La mentira tiene un nombre concreto y un rostro visible: el bloqueo. Mientras el enviado de Washington se empeñaba en negar lo innegable, el canciller cubano ponía sobre la mesa la cruda realidad de un “acto de guerra y de genocidio”. No es una hipérbole poética; es la constatación de un castigo colectivo que mata, que recrudece la crisis energética, que ahoga la economía y que pretende doblegar la voluntad de un pueblo entero. La defensa de la misión cubana en la ONU no es un mero ejercicio diplomático: es la denuncia de un crimen que la comunidad internacional conoce de sobra, pero que últimamente alguno que otro prefiere mirar hacia otro lado para no incomodar al imperio.
Raulito Torres/ desde La Habana
Cuba se respeta!!
No hay tribuna más alta que la que se erige con la verdad, ni voz más potente que la que se niega a ser silenciada. En el gran salón de la Asamblea General de la ONU, donde a menudo resuenan los ecos del cinismo imperial, la delegación cubana volvió a plantar cara. No se trataba de un debate retórico más, sino del reclamo de casi todo un mundo cansado de la prepotencia. Frente a las cortinas imaginarias que intentan ocultar la realidad, allí estuvo la voz de la Revolución, firme y digna, para desenmascarar la política de asfixia que Washington pretende disfrazar de democracia. Es el pulso eterno entre la dignidad de un pueblo pequeño en territorio y enorme en coraje, y el odio de una potencia que no tolera la existencia de un proyecto soberano.
El coraje no se mide en discursos protocolares, sino en la capacidad de interrumpir la mentira en su propia guarida. Bruno Rodríguez Parrilla, con la entereza de quien hereda la tradición de Céspedes y Martí, no se limitó a escuchar estoicamente las calumnias del representante estadounidense. Se irguió, avanzó hacia el estrado y, con la fuerza de la verdad, exigió que se llamara al orden a quien pretendía convertir el foro multilateral en un “chat de Signal” o en la Cámara de Representantes de su país. “Usted miente”, le espetó, señalando que su intervención estaba plagada de calumnias y distorsiones. Ese gesto, esa ruptura del formalismo cómplice, es la más pura expresión de la dignidad cubana: la negativa a aceptar que el poderoso imponga su relato sin resistencia.
La mentira tiene un nombre concreto y un rostro visible: el bloqueo. Mientras el enviado de Washington se empeñaba en negar lo innegable, el canciller cubano ponía sobre la mesa la cruda realidad de un “acto de guerra y de genocidio”. No es una hipérbole poética; es la constatación de un castigo colectivo que mata, que recrudece la crisis energética, que ahoga la economía y que pretende doblegar la voluntad de un pueblo entero. La defensa de la misión cubana en la ONU no es un mero ejercicio diplomático: es la denuncia de un crimen que la comunidad internacional conoce de sobra, pero que últimamente alguno que otro prefiere mirar hacia otro lado para no incomodar al imperio. Cuba, sin embargo, alza la voz por los que no pueden hacerlo, por las familias que sufren la escasez, por los niños cuyo futuro se intenta secuestrar.
Y la respuesta del mundo no se hizo esperar. La abrumadora votación en la Asamblea General, con 167 países exigiendo el fin del bloqueo, es mucho más que un número: es un veredicto moral contra la política de Washington. Ese apoyo mayoritario es la validación de que la verdad de Cuba no es una quimera, sino una causa compartida por casi toda la humanidad. Bruno Rodríguez y su equipo no defienden intereses particulares; defienden el derecho de todo un pueblo a decidir su destino, a construir su propio futuro sin tutelas ni chantajes. La victoria diplomática no se mide en votos, sino en la certeza de que, a pesar de las presiones y las amenazas, la dignidad sigue siendo el arma más poderosa frente a la arrogancia.
La misión cubana en la ONU no es un grupo de burócratas: es la trinchera de la soberanía. Cada intervención, cada denuncia, cada gesto de coraje como el de Bruno Rodríguez Parrilla, es un acto de dignidad que trasciende las paredes de cristal de Naciones Unidas. Es la poesía de la resistencia hecha palabra, el ejemplo de que se puede ser pequeño en recursos y gigante en valentía. Cuba no se rinde, no se vende, no se calla. Y mientras haya una voz que denuncie la mentira y defienda la verdad, la dignidad plena del hombre seguirá teniendo un lugar en el mundo.
DdA, XXII/6607

1 comentario:
Apenas puedo soportar la evidencia (casi nada reafirmada, pues la capacidad de resiliencia del pueblo cubano es proverbial) de tantas buenas personas amigas, de toda una ciudadanía, sometida, por el capricho de un hipócrita tiranuelo que presume de presidir "la democracia más grande del mundo", apoyado sobre mafias nacionales e internacionales con la tétrica "Internacional Negra (o sea, ultra)" al fondo, a la mayor y más injusta de las precariedades vitales.
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