Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad. (Confucio)
En el principio
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
si abrí los ojos para desgarrármelos,
me queda la palabra.
(
Aurelio Peláez Moran
¿Es posible aún aferrarse a la
palabra como asidero frente a la injusticia, como vehículo de una utópica unidad
de los desfavorecidos, tal como hacía Blas de Otero hace apenas seis décadas? En
este mundo líquido en el que nada es lo que aparenta y nada sobrevive más allá
de un instante, los significados se han vuelto humo, y la palabra, como casi
todo, ha dejado de ser lo que era. En nuestra alegre y desenfadada excursión
hacia el precipicio, hemos pasado de ocultar nuestros pensamientos con nuestras
palabras —Voltaire— a mentir directamente y sin pudor alguno, a sabiendas de
que la mentira ha perdido casi todas sus connotaciones negativas y no tiene
castigo ni penal, ni social, ni político; los políticos que más mienten son los
que obtienen mejores resultados. Mentir en un juicio era en otros tiempos
delito de perjurio; ahora, todos los chorizos de bigote y correa* mercadean su
verdad a cambio de beneficios penales.
La palabra fue un logro fundamental
para el ser humano porque le permitía comunicarse con sus semejantes y romper
su aislamiento conceptual, transmitiendo primero ideas utilitarias y luego
sentimientos e ideas abstractas, que reforzaban la idea de grupo. Como reverso
de la moneda, las palabras nos proporcionaban la capacidad de mentir, pero
desde siempre y hasta hace poco, esta actitud estaba asociada al estigma del
pecado, la vergüenza o el descrédito, según fuera la creencia, la época y la
sociedad. Ahora, la palabra es casi exclusivamente el soporte de la mentira o,
en el mejor de los casos, de los millones de verdades subjetivas que pululan
enloquecidas en el ambiente, como los átomos de un gas, y que nunca buscarán
acercarse a una verdad objetiva o, cuando menos, consensuada.
No estamos ante un mero cambio
cíclico o social, sino ante un auténtico cambio de era, de civilización, que
afecta incluso al milenario concepto de ser humano. El mundo cambiará más en la
primera mitad del siglo XXI que en los veinticinco siglos anteriores, por lo
que se puede afirmar que la cosmovisión de los humanos del siglo XX es más
parecida a la de los coetáneos de Platón que a la de sus propios nietos. Las diferentes
culturas de nuestro planeta mantuvieron a lo largo de los tiempos referencias
comunes, que definían la esencia de lo humano, referencias que están siendo
arrumbadas por robots, cyborgs y humanos idiotas, quienes, deslumbrados por los
que gobiernan las todopoderosas nuevas tecnologías, desprecian la comunicación y,
con ella, la palabra. La sobredosis de información facilita la manipulación,
por lo que, paradójicamente, estas tecnologías son los principales enemigos de
la comunicación y la información; no hay más que ver cómo el político más
poderoso del mundo ** gobierna a golpe de “tuit”, cómo lo utiliza para
insultar, amenazar o agredir, y la trascendencia que se da al hecho de saber lo
que ¿piensa? En tiempo real. Que la comunicación se haya reducido al “tuit” y
al “whatsapp” puede producir la sensación de que hemos llegado al colmo del conocimiento
y la comunicación, pero ¿es realmente así?
El arma más potente del poder
es el miedo, y el miedo a la soledad es uno de los más fuertes, porque es un
trasunto del miedo a la muerte. Antes, lo contrario de la soledad era la
compañía de los semejantes; ahora, la compañía la proporciona una máquina, pero
la compañía de una máquina que podemos desenchufar no es compañía, es lo que Bauman
denomina soledad conectada. Sin diálogo, no hay civilización, y lo que no es
civilización es barbarie, llena de sofisticados aparatos, pero barbarie.
Nuestros niños, más
escolarizados que nunca, no saben en muchos casos escribir correctamente su propio
nombre, ni entienden lo que leen o lo que escuchan, porque no escuchan
realmente, no pueden hacerlo, porque no pueden concentrarse, y no pueden
concentrarse porque la frenética velocidad de lo audiovisual y el maremágnum de
contenidos se lo impide, pero, sobre todo, porque no quedan abuelas y abuelos
que les cuenten historias, ocupados como están con sus propios juguetes
electrónicos, con sus viajes para jubilados, donde creen que encontrarán la
eterna juventud que les promete el consumismo, o, sencillamente, cubriendo el
vacío afectivo y/o económico que unos padres cada vez más esclavizados, no
pueden o no quieren llenar. Ante la impotencia o la dejadez de sus maestros y
el embeleso de muchos de sus progenitores, la mayoría de los alumnos de
nuestras escuelas son incapaces de mantener la atención más de dos o tres
minutos sin empezar a columpiarse en su silla, jugar con uno de los tres
estuches de que disponen sobre su pupitre, o con la botella de agua que abren y
cierran continuamente, que la hidratación no puede esperar.
