Diario del Aire
martes, 17 de marzo de 2026
PODEMOS Y LA COCACOLA
NO PARA AYUDAR A CUBA SINO PARA AYUDARNOS
A veces escucho o leo argumentos que no comprendo. A veces un periodista pregunta escandalizado: ¿y qué va a hacer el gobierno cubano para dar soluciones a su pueblo? Es algo así como si en un patio de recreo donde un grupo grande estuviera pegando a un menor solo porque es distinto apareciera un periodista y en lugar de preguntar: ¿y qué vamos a hacer para que dejen de pegarle?, preguntara a la criatura agredida: ¿y qué vas a hacer para que dejen de pegarte?
Belén Gopegui
A veces escucho o leo argumentos que no comprendo. A veces un periodista pregunta escandalizado: ¿y qué va a hacer el gobierno cubano para dar soluciones a su pueblo? Es algo así como si en un patio de recreo donde un grupo grande estuviera pegando a un menor solo porque es distinto apareciera un periodista y en lugar de preguntar: ¿y qué vamos a hacer para que dejen de pegarle?, preguntara a la criatura agredida: ¿y qué vas a hacer para que dejen de pegarte?
A veces otros periodistas lamentan que, después de tantos años de revolución, Cuba no tenga más petróleo, olvidando que lo que se le ha prohibido ya no a Cuba, sino al país desde el que habla ese periodista, cualquiera que sea ese país, es vender petróleo a Cuba. Olvidando que cualquier país del mundo no productor de petróleo que sufriera las consecuencias de una prohibición semejante entraría en crisis. Olvidando que la palabra crisis, en este caso, no es una abstracción, son vidas con nombres y apellidos bombardeadas sin bombas, con el asedio, con el hambre de comida y de los recursos que alivian el dolor de las personas más frágiles, recién nacidos, personas ancianas, personas enfermas. El pueblo cubano, acostumbrado como está a los sistemas de protección institucional y comunitaria cuando llegan los huracanes y otras catástrofes, se organiza, se cuida, comparte la escasez, pero a veces todo eso no es suficiente contra un ciclón deliberado de muerte lenta, impuesto por la fuerza y consentido por la comunidad internacional.
Si esta misma prohibición se aplicara a cualquier país europeo, habría, pienso, algunas diferencias. Por un lado, es muy probable que en su población se desatara el resentimiento de los unos contra los otros, porque la convivencia europea se apoya en el abuso y el trato desigual que unos sectores de la población ejercen sobre los que recogen sus cosechas, los que cuidan a sus mayores y a sus hijos, los que limpian sus casas, los que reciben salarios en negro o ridículos para que otros puedan cobrar diez, veinte, cien veces más.
Por otro lado, desde ningún país se organizarían movimientos de solidaridad como los que organizan con Cuba, porque en Europa si algunos países dieron algo fue siempre de lo que les sobraba. Porque en el interior de esos países las prioridades de la economía estuvieron siempre subordinadas a dar más a quién más tenía y no al revés. Porque a la desigualdad interna se suma la externa, dado que la riqueza europea procede en parte de un colonialismo que aún dura bajo la forma de tratos desequilibrados. Y porque desconocemos, o hemos olvidado, aquello que ha sido llamado “sentido del momento histórico” y que hace que las personas se unan pues saben que de su acción depende la posibilidad de acabar con un pedazo de realismo capitalista.
Claro que Cuba no es perfecta, ni tiene obligación de serlo. Las revoluciones no se hacen para conseguir lugares perfectos, porque las personas no lo somos, sino para intentar que existan lugares que sean habitables para todas, y evitar así que el placer de un tanto por ciento de la población se compre con la angustia, la fatiga, el agotamiento y la humillación de otro tanto por ciento. Para intentar construir aspirinas del tamaño del sol y que todas las personas puedan celebrar la suerte de estar vivas. No es posible saber si habrían podido lograrlo, ni si aún podrán. Desde el principio y hasta el día de hoy Estados Unidos les ha estado impidiendo tener relaciones comerciales justas, a veces simplemente tenerlas, por el pánico a que la revolución avanzara y pudiera ser un camino a seguir.
