado al calor del
movimiento 15-M, y pasajes de su aclamado 18 ciervas. Sus versos viajaron desde
la crudeza de la memoria familiar y la infancia olvidada (“Soy la hija que te
aguardó despierta cada noche…”) hasta el encuentro místico con la naturaleza,
regalando a los asistentes una sobrecogedora lección de honestidad lírica.
Fotografías sentimentales de Fran Fernández
El contrapunto musical de la primera mitad de la noche lo puso el
cantautor Fran Fernández, quien
subió al escenario de Jazzville armado con su guitarra y una sensibilidad
desbordante. Fernández recogió el guante del compromiso lanzado por Escarpa,
defendiendo el papel del artista como observador de su época.
“Entendí hace muchos años que todo aquel que escriba canciones o poemas debe
ser también observador de su tiempo. Al final, una canción es una fotografía
sentimental o histórica de lo que nos toca vivir”, explicó antes de interpretar
un desgarrador tema de denuncia social donde cargó contra la indiferencia
global frente al dolor ajeno y la deshumanización de las fronteras.
Posteriormente, el músico cambió el tercio hacia la luz con su tema inspirado en un viaje a Ghana junto a creadores como Rozalén y Pasión Vega, recordando que “el amor es un reloj y tienes que llenarlo de tiempo” y lanzando un mensaje de esperanza: “Aunque haya gente que hace mucho ruido y grita demasiado, en el fondo creo que todavía hay mucha bondad, aunque sea más discreta”.
La velada continuó expandiendo sus fronteras con la intervención de Pilar González
España. La poeta, traductora y sinóloga aportó un timbre
ancestral al escenario con una propuesta enfocada en exorcizar el
egocentrismo contemporáneo. A través de una letanía, González España
desnudó las trampas del individualismo en su poema Yo y la
mitología de no hacer nada, un texto que resonó como un espejo incómodo en la
sala al sentenciar: “Yo y ya pueden caer mil bombas si no es sobre mi cabeza
(…) casualmente yo y nada más”.
Tras ella, la cantautora argentina Guada tomó
el relevo defendiendo firmemente que «todo arte es político». Sentada ante el
público, interpretó en primer lugar No somos lo que nos dicen que somos, una
pieza escrita junto a su padre que funciona como un canto de identidad
latinoamericano frente a la explotación de sus recursos. Tras
finalizar el tema, reivindicó la importancia de regalar no solo el tiempo, sino
también la atención, para acto seguido emocionar a la sala con su composición
Antes de que la noche se vuelva madrugada, un canto a la justicia, la memoria y
la persistencia de la historia compartida.
Su actuación dio paso al torbellino de Alexis Díaz
Pimienta, el aclamado rey de la rima que llegó
desde Sevilla para demostrar por qué es considerado un chamán del verso.
Aunque el público esperaba su faceta puramente improvisada, Díaz Pimienta
defendió la poesía escrita leyendo textos de hondo calado social como Otra
poética, el durísimo poema La guerra y los niños, denunciando con crudeza
la situación de la infancia en Gaza amparado en las
demoledoras estadísticas de la ONU, sus sonetos críticos dedicados a los
dolores de Cuba, y Los Empalados, una sobrecogedora crítica contra la
indiferencia generalizada y el consumo de la violencia a través de las
pantallas planas.
Juan Carlos Mestre, profecía de la vulnerabilidad
El broche de oro y la bendición definitiva de la asamblea corrió a cargo
del Premio Nacional de Poesía, Juan Carlos Mestre. Definido por
Escarpa como «mago del orden y del caos«, Mestre volvió a demostrar por
qué es una de las voces más descomunales, generosas y necesarias de las letras
contemporáneas, colocándose, como siempre, del lado de las personas más débiles
a través del poder absoluto de la poesía.
Con su ya icónica fuerza torrencial, el bardo berciano detuvo el tiempo en Jazzville con la lectura de su poema Antepasados («Mis antepasados inventaron la Vía Láctea…»). Su intervención no fue un simple recital, sino una invocación civil; un recordatorio de que la palabra poética es un acto de legítima defensa para los desposeídos y una patria para los que no tienen voz. Mestre envolvió la sala en una atmósfera de misticismo laico al clamar contra los tanques y los lutos ante los masacrados, cerrando su lectura con un rotundo y triplicado «No matarás» que resonó en el silencio de la sala como un mandato absoluto frente a la ruina moral de la fuerza. Como colofón, un momento mágico e imprevisto unió en el escenario a Díaz Pimienta, Guada y Fran Fernández en una improvisación conjunta que encarnó el espíritu del ciclo, la música y la poesía unidas para despertar conciencias.
La sexta edición de Ética y Poética cerró sus puertas en Madrid recordando
una vez más a un público, con los teléfonos apagados y el espíritu encendido,
que la belleza no es un lujo, sino el único camino de regreso a
nuestra propia humanidad.
PERIÓDICO DEL VOLUNTARIADO DdA, XXII/6373









