Félix Población
Acabo de terminar la lectura de dos libros cuyo escenario es una misma provincia, Salamanca, tierra donde es de todos reconocido y valorado el servicio pastoral de mi estimado don Quintín García, sacedote dominico, autor del artículo que hoy publica el diario El País No iré a Roma, en el que glosa la beatificación mañana en el El Vaticano de los 498 religiosos que perdieron la vida en la Guerra Civil, víctimas de una serie de ejecuciones/asesinatos cometidos sólo por el bando republicano. (Hoy mismo, en el citado periódico, aparece un reportaje -el que corresponde a la fotografía adjunta- acerca de los sacerdotes vascos que fueron ejecutados/asesinados por el ejército franquista).
Uno de los libros es La grama, magnífica novela intrahistórica de don Agustín Salgado, que discurre en el pueblecito natal del autor durante los primeros días de la Guerra Civil y cuenta en gradual y tensa clave de cotidianidad campesina el clima de temor, persecución y muerte que se vivió en la aldea durante los primeros días de la contienda ante la represión ejercida por el bando rebelde. El otro libro, con el título que Unamuno diera a la deriva brutal del conflicto, es Esa salvaje pesadilla: Salamanca durante la Guerra Civil, editado por el catedrático de Historia Económica don Ricardo Robledo, y lo componen una serie de ensayos entre los que merece destacarse el que se dedica a la implicación de la iglesia católica en el celo represivo de los vencedores. El magistral de la catedral salmantina don Aniceto Castro Albarrán figura como máximo adalid de una guerra fratricida, a la que el mentado y no Pío XI prestó el calificativo de cruzada, según se recoge en el capítulo correspondiente de la obra. A don Aniceto también hay que anotar la armígera soflama ¡Dios se ha hecho Generalísimo nuestro!, así como las elocuentes y patrióticas oraciones emitidas por Inter Radio Salamanca en los inicios de aquella barbarie: ¡Ah! Cuando se sabe cierto que al morir y matar se hace lo que Dios quiere, ni tiembla el pulso al disparar el fusil, o la pistola, ni tiembla el corazón al encontrarse cara a la muerte...¿Dios lo quiere? ¿Dios quiere que yo, si es preciso, muera, y si es preciso, mate? ¿Es esta una guerra santa o es una execrable militarada?...Los valientes que ahora son rebeldes, son precisamente los hombres de más profundo espíritu religioso, lo militares que creen en Dios y en la patria, los jóvenes de comunión diaria...serán nuestro grito, el grito de los cruzados: Dios lo quiere. ¡Viva España Católica! ¡Arriba la España de Isabel la Católica!
Lean ustedes, a modo de reconfortante contraste, lo que me ha parecido más digno de resaltar del substancioso artículo de don Quintín García, en contra del invierno del olvido y del frío de los odios fratricidas. El suyo es un testimonio al pie del Evangelio y, como tal, a favor del hermanamiento de todas las víctimas de aquel brutal conflicto, prolongado con una atroz posguerra colmada de exilio, hambre, cárceles, ejecuciones y silencio:
Yo, católico y sacerdote dominico, estoy sintiendo un frío otoñal en el alma, antiguo ya y repetido, por esa jubilosa llamada con que comienza el mensaje oficial de la Conferencia Episcopal Española: "Os anunciamos con profunda alegría la beatificación de 498 hermanos, de los muchos miles que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta". ¿Profunda alegría, celebraciones jubilosas y masivas peregrinaciones para festejar muertes injustas y feroces? Yo no siento alegría, sino una terrible tristeza ante el recuerdo de sus vidas rotas, del horror de aquella persecución religiosa en el marco de una guerra civil, criminal y fratricida, atroz. Guerra civil que llenó de víctimas los dos bandos enfrentados.
Nací y fui educado sentimental e ideológicamente en un bando. Pero hace tiempo que hui de la visión parcial, y de la sola sangre de unos, hacia la comprensión de aquella guerra desde el rostro sacrificado de las víctimas, de todas las víctimas. Y eso lo he aprendido no sólo en los análisis de historiadores sobre los distintos factores y responsabilidades que confluyeron en la contienda civil -entre otros, el alineamiento político expreso y partidista de la mayoría jerárquica católica de entonces, que no hizo de fuerza de mediación, un alineamiento por lo que habría que pedir perdón-, sino, antes y después de eso, en el camino propuesto por Jesús de Nazaret, que practicó con sus obras la enseñanza de la parábola del Buen Samaritano: todo hombre herido, víctima aherrojada, es mi prójimo.
Por eso me duele la soberbia exhibición mayestática y pontifical de alegría, esa remarcada memoria sólo de unos, de quienes fueron sacrificados por motivos religiosos ¿Y los que lo fueron por otros motivos en aquella encrucijada de intereses, de pasiones y venganzas que incendió España? ¿Acaso todos no son mis prójimos?
Sí lo son porque me identifico con el Buen Samaritano de la parábola y no con el sacerdote que da un rodeo para no mancharse legalmente con la sangre de la víctima. He aprendido en la herencia del Cristo a tener horizontes y sentimientos universales -católicos-, según el espíritu de las bienaventuranzas. No a sentirme miembro de una Iglesia autista e inmisericorde que sólo mira los intereses y heridas de sus socios de carnet. Para quienes aceptamos un Dios Padre, todo hombre es nuestro hermano por encima de razas, credos y fronteras. No quiero olvidarme que esto lo he aprendido en la comunidad católica, donde hay visiones y sensibilidades muy distintas a la hora de valorar histórica y evangélicamente el complejísimo fenómeno de la Guerra Civil. Y desde luego, de sus víctimas. Pero, amigo, hay quien manda e impone voces únicas en los escaparates oficiales.
A pesar de todo, agradezco a la jerarquía española que me haga una llamada al recuerdo de los católicos asesinados. Su memoria, olvidada en la lejanía del tiempo, da calor a mi corazón de hombre y creyente en estos días fríos ya del otoño. Pero no iré a Roma, a esas concentraciones faraónicas, costosísimas, que honrarán sólo a algunos. Me acercaré, sí, a lugares de víctimas de uno y otro bando y les honraré con unos minutos de silencio desolado. Un domingo iré a Monsagro, a los pies de la Peña de Francia salmantina, donde nacieron dos dominicos sacrificados. Otro domingo visitaré la fosa anónima, oculta en un jardincillo pegado a la pared de la iglesia de Pelabravo -Salamanca- de donde hace unos días fueron desenterrados los restos de 14 personas sacrificadas por asesinos del bando franquista. Así querría hermanar, con un gesto íntimo, desnudo de cualquier ceremonia, bandera o credo, a todas las víctimas de la Guerra Civil. Antes de que nos devore de nuevo el invierno del olvido. O el frío de los odios fratricidas.
PS.- Alguien del lugar me comunica que el autor de La grama tiene su casa en un pueblo próximo al de la novela, en la calle que todavía lleva el nombre del general golpista Millán Astray.