jueves, 5 de febrero de 2026

LOS SEGADORES DE ENTONCES, LOS "SIN PAPELES" DE AHORA


La verdadera frontera no está en el mapa, sino en la mirada: en decidir si vemos «sin papeles»… o vemos, como en la foto, a los segadores de siempre, reclamando lo más sencillo y lo más justo: el derecho a vivir de su trabajo, a ser personas.

Paco Arenas
*

Los segadores de entonces, los «sin papeles» de ahora, la misma cara de la misma moneda.

Los segadores, ahí están, doblados sobre el trigo como si pidieran perdón a la tierra por tener que arrancarle la vida. Sombreros bajos, espalda rota, rodillas hundidas en la mies, con el cacique atento para que nadie pierda comba.

Segar de sol a sol por un jornal, muchas veces subastado a la baja en la plaza. Cada espiga podía ser una miga de pan… y, a veces, ni eso. Sin Seguridad Social, sin derechos de ningún tipo: si no trabajabas, no cobrabas; si enfermabas, sobrabas. El patrón pasaba, contaba las gavillas como quien cuenta ovejas ajenas, y en la libreta apuntaba los números que siempre salían a su favor.

En aquella España tan católica, en tiempo de siega, no se descansaba ni los domingos ni las fiestas de guardar. No tenían ni agua para lavarse, dormían en el rastrojo, Mi madre me contaba que cuando se quitaban la ropa, el día de san Pedro, que descansaban, los pantalones se quedaban de pie por el sudor y el polvo acumulado.

Mira bien la foto. Podrían ser tus abuelos, tus tíos, tu madre cobrando la mitad que tu padre, no porque segase menos, sino por ser mujer. ¿Cuántas parieron en el tajo, con el sudor mezclado con el dolor del parto, y al día siguiente otra vez con la hoz en la mano?

Pero podrían ser también los temporeros de ahora, con acento distinto, doblando la espalda para coger tomates, pimientos o fresones. Muchos trabajan «sin papeles», como trabajaron tantos españoles en Francia, Alemania o Suiza. Hoy, en buena parte del campo manda esa ultraderecha que los llama ilegales y grita que «hay que echar a ocho millones», mientras los patronos que los explotan se enfurecen porque, con la regularización, tendrán que darlos de alta en la Seguridad Social y pagarles un jornal conforme a la ley.

Tus abuelos, tus padres, son el espejo donde se miran estos hombres y mujeres que ahora doblan el espinazo. Cambia la ropa, cambia el idioma, cambia el color de la piel… pero la postura del cuerpo es la misma, y el desprecio de ese cacique que observa, también.

Tal vez por eso estas imágenes duelen y reconcilian a la vez: nos recuerdan que hubo un tiempo en que la riqueza de España se medía en espigas y en hambre; y que, sin esa gente que casi nunca sale en los libros de historia, ni habría pueblo al fondo, ni torre, ni tejados, ni fotos que mirar. Solo un viento frío barriendo una llanura vacía.

Lo mismo que ahora: sin esas gentes que vienen de lejos —y que antes que migrantes son personas— no habría manos que sembraran ni que recojan el tomate que te estás comiendo en la ensalada, ni quien te sirva ese bar que abarrotas por un sueldo de miseria, aunque a ti te cobren a precio de restaurante de lujo, ni quien cuide a tus mayores. La verdadera frontera no está en el mapa, sino en la mirada: en decidir si vemos «sin papeles»… o vemos, como en la foto, a los segadores de siempre, reclamando lo más sencillo y lo más justo: el derecho de vivir de su trabajo, a ser personas.

*Su último libro es "Las abarcas desiertas".

DdA, XXII/6253

ELISA MOULIAÀ: "MALA VÍCTIMA" Y "MALA AGREDIDA", AGREDIDA DESPUÉS POR TANTOS

 A Elisa Mouliaa se le juntaron la consideración de "mala agredida" con la de "mala víctima". Una "mala agredida" es la que ha llegado hasta la cama, quien sabe si a besos, quien sabe si ebria, y en un momento dado decide parar. Denunció la agresión del entonces portavoz de Sumar en el Congreso, Íñigo Errejón. Por supuesto que pensó que su paso animaría a otras, escribe Cristina Fallarás en su columna de opinión en el diario Público. Lo que no creo que supiera es que acababa de empezar un calvario que la iba llevar a ser agredida también y con saña por los medios, el Poder Judicial en la figura, para empezar, del juez Carretero, miles y miles de hombres y, lamentablemente, también gran parte del feminismo.  


Cristina Fallarás

Este es el caso de una mujer que puso el cuerpo y la identidad, su carrera y su futuro, por las que no pudieron o no quisieron dar el paso. Es difícil, dificilísimo, para una mujer meterse en un proceso judicial contra un hombre por agresión sexual. Mucho más cuando los únicos que están presente son ella y él. La voz de la mujer contra la voz del hombre. La tradición, todo el peso de siglos de patriarcado violento, indica que nosotras mentimos. Lo mismo apuntala el supuesto honor masculino. Esto no es un lamento, es la descripción de una costumbre. Por las carreteras, los chungos aprietan el acelerador con el adhesivo "Todas mienten" pegado al culo. 

