La publicación de la poesía reunida de Juan Carlos Mestre (1975-2025), presentada por Antonio Gamoneda y con prólogo de Jordi Doce en la edición de Galaxia Gutenberg, motiva esta entrevista con el autor en el Diario de Burgos. Con el libro, de 1.500 páginas, se celebra nada menos que el cincuentenario del compromiso del poeta leonés con la palabra, con un adelanto de su próximo poemario, titulado El ciprés descapotable. En 'Asamblea', como
escribe Jordi Doce en su texto preliminar, "hay músicos, libélulas y
anilladores de gaviotas; hay sombras de otoño y luces de barco y dársenas desde
donde contemplar la belleza de los naufragios; hay serpientes color cobalto y
sombras tiránicas y humo de calderos venenosos". Una fiesta de las
palabras donde se conjugan las luces y sombras de quienes somos y fuimos, una
invitación a entrar en el imaginario de un hombre inabarcable, que refleja su
mirada única al mundo en esta entrevista con Ical.
¿Qué se le pasa por
la cabeza al tener en las manos el legado de toda una vida?
Una
cierta sensación de incertidumbre, no otra cosa que vacilación ante la
fugacidad de un tiempo, el de una vida que solo encontró amparo en la
escritura, esa búsqueda de hipótesis verbales que intentan comprender el mundo
y que constituyen el encargo, que nadie le ha hecho a un poeta, pero que aun
así se configuran en su único quehacer, el de dar un sentido a la existencia,
ampliar a través de las palabras los horizontes significativos del porvenir y
acaso impugnar, con algo de entereza, el equívoco fracaso de la historia ante
el indeclinable desafío de la dignidad humana y su perseverante empeño por
alcanzar la idea de lo justo e instaurar, como demanda de una consciencia
colectiva, los derechos civiles a la felicidad.
En su poema
'Biografía', escribe: "Cuanto había que entender creo que ya no lo he
entendido" y que, de joven, "quería ser presidente de la pobre
gente". ¿Qué balance hace al echar la mirada atrás, tras medio siglo
dedicado a la creación?
Naufragio,
cuando no derrota, ante la imposibilidad de regresar a Ítaca como metáfora tras
el viaje de la vida; la evidente toma de conciencia de los escasos logros con
que la palabra poética no logró refundar el pensamiento moral de la comunidad
sobre unas bases éticas que impidieran algún día el sufrimiento humano, su
abierto conflicto con la naturaleza del planeta y la destrucción de los
principios elementales de la convivencia que habrían de garantizar la libertad
como bien supremo del individuo; el reconocimiento del otro como un igual en
esencia y dignidad, la persona que bajo la falaz excusa de su extranjería ha
sido degradada hoy a la condición de paria. La infancia, en la que se funda la
conducta, es una disposición de ánimo que da por cierto el bien igualitario
como noción solidaria de la fraternidad frente a la lepra del clasismo que
expulsa a los humildes del diálogo del mundo. En cercanía a ese pensamiento
inclusivo de reconocer al diferente exactamente como un semejante, sigue
estando desde entonces mi visión de la vida, mi cercanía con los carentes de lo
necesario para construir su destino, también mi repulsa al atroz individualismo
de una sociedad regida por los privilegios, el demérito de las leyes del
mercado y las servidumbres del consumismo, la idolatría al dinero y las
serviles mansedumbres que propicia el ejercicio autoritario del poder. Desde
que tengo uso de razón me he sentido en alianza con los débiles y los
descontentos, más proclive a la asamblea de los disidentes y la duda de los heterodoxos
que al cónclave de certezas de los peces gordos.
¿Cómo ha cambiado su
aproximación a la poesía desde sus inicios? ¿Cómo han evolucionado sus
obsesiones temáticas y preocupaciones formales?
Creo
que, para bien o para mal, no han variado sustancialmente. En 'Sublevación
inmóvil', de Antonio Gamoneda, leí un verso sobre el que fundé el sueño
pendiente de ser soñado de mi vida: "La belleza no es un lugar donde van a
parar los cobardes". Esas palabras me han acompañado desde entonces como
revelación de un mandato ético, la convicción de que los seres humanos somos
responsables unos de otros, que la vida carecería de sentido sin resistencia al
mal y, también, la persuasiva idea de que las palabras, la dialéctica, el arte
de argumentar y discutir, han sido hechos para ayudar a construir la casa de
los efímeros huéspedes de la verdad, no para destruirla con la inacción de los
que permanecen neutrales ante los indicios de la devastación.
Desde su primer
poemario la memoria ha sido un tema central. ¿Cómo han condicionado sus raíces
bercianas, omnipresentes, su trabajo?
