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martes, 6 de octubre de 2026

UN MES DE SILVIO RODRÍGUEZ EN ESPAÑA, COMO UN REDUCTO DE PAZ Y HUMANIDAD

Ha sido su gira más larga -quizá la última- por España en diez años. Desde el 1 de septiembre hasta el 4 de octubre, Rodríguez pasó por Barcelona, Zaragoza, Bilbao (dos noches), Valencia, A Coruña, Sevilla (dos noches), Murcia y Madrid. Todos los días se llenaron. Teresa Troncal, una seguidora que acudió al recital de A Coruña, resume lo sentido: “Fue como estar en un reducto de paz y humanidad, a salvo de lo antipático que se ha vuelto el mundo”. Su despedida en Madrid fue multitudinaria. Lo hizo con una canción de su amigo Aute, Enemigo de la guerra y su reverso la medalla, a viva voz -todavía vigorosa- , en compañía únicamente de su pareja, la flautista Niurka González, y Malva, la hija de ambos, acompañando a las voces y al piano.

Carlos Marcos

Silvio Rodríguez se levanta de la silla y deja a un lado la guitarra. Es la única vez en un concierto que dura dos horas que va a interpretar una canción de pie. Los músicos se marchan. Solo se queda en el escenario la familia: su pareja, la flautista Niurka González, y la hija de ambos, Malva, de 23 años, acompañando a las voces y al piano. Una reunión íntima, casi como si coincidieran en la cocina de su casa.
La canción que interpretan no la firma el cubano. “Enemigo de la guerra y su reverso la medalla”, entona Silvio con esa voz inconfundible y aún vigorosa a sus 79 años. El público estalla en una ovación. Muchos no pueden contener las lágrimas; otro espectador grita: “¡Viva la revolución!”. La belleza, esa canción que compuso Luis Eduardo Aute contraponiendo la armonía humana a la barbarie, embaucó a un repleto Movistar Arena, en Madrid, el pasado domingo en el último de los 10 conciertos que el legendario músico ofreció en España.
Ha sido su gira más larga por España en 10 años. Desde el 1 de septiembre y hasta el 4 de octubre, Rodríguez pasó por Barcelona, Zaragoza, Bilbao (dos noches), Valencia, A Coruña, Sevilla (dos noches), Murcia y Madrid. Todos los días se llenaron. Teresa Troncal, una seguidora que acudió al recital de A Coruña, resume lo sentido: “Fue como estar en un reducto de paz y humanidad, a salvo de lo antipático que se ha vuelto el mundo”.
Días antes del concierto de Madrid, en conversación con EL PAÍS, Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba) explica por qué eligió La belleza: “Eduardo, además de compañero de oficio, era y sigue siendo para mí un hermano. Su familia es mi familia. Por eso hacemos La belleza a nivel familiar. Es una canción hermosísima, entre las muchas bellezas que compuso. Pude haber escogido otra, aunque me pareció que esta le hubiera gustado especialmente”. Aute (fallecido en 2020) y Rodríguez compartieron amistad, confidencias, temores y un disco en directo histórico donde se entrelazaron sus universos musicales y poéticos, Mano a mano (1993).
Media hora antes de la cita madrileña, Silvio Rodríguez llegaba a Movistar Arena acompañado de su esposa y su hija. Paso tranquilo, un “buenas tardes” al personal del recinto, y una cámara de fotos en la mano. Luego, dejaría su Canon R8 reposando en una mesa con sus cosas de escenario, como un vaso con un brebaje para oxigenar la voz. “Silvio es un gran fotógrafo y le gusta, al acabar el concierto, tirar algunas fotos del público y de los músicos. Pero esta vez se le olvidó, sin duda por toda la emoción de la noche”, relata Daniel Mordzinski, ilustre fotógrafo argentino que ha acompañado al músico en la decena de fechas españolas.
Los músicos de la banda calientan musculatura en el camerino con unos ligeros movimientos de brazos. El espigado Pedro Pastor, que ejerce de telonero, recibe en el camerino la visita de sus padres, los también músicos Luis Pastor y Lourdes Guerra. “Es tremendo, porque las letras de Silvio están hoy casi más vigentes que en los setenta. El mundo se va al carajo y él lo lleva contando desde hace mucho tiempo”, cuenta Pastor, de 32 años.
En las antípodas de moralismos y de mensajes panfletarios, Rodríguez dejó cada noche que la poesía hablara con un repertorio de alto contenido emocional y simbólico. En Ala de colibrí apostó por la solidaridad y la ternura contra la brutalidad del mundo (“Hoy me propongo fundar un partido de sueños”), en Eva cantó a la emancipación femenina, transformando el relato bíblico (“Eva no quiere ser para Adán… Eva deja de ser costilla”), en Venga la esperanza incitó a seguir la lucha a pesar del peso del desánimo (“Venga la esperanza, venga sola a mí. / Lárguese la escarcha, vuele el colibrí. / Hínchese la vela, ruja el motor. / Que sin esperanza ¿dónde va el amor?”).
Leyó extractos de poemas de José Martí, y también Halt! (Alto), de Luis Rogelio Nogueras (“el mejor poeta de mi generación”, dijo), un poema sobre la memoria del horror y la contradicción de que los herederos de las víctimas del Holocausto terminen reproduciendo la violencia que padecieron, en alusión al genocidio israelí en Palestina. Después de la lectura del poema y justo antes de la interpretación de la perturbadora La era está pariendo un corazón, la hija de Rodríguez, Malva, se acercó a la silla donde cantaba su padre y le colocó cuidadosamente un pañuelo palestino, la kufiya, en uno de los momentos más conmovedores de la noche. Si durante todo el concierto el público siguió las interpretaciones cantando en bajito para que se escuchara la voz vibrante de Rodríguez, cuando llegó Ojalá la euforia se desató, la gente mandó a paseo la compostura y el pabellón fue un solo grito: “Ojalá, por lo menos, que me lleve la muerte para no verte tanto, para no verte siempre”. Entre el coro de 12.000 personas que llenaron el recinto en Madrid se sumaron los músicos Manuel Carrasco, Pedro Guerra, Ismael Serrano, Alejo Stivel, Juan Aguirre (Amaral) o el escritor Juan Gabriel Vásquez, que disfrutaban desde las sillas de la pista.
El músico se presentó con unos grandes cascos encima de una gorra en la que se leía “Aprendiz”, palabra que resume su filosofía de vida: después de tantos años de oficio, nunca pierde la curiosidad por descubrir cosas, por afrontar el arte desde la humildad del que comienza. Sobre los llamativos auriculares argumentó a este periódico: “Hace años usaba esos in ears que utiliza todo el mundo [pequeños y que se introducen en el oído], pero me pasó que al terminar un concierto y ponerme de pie perdí totalmente el equilibrio. Cuando me examinó el otorrino, tenía afectado el oído interno, por los volúmenes. Entonces decidí usar esos cascos, que son abiertos. Así he podido resolver mi caso, aunque se me escapan algunas cosas que dice el público”.
Esta gira ha permitido a Rodríguez pasar un mes en España, tiempo en el que ha coincidido con diversas realidades que ocurrían en el país, como los conciertos de Shakira en la capital, las diabluras de Lamine Yamal en los partidos de la selección española o la acampada de la Puerta del Sol reclamando medidas urgentes al problema de la vivienda. Este último tema suscitó su mayor atención. “La acampada de Sol me produce esperanza y me da valor”, señala. “El mundo parece estar sumiéndose en una edad oscura. Como si el señor de Mordor lo estuviera invadiendo con su corte de orcos. Que ocurran eventos por la justicia, inspirados en la piedad y la solidaridad, como el de la Puerta del Sol, es estimulante; mucho más para los que, por ley natural, estamos en retirada y alguna vez pudimos ver que el mejoramiento humano es posible”.
Precisamente en la letra de La belleza, Aute proclama que los “mercaderes… más que náusea, dan tristeza”. Preguntamos a Silvio si eso mismo le producen políticos como Trump, Milei o Bolsonaro. “Me provocan lo adverso, que puede reaparecer de distintas maneras, y eso fue lo que me inspiró la canción Sueño con serpientes, que dice: ‘La mato y aparece una mayor / con mucho más infierno en digestión”. Esa canción la interpretó en una gira que ha reunido a un público no solo veterano. “Los conciertos han sido cálidos, sin excepción, y no me refiero a la temperatura de España que, por razones ambientales, coincide”, explica el músico. “Siempre me sorprende que haya jóvenes; algunos se acercan y cuentan que me escuchan desde niños; otros llegan con sus padres y me queda claro. Hace 49 años que vine a España por primera vez y ya entonces rondaba por aquí mi primer disco. Es estimulante saber que algunos te recuerdan y es sorprendente que incluso algunos de sus hijos nos conocen”.
A la salida del concierto de Madrid, un padre y su hijo esperaban la llegada del vagón del metro para regresar a casa. El joven lucía una camiseta de Robe Iniesta. “Yo le aficioné a Silvio Rodríguez y él me metió en el mundo de Extremoduro”. El veinteañero asiente con la cabeza.

