miércoles, 28 de octubre de 2026

PARA LA LIBERTAD/ SANGRO, LUCHO, PERVIVO



Damián María Montes

Hay algo en la vida de Miguel Hernández que me conmueve profundamente. Un muchacho de Orihuela que cuidaba cabras y leía con una pasión desmedida se volvió un poeta que conoció el amor, la guerra, el hambre, la pérdida de un hijo y la cárcel. Una vida entera en apenas treinta y un años. Pero hay una escena a la que regreso siempre.
Miguel está preso. Josefina, su mujer, le escribe contándole que no tiene para comer. Se alimenta de pan y cebolla mientras amamanta a su hijo. Imagino a Miguel leyendo aquella carta, encerrado, con la terrible conciencia de que las personas que más ama están sufriendo y sus manos no pueden alcanzarlas.
De aquella impotencia nacieron las “Nanas de la cebolla”. Y hay algo absolutamente sobrecogedor en esos versos. En mitad del hambre y la desesperación, un padre le pide a su hijo que se ría:
“Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso”.
Siempre he pensado que este poema encierra una de las grandes verdades de la literatura: las palabras pueden llegar adonde nuestros brazos no alcanzan.
Todos hemos sentido alguna vez esa impotencia de amar a alguien y ser incapaces de aliviar su dolor. Porque el amor, por inmenso que sea, tiene límites. Y descubrirlo es una de las experiencias más desgarradoras de la vida.
Miguel Hernández conoció esos límites demasiado pronto. Su poesía nació de la tierra, del cuerpo, de la necesidad de vivir y de amar. Por eso sigue estremeciéndonos. Hay una humanidad tan desnuda en sus versos que cuesta leerlos sin sentir que hablan también de nosotros.
Murió a los treinta y un años. Me impresiona pensar en todos los poemas que se quedaron sin escribir, en los abrazos que nunca pudo dar, en la vida que le arrebataron.
Y pienso también en las palabras que consiguió dejarnos. Siguen aquí, casi un siglo después, atravesando nuestra propia historia.
“Para la libertad
sangro, lucho, pervivo”.

DdA, XXII/6607

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