Félix Población
La actitud del ministro Bono de dar por zanjado y visto para la anécdota la agresión, zarandeo o maltrato oral del pasado sábado en la manifestación de Madrid, honra a don José, pero tal proceder debería haberlo asumido antes de reaccionar con humana vehemencia a la insidiosa afrenta. Sobre todo porque su irritada declaración en vivo iba a ser, como fue, argumento capital de titulares y estela de sucesivas y enconadas declaraciones.
¿Que estaba en su derecho ante la violenta actitud de semejante panda de energúmenos? Nadie lo duda. Pero como bien sabe un político de su sagacidad, pese a que se alistara como personal de tropa con espontánea y acaso imprudente convicción a una manifestación en solidaridad con las víctimas de ETA, entre los dos grandes partidos mayoritarios se está ventilando precisamente ahora cómo ponerse de acuerdo para enfrentarse al terrorismo y a otros problemas estatutarios de no poca enjundia afectos al País Vasco.
En esa coyuntura, y tras el puntual y reciente entendimiento con el Partido Popular en tan delicada materia, toda declaración que dé pie a portadas amarillas, gruesos protagonismos y carnaza mediática a los secuaces de la algarada, no contribuye a la unión de ese frente común de perentoria necesidad contra el único enemigo que hace de la muerte su bandera.
Igual reproche cabe esgrimir -con más y sobradas razones- ante la actitud con que la dirección madrileña del Partido Popular encajó la provisional detención de un par de sus militantes con cargo, supuestamente implicados en la fechoría. Resulta excesivamente provocador y totalmente desproporcionado acusar de Estado policial al que trata de defender a quienes nos gobiernan de los fanáticos de la violencia. ¿No era por las víctimas de la violencia por lo que se habían congregado los manifestantes? ¿Qué pintaban esos desalmados en una representación de solidaridad? Por si el PP no pudiera o supiera corregir los desmanes de quienes se amparan en el carné del partido para la tropelía, es obligación del Estado proceder a su represión inmediata. Sobre todo cuando pudiera haber indicios de que desde el Partido Popular se instó a la manifestación del pasado día 22 con intenciones desestabilizadoras.
Resulta deplorable para todo ciudadano bienandante que de la convocatoria de ese sábado sólo quede como más noticiosa cabecera en las hemerotecas el agresivo comportamiento de unos cuantos y fehacientes fascistas, equiparables en su incivil conducta a los gamberros callejeros del País Vasco. El ulterior gesto de buena voluntad del ministro Bono, tratando de subsanar el incidente con la categoría de anécdota, no debería ser excusa para que el PP olvide o diluya la obligación que le compete de sancionar severamente a quienes desde puestos de confianza pueden y están consiguiendo denigrarlo hasta extremos de peligroso riesgo.
Esa intención, aunque llegó a ser manifiestamente expresa entre los directivos del partido de la oposición, quedó devaluada ante las razones de parvulario que la acompañaron. No se puede estar siempre a la greña, desde una oposición que acoge los votos de diez millones de ciudadanos, con futilidades tales como el pertinaz recuento de agravios comparativos a toro pasado. Máxime cuando está en juego la solidaridad y el apoyo a las víctimas del terror y la configuración de un Estado que debe erradicarlo definitivamente de su más próximo porvenir.
Si no son capaces de zanjar diferencias partidistas quienes -por respeto a la vida y al diálogo democrático para el que han sido elegidos- deben apostar por la tolerancia frente a todo abuso fanático, el futuro de este país como sociedad civilizada está en entredicho. De momento es de muy mal agüero que los centenares de familiares y amigos de las víctimas de la violencia, repartidos a lo largo y ancho de España, tiendan a la cerrazón contumaz de los grupúsculos ideológicos antes que a la expansión común y ejemplar de sus derechos y humano testimonio.
Si ellos, que lo llevan sentimentalmente en la memoria, no se unen para preservar su tragedia de la indiferencia o la omisión, mal podemos reclamar a nuestros políticos que hagan lo propio para que la intolerancia y la barbarie no sigan repartiendo inquina y resentimiento bajo la alargada y tantas veces aciaga sombra de Caín.
jueves, 27 de enero de 2005
El condón, sin redención
Félix Población
He de confesar mi asombro y perplejidad al escucharlo de primera mano en uno de los telediarios nocturnos. El representante de la católica iglesia que aparecía en las imágenes era el secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal, señor Martínez Campo. Acababa de entrevistarse con la ministra de Sanidad con objeto de acercar posturas en lo posible entre su respetada institución y el gobierno socialista para luchar contra esa peste del siglo llamada SIDA.