EL PAIS DdA, XXII/6488

UN CRÍTICO AL QUE "LA BOLA NEGRA" SE LE HIZO BOLA

Aunque para crítica de cine el texto sea quizá demasiado largo, por extenderse mucho en detalles, me inclino a pensar como el autor cuando dice escribir  en Diario Red lo que sigue con la sensación de estar adentrándose en el terreno de la apostasía, de la herejía. La bola negra es un fenómeno de masas y de marketing tan bien armado del que, en su estreno, en RTVE, que no participa en la película (financiada por Netflix, Movistar Plus+ y el Grupo Planeta, nada menos) dijeron en un telediario que los espectadores “ya se emocionan en los cines". En su crítica, Iván Reguera, un buen analista cinematográfico, dice haberse sorprendido e indignado por lo humanizado que resulta un soldado de la España fascista y lo poco política que le parece la película, más centrada mostrar los abdominales de bellos militares y el amor entre dos hombres que luchan en bandos tan antagónicos como el republicano y el golpista, que como sabemos comportó una brutal represión contra los homosexuales. Eso sí,  la peli de Los Javis  se ha convertido, gracias al clamor propagandístico que se le ha dado en casi todos los medios, en un filme de obligado visionado y obligado deleite, con trece millones trece invertidos en la producción y Reguera como crítico independiente no asociado al mercado al que La bola negra se le hizo bola por considerarla tan ambiciosa como fallida, según tituló. También pretenciosa.