El regodeo y el regocijo que, al hablar de las negociaciones en marcha entre el Gobierno de Cuba y el de Estados Unidos, emplean determinados opinadores sólo les describe a ellos mismos, y sólo anuncia que, cuando un matón nos pise los talones, esos opinadores estarán ahí, para rendirle pleitesía. Son ellos los que sostienen al matón, los que callan, los que asienten, los que contemplan el abuso y ante los golpes se burlan y le dicen a la persona golpeada: “¿Lo ves?”.
Si hay que hablar de cobardía con respecto a lo que pasa en Cuba, sepamos que cualquier decisión que tome ese país sólo cuestionará a quienes, desde fuera, asisten impasibles a la injusticia y después se miran, quizá nos miramos, preguntándonos con supuesta perplejidad: ¿por qué está pasando lo que está pasando en tantos ámbitos de la política y la vida? Porque hemos callado y hemos aceptado. Qué cobardía, sí, qué tristeza que ningún país europeo haya enviado petróleo a Cuba. Corre por ahí un vídeo de niñas y niños cubanos cantando a oscuras la canción de Silvio Rodríguez:
Me acosa el carapálida norteño por el sur el este y el oeste, por cada latitud,
me acosa el carapálida que ha dividido el sol
en hora de metralla y en hora de dolor.
La tierra me quiere arrebatar
el agua me quiere arrebatar
el aire me quiere arrebatar
y sólo fuego, y sólo fuego voy a dar
Yo soy mi tierra, mi aire, mi agua, mi fuego.
Lo que se ha aprendido en y de Cuba, lo que se aprende, forma parte de lo que somos, sigue y seguirá dando tierra, aire, agua y fuego, a una forma de vivir posible, distinta, una forma de vivir sin pisar el cuello de nadie sólo porque se haya apropiado de menos recursos. Quedan muchos días por delante, cualquier acto de solidaridad es imprescindible, no para ayudar a Cuba sino para ayudarnos, para ayudar a que pueda existir una clase de mundo donde la palabra justicia no haya desaparecido y donde no haya que vivir con vergüenza, miedo y soledad.
CTXT DdA, XXII/6290
NETANYAHU, MEJOR VIVO Y CONDENADO, QUE MUERTO
Félix Población
Se ha venido especulando estas semanas, casi desde el mismo momento de la muerte del anterior líder supremo de Irán, con la posibilidad de que igual suerte hubiese corrido Benjamin Netanyahu, máximo responsable con su gobierno del genocidio en la Franja de Gaza, con el respaldo de Estados Unidos. Al parecer, fue el gobierno israelí también quien llevó al gobierno de Trump a comenzar los ataques contra Irán, por lo que igualmente Netanyahu tiene responsabilidad máxima en la guerra contra el régimen iraní, a la que añade la que sostiene contra la milicia proiraní de Hezbolá en Líbano. Nadie puede asegurar actualmente si Netanyahu está vivo o muerto. Ciertamente, como propaganda de guerra afín a su causa, desde Irán no dejan de difundirse amenazas de muerte contra el primer mandatario israelí, conscientes las autoridades del país persa de la mala imagen que se ha ganado Netanyahu después de arrasar la Franja de Gaza y asesinar a casi veinte mil menores. Pero, tal como leemos hoy en el editorial de Diario Red, el primer ministro israelí no merece morir entre las víctimas israelíes que la defensa iraní está causando con sus misiles por haber decidido su gobierno el ataque a Irán. Es deseable que la persona a quien la Corte Penal Internacional ha acusado de genocidio y crímenes de guerra no muera durante la guerra que él mismo ha desatado con consecuencias imprevisibles para la humanidad, si no se para a tiempo. "A los grandes criminales políticos -leemos- hay que llevarlos a juicio, interrogarlos ante millones de espectadores y no regalarles jamás el honor de una muerte violenta. Netanyahu no debe morir como un soldado. Eso es lo que a él le gustaría; morir como su hermano. Netanyahu debe morir consumido por la vejez en la celda de una cárcel palestina después de ser juzgado como criminal de guerra, con todas las garantías, en una Palestina libre y soberana". Habrá quien diga, tal como vamos, que esta posibilidad es bastante remota, pero es la que correspondería a los tribunales internacionales de justicia, como ocurrió con los máximos responsables de Holocausto al final de la Segunda Guerra Mundial. Aquello, sin embargo, no fue suficiente para que hoy en día estemos en lo mismo, con el pueblo palestino como víctima.