Acosado a preguntas por los informadores, sus manifestaciones -por insólitas- tardaron unos instantes en inscribirse en mi razón como una versión fehaciente del inédito mensaje que transmitían. Lo que estaba escuchando no era fácilmente asimilable como pasivo espectador anquilosado en la rutina habitualmente tediosa de la información audiovisual.
Resulta que don Juan Antonio, sin la más mínima vacilación en sus asertos, expresó que la estrategia de su Iglesia frente a la enfermedad estaba avalada por las propuestas científicas difundidas por la prestigiosa revista The Lancet. Éstas no eran otras, según un informe suscrito por más de 150 expertos de 36 países, que las siglas ABC, coincidentes en inglés con las palabras abstinencia, fidelidad y ¡condón!
Por si hubiera alguna duda sobre la materialidad expresa de este último sustantivo -y a fe que las habría entre los atónitos periodistas congregados-, el portavoz de los obispos españoles no tuvo inconveniente en afirmar: Los preservativos tienen su contexto en una prevención integral y global del SIDA. Una vez dicho esto, digno no sólo de figurar como titular del día sino puede que de los últimos siglos de historia de la religión apostólica y romana en España, hubo quien se lo creyó y se dispuso a celebrarlo. Al fin y al cabo, por mucho que se hagan esperar sus disculpas, cabe dentro de la católica iglesia el mérito tardío de reconocer alguna vez sus errores de pasado. Cuarenta millones de fallecidos en cuatro lustros es una estadística suficientemente rotunda para el propósito de enmienda.
Pero no es ése el caso. Conocidas las declaraciones del portavoz de los obispos españoles, en el Vaticano se respiraba un evidente malestar, coherente con la condena expresa que del preservativo se hace en el catecismo católico. Otro tanto parece que sucedía entre la alta jerarquía eclesiástica de nuestro país. Todo ello hizo presumible y efectiva una rectificación rotunda de la Conferencia Episcopal no muchas horas después, dada la imposibilidad de achacar interpretaciones sesgadas de los periodistas ante el testimonio abierto de cámaras y micrófonos.
Una pena. La Iglesia ha estado a punto de instalarse momentáneamente en el presente, en un intento de comprensión y acercamiento a la realidad social de nuestro mundo. Y en ese mundo está probado, según un informe de las Naciones Unidas de julio del año pasado, que el condón es la única y más eficaz tecnología para reducir la transmisión sexual del VIH y otras infecciones de transmisión sexual. Esa certidumbre ya fue asumida por los obispos de Brasil y Francia hace unos cuantos años, aunque también entonces hubieron de rectificar ante el sumo dictado de Roma.
En lugar de matices a unas declaraciones que permitieron fugazmente el asomo de un poco de luz sobre la oscurantista moral católica, el Vaticano debería haber aprovechado la ocasión para ponerse al día y no seguir perdiendo por más tiempo el tren de la historia. En esa línea cabría reclamar que la Iglesia pidiera perdón por los muertos que su postura cerril contra el uso del preservativo pudo haber causado entre esos cuarenta millones de víctimas. Y también por toda esa multitud de enfermos que en continentes masacrados como África sigue engrosando y engrosará las aciagas estadísticas del mal.
(010205)
Félix Población
He de confesar mi asombro y perplejidad al escucharlo de primera mano en uno de los telediarios nocturnos. El representante de la católica iglesia que aparecía en las imágenes era el secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal, señor Martínez Campo. Acababa de entrevistarse con la ministra de Sanidad con objeto de acercar posturas en lo posible entre su respetada institución y el gobierno socialista para luchar contra esa peste del siglo llamada SIDA.
Acosado a preguntas por los informadores, sus manifestaciones -por insólitas- tardaron unos instantes en inscribirse en mi razón como una versión fehaciente del inédito mensaje que transmitían. Lo que estaba escuchando no era fácilmente asimilable como pasivo espectador anquilosado en la rutina habitualmente tediosa de la información audiovisual.