Iván Reguera

Como era de esperar, La bola negra se ha convertido en un filme de obligado visionado y obligado deleite. Ha arrasado en los cines convirtiéndose en el noveno mejor estreno español de la historia y el segundo mejor de la década, solo por detrás de la pésima Torrente Presidente. En su primer día de estreno ingresó 1,3 millones de euros y en su jornada inaugural aglutinó a 175.000 espectadores en 414 salas.

La idea de la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como Los Javis, es buena: fantasear con una obra inacabada de Lorca y usarla para juntar a tres generaciones de jóvenes homosexuales. En 1936, poco antes de su asesinato, Lorca comenzó a escribir una obra titulada La bola negra, pero solo dejó escritas cuatro páginas. Los Javis, además, decidieron adaptar La piedra oscura, de Alberto Conejero. Estrenada en 2013, la obra teatral transcurre en la habitación de un hospital militar en la que el joven soldado Sebastián custodia a Rafael, militar inspirado en Rafael Rodríguez Rapún, amante de Lorca.  
Con tan intelectuales mimbres, Calvo y Ambrossi se han estrenado en el cine de pedigrí, en el de los premios académicos y los festivales. Y lo han hecho por todo lo alto: Premio a la Mejor Dirección en Cannes (veinte minutos de ovación, cómo quedarían esas enrojecidas palmas) y Premio del Público en Toronto y en San Sebastián, festival en el que La bola negra arrasó con una puntuación histórica de 9,40 por parte de los espectadores del certamen. 
Esta nueva condición de cineastas de festival fetén y encumbramiento académico y mediático choca con la trayectoria de Los Javis, que se estrenaron en el cine con La llamada, una ordinaria comedia y peor musical. Continuaron con la muy divertida serie Paquita Salas, su mejor trabajo, con Veneno, ficción televisiva que blanqueaba la telebasura de infectos mercaderes como Pepe Navarro, y La Mesías, serie tan ambiciosa y pretenciosa como la película que nos ocupa.
Volvamos a La bola negra. Magníficamente producida (nada sorprendente con sus 15 millones de euros aproximados de presupuesto), lo peor es su guion. Sus tres historias, inspiradas en la muy sobrevalorada Las horas, de Stephen Daldry (allí vertebraba el relato Virginia Woolf, aquí Lorca), y ambientadas antes de la Guerra Civil, durante el conflicto y en la actualidad, resultan lentísimas. El filme, que también recuerda a Soldados de Salamina, tarda una eternidad en presentar a sus personajes y sus diálogos son pesados y redundantes, da la sensación de que a La bola negra le ha faltado una buena poda en la sala de montaje porque se hace larga, sobre todo durante su primera hora. Y si a eso le unimos que la dicción de la mayoría de sus actores deja mucho que desear, los espectadores tenemos un suplicio extra. Hasta Glenn Close, que interpreta a una hispanista, habla mejor castellano que algunos actores.      
 
El segmento más pesado de los tres es el protagonizado por el Rafael Rodríguez Rapún, amante de Lorca, y Sebastián, interpretado de manera muy pobre por el cantante Guitarricadelafuente. El enamoramiento del trompeta con el soldado es tan plano como lento y cuenta con un momento (cuando apalizan a Rafael y Sebastián se esconde en un baño para tocar con amargura su trompeta) francamente bochornoso. La escena es un obvio homenaje a La conversación de Coppola y también es la escena más forzada de toda la película.  
Y hablando de Coppola, llama mucho la atención que Los Javis expongan de forma tan evidente e insistente sus referentes cinematográficos (por supuesto cine de culto, intelectual). Coppola, Fassbinder, Trakovsky, Angelopoulos, Pawlikowski, Klimov, Jarman… Da la sensación de que Los Javis tienen cierto complejo de ser populares en las revistas de cotilleos y en la telebasura y para ser aceptados en la oficialidad cultural no dejan de demostrar que han visto mucho cine “serio”. Son como ese Almodóvar que en sus películas muestra en plano detalle los libros “importantes” que lee.
Hay que reconocer que la jugada les ha salido perfecta. “Un fresco imponente, apabullante y arrebatador” para El Periódico, “Emotiva y significativa por su defensa de la identidad, de la memoria y de la libertad” para La SER, “Contiene un alto grado de sentimiento lorquiano” para el ABC, “Las imágenes que crean Ambrossi y Calvo son icónicas e indelebles” para El Confidencial... 
El mayor ejemplo de la artificiosidad y la pretenciosidad de La bola negra es una estructura fragmentada, en saltos temporales. Aunque hay grandes excepciones, como El padrino II o Pulp Fiction, los constantes saltos temporales en una película suelen esconder lo poco seductor de sus segmentos, en este caso la homofobia que sufre un joven que pretende ser aceptado en la alta sociedad, la seducción entre un preso y el soldado que lo vigila y la revelación de un historiador gay que se lleva muy mal con su madre, sin duda el peor segmento de todos por lo antipáticos que son sus protagonistas.   
 También llama la atención la gratuidad de ciertas partes que más que cine parecen publicidad, como esos sexuados marineros sacados de un anuncio de Jean Paul Gaultier (¿marineros en Granada?) o la innecesaria exhibición de desnudos de jóvenes del bando fascista (verán en esta película pocos soldados feos u obesos), algunos con espectaculares fuegos artificiales de fondo.
 Y en contraste con este preciosismo publicitario, Los Javis muestran también un tremendo mal gusto que ellos, supongo, confunden con provocación. Me refiero a innecesarias escenas como la del historiador practicando sexo con un desconocido o la de su madre, una olvidable Lola Dueñas, orinando en mitad de un campo. Hay quien llamará a esto provocación (en 2026, figúrense), pero yo lo llamo baratez.  Pero quizás lo que más llama la atención de La bola negra es su ausencia de humor cuando estamos hablando de los creadores de Paquita Salas. Ausencia de humor o humor fallido, como en la citada escena de Dueñas meando. En este sentido, una de las partes más deslucidas de la película, y que lastra el metraje hasta el agotamiento, es la protagonizada por Penélope Cruz, nada creíble como una cabaretera.   
 La bola negra se va cerrando con la didáctica aparición de Glen Close como una hispanista que subraya la importancia de Lorca como gay, pero no como el antifascista que, sobre todo, era. Lógico en una película que tiene como enamorado protagonista, el joven de la trompeta, a un soldado del bando sublevado. Sorprende e indigna lo que humaniza a un soldado de la España fascista y lo poco política que es La bola negra, más centrada el mostrar los abdominales de bellos militares y el amor entre dos hombres que luchas en bandos tan antagónicos como el republicano y el golpista, el que trajo una brutal represión contra los homosexuales.    
 Como remate, las “poéticas” y surrealistas escenas en la nieve y la aparición de Lorca (con pluma y muy dado a soltar sentencias en público, un puro cliché) en un churrero blanco y negro. Da igual, La bola negra está arrasando y va a seguir arrasando, como lo hizo en su día el cine de Almodóvar, productor de este fallido pero rentable artefacto que ha sabido vender que su mirada es una mirada queer. Pero no cuela, la opción sexual de sus protagonistas no hace una película mejor que otra, lo que hace mejores o peores las películas son sus guiones y el guion de La bola negra no es bueno.  
Usando la historia del amante de Lorca, Los Javis han querido hacer un homenaje a los homosexuales que fueron obligados a vivir sus amores en silencio durante décadas. Por desgracia, ese homenaje, plagado de diálogos eternos, secuencias de puro relleno, metáforas de saldo (Sebastián sobre la estatua de San Sebastián) y homenajes cinéfilos de pasmosa obviedad (al Tarkovski de Stalker o al Coppola de La conversación en la citada escena del toque de trompeta) no funciona.  
 