Leo a diario casos de mujeres castigadas por el poder judicial, por las instituciones, por el sistema laboral o el sanitario. No estoy hablando de un marido o un padre, del hermano mayor o del polvo de una noche. Es todo un sistema organizado, levantado sobre el silencio de las mujeres. Por eso, hasta que no aparecieron las redes, no pudimos hacer públicas las violencias que sufrimos habitualmente, con la sexual en el centro. Fue gracioso cómo los medios tuvieron que aprender —¡a estas alturas!— a describir los feminicidios, aprender que una mujer no "muere" por violencia machista, sino que un hombre la mata. De ahí los movimientos #MeToo, #Cuéntalo, #NiUna Menos. De ahí la sorpresa —ninguna para nosotras— que provocaron en el mundo entero. ¿En qué mundo?, debemos preguntarnos. En el que jamás permitió que contáramos lo que nos hacen. 

Y también por eso, cuando por fin pudimos hablar una a una, por millones, de forma espontánea, no hablamos de moda, de estética ni de maternidad, los temas a los que nos habían relegado los medios. Hablamos de violencias machistas, y muy concretamente de violencia sexual. Las mujeres teníamos y tenemos muy claro que ese es el eje de nuestro sometimiento desde el principio de los tiempos. También sabemos que cimenta todo el sistema, empezando por el económico. El Poder Judicial, las instituciones de Estado, los medios de comunicación, todo está diseñado para solidificar nuestro silencio. 

De ahí que las mujeres que denunciaron en redes las agresiones de Íñigo Errejón se negaran a dar el paso a los juzgados. Pusieron en la balanza las ventajas y el castigo, y tuvieron claro cuál iba a ser el resultado. Pero hubo una, Elisa Mouliaà, que se puso al frente de todas ellas, probablemente porque no tenía herramientas para calibrar hasta qué punto iban a destruirla, hasta qué punto el castigo que iba a suponer ese paso la destrozaría íntima y públicamente, en lo laboral, en lo económico, en sus expectativas de futuro, iba a devastar su salud mental. 

Entendí entonces el movimiento de Mouliaà como un acto de valentía genuina, y a la vez de una ingenuidad rayana en la inconsciencia. Podía haber pasado lo contrario, pero algo me decía que la mujer se iba a quedar sola, que el resto de las víctimas —yo estaba en contacto con media docena— no iba a secundar su decisión. Y con ellas, la sociedad, que compró el retrato de "mala víctima" inmediatamente creado por los medios y por los hombres. Hombres conservadores y hombres progresistas: está loca, no sabe lo que dice, busca fama, quiere sacar dinero… Nada nuevo. 

Lo más salvaje es que, por razones parecidas, gran parte del movimiento feminista también la ha dejado sola. No les ha parecido, digámoslo así, un modelo adecuado, pese a llenarnos la boca rebatiendo la idea de que no puede haber "malas víctimas". Es pizpireta, salió a contarlo en la televisión y cobró por ello, sus ideas sobre lo divino y lo humano no coinciden con lo que consideramos que son las de la "verdadera lucha feminista". Como si eso tuviera algo que ver con la posibilidad o no de recibir una agresión sexual. 

Recuerdo las palabras de Rubiales —hoy condenado por la Audiencia Nacional— después de su agresión a Jeni Hermoso. Expresó públicamente una idea que iba más allá de las consabidas "buenas" y "malas feministas". Aseguró que, para él, hay "buenas" y "malas víctimas", algo que nosotras venimos denunciando desde siempre, al menos en la teoría. Pero lo que no sabía Rubiales es que también hay "buenas agredidas" y "malas agredidas". A Elisa Mouliaa se le juntaron la consideración de "mala agredida" con la de "mala víctima". Una "mala agredida" es la que ha llegado hasta la cama, quien sabe si a besos, quien sabe si ebria, y en un momento dado decide parar. Llevamos tatuada en el pecho la palabra "calientapollas".  

Con esa pesadísimaa mochila, Mouliaà se acercó hasta la policía y denunció la agresión del entonces portavoz de Sumar en el Congreso, Íñigo Errejón. Por supuesto que pensó que su paso animaría a otras. Lo que no creo que supiera es que acababa de empezar un calvario que la iba llevar a ser agredida también y con saña por los medios, el Poder Judicial en la figura, para empezar, del juez Carretero, miles y miles de hombres y, lamentablemente, también gran parte del feminismo.  