Resulta que don Juan Antonio, sin la más mínima vacilación en sus asertos, expresó que la estrategia de su Iglesia frente a la enfermedad estaba avalada por las propuestas científicas difundidas por la prestigiosa revista The Lancet. Éstas no eran otras, según un informe suscrito por más de 150 expertos de 36 países, que las siglas ABC, coincidentes en inglés con las palabras abstinencia, fidelidad y ¡condón!
Por si hubiera alguna duda sobre la materialidad expresa de este último sustantivo -y a fe que las habría entre los atónitos periodistas congregados-, el portavoz de los obispos españoles no tuvo inconveniente en afirmar: Los preservativos tienen su contexto en una prevención integral y global del SIDA. Una vez dicho esto, digno no sólo de figurar como titular del día sino puede que de los últimos siglos de historia de la religión apostólica y romana en España, hubo quien se lo creyó y se dispuso a celebrarlo. Al fin y al cabo, por mucho que se hagan esperar sus disculpas, cabe dentro de la católica iglesia el mérito tardío de reconocer alguna vez sus errores de pasado. Cuarenta millones de fallecidos en cuatro lustros es una estadística suficientemente rotunda para el propósito de enmienda.
Pero no es ése el caso. Conocidas las declaraciones del portavoz de los obispos españoles, en el Vaticano se respiraba un evidente malestar, coherente con la condena expresa que del preservativo se hace en el catecismo católico. Otro tanto parece que sucedía entre la alta jerarquía eclesiástica de nuestro país. Todo ello hizo presumible y efectiva una rectificación rotunda de la Conferencia Episcopal no muchas horas después, dada la imposibilidad de achacar interpretaciones sesgadas de los periodistas ante el testimonio abierto de cámaras y micrófonos.
Una pena. La Iglesia ha estado a punto de instalarse momentáneamente en el presente, en un intento de comprensión y acercamiento a la realidad social de nuestro mundo. Y en ese mundo está probado, según un informe de las Naciones Unidas de julio del año pasado, que el condón es la única y más eficaz tecnología para reducir la transmisión sexual del VIH y otras infecciones de transmisión sexual. Esa certidumbre ya fue asumida por los obispos de Brasil y Francia hace unos cuantos años, aunque también entonces hubieron de rectificar ante el sumo dictado de Roma.
En lugar de matices a unas declaraciones que permitieron fugazmente el asomo de un poco de luz sobre la oscurantista moral católica, el Vaticano debería haber aprovechado la ocasión para ponerse al día y no seguir perdiendo por más tiempo el tren de la historia. En esa línea cabría reclamar que la Iglesia pidiera perdón por los muertos que su postura cerril contra el uso del preservativo pudo haber causado entre esos cuarenta millones de víctimas. Y también por toda esa multitud de enfermos que en continentes masacrados como África sigue engrosando y engrosará las aciagas estadísticas del mal.
(010205)
martes, 25 de enero de 2005
Los torturadores sufrientes
Félix Población
El arzobispo de Santiago de Chile, Errázuriz Ossa, acaba de hacer un enésimo gesto a favor del acelerado incremento en el retraso o desfase de la católica iglesia en relación con el mundo actual. En esta ocasión, sin embargo, monseñor no se ha limitado a defender una postura vinculada con los sutiles e inextricables dogmas o preceptos de la santísima institución. Tampoco a comprender las relaciones estables entre homosexuales siempre que no atenten contra el sagrado vínculo del matrimonio. El ilustre purpurado ha ido mucho más allá en sus apreciaciones al demandar apoyo moral para los torturadores de su país, pues ellos también están sufriendo enormemente.
La oportunidad de esa declaración no lo sería en tal grado de desfachatez o indignante perplejidad si no estuviera ahora, sobre el panel de la actualidad, el sangrante informe sobre Tortura y Prisión Política en donde se registra el testimonio de 27.000 víctimas del régimen pinochetista entre los años 1973 y 1990. La propia Corte de Apelaciones de Santiago de Chile está dispuesta incluso a investigar la responsabilidad directa del ex gobernante militar de Chile durante ese período.