Y seguro que sus intenciones eran buenas, pero al final en vez de contarnos una buena historia, han preferido adoctrinar y mostrar lo mucho que saben de cine. Y aburrir, porque La bola negra se podría haber contado en hora y media y no en ciento cincuenta y ocho eternos minutos.

DIARIO RED DdA, XXII/6488

jueves, 24 de septiembre de 2026

ZOHRAN MAMDANI REPARA EL FIASCO DE "LAS HORAS PERDIDAS" ANTE SÁNCHEZ



Lazarillo

Después de que nuestra televisión pública ofreciera la semana pasada un documental o algo así sobre Federico García Lorca que resultó ser una vulneración de la Ley de Memoria Democrática, una tergiversación de la personalidad política del poeta y dramaturgo andaluz,  de las causas de su ejecución y hasta una exaltación del golpismo, nos llega desde Nueva York el saludable mensaje de su alcalde citando a Federico y situándolo donde corresponde en la historia de nuestro país y en el lugar que ocupa como uno los poetas más importantes en lengua española. Lo hizo con ocasión de la visita del presidente del Gobierno español, al que le colaron en la televisión pública semejante subproducto documental. Citó Zohran Mamdani unos versos de Lorca, se refirió a su estancia en Nueva York, a la guerra española, a las atrocidades perpetradas por los sublevados, entre ellas el asesinato del poeta y dramaturgo, y a la necesidad de un mundo mejor, tal como era aspiración del autor de La canción del jinete, en pro de la justicia y la equidad. Los versos del poema de Federico que el alcalde de Nueva York recordó pertenecían a este poema: "Córdoba./ Lejana y sola./ Jaca negra, luna grande,/ y aceitunas en mi alforja./ Aunque sepa los caminos/ Yo nunca llegaré a Córdoba./ Por el llano, por el viento,/ jaca negra, luna roja./ La muerte me está mirando/ desde las torres de Córdoba./ ¡Ay que camino tan largo!/ ¡Ay mi jaca valerosa!/ ¡Ay que la muerte me espera/ antes de llegar a Córdoba!/ Córdoba./ Lejana y sola"

DdA, XXII/6475

miércoles, 23 de septiembre de 2026

ESCRIBIR Y CREAR: CLARÍN ADENTRO: EL RECÓNDITO TALLER DEL ESCRITOR

Jean-François Botrel, egregio hispanista francés, dedicó buena parte de su actividad investigadora a sopesar, medir y delimitar la obra de Clarín como si fuera la de un vasto continente, por lo que puede considerársele, con toda justicia, el mayor explorador de la obra clariniana o, al menos, el que ha llegado más lejos, el primero que ha alcanzado el Finisterre clariniano. Esa inmersión y cercanía permanente en la obra del autor de El gallo de Sócrates hace que Botrel también sea quien mejor ha analizado la compleja personalidad de Leopoldo Alas, quien más ha profundizado, Clarín adentro, en su tarea de escribir y crear.


