Enviar luz a la oscuridad de los corazones de los hombres, ese es el deber del músico. (Robert Schumann)
Félix Población
Con motivo de la huelga general del pasado día 5 en Francia, volvió a la Place de la République de París la Orchestre du Nouveau Monde, la misma que en ese mismo lugar participó en la masiva manifestación estudiantil que se celebró en aquella ciudad el pasado 17 de octubre y que sufrió la represión policial mientras el arte de sus acordes se solidarizaba con las protestas.
Le fue imposible entonces a su cofundador y director, Etienne Jarrier, mantener la resistencia mientras caían botes de humo al pie de los atriles. La orquesta, fundada hace cuatro años y comprometida con la justicia social y climática, viene celebrando conciertos en diversas salas y centros educativos, así como en las manifestaciones del 1 de mayo y otras concentraciones reivindicativas.
Según Jarrier, un joven de 25 años, tocar bajo los gases lacrimógenos no fue un acto de imprudencia sino el modo de defensa que quiso adoptar la orquesta: Vinimos a demostrar que la música puede resistir, así que ante el primer indicio de gases lacrimógenos, no podíamos rendirnos », sostuvo. Durante veinte minutos se mantuvieron los 400 músicos tocando y el joven director en su puesto, hasta que se les hizo imposible proseguir: Tuvimos que aceptar que nos enfrentábamos a la violencia policial, que teníamos que retroceder por esta vez, pero que volveríamos más fuertes ».
Es lo que ocurrió el pasado día 5, con 450 músicos, acaso por el ejemplo de resistencia dado frente a la violencia policial. Nuevas orquestas del nuevo mundo han surgido en las principales ciudades de Francia, hasta 22, con la posibilidad de que este movimiento, para el que no se precisan audiciones previas o pruebas de nivel, se extienda por todo el país. La esperanza no exige ningún requisito previo, entiende Jarrier, un joven que a los veinte años, con motivo del fallecimiento de su padre, y después de reunir a 40 músicos para rendir un homenaje a su progenitor, superó la tristeza de su circunstancia para darse cuenta del poder de la música colectiva: «Fue quizás uno de los momentos más profundamente tristes de mi vida. Y, sin embargo, cuando hicimos esa música juntos, todos nos sonreíamos ». Esta experiencia transformó su comprensión de la música clásica. «No se trata solo de belleza; puede tratarse de sanación, puede tratarse de conexión », explica.
Quizá por esto, mientras estos días -más a través de internet que de los medios, poco atentos a este fenómeno artístico- social-, observábamos una y otra vez las imágenes y los vídeos de las orquestas en medio de la multitud, entre canciones y banderas, algo nos llega también de esos efectos sanadores y conectivos.
Llama la atención, sin embargo, que de tan multitudinario movimiento popular de protestas que se vive desde hace semanas en el vecino país, en lugar de cientos de músicos siendo reprimidos por los gases lacrimógenos en la Place de la République, mientras interpretaban música clásica o canciones reivindicativas, sólo lleguen a los telediarios españoles imágenes de violencia y listas con el número de detenciones.
Ante las imágenes que ilustran este artículo, me quedo con la frase del casi centenario director de orquesta Herbert Blomdstet, fallecido hace algunos días: Se necesita luz en esta oscuridad. Y la música puede aportarla, mejor que cualquier otra forma de arte. Es lo que nos llega estos días de las plazas de Francia.
DdA, XXII/6617



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