El mundo está cambiando, los dueños del dinero y de los instrumentos de comunicación y poder, han decidido con quien están y qué defienden. Las víctimas de la desigualdad, guiadas por la estrella errante de su red social favorita y por la IA, tienen claro, por primera vez en la historia, que su causa es la misma que la de los que la han auspiciado y la hacen cada año más onerosa e insoportable. La cultura Puaf, pese a la repugnancia que provoca, es la bandera que brilla en el horizonte. Hoy más que nunca tenemos que volver a la pedagogía, a involucrarnos en política para, como decía Don Antonio, evitar que otros la hagan por nosotros y contra nosotros. No es sólo cuestión de supervivencia de un modelo de vida, lo es de la especie. En el diccionario abierto del español, puaf es una interjección que denota asco, desagrado.
Pedro Luis Angosto
Desde hace unas décadas los sectores más reaccionarios y fascistas de
Estados Unidos idearon una palabra para identificar en ella todos los males que
perjudican sus intereses y, por tanto, contravienen los del planeta, es decir
los de toda la humanidad, dado que ellos, la minoría de nuevos millonarios
tecnológicos, son el único motivo por el que merece la pena vivir, incluso
morir. De entre los mayores difusores y defensores del movimiento antiwoke
destacan Mark Zuckerberg, dueño de Meta, y Elon Musk, dueño de todo aquello que
le ha cedido la NASA y la Administración yanqui sin la menor contrapartida. A
través de sus redes sociales, ambos ricachones miserables se han involucrado de
lleno en la batalla contra los valores democráticos, contra la justicia social
y a favor del supremacismo masculino y blanco, especialmente el del país que
preside su amigo Donald.
La difusión del nuevo pensamiento fascista, que en resumidas cuentas
pretende lo mismo que el viejo, no se podía hacer mediante argumentos complejos
que hicieran pensar demasiado a la futura clientela, había que simplificar como
ya supo hacer Goebbels, mensajes cortos, contundentes y repetidos hasta la
saciedad, hasta llegar a las mentes más cortas y arruinadas, hasta envolverlas
y crear una tela de araña de la cual no se podría salir salvo por hechos
devastadores. Los maestros de Trump y las redes sociales amigas decidieron que
clasificar todo lo que ellos odiaban dentro de la palabra woke, de manera que
no hubiese que estar enumerando una a una las cuestiones que les causaban
repulsión y urticaria contumaz. Decir que algo es woke es tanto como calificarlo
de comunista, radical, igualitarista o antiamericano, de tal manera que
construir un sistema de seguridad social en Estados Unidos -del que sigue
careciendo en 2026 pese a ser el país más rico del mundo-, crear hogares para
los viejos sin casa o para los jóvenes que la buscan, una red de transporte
público decente o un impuesto de la renta en el que paguen más quienes más
tienen no sólo es pecado mortal, sino que además merece el anatema y el castigo
más severo para que el ejemplo no crezca entre las generaciones tiernas, que
han de ser el sustento de la nueva y fuerte nación americana fetén, sin
contaminaciones, sin condicionantes que aminoren de alguna manera la capacidad
de acumular riquezas de aquellos que carecen de escrúpulos y de alma pare
pensar que dicha acumulación supone el hambre y la necesidad de millones de
personas, cosa que evidentemente les importa un bledo.
Si no podemos crear un sistema de seguridad fuerte y eficaz, si no se puede
ayudar a quienes la vida no les ha sonreído y les ha dado duro, si a los viejos
hay que dejarlos pudrirse en un secadero, si no se puede buscar la igualdad
entre hombres y mujeres, si no se pueden construir viviendas dignas para todo
el que las necesite, si no se debe pagar lo justo a los trabajadores, si no es
legítimo buscar la justicia social porque todo eso son debilidades enfermizas
de los defensores de la cultura woke, entonces sólo nos queda la cultura Puaf,
que es la que defienden Trump, Zuckerberg, Musk, el presidente de la OTAN,
Putin, Netanyahu, Meloni y la derecha española, siempre interesada en dejar muy
claro para quien trabaja, a quien defiende y cual es su lugar en el mundo.
La cultura Puaf es la defendida por los peores habitantes del planeta, por
aquellos que niegan el cambio climático y proponen el regreso sin complejos a
las energías fósiles, a contaminar con total libertad, con empeño y deleite,
aunque reviente el mundo, mueran todas las especies y el ser humano quede
reducido a ejemplares sueltos refugiados en ciudades subterráneas. Es igual que
los ríos dejen de tener vida, incluso que carezcan de agua, da lo mismo que los
árboles desaparezcan, enfermen o queden como reliquias en los jardines
botánicos, es indiferente que sólo las ratas, las moscas y los humanos seamos
los únicos seres vivos de la Tierra, no importa nada porque aquí se trata de
aplicar los principios del neodarwinismo a las personas, es decir sólo subsistirán,
en un mundo superpoblado, los más cabrones, los más miserables, los más
hideputas, quedando extinguidos para siempre aquellos que muestren empatía
hacia los que sufren o padecen necesidad. Amar, preocuparse y ocuparse de los
demás, no ambicionar riquezas, desear que todos los seres humanos tenga lo
necesario para llevar una vida digna, proteger los mares y reservar espacios
protegidos a las especies en peligro de extinción, sustituir progresivamente y
de modo urgente las energías fósiles por otras no contaminantes, odiar la
guerra con toda el alma, son síntomas de debilidad, de personas que no tienen
el suficiente carácter para apretar el gatillo cuando hay que hacerlo sin
ponerte a considerar sus cualidades personales físicas y metafísicas. Es la debilidad
de lo woke lo que ha provocado la diversidad sexual que amenaza la subsistencia
de la especie al abrir un abanico aberrante de opciones sexuales y personales
que están llegando ya a la identidad de muchas personas con otras especies del
mundo animal. Lo woke debilita a la especie, la hace vulnerable y cada vez
menos resistente a los cambios y a la libertad.
Es por tanto la cultura Puaf, la que debe imponerse para fortalecer a los
que quedan, para librarnos de gastos superfluos como atender en hospitales a
gentes que deberían morir sin causar gastos inútiles e injustificados. Tampoco
es necesario que todos los niños vayan a las escuelas, puesto que desde los
tres o cuatro años ya se sabe si serán de provecho o carne de cañón. Otro gasto
inútil que eliminar. La guerra, por supuesto, es un instrumento purificador,
deja bien claro quién es el macho alfa dentro de la comunidad internacional,
quien marca las reglas del juego y qué tienen que hacer quienes quieran seguir
existiendo. Nada de bilateralidad y mucho menos de multilateralidad, el fuerte
no tiene por qué negociar con el débil, con el pequeño, con el insignificante o
con el inferior. Debe imponer su ley y el que quiera seguir existiendo,
aceptarla sin rechistar.
El mundo está cambiando, los dueños del dinero y de los instrumentos de
comunicación y poder, han decidido con quien están y qué defienden. Las
víctimas de la desigualdad, guiadas por la estrella errante de su red social
favorita y por la IA, tienen claro, por primera vez en la historia, que su
causa es la misma que la de los que la han auspiciado y la hacen cada año más
onerosa e insoportable. La cultura Puaf, pese a la repugnancia que provoca, es
la bandera que brilla en el horizonte. Hoy más que nunca tenemos que volver a
la pedagogía, a involucrarnos en política para, como decía Don Antonio, evitar
que otros la hagan por nosotros y contra nosotros. No es sólo cuestión de
supervivencia de un modelo de vida, lo es de la especie.
NUEVA TRIBUNA DdA, XXII/6276