PÚBLICO  DdA, XXII/6253

EL CABREO DE MUSK, DUROV y ABASCAL CON PEDRO SÁNCHEZ


Lazarillo

El Presidente del Gobierno acaba de tocar un asunto clave en una tribuna internacional y sobre el que en otros países (registro policial de la oficinas de X en Francia) se han tomado o van a tomar medidas similares: prohibir el acceso a las redes sociales a las personas menores de 16 años a fin de que no puedan hacer uso de una serie de contenidos en los que se prodiga la violencia, el odio o la pornografía. Por eso los multimillonarios jefes de dos importantes plataformas, la de Elon Musk y la de Pavel Durov, se han puesto de uñas con Pedro Sánchez. El primero, mediante el insulto puro, duro y zafio, y el segundo a través de una carta a modo de alerta masiva a los diez millones de usuarios de Telegram en España. Como no podía ser de otro modo, Durov habla de la pretensión de crear un Estado de vigilancia y censura. Se debe ser cautos ante una medida como la planteada por el Gobierno, de muy compleja aplicación, pero también creo que hay que ser expeditivos con quienes se forran a base de permitir o tolerar que lleguen a los menores contenidos como los mencionados, que afectan negativamente al 20 por ciento de los menores y adolescentes. Entre los que defienden a Musk y Durov está Abascal (la extrema derecha gana la batalla del algoritmo en las redes sociales donde se informan los más jóvenes). ¿Y la iglesia católica, qué dice la iglesia católica?

DdA, XXII/6253

DOMINGO MORIONES, UN GENERAL Y MARQUÉS ENCARCELADO POR FRANCO


Félix Población

Leo estos días con el interés que me merece el autor, el catedrático de la Universidad Complutense e historiador Gutmaro Gómez Bravo, su recién publicado libro Cómo termino la Guerra Civil española (ed. Crítica), esa fase final del conflicto tan debatida que por las particularidades de enfrentamiento que tuvo el desenlace en Madrid siempre ha merecido mi atención.

Sostiene el autor, en el capítulo sexto (Un día en la historia de Europa), que cuando se reunió en el aeródromo de Los Llanos (Albacete) el 16 de febrero de 1939 el presidente de gobierno republicano Juan Negrín con los dirigentes del ejército leal, tan sólo el general Domingo Moriones, al frente del ejército republicano de Andalucía, expresó su confianza en seguir la lucha -según palabras literales de Gómez Bravo-, sin mencionar al general Miaja, que también secundó esa alternativa con el propio Negrín, mientras que los generales Matallana, Escobar, Menéndez y Bernal, y el coronel Casado, junto al almirante Buiza que acababa de evacuar Menorca, consideraban necesario negociar con Franco ya que la guerra estaba perdida. 

Cita el autor como nota a pie de capítulo a varios historiadores, entre ellos a Paul Preston (El final de la guerra. La última puñalada a la República, ed. Debate, 2015). Sin embargo, en alguna biografía sobre el mencionado general republicano, que era también marqués de Oroquieta* por el título que heredó de su hermana Maximina, se mantiene que Moriones Larraga, gobernador militar de Gijón durante la revolución obrera de 1934, fue partidario en el aeródromo de Los Llanos de acabar la guerra cuanto antes. 

De hecho -se dice-, respaldó al mes siguiente el golpe de Estado del coronel Segismundo Casado, si bien fue cesado de inmediato por éste para ser sustituido por un oficial de la confianza del coronel golpista, Francisco Menoyo Baños, lo que quizá podría indicar que Moriones Larraga no contaba con esa confianza, en contradicción con el apoyo prestado. 

Otras biografías, como la de la Real Academia de la Historia, aseguran que el general no apoyó el golpe del coronel y que quizá por esto, una vez finalizada la guerra, los vencedores condenaron al general Moriones a la pena de muerte, conmutada por la de treinta años de prisión, que se quedaron en diez, siendo probablemente el único marqués al que encarceló el dictador durante la posguerra. El coronel Casado, por su parte, pudo salir de España y vivir en el exilio, del que regresó en 1961 para ser juzgado y absuelto por un consejo de guerra, y fallecer en 1968. 

Personalmente me decanto por lo sostenido en esta segunda biografía y en el reciente libro de Gómez Gravo, pero no quiero dejar sin constancia lo que se dice en la sinopsis biográfica del general Moriones Larraga, que falleció en 1964, en la que se afirma que fue partidario de acabar la guerra lo más rápido posible, algo que posiblemente no hubiese comportado luego una pena tan rigurosa como la de muerte por parte de quienes la ganaron e impusieron no la paz sino la victoria: 

Nació en Valtierra (Navarra), el 31 de julio de 1883. Era hijo de Teófilo Moriones Salvatierra y de Eugenia Larraga Moreno y nieto del general y gobernador de las Filipinas Domingo Moriones Murillo.