DdA, XXII/6290
¿SERÁ EL FIN DE UN IMPERIALISMO DISFRAZADO DE LIBERTAD?
Ricardo Miñana
GRITOS CON CITA Y GLOSA (LXVII): VERDADES QUE SE AGOTAN Y MENTIRAS QUE NO SON LO QUE ERAN
IRÁN NO ESTÁ EN GUERRA CON EL PUEBLO NORTEAMERICANO, DICE LARIJANI
lunes, 16 de marzo de 2026
¿ESTAMOS ASISTIENDO A LA EXTINCIÓN SILENCIOSA DEL GATO MONTÉS?
Durante los últimos años, buena parte de los esfuerzos en materia de conservación de la naturaleza por parte de administraciones, centros de investigación y grupos ecologistas se han centrado en salvar de la extinción a una de las especies más emblemáticas y más amenazadas de nuestra fauna: el lince ibérico.
Para lograrlo ha sido necesario destinar importantes recursos económicos, provenientes en su mayoría de fondos europeos, diversos programas de cría en cautividad, unos con más éxito que otros, la colaboración de grupos conservacionistas, propietarios de fincas y gobiernos locales, y sobre todo mucho trabajo de campo para seguir la evolución de la especie. Pero los esfuerzos han dado sus frutos y actualmente el lince ibérico ya no es una especie en peligro de extinción.
Sin embargo,
mientras celebramos los éxitos en la recuperación del lince, las poblaciones de
otro felino, mucho menos célebre aunque igual de bello y
valioso, están cayendo en picado. Se trata del esquivo y desconocido gato montés. Las principales causas de su
desaparición son la pérdida y fragmentación de sus hábitats, los altos índices
de mortandad por atropello, la caza furtiva y muy especialmente
la hibridación con gatos cimarrones. Por todo ello los
investigadores reclaman la atención de todos para evitar su
desaparición.
La Sociedad Ibérica para la Conservación y Estudio de los Mamíferos (SECEM), una de las instituciones científicas más prestigiosas de toda Europa, ha publicado un manifiesto en el que alerta de la preocupante situación de conservación que está atravesando la especie en la península ibérica. En España las poblaciones han retrocedido un 30% en la última década, especialmente en el suroeste, donde el gato montés ha desaparecido casi por completo de provincias como Huelva, Cádiz y Sevilla. En Portugal, el ‘gato bravo’ se encuentra al borde de la extinción, con apenas un centenar de ejemplares en libertad, diseminados por los extremos del país, en pequeñas áreas de reproducción muy alejadas entre sí.
De
ese modo, el mapa de distribución del gato montés, que hasta hace apenas unos
años ocupaba casi toda la Península, muestra hoy grandes claros
excepto en las comunidades del norte y el noreste de España: desde la
Cordillera Cantábrica hasta los Pirineos, donde la especie aparece bien
distribuida y con densidades relativamente elevadas. En el resto del territorio
español la población está gravemente fragmentada en parches de
hábitat, con poblaciones tan exiguas que son incompatibles con la
viabilidad de la especie.
Además,
los especialistas que trabajan en el seguimiento del felino, entre
los que se incluyen gestores, investigadores, personal técnico y otros
profesionales de diversas entidades españolas y portuguesas, señalan que uno de los principales
obstáculos a los que se enfrentan es que la información disponible
sobre la especie tiene diferentes orígenes y no está estandarizada,
lo cual introduce un elevado grado de incertidumbre en las estimaciones de su
situación real, que podría ser incluso más grave.
El precedente escocés
Según los
estudios recopilados por la Unión Internacional para la Conservación de
la Naturaleza (UICN), a nivel europeo la especie “no alcanza el estado
funcional en ninguna unidad espacial” aunque también señala que “no
se encuentra en la misma situación en todas partes”. De hecho, a partir de las
últimas reevaluaciones con las que aparece en su famosa Lista Roja de especies amenazadas, no
queda muy claro en qué situación se encuentra realmente el
gato salvaje.