El Informe de la Comisión Nacional sobre la violación de los derechos humanos en Chile durante la dictadura, hecho público recientemente por el presidente Lagos, espanta por la crudeza de los testimonios y retrotrae al ser humano a las más aciagas etapas del fascismo nazi. A lo largo de esos lustros de ignominia, que siguieron al derrocamiento por la fuerza del gobierno democrático de Salvador Allende, la voz de la católica iglesia, en flagrante disidencia con el evangélico mensaje que dice defender, no alentó la más mínima comprensión para los perseguidos y aniquilados. Muy al contrario, y tal como detallan las hemerotecas, el general Pinochet mantuvo su celoso fervor en los comulgatorios sin que la jerarquía eclesiástica se resistiera a evitar tal oprobio.
Que monseñor Errázuriz Ossa aluda a los energúmenos capaces de reproducir esas prácticas de barbarie inquisitorial con la benigna calificación de personas que se portaron mal, como si se tratara de niños malcriados a los que bastara perdonar por un más que imaginario dolor de contrición, resulta inadmisible. La aturdida memoria del arzobispo debería reparar en que el mismísimo jefe supremo de esa despiadada ejecutoria tiene a gala haberla ejercido con orgullo en pro de su patria y hasta en defensa de los valores de la civilización cristiana.
Por eso, ante manifestaciones como las del presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano, no sólo han de sentirse indignados los que no están adscritos al Vaticano como creyentes, sino los propios católicos. Recuerdo a este respecto a un querido amigo que no pudo evitar la pérdida de su fe el día que llegó a los periódicos, en pleno abuso de su ordeno y mando, la fotografía del general Pinochet recibiendo la sagrada forma de manos de un anciano purpurado.
No es el caso, por ahora, del reverendísimo Sergio Valech, el obispo chileno que ha suscrito el informe de la Comisión Nacional. Su testimonio avala el compromiso de una iglesia solidaria cuya vinculación con la de monseñor Errázuriz corre el riesgo de romperse por lógica evangélica.
Félix Población
El arzobispo de Santiago de Chile, Errázuriz Ossa, acaba de hacer un enésimo gesto a favor del acelerado incremento en el retraso o desfase de la católica iglesia en relación con el mundo actual. En esta ocasión, sin embargo, monseñor no se ha limitado a defender una postura vinculada con los sutiles e inextricables dogmas o preceptos de la santísima institución. Tampoco a comprender las relaciones estables entre homosexuales siempre que no atenten contra el sagrado vínculo del matrimonio. El ilustre purpurado ha ido mucho más allá en sus apreciaciones al demandar apoyo moral para los torturadores de su país, pues ellos también están sufriendo enormemente.
La oportunidad de esa declaración no lo sería en tal grado de desfachatez o indignante perplejidad si no estuviera ahora, sobre el panel de la actualidad, el sangrante informe sobre Tortura y Prisión Política en donde se registra el testimonio de 27.000 víctimas del régimen pinochetista entre los años 1973 y 1990. La propia Corte de Apelaciones de Santiago de Chile está dispuesta incluso a investigar la responsabilidad directa del ex gobernante militar de Chile durante ese período.
El Informe de la Comisión Nacional sobre la violación de los derechos humanos en Chile durante la dictadura, hecho público recientemente por el presidente Lagos, espanta por la crudeza de los testimonios y retrotrae al ser humano a las más aciagas etapas del fascismo nazi. A lo largo de esos lustros de ignominia, que siguieron al derrocamiento por la fuerza del gobierno democrático de Salvador Allende, la voz de la católica iglesia, en flagrante disidencia con el evangélico mensaje que dice defender, no alentó la más mínima comprensión para los perseguidos y aniquilados. Muy al contrario, y tal como detallan las hemerotecas, el general Pinochet mantuvo su celoso fervor en los comulgatorios sin que la jerarquía eclesiástica se resistiera a evitar tal oprobio.
Que monseñor Errázuriz Ossa aluda a los energúmenos capaces de reproducir esas prácticas de barbarie inquisitorial con la benigna calificación de personas que se portaron mal, como si se tratara de niños malcriados a los que bastara perdonar por un más que imaginario dolor de contrición, resulta inadmisible. La aturdida memoria del arzobispo debería reparar en que el mismísimo jefe supremo de esa despiadada ejecutoria tiene a gala haberla ejercido con orgullo en pro de su patria y hasta en defensa de los valores de la civilización cristiana.