Militar de carrera, en 1934 durante el estallido de la Revolución de Asturias ocupaba el puesto de gobernador militar de Gijón, tomando parte en la represión que se produjo para sofocarla. Durante el golpe de Estado que tuvo lugar entre el 17 y 18 de julio de 1936, estaba destinado en el Regimiento de Ferrocarriles con el rango de teniente coronel, en ese puesto se mantuvo fiel a la República, pasando a liderar una columna miliciana en Somosierra, donde participó durante las primeras semanas de la contienda en los combates por controlar Somosierra y Guadarrama. A comienzos del año 1937 estaba al mando de la 2.ª División, la cual guarnecía el frente de Somosierra, siendo, meses después, nombrado comandante del I Cuerpo de Ejército. Al mando de cuya formación participó activamente en la fallida ofensiva de Segovia, donde pretendía tomar la ciudad y adentrarse en la retaguardia de la Zona nacional, en dirección a Valladolid. En 1938 fue ascendido a general y nombrado comandante del Ejército de Andalucía. El 16 de febrero de ese año, asistió a una reunión celebrada en el Aeródromo de Los Llanos (Albacete), entre el presidente del gobierno, Negrín, y los principales dirigentes militares republicanos, a la que también asistieron los generales Menéndez, Miaja, Escobar, Matallana y el almirante Buiza, comandante de la Marina republicana. En ella se expuso la necesidad de negociar con Franco el final de la guerra, en vista de la pésima situación militar de la República. Moriones estuvo de acuerdo con otros militares en la necesidad de poner fin a la guerra lo más rápido posible, puesto que este grupo de militares sostenía que el Ejército Popular no estaba en condiciones de seguir combatiendo. En marzo de 1939, cuando se produjo el golpe de Estado del coronel Casado, Moriones lo apoyó junto con todo el Ejército de Andalucía bajo su mando, a pesar de lo cual fue rápidamente sustituido por otro oficial de la confianza de Casado, Francisco Menoyo Baños.

Al finalizar la guerra fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada por la de treinta años de reclusión. Finalmente, pasó diez años en prisión, murió 13 de febrero de 1964, ostentando el título de marqués de Oroquieta, que heredó de su hermana Máxima.

* Título nobiliario concedido por el rey Alfonso XII a Domingo Moriones y Murillo, teniente general del ejército español en atención a sus méritos durante la tercera  guerra carlista como vencedor de la batalla de Oroquieta (1872). Fue ministro de la Guerra y gobernador de Filipinas. Actualmente es titular del marquesado Luis Arrizabalaga Clemente por carta de sucesión de 27 de enero de 2003. Pilar Arrizabalaga puede llegar a ser marquesa de Oroquieta. Lamento no tener conocimiento de lo que sus descendientes pueden saber acerca de lo vivido por el general Moriones Larraga, nieto del primer marqués tanto al final de la guerra como durante sus años de cárcel, pero esta sería posiblemente la mejor fuente para testimoniar la lealtad del general y tercer marqués de Oroquieta a la Segunda República.  

DdA, XXII/6253


COMO CIENCIA SUPREMA AHORA HAY QUE DESAPRENDER EL MAL


Antonio Monterrubio*

En un mundo donde el menor atisbo de inteligencia es sepultado bajo toneladas de estulticia, el discernimiento autónomo y libre se torna quimérico. Si la desinformación intencional auspiciada por las élites es grave de por sí, más aún lo es su promoción de la inopia satisfecha. Un público desorientado y perplejo es ingenuamente sensible a la credulidad. La desconfianza hacia el pensamiento, sembrada por los medios y el conjunto de los aparatos ideológicos, asfalta las anchas avenidas por las que desfilarán las procesiones de antorchas. Afirmaciones carentes de base avaladas por las grandes plataformas de comunicación, opiniones infundadas jaleadas por aquí y por allá, hipótesis descabelladas y hasta mentiras criminales, nada se ahorra si contribuye a manipular las mentes. De ahí que la mayoría ya ni siquiera sea capaz de emitir juicios falsos. Solo hay falsos juicios, enunciados proferidos sin que medie ponderación alguna. Como en los procesos amañados, la sentencia está dictada de antemano. 

Refranes y proverbios nos proveen de un arsenal ilimitado de máximas que se pronuncian acerca del individuo y la sociedad. A través de variaciones sobre la necedad, la debilidad, la intemperancia, la bajeza y la locura, se analiza el absurdo constitutivo del mundo. El presente libro acude a algunas muestras del rico acervo paremiológico castellano como excusa y chispa para la reflexión. 

Detenerse a meditar, evaluar y profundizar es una necesidad ineludible, en lo personal y en lo colectivo. El Mal debe más a los tontos y a los perezosos que a los intrínsecamente malos. Vivimos acosados por los dogmas, y ponerlos en cuestión es un deber moral. El escepticismo es el antídoto contra las ortodoxias y los argumentarios. Estamos en uno de esos momentos históricos donde cobra plena actualidad la máxima de Antístenes según la cual la ciencia suprema es «desaprender el mal».