La
memoria es la forma de ser de lo que ya no está, la presencia súbita de una
lejanía que articula todas las apreciaciones críticas del futuro, un pasado
activo que, lejos de constituirse en melancólica ruina del pasado, confiere
facultad inteligente a los imaginarios del mañana. Los antiguos griegos se
situaban de espaldas ante lo venidero para no perder nunca de vista las
circunstancias nobles o viles del pretérito, y poder así ponderar la decisión
más decente para su proyecto civil. No hay discernimiento ni sensatez posible
en el olvido, la memoria pertenece a las leyes de la lógica, el más legítimo
derecho de toda persona a pensar conforme a su razón y tener en cuenta cuanto
le precede en el tiempo, lo benéfico y el estrago, la recordación de su ascendencia
en la que se mantiene, contra toda ofensa, inmaculada y pura la sonrisa de los
muertos. Sí, es esa zona solo aparentemente oculta de lo subterráneo por donde
se extiende el rizoma que, partiendo del encantamiento de los bosques natales
de El Bierzo, es ahora ya solo recuerdo sobre las tierras arrasadas por el
fuego, el maleficio que devastó la remota utopía en el territorio de las
ensoñaciones y los pueblos sacrificados por la desidia de las administraciones
de especulación, propaganda y lucro.
¿Cómo despertó su
interés por las letras? No sé cómo de decisivo fue encontrar en su vida a
Gilberto Núñez Ursinos y cómo le impactó su marcha cuando apenas tenía usted
catorce años.
La
víspera de su suicidio, a los 37 años, Gilberto Ursinos me dejó en la panadería
de mi padre un envoltorio con tres poemarios publicados en la colección
Adonáis: 'Los cantos pisanos' de Ezra Pound, 'Anábasis' de Saint-John Perse y
'Sublevación inmóvil' de Antonio Gamoneda. Aquella declaración de última
voluntad constituyó para mí no solo un testamento de obligado cumplimiento,
sino un imperativo categórico de proseguir el sueño de su vida frustrada por la
gran tristeza. Leí esos libros sin entender durante años la revelación de su
cifra, lo que concerniente a las múltiples del pensamiento poético se fue
articulando en mí como una gramática insurgente, otra forma de intentar
comprender la realidad desde la desobediencia a lo sistemático de la lengua,
versos que translucían otra forma de estar en el mundo, el acogimiento de la
alteridad, la vindicación de los desheredados y el rechazo de la usura, también
la redentora idea de justicia que ha de guiar el destino de toda peripecia
humana. Aquel joven poeta que se quitaba el sombrero ante un cerezo en flor y
hablaba de geometría con los pájaros del Génesis fue para mí la mano izquierda
de un discreto demiurgo que imantaba con su luz el universo de las pequeñas
cosas que se hacían realidad en nuestro pueblo de campesinos y humildes
artesanos, Villafranca del Bierzo. Su invisibilidad, que no su imposible
muerte, supuso mi primer conocimiento inequívoco de la fatalidad y las
perdidas, pero también, frente a la inmensa intemperie del muchacho que
comenzaba a trazar sus iniciales líneas, la pervivencia tras la orfandad del
absoluto valor de la esperanza que ampara la poesía.
¿Perse y su querido
Gamoneda han sido faros a los que agarrarse?
Gamoneda
de manera taxativa, una presencia irrefutable en todo lo que de salvable, más
allá de mis propios errores, pudiese haber en mi escritura; su literalmente
irrepetible obra poética trasciende el ámbito de lo literario para representar
la figura simbólica del ciudadano ético, el portador de la continuidad
irrefutable de los mayores desafíos de la creación y el pensamiento estético
tras la aniquilación del excepcional proyecto discursivo de la Generación del
27. No es discutible la gravitación de Gamoneda sobre las más luminosas páginas
escritas en las dos orillas de la lengua castellana. Respecto a su fraterna
generosidad como maestro en la poesía y en la vida no cabe ya otro sentimiento
que el de la gratitud colectiva que le debemos varias generaciones de
creadores. En cuanto a Saint John-Perse, esa voz en todas las encrucijadas del
saber ("me llamaban el oscuro, pero yo habitaba el resplandor"), ahí
están sus páginas siempre desafiantes ante la vieja costumbre de las
civilizaciones muertas, la voz migrante y los ecos del exilio reafirmando el
principio, en cualquier circunstancia, de la dignidad humana ante la execrable
insolencia histórica del poder. Ciertamente, Gamoneda y Perse, dos poetas que,
adeptos a la libertad y convergentes en las exploraciones del léxico,
restituyen a la ausencia de lo hurtado la epifanía de la palabra perdida que
habrá de repoblar espiritualmente el mundo.
Gamoneda firma en
'Asamblea' un maravilloso poema de presentación, donde habla de usted como
"hijo" y "maestro". En esa carta a corazón abierto propone,
temeroso ante lo que estamos viviendo, cuando "hoy es ayer", una
incierta "huida al pasado". ¿Cómo contempla la situación actual de
nuestro país, teñido de ruidosas polémicas como la suscitada con el título de
las jornadas 'Letras en Sevilla': 'La guerra que todos perdimos'?