Ricardo Labra

Leopoldo Alas, Clarín, es un escritor que todavía resulta paradójico para cualquiera que se adentre en su obra. Y es que, hasta fechas relativamente recientes, solía considerársele autor de dos novelas, especialmente de La Regenta, y de algunos cuentos; un escritor de obra exigua, acorde con su vida corta. Sin embargo, nada más alejado de la realidad que esa cómoda etiqueta pseudoacadémica con la que se despachaba al arrinconado Clarín no solo en los libros de texto, cuando se le citaba, sino también entre lectores y algún que otro crítico de los que se consideraban especializados en los autores del realismo español del siglo xix.

Por eso no deja de producir cierta perplejidad que la obra del hacedor de Guimarán resulte, para cualquiera que transite por sus páginas, un dédalo casi insondable. A su producción narrativa hay que añadir una ingente labor periodística y crítica, artículos, ensayos, cuentos, folletos, discursos, traducciones, cartas y textos de muy diversa naturaleza que desbordan ampliamente la imagen escolar del novelista de La Regenta.

Leopoldo Alas no dejó de escribir prácticamente un solo día de su vida; por eso su obra oculta, o menos transitada por los lectores, ocasiona una admirativa impotencia en todo aquel que se sumerja en sus páginas. Esa dimensión y vastedad de su obra quizá sea la principal causa de que todavía no exista una clara categorización de ella ni de su poliédrica personalidad intelectual.

Clarín fue novelista, cuentista, crítico, periodista, profesor, polemista y lector voraz; pero, sobre todo, fue un escritor que hizo de la escritura una forma permanente de intervención en su tiempo. Su obra no puede entenderse como una sucesión de piezas aisladas, sino como un vasto taller en el que literatura, crítica, pensamiento y periodismo se entreveran continuamente.

Jean-François Botrel, egregio hispanista francés, dedicó buena parte de su actividad investigadora a sopesar, medir y delimitar la obra de Clarín como si fuera la de un vasto continente, por lo que puede considerársele, con toda justicia, el mayor explorador de la obra clariniana o, al menos, el que ha llegado más lejos, el primero que ha alcanzado el Finisterre clariniano. Esa inmersión y cercanía permanente en la obra del autor de El gallo de Sócrates hace que Botrel también sea quien mejor ha analizado la compleja personalidad de Leopoldo Alas, quien más ha profundizado, Clarín adentro, en su tarea de escribir y crear.

Botrel es el agrimensor de la obra del hacedor de Guimarán, al que todos acudimos cuando tratamos de descomponer en cifras el palimpsesto clariniano. En el prólogo de su libro Escribir y crear: Clarín adentro, ya nos da unas precisas coordenadas de la obra clariniana, de su incesante creación y escritura:

«[…] son prueba “los miles de versos y versos de su niñez”, las docenas de obras dramáticas o líricas no todas “herméticamente quemadas” o los cincuenta y pico números de Juan Ruiz, el periodiquito de su adolescencia, los poco menos que noventa artículos al año que produjo de 1875 a 1901, con puntas de más de ciento cincuenta, sus dos novelas publicadas en vida (La Regenta y Su único hijo) y sus ciento y cuarenta y pico cuentos, sus Folletos literarios, sus múltiples ensayos y/o discursos, sus traducciones, etc., equivalentes a más de 37 millones de letras de molde, en total».

Pero Botrel no se limita a realizar una cuantificación estadística de la obra de Clarín, sino que su prospección llega hasta los últimos resortes creativos del hacedor de Guimarán, como demuestra en sus investigaciones, por lo que su desglose cuantitativo no deja de ser una consecuencia indirecta de su perspicaz indagación. Botrel es quizá el primer investigador que aborda la obra de Clarín desde una perspectiva global, como el gran intelectual europeo que emana de su obra, tanto narrativa —novelas, cuentos—, periodística —Paliques, crítica literaria— como de su obra fáctica —cartas, conferencias— e incluso no nata, como Bárbara. El redentor, Papa o Dios, o de la que solo quedan principios o fragmentos, como sucede con su proyecto más antiguo, Juanito Reseco. Ello hace que su acercamiento al autor de La Regenta y de Pipá nos muestre al escritor total, evitando las sinécdoques investigadoras con las que se suele abordar la obra de Clarín, unas veces como autor de La Regenta y otras, como cuentista, como periodista y crítico literario, como si cada una de estas facetas literarias fuese una unidad separada, pero capaz de explicar en sí misma el conjunto de la obra clariniana. En este caso, las partes no son el todo, sino que configuran o prefiguran un todo que todavía no ha llegado a concretarse, ya que Clarín, como desvelan las investigaciones de Botrel, no se acomoda a las reduccionistas etiquetas con las que la historiografía suele sistematizarlo.

Gracias a esta dedicación investigadora, Botrel no solo ha podido rescatar algunos manuscritos perdidos, sino también exhumar algunos de sus primeros cuentos, como «Estilicón» y «Post Prandium (Cuento trascendental)»; y, sobre todo, conocer y estudiar cómo componía y escribía Clarín, no solo sus obras de ficción, sino su inmensa producción fáctica, así como aquella en la que la realidad y la ficción se entreveran.

Botrel es quien mejor ha estudiado cómo creaba y escribía el hacedor de Guimarán. Casi podría decirse, sin forzar demasiado la imaginación, que estuvo sentado al lado de Clarín viendo cómo componía sus obras, ya que son muchas las horas que Botrel ha pasado observando detenidamente, a través de su lupa filológica, cómo escribía Clarín, para analizar, como un entomólogo, su proceso de creación.