*Recomendable la lectura del libro del autor Al revés te lo digo, publicado por ed. Trea en 2024

DdA, XXII/6253

miércoles, 4 de febrero de 2026

EN MEMORIA DE CARLOS HERNÁNDEZ, QUE INVESTIGÓ LA GEOGRAFÍA DEL ODIO

Su libro Los campos de concentración de Franco, una investigación exhaustiva que documenta más de 300 campos repartidos por toda España durante los primeros años de la dictadura, es una obra imprescindible. A Carlos Hernández, buen periodista, buena persona, reciente y tempranamente fallecido, le  debemos -como dice Allende en el siguiente artículo- una recopilación exhaustiva de la geografía del odio y de los métodos empleados para borrar cualquier rastro de ideas distintas. Pasaron muchos años hasta que ese libro iluminó esa otra parcela oscura de la represión franquista, después de que Carlos publicara Los últimos españoles de Mauthausen. La geografía del odio debería ser historia, pero me temo que no vamos por ese camino. Para eso, arrancándola del olvido, la investigó Hernández, que también quiso ser corresponsal de la paz y no de la guerra, como recuerda hoy su compañera Olga Rodríguez.



Óscar Allende

Para muchos de nosotros, Carlos Hernández era una figura familiar. Uno de esos reporteros que te informaban a través de la televisión contando las atrocidades de la guerra en Kosovo, Afganistán o Irak con un estilo que hacía que le recordaras.

Lo que nunca imaginamos en esos momentos es que es periodista de raza cuya muerte acabamos de conocer hoy podría ser alguien todavía más cercano y respetado: su sensibilidad con las víctimas de las guerras le hizo mirar a una guerra que, por mucho que fastidie a quien quiera olvidarla porque se benefició de ella, estaba presente entre muchas familias españolas. Tan presente como un asiento vacío o una foto con un trozo arrancado: un recuerdo que sabes que existió, pero del que no quieres preguntar por si duele, porque duelo,  y al final esa laguna de desconocimiento se hace océano.

El caso es que hoy es más fácil hablar de memoria democrática, de fosas, de exiliados, pero en los años en que Carlos Hernández se puso a fondo, no había tantas puertas abiertas al recuerdo de la historia. Su labor de investigación quedó plasmada en una primera publicación, Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B). Y empezó a escocer porque si bien denunciar el exterminio industrializado nazi era un consenso general, la relación de sus nazis con los nuestros aquí chirriaba más a todas las élites que se hicieron fuertes tras la guerra por venir de quien las habían ganado.

Fue durante ese trabajo cuando surgió una pregunta que él mismo relató en entrevistas y presentaciones públicas: ¿por qué se habla de los campos nazis y no de los campos de concentración del franquismo? Aquella interpelación abrió una segunda etapa decisiva de su carrera.

El resultado fue Los campos de concentración de Franco, una investigación exhaustiva que documenta más de 300 campos repartidos por todo el Estado, desmontando la idea de que se tratara de espacios improvisados o excepcionales. El libro, que en Cantabria conocimos por la presentación en La Vorágine, acredita la existencia de una red concentracionaria estructurada, integrada en el aparato represivo del régimen, más allá del momento de la Guerra.

Un libro que atendía a Cantabria, y gracias al cual, de hecho, pudimos descubrir la tremenda desproporción numérica de campos de concentración en nuestra tierra en relación a su tamaño  (ahora empieza a no sorprendernos, toda vez que ya sabemos que de hecho ese modelo se ensayó aquí y se exportó, cortesía de Fidel Dávila y Camilo Alonso Vega, a los que el Ayuntamiento de Santander ha considerado todos estos años merecedores de honores y reconocimiento público, que no otra cosa, un honor, es que te pongan una calle con tu nombre.

Si a Alberto Santamaría le debemos el rescate del campo de concentración de La Magdalena -por mucho que moleste, difícil de desmentir, ya que las fuentes venían de la propia documentación militar franquista–, a Hernández le debemos una recopilación exhaustiva de la geografía del odio y de los métodos empleados para borrar cualquier rastro de ideas distintas.

Ese trabajo le llevó a Cantabria en varias ocasiones, mostrando una cercanía con los movimientos memorialistas cántabros, casi una vocación de servicio. Laredo fue uno de esos sitios, ya que allí el trabajo del colectivo Memoria de Laredo permitió reconocer a los cántabros que estuvieron en Mauthausen, la fábrica del odio, recordando una verdad incómoda: los franquistas mandaron a los republicanos a los campos nazis, de quienes eran aliados.  Lázaro y Ramiro aparecían en un documental suyo.

En clave más personal, a este lado de la pantalla guardamos con cariño la atención que nos dedicaba cuando le pedíamos entrevistas, el aval tan desproporcionado que nos dio de cara a la candidatura al Premio José Félix García Calleja de Derechos Humanos y ese último mensaje en el que nos avanzaba que se venía a vivir por aquí y se ofrecía a colaborar de algún modo con nuestro proyecto.

Hoy, cuando la declaración de La Magdalena como Lugar de Memoria Democrática sigue su tramitación, el legado de Carlos Hernández adquiere una dimensión especialmente clara: toca mantener su propia memoria, y toca recordar su trabajo. Podemos participar, añadiendo motivos en positivo, en el proceso de recordar que La Magdalena albergó un campo de concentración  desde este enlace.