Por eso, ante manifestaciones como las del presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano, no sólo han de sentirse indignados los que no están adscritos al Vaticano como creyentes, sino los propios católicos. Recuerdo a este respecto a un querido amigo que no pudo evitar la pérdida de su fe el día que llegó a los periódicos, en pleno abuso de su ordeno y mando, la fotografía del general Pinochet recibiendo la sagrada forma de manos de un anciano purpurado.
No es el caso, por ahora, del reverendísimo Sergio Valech, el obispo chileno que ha suscrito el informe de la Comisión Nacional. Su testimonio avala el compromiso de una iglesia solidaria cuya vinculación con la de monseñor Errázuriz corre el riesgo de romperse por lógica evangélica.
jueves, 20 de enero de 2005
El Papa y Casaldáliga
El Papa y Casaldáliga
Félix Población
Cuenta la leyenda que desde hace mil años, en vísperas de la muerte del pontífice de Roma, la tumba del Papa francés Silvestre II exuda una especie de humedad que apercibe al mundo de la inmediatez del óbito. No hay constancia hasta ahora de que ese mirífico percance haya ocurrido con Juan Pablo II. La prueba es que ahí sigue Wojtyla, anciano y enfermo, pese al largo tránsito de dolor y lento acabamiento a que le somete su maltrecha salud.
Se quiere sostener, desde las instancias más afines a la bien evidente doctrina conservadora del Vaticano, que la permanencia de Juan Pablo II al frente de la Iglesia, con una presencia pública cada vez más lastimosa, obedece a la voluntad personal de sacrificio y pundonor que guía al Papa polaco. Sin embargo, por muy estimable que pueda ser esa consideración entre los creyentes más adictos a viejas concepciones de inmoladora ejemplaridad, otros criterios más humanitarios deberían primar ante el creciente y ostensible deterioro físico del pontífice.
En esa línea, a favor de una eventual dimisión, se han manifestado claramente muchas comunidades católicas de base y varios cardenales. Aducen éstos que si Wojtyla tuviera conciencia de su incapacidad para dirigir la Iglesia lo reconocería tomando de inmediato esa decisión. Lo que no comentan los purpurados es lo que se puede esconder tras la frase alegada desde la curia vaticana para zanjar la posibilidad de un relevo: Juan Pablo II seguirá adelante mientras Dios quiera. Acaso hasta que el espíritu santo otorgue luz a la más conveniente de las líneas sucesorias.
No le ocurrirá lo mismo a Pere Casaldáliga, el obispo español que desde hace más de treinta años ha estado al frente de la prelatura de San Félix de Araguaia, en el Mato Grosso brasileño. Le ha llegado la jubilación por razones de edad y sus superiores en Roma han decidido excluirle de proseguir al lado de sus feligreses ante la venida de un sustituto, del que se desconoce hasta el momento nombre y opinión. Por la manera que se están haciendo las cosas -ha dicho Casaldáliga ante su predecible destierro- imagino que no va a ser de nuestras ideas.
Las del misionero claretiano son unas ideas muy claras, defendidas con el ejercicio de su cabal interpretación del mensaje evangélico y los principios de la teología de la liberación. Eso le valió el enfrentamiento con la dictadura militar, con la oscura y poderosa mafia de los latifundistas brasileños y hasta con el propio Vaticano. Algunos de sus colaboradores fueron asesinados por su lucha en pro de los más desfavorecidos y él mismo fue amenazado de muerte en varias ocasiones. En compensación con su compromiso, Roma lo convocó para un juicio doctrinal, en lugar de auparlo a un cardenalato que él posiblemente desestimaría a pesar de su ejemplar trayectoria.
Enfermo de Parkinson, como el Papa, Pere Casaldáliga sólo aspira a servir de ayuda al nuevo prelado en cuanto tome posesión de su cargo y cumplir así su deseo de morir de pie, como los árboles, al lado de quienes como conciudadanos han dado sentido a su biografía y a su apostolado. Si no se le permite vivir entre los suyos como sencillo sacerdote los últimos años de su avanzada existencia, habrá que convenir que la pretensión de Roma es una expulsión en toda regla y no un relevo cristiano.
Puede que el relevo del pontífice sea impensable y que su permanencia al frente del Vaticano sólo esté en las azarosas manos de Dios hasta que los intensivos tratamientos médicos sean inútiles. Su caso recuerda el de aquellos regímenes autárquicos aferrados al agónico papel representativo de sus líderes ante la incertidumbre del porvenir, algo que como principio político de conducta no concuerda sin duda con el de la más elemental caridad cristiana.