Así, mientras parece demostrado que la población ibérica está en claro declive, apenas existen datos fiables para establecer la situación en la que se encuentra en el resto del continente. Algunos estudios afirman que en Bulgaria, Francia y Alemania parece que se mantiene estable, mientras en Italia “se cree” (tal es el nivel de incertidumbre) que la población de 'gatto selvatico' podría estar aumentando.
Donde esta claro que el gato montés ha desaparecido es en Escocia. En 2018 la Scottish Wildcat Action y la UICN llevaron a cabo una profunda revisión sobre el estado de conservación del gato montés, una especie muy abundante hasta los años ochenta en Gran Bretaña. El informe concluyó que “ya no existe una población viable de gatos monteses en libertad en Escocia”, señalando como principal causa de su rápido y llamativo declive la hibridación con gatos domésticos.
De
hecho, todos los individuos muestreados en los últimos años presentan altos
niveles de mezcla con el gato casero. La población escocesa de gato
montés era la última restante en todo Reino Unido. Ahora, las esperanzas para
recuperar a la especie están depositadas en el éxito los programas de
cría en cautividad para su posterior reintroducción, por cierto: con asesoramiento español. Una tarea que
las autoridades medioambientales escocesas combinan con una intensa campaña
de captura y castración de gatos comunes asilvestrados.
Medidas urgentes
En nuestro país, los investigadores Emilio Virgós, de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y Jose María Gil-Sánchez, de la Universidad de Granada, están impulsando el primer censo español de gato montés. Una loable iniciativa particular de ciencia ciudadana, financiada con fondos propios, en la que participan decenas de voluntarios repartidos por toda nuestra geografía.
En
cualquier caso, a medida que se van recopilando los datos tanto los profesores
Virgós y Gil-Sánchez como el resto de especialistas que
siguen la evolución de la especie lamentan que, muy probablemente, estemos
asistiendo a la 'extinción silenciosa' del gato montés en la
Península. Por eso reclaman poner en marcha, "de manera urgente e
imprescindible”, las acciones que aparecen reseñadas en el manifiesto de la
SECEM, y que básicamente son:
- Incluir a la especie en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas de
España en la categoría de Vulnerable.
- Redactar, con carácter de urgencia, un Plan de Conservación
Nacional para Portugal, y los planes de conservación autonómicos y la
estrategia nacional que los coordine y armonice en España, así como poner
en marcha una estrategia ibérica conjunta de conservación
entre ambos países.
- Promover planes de seguimiento y monitorización para conocer el estado
poblacional, la distribución y la situación genética y sanitaria de la
especie, con protocolos comunes y estandarizados que den
soporte a acciones de conservación a escala local, regional, nacional y
peninsular.
- Iniciar el diseño y la planificación de un programa de conservación ex situ para
la salvaguarda del patrimonio genético de la especie, que pueda funcionar
como complemento a las actuaciones sobre el terreno en áreas donde el gato
montés sufre un elevado riesgo de desaparición.
Asimismo, la SECEM subraya la conveniencia de que tanto el gobierno español como el portugués reconozcan la gravedad de la situación en la que se encuentra esta joya de nuestra biodiversidad común y pongan en marcha los instrumentos normativos, técnicos y económicos necesarios para evitar su pérdida.
EL CONFIDENCIAL DdA, XXII/6289
PROFUNDA DEGRADACIÓN MORAL DE TRUMP: LA GUERRA COMO ESPECTÁCULO
“DEUS LO VULT”: LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DE LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

Escribe el firmante en El viejo Topo que entre analistas y observadores internacionales existe la preocupación de que un incidente —por ejemplo un ataque de falsa bandera atribuido a Irán— pudiera justificar una escalada religiosa de dimensiones imprevisibles. La destrucción de Al-Aqsa sería percibida por el mundo musulmán como una agresión intolerable, desencadenando un conflicto de alcance global. La gravedad del problema reside en que, bajo esta lógica, la guerra deja de obedecer a los principios racionales que han guiado tradicionalmente el pensamiento estratégico.