DdA, XXII/6252

MUSK INSULTA A SÁNCHEZ: LO PREOCUPANTE NO ES SÓLO ESO, SINO EL CONTEXTO

Sorprende en cierto modo que antes de insultar al presidente del Gobierno, el multimillonario Musk se haya fijado en la eurodiputada de un pequeño partido político español llamada Irene Montero defendiendo la teoría racista del reemplazo. Lo más sano sería -escribe Miñana- que Musk se mantuviera al margen de la política institucional, o al menos que participara con responsabilidad, como cualquier ciudadano informado, y no como un emperador digital repartiendo etiquetas incendiarias. Porque cuando los multimillonarios empiezan a jugar a ser líderes de opinión mundial sin rendir cuentas ante nadie, lo que está en riesgo no es solo la imagen de un político: es el respeto por la soberanía democrática y la convivencia pública basada en argumentos, no en provocaciones.


Ricardo Miñana

Lo preocupante no es únicamente el insulto, sino el contexto. Musk no es un ciudadano cualquiera opinando en una conversación privada: es alguien que controla plataformas, empresas estratégicas y una parte importante del debate público mundial. Cuando una figura así interviene de forma agresiva en política, la línea entre opinión y presión se vuelve muy fina. Y ahí es donde surge la incomodidad: ¿desde cuándo los magnates tecnológicos se sienten con derecho a señalar y deslegitimar gobiernos ajenos como si fueran árbitros de la democracia?
Por supuesto, se puede criticar a Sánchez —como a cualquier dirigente—, pero hacerlo con calificativos extremos y simplistas, sin matices ni argumentos sólidos, parece más una provocación que una crítica constructiva. Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué hay detrás de esa dureza? Porque no parece un comentario casual. Suena más bien a una reacción interesada, o incluso a una estrategia para alimentar polarización, ganar atención o reforzar ciertos discursos.
Además, resulta llamativo que Musk se erija como juez moral de otros, cuando él mismo ha estado rodeado de controversias. Que Sánchez no figure en la lista de Epstein mientras Musk sí aparece mencionado en distintos contextos públicos solo añade una capa de ironía inquietante. No porque eso sea una prueba definitiva de nada, sino porque evidencia una contradicción: quienes más gritan sobre “tiranía” o “corrupción” a veces son quienes menos deberían dar lecciones.
Y ahí es donde la reflexión se vuelve más seria: ¿se está volviendo Musk más impulsivo, más radical, más obsesionado con intervenir en la política? ¿O simplemente está mostrando, sin filtros, lo que siempre ha sido: alguien que entiende el mundo como un tablero donde los poderosos pueden mover piezas a su antojo?
Quizá lo más sano sería que Musk se mantuviera al margen de la política institucional, o al menos que participara con responsabilidad, como cualquier ciudadano informado, y no como un emperador digital repartiendo etiquetas incendiarias. Porque cuando los multimillonarios empiezan a jugar a ser líderes de opinión mundial sin rendir cuentas ante nadie, lo que está en riesgo no es solo la imagen de un político: es el respeto por la soberanía democrática y la convivencia pública basada en argumentos, no en provocaciones.

DdA, XXII/5252

LA ESPAÑA ABANDONADA: UN MES LLEVA MARAÑA (LEÓN) SIN COBERTURA DE MOVISTAR


Félix Población

La montaña leonesa, en general, suele sufrir este tipo de percances con relativa frecuencia, si bien no con la vergonzosa duración que se está dando este invierno en el municipio y villa de Maraña, situado en el Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre. Movistar, la única operadora que funciona en los valles donde se asienta la localidad, mantiene desde hace más de un mes sin cobertura móvil al centenar de vecinos que residen en la misma, con el consiguiente perjuicio para todos ellos y para los  servicios propios de la vida cotidiana. Si esto ya es muy grave, por la desatención que comporta para una comunidad que por su situación orográfica -sobre todo en invierno- merecería la máxima atención en este tipo de cobertura comunicacional, mucho más lo es que durante todo este tiempo la compañía no haya dado explicación alguna acerca de las razones por las que se interrumpió el servicio. Hasta ahora, sólo la subdelegación del Gobierno en la provincia de León ha comunicado al ayuntamiento de Maraña que las empresas encargadas del mantenimiento atraviesan una situación con mínimos en personal y medios de transporte. Si se tiene en cuenta que en el municipio residen, como en tantos otros de la España vaciada, personas de edad avanzada y alguna también con necesidad de teleasistencia que depende de la red móvil, el contenido de la información aportada por la subdelegación puede resultar más ofensivo que explicativo, sobre todo porque esas precariedades en empresas importantes no se pueden permitir a costa de la desatención ¡durante más de treinta días! a todo un municipio. Tanto los servicios municipales como los servicios médicos, hosteleros y comerciales se están viendo afectados, sin que las reclamaciones desde el consistorio para subsanar esta carencia tan imprescindible hoy en día hayan servido hasta el momento de nada. En vista de ello, se han emprendido -según fuentes municipales- las  acciones legales correspondientes. Pese a sus cuantiosos beneficios, compañías como Movistar no disponen, al parecer, de personal y medios de transporte para hacer frente con la diligencia y urgencia requeridas a situaciones de falta de cobertura para la conectividad tan indignantemente prolongadas como la que soporta desde hace más de un mes el municipio de Maraña, ubicado en la España abandonada, no vaciada. 