El
amor civil no es solo un dialecto de la honradez intelectual, sino una
constatación inquebrantable de los vínculos, amistad y camaradería, que
debieran amparar, sin otra condición que la de la fraternidad, a todos seres
humanos en su condición de iguales. Gamoneda, como Walter Benjamin, enlaza sus
palabras con el temperamento de los avisadores del fuego, aquellos que anuncian
las catástrofes inminentes precisamente para que estas no sucedan. Hay razones
para sentir temor, sobran indicios para pensar que nada benéfico se asoma tras
la inmediatez del horizonte. El ominoso autoritarismo, la absoluta falta de
respeto por el ser humano, los vetustos eufemismos de las nuevas formas de
esclavitud bajo las impositivas leyes del mercado, la dictadura ideológica a la
que electos psicópatas pretenden arrastrar las declinantes formulaciones de la
democracia civil, son señales evidentes del deterioro civilizatorio, el
desprecio por las sociedades de cultura y su reemplazo por comunidades
subalternas de mercadeo. Nada significa dos veces lo mismo, la poesía también
está ahí para recordarlo, la condición de las víctimas no es la misma que la de
los sicarios que institucionalizaron el crimen como otra miserable razón de
Estado. Toda diferenciación crítica blanquea la barbarie y, en nuestro país,
hace tiempo que la lucha por los ideales de una sociedad más justa y
democrática quedaron meridianamente definidos frente a la brutalidad del golpe
de Estado y el metódico revisionismo de sus, aún hoy recurrentes, doctrinas de
guerra.
En su obra, la acción
poética siempre ha sido inseparable de la acción política. ¿Cómo de intrincadas
están ambas realidades?
Si
se entiende por acción política la participación en el debate público,
ciertamente la poesía constituye también el desenvolvimiento de una protesta
contra todos los órdenes abyectos de este mundo. Inmiscuirse como un acto de
repulsa a lo aparentemente no transformable de las estructuras dominantes es no
solo un deber de ciudadanía sino una tarea insoslayable de toda actividad
artística, una exigencia conceptual que desde el relato homérico participa en
la fundación de la polis. El poder está reñido con la voz del inocente, la
poesía se implica, aun en su escepticismo, en esa creencia laica que sobrepone
la dignidad a la vileza y la misericordia a la impiedad. Acaso no haya sido
otra la tarea del poeta a través de la historia, la de resistirse a ser el mero
ayudante del mentiroso, la sencilla honradez de sostener la lámpara de sus
indóciles palabras para ayudar a otros errantes como él a encontrar la senda.
Resulta muy
significativo que en el poema que presta su nombre al conjunto imagine el punto
y final de la poesía ("A partir de este momento la lírica no existe",
"la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este
invierno"). ¿Cómo imagina Juan Carlos Mestre un mundo sin poesía?
Cierto
es que la vida venga siempre las ofensas de los hombres en cada renacido
pensamiento con el que cada generación levanta con entusiasmo su utopía. Hoy ya
sabemos que la del progreso moral no existe, y que los poetas no son, en contra
de lo que pensaba Percy Bysshe Shelley, los legisladores nunca reconocidos del
universo. Pero aquel remoto valor de su palabra habita hoy la zona de
resistencia contra la deshumanización, esa distopía donde el prestigio de la
basura pareciera haber alcanzado sus últimos objetivos, de revertir la insumisa
contestación ciudadana frente a los espectros del mal en ese género de
conformismo que caracteriza a una sociedad de clientes. Me niego a imaginar un
futuro donde la poesía, como lenguaje de la delicadeza humana, no contribuya
junto a las diferentes formas de la expresión artística a desterrar la
destructiva ignorancia que prevalece en todos los órdenes del poder coercitivo.
Antes recalcaba que
con 'Sublevación inmóvil' fue consciente de que los seres humanos somos
responsables unos de otros. Viendo los tiempos en que vivimos, de
radicalización y enfrentamiento azuzado por unos y otros, la poesía se antoja
más necesaria que nunca. ¿Cuándo cayó la poesía en desgracia?
Cuando comenzaron a declinar los valores éticos
que sostenían una convivencia más equitativa y armoniosa; cuando, contra toda
esperanza, Ósip Mandelshtam desapareció en Siberia y la figura emblemática de
Federico García Lorca se unió a la innumerable lista de los detenidos
desaparecidos. Cuando, víctima propiciatoria de un crimen de Estado, Pier Paolo
Passolini contempló las últimas luciérnagas que iluminaban al mundo; cuando Juan
Larrea, "he ahí el mar en un abrir y cerrar de ojos de pastor", Luis
Cernuda, Maruja Mallo, León Felipe y Concha Méndez, cuando María Zambrano y
Clara Campoamor y tantas otras mujeres sin sombrero rociaron el corazón de la
tierra con el llanto del exilio; cada vez que la civilización de las palabras
es derrocada por la perversión ideológica de los actos de fuerza y el
padecimiento humano entristece las promesas del árbol del lenguaje y las
revelaciones sagradas de la vida; cuando la certeza del daño desplaza a las
dudas del soñador y se le niega todo beneficio a las palabras, entonces, ayer
en Auschwitz, hoy en Gaza, puede y debe decirse que la poesía ha caído en
desgracia.
ICAL DdA, XXII/6264