Eduardo Luque
“Deus lo vult” —Dios lo quiere— fue el grito que recorrió Europa cuando en 1095 el papa Urbano II llamó a la Primera Cruzada. Aquella consigna, invocada por multitudes convencidas de combatir en nombre de Dios, sintetizaba la lógica de una guerra en la que la política, el territorio y el poder aparentaban servir a la fe de Cristo. Casi un milenio después, el eco de aquel grito parece reaparecer en el discurso de ciertos sectores del poder occidental. No se trata solo de un conflicto geopolítico en Oriente Medio: cada vez con mayor claridad, se pretenden ocultar los intereses espurios de esta guerra bajo el manto de la ética religiosa. Estamos asistiendo a una nueva forma de guerra de religión.
Durante años, los análisis dominantes han interpretado los conflictos en Oriente Medio y en otros lugares en términos estratégicos: control energético, hegemonía regional, rivalidades entre potencias, cambios de régimen…. Sin embargo, esa lectura puede resultar insuficiente para comprender una dimensión más profunda y perturbadora. Para determinados sectores ideológicos en Estados Unidos, la guerra no sería únicamente un instrumento político, sino que se vendería como parte de un imaginario que interpreta los acontecimientos históricos como episodios de una narración bíblica. En ese marco, el conflicto con Irán adquiere una significación especial. No solo porque el país persa representa uno de los centros espirituales del islam chií, cuya autoridad religiosa se encarnaba en figuras como Ali Jamenei, sino porque algunos discursos dentro de círculos políticos y militares estadounidenses lo presentan como un enfrentamiento civilizatorio entre el cristianismo y el islam. En esa interpretación, la guerra deja de ser un medio racional para alcanzar objetivos políticos y se convierte en una lucha sagrada.
Las declaraciones públicas de ciertos dirigentes vinculados al poder estadounidense reflejan esa mentalidad. El actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha justificado bombardeos y operaciones militares con un lenguaje que trasciende el cálculo estratégico, describiendo la guerra en términos de destrucción total del enemigo. Se jacta del sufrimiento que provoca: “Tendrán muerte y destrucción desde el cielo día y noche”… “Esta nunca ha pretendido ser una lucha justa, y no está siendo una lucha justa. Les estamos golpeando mientras están en la lona, que es exactamente como debe ser”. Por su parte, la telepredicadora Paula White, asesora espiritual en la Casa Blanca en esta administración, no duda en utilizar un lenguaje apocalíptico al referirse a los conflictos internacionales, invocando la victoria divina frente a los enemigos. “golpear, golpear, golpear, golpear, golpear…. Contra todo enemigo que se alce del suelo, tú nos darás la victoria Dios, oigo el sonido de la victoria….”
Más inquietante aún es la penetración de estas ideas dentro del propio aparato militar. Organizaciones dedicadas a preservar la neutralidad religiosa en las fuerzas armadas estadounidenses como la “Fundación para la libertad religiosa en el ejército” han denunciado durante años la presencia creciente de corrientes evangelistas radicales que interpretan la política exterior en clave apocalíptica. Para estos sectores, el enfrentamiento con Irán no sería una simple confrontación estratégica, sino parte del plan divino que conduciría al Armagedón, la batalla final descrita en la tradición bíblica.
El concepto de Armagedón ocupa un lugar central en esa cosmovisión. Según ciertas corrientes del sionismo cristiano, el conflicto definitivo en Oriente Medio precedería a la segunda venida de Cristo. Paradójicamente, en esa narrativa los judíos desempeñarían un papel instrumental: la existencia de Israel y la reconstrucción del templo de Jerusalén serían condiciones necesarias para desencadenar los acontecimientos profetizados. En ese contexto adquiere una importancia simbólica extraordinaria la Mezquita AlAqsa, uno de los lugares más sagrados del islam y situado en el recinto donde antiguamente se alzaba el Segundo Templo de Jerusalén. Para sectores ultranacionalistas religiosos en Israel y para algunos movimientos cristianos fundamentalistas en Estados Unidos, la destrucción de la mezquita y la construcción del llamado Tercer Templo formarían parte del cumplimiento de las profecías bíblicas.