El de Casaldáliga, en el Mato Grosso brasileño, afincado en la tierra y en la comunidad que le dio destino, no. El contenido de su mensaje se inscribe en la mejor trayectoria renovadora que el concilio Vaticano II quiso para una Iglesia en coherencia con su doctrina fundacional. Por eso el misionero catalán quiere morir de pie como los árboles allí donde plantó y fructificó la raíz de su ideario: el de un cristiano rebelde en su fe. El anciano obispo teme que con su expulsión se pretenda erradicar, como en otros lugares, el proceso de liberación cristiana del que fue guía y valedor.
Ante la resistencia a un relevo por el que clama la humana misericordia y la obligación de otro que comporta desalojar de su diócesis al propulsor de un surco esperanza entre los humildes, cabe preguntarse qué pintan dos iglesias tan distintas bajo una misma institución.
(120205)
Félix Población
Cuenta la leyenda que desde hace mil años, en vísperas de la muerte del pontífice de Roma, la tumba del Papa francés Silvestre II exuda una especie de humedad que apercibe al mundo de la inmediatez del óbito. No hay constancia hasta ahora de que ese mirífico percance haya ocurrido con Juan Pablo II. La prueba es que ahí sigue Wojtyla, anciano y enfermo, pese al largo tránsito de dolor y lento acabamiento a que le somete su maltrecha salud.
Se quiere sostener, desde las instancias más afines a la bien evidente doctrina conservadora del Vaticano, que la permanencia de Juan Pablo II al frente de la Iglesia, con una presencia pública cada vez más lastimosa, obedece a la voluntad personal de sacrificio y pundonor que guía al Papa polaco. Sin embargo, por muy estimable que pueda ser esa consideración entre los creyentes más adictos a viejas concepciones de inmoladora ejemplaridad, otros criterios más humanitarios deberían primar ante el creciente y ostensible deterioro físico del pontífice.
En esa línea, a favor de una eventual dimisión, se han manifestado claramente muchas comunidades católicas de base y varios cardenales. Aducen éstos que si Wojtyla tuviera conciencia de su incapacidad para dirigir la Iglesia lo reconocería tomando de inmediato esa decisión. Lo que no comentan los purpurados es lo que se puede esconder tras la frase alegada desde la curia vaticana para zanjar la posibilidad de un relevo: Juan Pablo II seguirá adelante mientras Dios quiera. Acaso hasta que el espíritu santo otorgue luz a la más conveniente de las líneas sucesorias.
No le ocurrirá lo mismo a Pere Casaldáliga, el obispo español que desde hace más de treinta años ha estado al frente de la prelatura de San Félix de Araguaia, en el Mato Grosso brasileño. Le ha llegado la jubilación por razones de edad y sus superiores en Roma han decidido excluirle de proseguir al lado de sus feligreses ante la venida de un sustituto, del que se desconoce hasta el momento nombre y opinión. Por la manera que se están haciendo las cosas -ha dicho Casaldáliga ante su predecible destierro- imagino que no va a ser de nuestras ideas.
Las del misionero claretiano son unas ideas muy claras, defendidas con el ejercicio de su cabal interpretación del mensaje evangélico y los principios de la teología de la liberación. Eso le valió el enfrentamiento con la dictadura militar, con la oscura y poderosa mafia de los latifundistas brasileños y hasta con el propio Vaticano. Algunos de sus colaboradores fueron asesinados por su lucha en pro de los más desfavorecidos y él mismo fue amenazado de muerte en varias ocasiones. En compensación con su compromiso, Roma lo convocó para un juicio doctrinal, en lugar de auparlo a un cardenalato que él posiblemente desestimaría a pesar de su ejemplar trayectoria.
Enfermo de Parkinson, como el Papa, Pere Casaldáliga sólo aspira a servir de ayuda al nuevo prelado en cuanto tome posesión de su cargo y cumplir así su deseo de morir de pie, como los árboles, al lado de quienes como conciudadanos han dado sentido a su biografía y a su apostolado. Si no se le permite vivir entre los suyos como sencillo sacerdote los últimos años de su avanzada existencia, habrá que convenir que la pretensión de Roma es una expulsión en toda regla y no un relevo cristiano.