Botrel llega a demostrar, siguiendo las cuatro fases señaladas por Pierre-Marc de Biasi, que Clarín trabajaba prácticamente sin «antetextos», lo que quiere decir que escribía directamente sin quedarse, salvo contadísimas excepciones, con el manuscrito:

«La escritura es, pues, una proyección urgente, inmediata o mínimamente mediatizada, en la forma impresa: periódico o libro, con o sin corrección de pruebas de imprenta, y nadie puede razonablemente imaginar que, para La Regenta o Su único hijo, se encuentre algo parecido a los 75 “cahiers de brouillon” y cuatro “carnets de note” que acompañaron y sirvieron a la génesis de À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust».

Clarín, más que autor de mapa o de brújula, siguiendo la distinción que hizo célebre Javier Marías, es un autor que no confecciona su obra por escrito, que confía a su memoria la reconstrucción mental, en ocasiones durante años, de la trama general de sus obras. No obstante, cuando las vierte directamente en el papel, generalmente cuando ya las tiene comprometidas a un editor o impresor, se deja llevar en ocasiones por los meandros de la escritura —como evidencian los dos volúmenes de la primera edición de La Regenta—, por lo que las correcciones y modificaciones las realiza habitualmente en las pruebas previas a la impresión definitiva: «Las primeras pruebas las considera Clarín como una especie de copia impresa pasada en limpio de su original, lugar imprescindible para establecer un diálogo con su propio texto».

Clarín, como indica Botrel, fue un escritor poco valorado por sus coetáneos, que lo consideraban sobre todo un crítico literario pro causa eorum. En esta dolorosa postergación como escritor tal vez se encuentre, como compensación, su enfermiza propensión a convertir cualquiera de sus textos en dinero y, aunque en menor cuantía, también sus obras de creación literaria. Esta justificación compensadora de su frustrada actividad literaria estaba solapada bajo el interés mayor que Clarín proclamaba a los cuatro vientos: el de defender los garbanzos de sus hijos.

Además de las razones literarias esgrimidas, Clarín también defendía su condición de intelectual y, por lo tanto, su visión del mundo y su independencia crítica, que lo llevó a ejercer, para imponer su criterio, una deliberada combatividad como táctica y, como señala Botrel, «acaso también como manera de ser, que en algún momento pudo ser percibida como agresividad».

Pero Botrel llega a realizar la descripción más perturbadora de Clarín al ir más allá de los tópicos y los lugares comunes que sobre el autor se han venido repitiendo a lo largo del tiempo, algunos incluso para perfilarle una especie de leyenda negra:

«Podríamos preguntarnos si el seudónimo Clarín no llega a ser un verdadero heterónimo, sintomático del perpetuo desdoblamiento entre el escritor público, seguro y dominador hasta en el desprecio, y el hombre, humanamente frágil e hipersensible que, en momentos de crisis, no puede sostener el personaje social detrás del cual se refugia y tiene que crear otros personajes literarios como catarsis para sus continuas tensiones y búsquedas de solución para sus profundos desequilibrios».

Botrel reúne en Escribir y crear: Clarín adentro ocho trabajos sobre el hacedor de Guimarán, que adquieren otro significado al conformar, en su connotación, un libro nuevo, que muestra en su crudeza los interiores ahumados de Clarín y también la inagotable fuente de donde emana su deslumbrante creatividad.

Botrel nos muestra en este libro el taller de Clarín, un espacio recóndito y casi secreto, en el que podemos sentir, en su quehacer creativo, al hacedor de Guimarán. Llave que generosamente ofrece al lector el mayor agrimensor de su obra. Gracias al libro de Jean-François Botrel, lo sabemos (o lo recordamos) todo en lo que atañe a la manera de escribir de Clarín.

EL CUADERNO  DdA, XXII/6474


miércoles, 16 de septiembre de 2026

PATRICIO GUZMÁN MURIÓ EN PARÍS, LEJOS DE SU CHILE

 Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotos, dijo Guzmán, que contribuyó decisivamente a hacer memoria histórica.


