La verdadera frontera no está en el mapa, sino en la mirada: en decidir si vemos «sin papeles»… o vemos, como en la foto, a los segadores de siempre, reclamando lo más sencillo y lo más justo: el derecho a vivir de su trabajo, a ser personas.
Los segadores de entonces, los «sin papeles» de ahora,
la misma cara de la misma moneda.
Los segadores, ahí están, doblados sobre el trigo como
si pidieran perdón a la tierra por tener que arrancarle la vida. Sombreros
bajos, espalda rota, rodillas hundidas en la mies, con el cacique atento para
que nadie pierda comba.
Segar de sol a sol por un jornal, muchas veces
subastado a la baja en la plaza. Cada espiga podía ser una miga de pan… y, a
veces, ni eso. Sin Seguridad Social, sin derechos de ningún tipo: si no
trabajabas, no cobrabas; si enfermabas, sobrabas. El patrón pasaba, contaba las
gavillas como quien cuenta ovejas ajenas, y en la libreta apuntaba los números
que siempre salían a su favor.
En aquella España tan católica, en tiempo de siega, no
se descansaba ni los domingos ni las fiestas de guardar. No tenían ni agua para
lavarse, dormían en el rastrojo, Mi madre me contaba que cuando se quitaban la
ropa, el día de san Pedro, que descansaban, los pantalones se quedaban de pie
por el sudor y el polvo acumulado.
Mira bien la foto. Podrían ser tus abuelos, tus tíos,
tu madre cobrando la mitad que tu padre, no porque segase menos, sino por ser
mujer. ¿Cuántas parieron en el tajo, con el sudor mezclado con el dolor del
parto, y al día siguiente otra vez con la hoz en la mano?
Pero podrían ser también los temporeros de ahora, con
acento distinto, doblando la espalda para coger tomates, pimientos o fresones.
Muchos trabajan «sin papeles», como trabajaron tantos españoles en Francia,
Alemania o Suiza. Hoy, en buena parte del campo manda esa ultraderecha que los
llama ilegales y grita que «hay que echar a ocho millones», mientras los
patronos que los explotan se enfurecen porque, con la regularización, tendrán
que darlos de alta en la Seguridad Social y pagarles un jornal conforme a la
ley.
Tus abuelos, tus padres, son el espejo donde se miran
estos hombres y mujeres que ahora doblan el espinazo. Cambia la ropa, cambia el
idioma, cambia el color de la piel… pero la postura del cuerpo es la misma, y
el desprecio de ese cacique que observa, también.
Tal vez por eso estas imágenes duelen y reconcilian a
la vez: nos recuerdan que hubo un tiempo en que la riqueza de España se medía
en espigas y en hambre; y que, sin esa gente que casi nunca sale en los libros
de historia, ni habría pueblo al fondo, ni torre, ni tejados, ni fotos que
mirar. Solo un viento frío barriendo una llanura vacía.
Lo mismo que ahora: sin esas gentes que vienen de
lejos —y que antes que migrantes son personas— no habría manos que sembraran ni
que recojan el tomate que te estás comiendo en la ensalada, ni quien te sirva
ese bar que abarrotas por un sueldo de miseria, aunque a ti te cobren a precio
de restaurante de lujo, ni quien cuide a tus mayores. La verdadera frontera no
está en el mapa, sino en la mirada: en decidir si vemos «sin papeles»… o vemos,
como en la foto, a los segadores de siempre, reclamando lo más sencillo y lo
más justo: el derecho de vivir de su trabajo, a ser personas.
*Su último libro es "Las abarcas desiertas".
DdA, XXII/6253