DdA, XXII/6252 

MONSEÑOR MUNILLA, LA IGLESIA NO DEBE BENDECIR FRONTERAS SINO ENSANCHARLAS


Esta carta -escribe el firmante, que también podría dirigirla al arzobispo de Oviedo y puede que a algún otro monseñor- no nace del desprecio, sino de la preocupación. Porque cuando los obispos juegan a ser políticos, la fe se resiente. Y cuando el Evangelio se utiliza para justificar recelos en lugar de para incomodar conciencias, algo esencial se pierde. Tal vez convendría volver a aquella imagen inicial. Al obispo que entra en la ciudad montado en un asno, sin miedo a parecer débil, sin necesidad de señalar a nadie como sobrante. Porque ese gesto —humilde y evangélico— decía más que muchos discursos: recordaba que la Iglesia no está para contar a los que llegan, sino para acogerlos; no para bendecir fronteras, sino para ensancharlas; no para administrar el miedo, sino para desarmarlo.

Antonio Amorós Sánchez

Hay silencios que rezan y palabras que, aun pronunciadas en nombre de Dios, suenan a destiempo. Esta carta nace de uno de esos desajustes: de la inquietud que provoca ver a pastores abandonar el cayado para empuñar la consigna, y hacerlo, además, en contradicción con el espíritu del Evangelio que dicen custodiar.

Muchos recordamos aún la estampa de su toma de posesión como obispo de Orihuela-Alicante. Como marcaba la tradición, entró usted en la ciudad montado en un sencillo asno, cruzando sus puertas con un gesto cargado de simbolismo evangélico. Aquel animal humilde, ajeno al poder y a la ostentación, remitía inevitablemente al Jesús que entra en Jerusalén sin escoltas ni armaduras. No fue solo el cumplimiento de un rito antiguo; fue también —o así quisimos entenderlo muchos— una declaración silenciosa de cercanía, de sobriedad y de solidaridad con los pobres. Por eso hoy sorprende, y duele, el contraste entre aquella imagen inaugural y algunas de sus declaraciones recientes sobre las personas migrantes.

La Conferencia Episcopal Española, junto con Cáritas, ha respaldado el decreto ley del Gobierno para la regularización de personas migrantes que llevan años viviendo —y en su mayoría trabajando— en España. No se trata de una maniobra partidista ni de una concesión interesada, sino del reconocimiento de una realidad humana largamente ignorada. Así lo expresó con claridad su presidente, Luis Argüello, al afirmar que esta regularización supone “un reconocimiento de la dignidad humana”. En la misma línea se pronunció el arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz, recordando que una sociedad que se dice acogedora no puede cerrar la puerta al hermano necesitado que llama.
Y, sin embargo, Monseñor, usted —junto con el obispo de Oviedo, Jesús Sanz— ha optado por la disonancia. Desde las redes sociales, ese púlpito apresurado donde la complejidad se reduce a consignas ha desoído la voz de la propia Iglesia para calificar la medida de “populista y demagógica”. Son palabras graves, más aún cuando se pronuncian desde la mitra que un día fue signo de servicio y entrega pastoral.
Pero lo que más duele no es la crítica política, sino el uso que se hace de la “Palabra” para justificar el recelo. Ha sido el obispo de Oviedo, Jesús Sanz, quien ha citado el evangelio de Mateo —“Fui extranjero y me acogisteis”— para, acto seguido, introducir límites, descartes y sospechas. Ese modo de leer el Evangelio no es prudencia pastoral: es cálculo. Porque el Evangelio, Monseñor, nunca fue un libro de cuentas. No se proclama desde la mitra como quien administra escasez ni se empuña el báculo para trazar fronteras invisibles. El Evangelio se anuncia con la mitra inclinada ante el sufrimiento humano y con el báculo gastado de tanto acompañar a quienes caminan sin hogar. Cristo no pidió cifras antes de partir el pan ni estableció filtros antes de abrir los brazos. Cuando la aritmética sustituye a la misericordia, la palabra se enfría y el Reino se vuelve frontera. Resulta paradójico hablar de “colarse” cuando se trata de personas empujadas por la necesidad, y no de quienes, revestidos de autoridad espiritual, irrumpen en el debate público como actores políticos, agitando el miedo y contradiciendo la orientación pastoral de su propia Conferencia Episcopal. La Iglesia no debería parecer un puesto de control, sino una casa abierta; no un altavoz partidista, sino un refugio humano y evangélico.
Esta carta no nace del desprecio, sino de la preocupación. Porque cuando los obispos juegan a ser políticos, la fe se resiente. Y cuando el Evangelio se utiliza para justificar recelos en lugar de para incomodar conciencias, algo esencial se pierde.
Tal vez convendría volver a aquella imagen inicial. Al obispo que entra en la ciudad montado en un asno, sin miedo a parecer débil, sin necesidad de señalar a nadie como sobrante. Porque ese gesto —humilde y evangélico— decía más que muchos discursos: recordaba que la Iglesia no está para contar a los que llegan, sino para acogerlos; no para bendecir fronteras, sino para ensancharlas; no para administrar el miedo, sino para desarmarlo.
Con respeto, pero también con la inquietud de quien cree que el Evangelio merece algo más que prudencia interesada.