Abbas Fahdel

Casi me encontré con él en Japón, en 2015. Su película, El botón de nácar, la mía, Homeland: Iraq Year Zero, así como Cavalo Dinheiro de Pedro Costa, fueron galardonadas en el Festival Internacional de Documental de Yamagata. Patricio estaba supuesto a estar presente, pero finalmente no pudo hacer el viaje.
Pedro Costa estaba allí. Al día siguiente, tomamos el tren bala a Tokio juntos. Guardo la memoria de este viaje con Pedro, y hoy, con la muerte de Patricio, reflexiono sobre esta reunión que nunca tuvo lugar.
Patricio Guzmán fue uno de esos rara cineastas por quienes la filmación nunca era simplemente hacer una película. Para él, la filmación era una lucha contra la erradicación, preservando lo que el poder quería ver desaparecer, dando forma a lo que la historia a veces intenta borrar.
Con La batalla de Chile, filmó desde el interior los últimos meses del gobierno de Salvador Allende, las esperanzas, las debatas, las movilizaciones y la profunda relación entre un pueblo y su pasado.
Con La batalla de Chile, grabó desde el interior los últimos meses del gobierno de Salvador Allende, las esperanzas, las debatas, las movilizaciones, y luego el brutal golpe de Estado de 1973.
No solo grabó un evento histórico. Salvó las imágenes de un mundo que estaba a punto de ser destruido.
Detenido después del golpe de Estado y encarcelado en el Estadio Nacional en Santiago, luego tuvo que abandonar su país. Las imágenes de La batalla de Chile también tuvieron que ser publicadas secretamente en Chile. Se han convertido en uno de los grandes testimonios de cine documental y político del siglo XX.
Pero Guzmán nunca fue prisionero de 1973. Quizás esa es la gran grandeza de su obra. Nunca simplemente repitió el pasado. Gradualmente inventó una forma de cine en la que la Historia, la geología, los paisajes, el íntimo y las huellas de los desaparecidos parecen pertenecer a la misma cosa.
En la nostalgia por la Luz, el desierto de Atacama se convierte tanto en una estrella de observación como en un lugar donde las mujeres todavía buscan los restos de sus seres queridos.
En "The Ivory Button", el agua conecta la historia de los pueblos indígenas con la de las víctimas de la dictadura. En "The Cordillera de los Sueños", la rama de los Andes se convierte, a su vez, en un tipo de archivo silencioso del país. En Guzmán, los paisajes nunca son solo escenario. Se convierten en testigos. Entendió que el pasado no solo se encuentra en los archivos. También está inscrito en lugares, objetos, cuerpos, silencios y rostros. Su cine era profundamente político, pero nunca se redujo a un discurso político. Había una dimensión poética en él que permitía que la Historia emergiera de una manera diferente. Su cámara buscaba menos explicar el mundo que hacer visible lo que queda después de los disturbios. Nos mostró que un cineasta puede dedicar toda una vida a regresar a una herida sin reducirla nunca a un simple tema. Podía transformar la Historia en cine, la testimonio en poesía y la ausencia en presencia.
Durante más de medio siglo, construyó una obra contra la amnesia. Su Chile era el de la toma de poder, la dictadura y el exilio, pero también el de la resistencia, la investigación y el deseo de entender. Película tras película, él regresa a ella como uno regresa a una casa que se ha perdido. Hoy, Patricio ya no está allí. Pero nos deja una obra que continuará acompañándonos: imágenes que miran al mundo, cuestionan el poder, dan un lugar a los ausentes y nos obligan a no desviar la mirada.

DdA, XXII/6466

jueves, 3 de septiembre de 2026

CONCIERTO DE SILVIO RODRÍGUEZ: NUNCA EN EL LICEU SE ESCUCHÓ ¡VIVA FIDEL, VIVA CUBA LIBRE!

Antes de leer esta estupenda crónica del recital con el que el cantante cubano Silvio Rodríguez inauguró en Barcelona la que posiblemente pueda ser su última gira por España, me sorprendió no ver en Google reseña alguna del evento en el diario El País. El concierto tuvo lugar en el Liceu de Barcelona con el aforo a rebosar de público, según se advierte en la imagen. De las dos crónicas que puedo leer esta mañana en los diarios, en Público y La Vanguardia, destaco esta última, firmada por Sergio Lozano, en la que este subraya -como no cabe menos por su carácter noticioso en un ámbito escénico como el del teatro catalán- los gritos de "viva Fidel, viva Cuba Libre", nunca antes escuchados allí, y que además fueron respondidos con aplausos por el público asistente. Lozano, el redactor de La Vanguardia, termina su crónica así: "Antes de recibir un largo y sonoro aplauso final, Ojalá y Por quien merece amor, ya en el bis, sonaron a fiesta entre amigos que por fin se atrevieron a alzar la voz para concluir el ruego laico que antes había lanzado con Venga la esperanza y su plegaria: “Lárguese la escarcha, vuele el colibrí”, y con él, que vuelen las verdades que anoche sonaron con la voz del viejo trovador.


Sergio Lozano

Silvio Rodríguez se dejó en casa el kaláshnikov para aparecer anoche en el teatro del Liceu, primera etapa de su gira peninsular. El cantautor, que el pasado marzo recibió el arma que había reclamado para defender a Cuba de Estados Unidos –una imitación sin poder de fuego, en realidad– prefirió subir al escenario con la máquina de matar fascistas, como llamaba Woody Guthrie a su guitarra.

Probablemente nunca antes se habían escuchado en el Liceu gritos de “viva Fidel, viva Cuba Libre”, que alguien lanzó desde el segundo piso y fueron respondidos con aplausos por el público antes de que Joan Isaac y Sílvia Comes celebraran una pequeña previa con versiones del músico cubano que incluyó Cua de núvol, Et dono una cançó, y Oli d’una dona amb barret. 

El protagonista hizo su aparición luciendo una gorra donde se leía “aprendiz” en la frente, aunque anoche fue maestro a la hora de expresar lo que siente y desea para su maltrecho país y para el mundo. Aquel “cúmulo de verdades esenciales que caben bajo el ala de un colibrí” como escribió José Martí en el ensayo Maestros ambulantes, del que leyó un fragmento al poco de comenzar para seguir con Ala de colibrí.

“Hoy me propongo fundar un partido de sueños” entonó el viejo músico como carta de presentación, reflejo de un espíritu libre y sólido al mismo tiempo, defensor de los ideales comunistas de la revolución, pero crítico al tiempo con ella. O como dijo Martí al poco de comenzar la velada: “Se necesita ser bueno para ser feliz” pero también “se necesita ser próspero para ser bueno”. 