Nos hemos dejado convencer de
que se aprende a través de la acción y no de la reflexión, y la acción necesita
pocas palabras. También es cierto que estudiar Emprendimiento no necesita mucha
reflexión, sino grandes cantidades de ignorancia, conformismo y audacia para
convertirse en autónomo y trabajar 16 horas al día. ¿Hay una tergiversación del
significado más evidente, una contradicción más flagrante, una burla mayor, que
llamar autónomo a un esclavo? ¿Cómo convencer al ser humano actual de que están
acabando con lo que más le distingue del resto del reino animal: la palabra
como vehículo de las ideas y los pensamientos?
Las redes sociales —redes para
pescar incautos— estimulan la cobardía de quienes, creyéndose anónimos,
mienten, insultan y calumnian, ante la selectiva impunidad que proporciona el
poder. Cualquier descerebrado puede tener millones de seguidores, cualquier
banalidad adquiere fama y la inanidad más absoluta se convierte en trending
topic. Todos los dictadores de manual que la Historia ha conocido habrían
dado media vida por disponer de un instrumento de manipulación y opresión como
nuestras simpáticas redes sociales. ¿Cuántos dictadores pueden imponer ahora
sus ideas por estos medios? ¿Qué defensa nos queda si no es la unión de los de
abajo y el respeto a la palabra y sus significados?
Se adjudican discrecionalmente significados
nuevos a vocablos viejos y se inventan “palabros” de todo tipo para no nombrar
realidades incómodas o para retorcer significados que no interesan a los de
arriba; los cambios lingüísticos ya no obedecen al desgaste o al propio uso del
lenguaje por parte de los hablantes, sino a los intereses espurios de unos
pocos. A través de las redes sociales y bajo el ¡liderazgo! Del presidente de
color zanahoria*** se ha colado en nuestras mentes la post-verdad, es decir, la
mentira. Ponerle un post a cualquier palabra puede sonar hasta bien —la
postmodernidad, la postguerra—, así que ¿por qué no llamar post-verdad a la
mentira?, ¿qué les parece la post-vida? Como todo tiene que ser divertido —la
comida, la escuela—, nos inventamos oficios —youtuber— o asignaturas
—Emprendimiento— que nos permitan ser felices mientras trabajamos o estudiamos
en lugar de aprender Humanidades y cosas que no sirven para obtener la
felicidad de humo que nos venden; en realidad, sólo sirven para hacernos menos
vulnerables a la mentira interesada de los poderosos, a sus engaños.
Somos súbditos de Garrafone,
Pineapple o Citron, empresas que nos gobiernan convirtiendo en papel
mojado los contratos y subvirtiendo los significados a su antojo para
esclavizar a una ciudadanía que desconoce por la mañana el significado que las
palabras tendrán por la tarde. Igual que en la Edad Media se guardó el
conocimiento en los monasterios, igual que ahora se conservan ejemplares de
semillas en las Islas Svalbard, sería necesario una nueva arca de Noé, donde
conservar los significados a la espera de tiempos mejores en los que se pueda
acabar con crecimientos negativos, con las mejoras del servicio, que dejan todo
igual menos el precio, o con los anuncios de que se van a mantener los precios
justo antes de subirlos. Cuando Henry Ford se vanagloriaba de que el cliente
podía elegir cualquier color de coche siempre que fuera negro, creó escuela. Así,
un político independentista catalán habla de sus acólitos como los republicanos,
por oposición a los monárquicos, que somos supuestamente todos los que no somos
independentistas; este lenguaje binario y sin matices oculta una falsedad
total: si no eres independentista —de los de misa diaria y escuela concertada***—,
eres monárquico. En la misma línea, nuestro Primer Ministro**** y sus secuaces
hablan de estabilidad — palabra que vende mucho— para referirse al inmovilismo,
que es la realidad, pero vende menos.
En todas partes cuecen habas,
pero España es un país particularmente proclive al engaño y la mentira, el país
donde la corrupción da mayores réditos políticos y donde el cabecilla de los
corruptos —el de la foto de las Azores*****— aún no ha pedido disculpas por
ninguna de sus probadas mentiras, mientras su partido es votado por ocho
millones de ciudadanos a los que habría que recordar que el individuo que se
engaña a sí mismo suele acabar mal, pero la sociedad que se engaña a sí misma
desaparece en su propio engaño y arrastra tras de sí a todos, incluidos a los
que tratamos de vivir en un mundo lo más honesto y justo posible. Por cierto,
del trío de las Azores, el británico reconoció su error, el norteamericano no
lo negó, pero Aznar no rectifica, que eso es de sabios y un patriota español y “mucho”
español****** no recula jamás; sostenella y no enmendalla. Un
conservador liberal como Burke ya advertía hace más de doscientos años; “Toda
sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en desintegrarse en el
polvo y las cenizas de la individualidad” (1) No hay mejor manera de destruir
el tejido social que destruir los significados, el lenguaje, la comunicación. Estamos
en ello. Viva el lenguaje líquido que, a fuerza de ser torturado, acabará por
no significar nada. Recuerdos de Confucio.
DdA, XXII/6306