DdA, XXII/6252

LA EXTREMA DERECHA MUNDIAL, CONTRA LO MÁS DIGNO DE LA HISTORIA HUMANA

 No se trata de diseñar un partido de derechas, se trata de organizar un dispositivo internacional que constituya una máquina de guerra contra todos los valores referidos a la endeble justicia social. Lo que se propone la ultraderecha mundial es destruir todo lo anterior hasta obtener un nuevo estado de excepción, un cambio radical que intente un comienzo absoluto, cuyo fin último sea la abolición de la experiencia de lo político. Se trata de construir un partido duro que controle el Estado fuera de las leyes democráticas y que transforme al ciudadano en usuario de las plataformas y en un súbdito del Neoemperador desinteresado de la política.

Trump-Milei (MANDEL NGAN/AFP)


Jorge Alemán

Existieron líneas rojas institucionales y políticas que no se podían cruzar. Ahora no solo se pueden cruzar, sino que progresivamente se van destruyendo.

En el entorno teórico - ideológico de la ultraderecha mundial que por ahora mantiene a Donald Trump como referente crucial, lo que puede ocurrir desafía los límites de la imaginación política.

Basta leer las construcciones narrativas que acompañan al trumpismo, sus tecno-teóricos, para confirmar que no se trata de diseñar un partido de derechas, se trata de organizar un dispositivo internacional que constituya una máquina de guerra contra todos los valores referidos a la endeble justicia social.

Lo que se propone la ultraderecha mundial es destruir todo lo anterior hasta obtener un nuevo estado de excepción, un cambio radical que intente un comienzo absoluto, cuyo fin último sea la abolición de la experiencia de lo político.

Se trata de construir un partido duro que controle el Estado fuera de las leyes democráticas y que transforme al ciudadano en usuario de las plataformas y en un súbdito del Neoemperador desinteresado de la política.

El Neoemperador no es solo un jefe de Estado que ha surgido de un proceso electoral, o mejor dicho, ha surgido así, pero toda la construcción de su agenda tiene como una de sus funciones borrar este hecho.

El Neoemperador decide sobre el estado de excepción y, por tanto, sobre la guerra. Su función estratégica es producir una situación “aceleracionista” donde el capitalismo se separe de la democracia, verdadero impedimento para las nuevas producciones de riquezas tecnológicas.

Por ello el proyecto de la ultraderecha mundial es producir un giro radical, una nueva etapa de la civilización donde las respuestas populares, las manifestaciones, las contradicciones sociales no sean relevantes para la instalación del nuevo sistema.

Según las lecturas de la ultraderecha mundial que creen ir ganando la batalla ideológica, los distintos modos del malestar social son irrelevantes, a diferencia de una larga tradición que transmitía la idea de que la acumulación de ese malestar implicaba un cambio de régimen.

Su problema de fondo incluido en una compleja red de alianzas y confrontaciones es la guerra mundial, la cual ya ha comenzado hace tiempo y cada día muestra claramente sus consecuencias más agudas.

En esta fantasía ultraderechista se intentan borrar los distintos ecos de las revoluciones rusa, china y latinoamericana y esto solo puede ser realizado con un cambio civilizatorio.

No es casual que los neoemperadores no estén habitados por inhibiciones neuróticas sino por delirios megalómanos y prácticas psicopáticas. En este punto, no se trata –como se suele afirmar– de que sean “ingenieros del caos” sino que esas estructuras subjetivas son perfectamente compatibles con el desarrollo del gran plan.

El aceleracionismo ultraderechista sueña con borrar lo más digno de la historia del ser humano y dejar como su antecedente, cada vez menos disimulado, la referencia histórica a un nacional socialismo reinventado.

Por último, lo aquí desarrollado trata de indicar que esta operación extremadamente ambiciosa de la internacional ultraderechista se diferencia de la derecha neoliberal de siempre que mantenía un velo institucional.

Estamos frente a un proyecto absolutamente radical donde se deberá atender a qué formas de resistencia y descolocación serán posibles frente a este nuevo tipo de dominación portador de una nueva crueldad.

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