Candidez en la voz -entera a sus 79 años- y terciopelo en las guitarras se mezclaron anoche con la entrega de los asistentes, afiliados todos a la poesía de Rodríguez, donde no se sabe cuándo termina el amor y dónde comienza la reivindicación. La excepción fue un grupo de seis manifestantes que a la puerta de teatro, y rodeados por un cordón policial que les doblaba en número, exhibieron pancartas y lanzaron proclamas contra el castrismo entre la curiosidad de los turistas y el rechazo del público que hacía cola. Los asistentes, tildados de “charos” y “perroflautas” por el pequeño grupo, reaccionaron entre la indiferencia, algunos puños al aire y otras tantas peinetas, que no dejan de ser un puño con el índice alzado.

No llegó el ruido al interior del Liceu, atento a la Historia de las sillas, presto a corear en susurros, con vergüenza de novicio, Quién fuera o Pequeña serenata diurna, con esas letras que tanto pueden hablar de amor como de política, o de ambas cosas a la vez. No es de extrañar que tras los ritmos tropicales de Virgen de occidente -que formará parte de su próximo disco- cantara Viene la cosa, pieza de su último disco donde bromea con el término que en Cuba se utiliza para referirse a la política sin mencionarla. 

Acompañado por siete músicos con la omnipresente flauta a cargo de su esposa, Niurka González, y la hija de ambos, Malva, en las voces, Rodríguez no se movió de la silla durante toda la actuación, que navegó por arreglos suaves, añadidos de jazz y aromas del son cubano, sobresaliente en Escaramujo. Cantó aquella Eva que, liberada, “deja de ser costilla”, así como el recuerdo del Abel Santamaría que en Canción del elegido va “matando canallas con su cañón de futuro”. Y no se olvidó de EE.UU., destinatario que la salsera Me acosa el carapálida, ni del orgullo de ser El necio, con aire de jazz idóneo para un teatro.

Con la misma voluntad fue que el trovador, en lo más explícito de una noche donde también recordó a Pepe Mujica, se enfundó la kufiya (el pañuelo palestino blanco y negro) y leyó el poema Halt!, de Luis Rogelio Nogueras, quien, tras visitar Auschwitz reprochó al pueblo judío por cómo “olvidaron tan pronto el vaho del infierno”. Ató el lamento a La era está pariendo un corazón, y logró así un momento de máxima emoción. A solas con su guitarra interpretó ¿A dónde van?, y cantó La belleza de Aute con esa voz que en el reproche lleva también el perdón y arranca aplausos incluso con los silencios.

Antes de recibir un largo y sonoro aplauso final, Ojalá y Por quien merece amor, ya en el bis, sonaron a fiesta entre amigos que por fin se atrevieron a alzar la voz para concluir el ruego laico que antes había lanzado con Venga la esperanza y su plegaria: “Lárguese la escarcha, vuele el colibrí”, y con él, que vuelen las verdades que anoche sonaron con la voz del viejo trovador.

LA VANGUARDIA  DdA, XXII/6453

sábado, 29 de agosto de 2026

ES PARA LLORAR EL ROBO DE VILLENA, PERO TAMBIÉN PARA EXIGIR RESPONSABILIDADES


Félix Población

Sorprende un robo así al cabo de sólo dos años de que fuera trasladado, desde la cámara acorazada de un banco en 2024 al nuevo museo municipal de Villena (Alicante), uno de los conjuntos de orfebrería más valiosos de la Edad de Bronce (2200 a 750 a.C.) existentes en Europa. La nominación el pasado mes de junio de este museo municipal alicantino como European Museum of the Year debería dar a entender  que, tratándose de unos de los galardones museísticos más importantes de nuestro planeta, el centro contaba con los sistema de seguridad convenientes para garantizar que no ocurriera lo que acaba de suceder. Tal parece que, como leíamos en un diario esta mañana con motivo del robo del llamado Tesoro de Villena -denominación que nada dice acerca del gran valor de lo que posiblemente acabe siendo oro fundido si no se recuperase antes-, la difusión mediática internacional lograda con el mencionado galardón, alertase a los ladrones de su ubicación para perpetrar el robo que ha hecho llorar, con razón, al alcalde la localidad alicantina. Compromís ha reprochado al gobierno de la Generalitat valenciana el silencio con el que hasta ahora ha reaccionado ante tan lamentable episodio. Estamos ante la posibilidad de la pérdida de un patrimonio arqueológico inigualable, descubierto por José María Soler en 1963 y de cuyo fallecimiento se cumplieron hace dos días treinta años. Leo que el traslado realizado en 2024 tuvo por motivo garantizar la seguridad del Tesoro de Villena. Las piezas estuvieron primero, hasta 1966, en la propia vivienda de su descubridor, para pasar después al Ayuntamiento de Villena. Una vez clausurado el viejo edificio municipal en 2019, fueron depositadas en la caja fuerte de un banco de la ciudad. Estamos ante la probabilidad de que los delincuentes puedan fundir  sus piezas de oro antes de que la policía y la Guardia Civil puedan descubrir a los autores del robo. Nunca su habitual diligencia en resolver otro tipo de robos fue tan urgente como necesaria. La facilidad con la que el robo se hizo exige responsabilidades*.

*Habida cuenta el valor arqueológico de lo robado, un tesoro de los más importantes de Europa, ¿por qué no se decidió en su día que su sitio era el Museo Arqueológico Nacional?

DdA, XXII/6450