Antonio Monterrubio
De todas las obras de Jean Genet, El Balcón es la que más directamente acusa a la Sociedad de haber entronizado el simulacro como sola realidad. Los tres primeros cuadros marcan la pauta. Contienen escenas acaecidas en el lupanar fetichista que da nombre a la pieza. Individuos del montón materializan sus fantasías a cambio de prestaciones económicas acordes al tamaño de su delirio.
Antonio Monterrubio
De todas las obras de Jean Genet, El Balcón es la que más directamente acusa a la Sociedad de haber entronizado el simulacro como sola realidad. Los tres primeros cuadros marcan la pauta. Contienen escenas acaecidas en el lupanar fetichista que da nombre a la pieza. Individuos del montón materializan sus fantasías a cambio de prestaciones económicas acordes al tamaño de su delirio.
Uno se hace pasar por obispo a fin de dar su absolución, con la pompa y ceremonia requeridas, a una joven feligresa que ha cometido algún pecadillo: «Seis, ¡pero capitales!». Como es costumbre entre los amantes de vicios privados, no quiere que nadie tenga conocimiento de sus turbias inclinaciones: «Y que cierren todas las puertas. Pero bien cerradas, atrancadas, abrochadas, atadas, grapadas, cosidas…». Esto recuerda, vaya usted a saber por qué, a quienes se afanan en machacar discos duros a martillazos o hacen desaparecer documentos comprometedores en la trituradora. Los virtuosos públicos tienen muchas cosas que esconder.
Otro cliente se empecina en llevar a buen puerto su rol de juez, al igual que tantos magistrados presuntamente reales, esforzándose en arrancar su confesión a una pupila de la casa. Alternadamente la pone en manos del verdugo para conseguir sacarle la verdad o se arrastra ante la delincuente. «Estoy dispuesto a lamerle los zapatos con mi propia lengua, pero dígame que es una ladrona». En tercer lugar, un alfeñique vestido de general sueña con una muerte heroica y sus correspondientes honras fúnebres.
Para estas «Tres Figuras fundamentales» Genet concibió un vestuario exagerado, aunque reconocible, y recomendó el uso de altos coturnos. Buscaba reforzar la sensación de apariencia, de fantasmagoría espectacular. Esos personajes venales son pura superficie, no tienen entidad, y tampoco la tienen los papeles que pretenden encarnar. Lo que se trasparenta en este sueño de un espejismo es que un obispo, un juez o un general socialmente admitidos como tales se limitan a interpretar; desempeñan las funciones automáticas que les ha impuesto un programador sin nombre. Los prohombres cuya supuesta realidad miman los usuarios del burdel no son más auténticos que ellos.
Pero Genet apunta más allá de los actores y su ridículo teatro de marionetas. La Religión establecida, la Ley positiva o el Heroísmo institucionalizado serían asimismo meras entelequias, fantasías sin carne, significantes sin sustancia, juguetes con la cuerda rota. Solo tienen existencia, si bien virtual, en calidad de instrumentos dedicados a combatir el pecado, el delito o el enemigo, entidades sobre cuya consistencia ontológica pueden albergarse serias dudas.
Se desata una revolución. Las autoridades han sido eliminadas de un modo u otro. Para defender el Orden establecido, el jefe de policía convence a los tres clientes de que ocupen sus lugares, acompañados de la madame disfrazada de reina. Los impostores cumplen a las mil maravillas dando el pego, de manera que la situación parece encauzada. El cuarto poder, personificado en los fotógrafos, da fe de que todo se desarrolla como Dios manda. Aquí asistimos a una escena harto simbólica, lamentablemente escamoteada en algunas versiones. El reportero gráfico «obliga al juez a sostener el monóculo [del general] sobre la lengua del obispo, como si se tratara de una hostia». Flash, magnífica instantánea de los indisolubles lazos que ligan aparatos ideológicos y coercitivos en su común tarea de embridar inteligencias y voluntades gracias al espectáculo. La ficción sustituye a la realidad y la anula. Cómo no pensar en esas estampitas piadosas de presidentas autonómicas ataviadas de Virgen de los Dolores, y dirigentes de ultracentro y extremadiestra poniendo miradas intensitas ante el espejo o el horizonte. Comedias de baratillo al gusto de un público que hace tiempo perdió el norte, los papeles y el do de su clarinete.
El Balcón deposita capas de apariencia una encima de otra. La insurrección que iba a derrocar ese régimen de superchería se revela tan artificial como él. El único personaje medianamente puro, el rebelde idealista Roger, acaba desencantado y perdido tras la muerte de su amada, convertida en símbolo y figura de la Revolución. «Al principio el pueblo luchaba contra tiranos ilustres e ilusorios, más tarde luchó por la libertad. Mañana luchará ya solo por Chantal». Nada es real, todo se esfuma, se desvanece en el aire. Por doquier señorea la ficción, exigiendo sumisión absoluta, dentro y fuera del teatro. Como afirma madame Irma mientras apaga las luces y da por terminada la función, «ahora ustedes deben volver a casa, donde todo –no lo duden– será aún más falso que aquí».
Si la Mentira triunfa, si el Simulacro impone su ley, es porque el respetable está compuesto también de actores. Cada uno se afana en interpretar su papel con escrupulosa obediencia al guion. Y no son pocos los que tienen encomendado el de muertos vivientes ideológicos. Ellos y su crecimiento vegetativo posibilitan el retorno de doctrinas opresoras y asesinas.
DdA, XXII/6504

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