Este escenario alimenta temores que, aunque puedan parecer extremos, no son del todo infundados. Entre analistas y observadores internacionales existe la preocupación de que un incidente —por ejemplo un ataque de falsa bandera atribuido a Irán— pudiera justificar una escalada religiosa de dimensiones imprevisibles. La destrucción de Al-Aqsa sería percibida por el mundo musulmán como una agresión intolerable, desencadenando un conflicto de alcance global.
La gravedad del problema reside en que, bajo esta lógica, la guerra deja de obedecer a los principios racionales que han guiado tradicionalmente el pensamiento estratégico.
Desde Carl von Clausewitz sabemos que la guerra ha sido entendida como “la continuación de la política por otros medios”. Pero si quienes toman decisiones interpretan el conflicto como un mandato divino, ese principio deja de tener validez. La política se diluye en la teología, y el cálculo estratégico cede paso a la fe.
En un escenario así, conceptos como interés nacional o equilibrio de poder pierden su centralidad. Para los creyentes en esa narrativa apocalíptica, el objetivo no es la victoria militar ni la estabilidad geopolítica, sino la aceleración de los acontecimientos que conducirían al fin de los tiempos. La guerra se convierte entonces en un fin en sí mismo: una herramienta necesaria para precipitar el cumplimiento de las profecías.
La historia ofrece precedentes inquietantes. Las Cruzadas medievales y las guerras de religión europeas demostraron hasta qué punto la fe puede movilizar sociedades enteras hacia conflictos devastadores. En ambos casos, la convicción de luchar por una causa sagrada permitió justificar una violencia ilimitada. Cuando la guerra se presenta como un mandato divino, el enemigo deja de ser un adversario político y pasa a encarnar el mal absoluto.
La cuestión que hoy se plantea es si el liderazgo político y militar occidental está comenzando a operar bajo una lógica similar. Si se trata únicamente de la retórica de unos pocos fanáticos, el riesgo podría ser limitado. Pero si esas ideas se extienden dentro de las instituciones que controlan el mayor aparato militar del planeta, la situación adquiere una dimensión mucho más preocupante.
En ese caso, el mundo podría encontrarse ante un tipo de conflicto radicalmente distinto del que describen los manuales de geopolítica. No una guerra por recursos, fronteras o hegemonía, sino una guerra escatológica, interpretada por algunos de sus protagonistas como el preludio del fin de la historia.
El eco del viejo grito de las Cruzadas —Deus lo vult— nos recuerda que la religión ha sido, en determinados momentos, una fuerza capaz de transformar la política en cruzada y la guerra en misión sagrada. La inquietante pregunta es si lo será ahora.
TOPOEXPRESS DdA, XXII/6289
CASTILLA Y LEÓN: MÁS DE LO MISMO, SE QUEME O SE DESPUEBLE LA REGIÓN
Lazarillo
Por el inmovilismo conservador que caracteriza a una mayoría de sus moradores, era de esperar el resultado que acaba de darse en las urnas en Castilla y León. Y eso que esta vez, está comunidad soportó en los últimos años los incendios forestales más extensos de su historia, con un balance arrasador en las provincia de León y Zamora. No ha habido reacción. Quienes de modo tan ineficaz están gestionando el patrimonio natural de esta comunidad autónoma, no sólo no han perdido votos sino que los han ganado (de 382.157 a 424.663), y de poco vale que el PSOE, socorrido por el también esperado desastre de la izquierda alternativa, haya logrado dos procuradores más. Castilla y León superará con el gobierno del Partido Popular, auxiliado por la extrema derecha, los cuarenta años al frente de esta comunidad autónoma, en donde tres provincias, tres, las tres de la región leonesa (León, Zamora y Salamanca), vienen sufriendo una una de las pérdidas de población más significativas del país. Nada se hizo ni nada se hará para evitarla, porque quienes deberían haberlo hecho durante casi cuarenta años parece que tiene asegurado el voto de por vida. Quedamos a la espera de lo que ocurra este verano en los montes de la región. Igual Mañueco restituye en su puesto al consejero responsable de Medio Ambiente durante esos desastres, visto lo votado.
DdA, XXII/6289