Puede que el relevo del pontífice sea impensable y que su permanencia al frente del Vaticano sólo esté en las azarosas manos de Dios hasta que los intensivos tratamientos médicos sean inútiles. Su caso recuerda el de aquellos regímenes autárquicos aferrados al agónico papel representativo de sus líderes ante la incertidumbre del porvenir, algo que como principio político de conducta no concuerda sin duda con el de la más elemental caridad cristiana.
El de Casaldáliga, en el Mato Grosso brasileño, afincado en la tierra y en la comunidad que le dio destino, no. El contenido de su mensaje se inscribe en la mejor trayectoria renovadora que el concilio Vaticano II quiso para una Iglesia en coherencia con su doctrina fundacional. Por eso el misionero catalán quiere morir de pie como los árboles allí donde plantó y fructificó la raíz de su ideario: el de un cristiano rebelde en su fe. El anciano obispo teme que con su expulsión se pretenda erradicar, como en otros lugares, el proceso de liberación cristiana del que fue guía y valedor.
Ante la resistencia a un relevo por el que clama la humana misericordia y la obligación de otro que comporta desalojar de su diócesis al propulsor de un surco esperanza entre los humildes, cabe preguntarse qué pintan dos iglesias tan distintas bajo una misma institución.
(120205)
lunes, 17 de enero de 2005
Muerte de un actor
Félix Población
Quienes dedicamos una buena parte de nuestra vida, por afición y profesión, al apasionado seguimiento del teatro, no podemos sustraernos hoy a la amarga pesadumbre por la pérdida de uno de nuestros mejores actores.
Pertenecía a la escuela de los cómicos forjados en los rigores de la posguerra. Aquéllos que viajaban a ninguna parte al azar de las leguas en una geografía desolada por tanta ausencia. Nos quedan ya muy pocos de esa altura y hondura retrospectivas, cuyo contribución a la historia del cine y el teatro en nuestro país ha sido esencial a lo largo del último medio siglo.
Dos sobresalientes actores de esa generación acompañaron a nuestro inolvidable Agustín González en el último acto de su trayectoria teatral. Con él, en el teatro Reina Victoria de Madrid y durante los últimos meses, dieron memorable fe de vida y profesionalidad a un oficio al que entregaron lo mejor de sí mismos. Ellos ahora saben y sienten como nadie, con la frescura que dan las vivencias del último trabajo en común, el valor personal y actoral de quien acaba de hacer el definitivo mutis.
José Luis López Vázquez y Manuel Alexandre son testigos del apego de Agustín a la responsabilidad y compromiso por el trabajo bien hecho. Poco faltó para que se nos muriera al pie del proscenio. De no haber asumido con esa formidable y autoexigente entrega, tan habitual en él, su papel en Tres hombres y un destino, quizá esa gripe mal curada no hubiese derivado en la neumonía fatal que nos lo llevó para siempre.
Lo vamos a echar de menos. Al teatro, sobre cuya vitalidad y sobrevivencia tantas sombras se ciernen, cómicos como Agustín le prestaban el calor y pulso de la vieja escuela, una temperatura y un nervio sobre cuyos inefables componentes se sustenta la mejor encarnadura interpretativa de nuestros viejos cómicos.
Menos mal que, pese a perderle como magnífica persona y eminente profesional, nos queda a quienes lo admiramos el testimonio de una filmografía extensa en la que, por cortas que fueran sus actuaciones, supo alumbrar personajes singulares de consistente vigor y enjundiosa credibilidad.
Esperamos que TVE las tenga en cuenta, en sus previsiones de programación más inmediatas, para homenajear a quien sin duda se merecerá el aplauso póstumo y la recordación cariñosa de toda la audiencia.
Quienes dedicamos una buena parte de nuestra vida, por afición y profesión, al apasionado seguimiento del teatro, no podemos sustraernos hoy a la amarga pesadumbre por la pérdida de uno de nuestros mejores actores.
Pertenecía a la escuela de los cómicos forjados en los rigores de la posguerra. Aquéllos que viajaban a ninguna parte al azar de las leguas en una geografía desolada por tanta ausencia. Nos quedan ya muy pocos de esa altura y hondura retrospectivas, cuyo contribución a la historia del cine y el teatro en nuestro país ha sido esencial a lo largo del último medio siglo.
Dos sobresalientes actores de esa generación acompañaron a nuestro inolvidable Agustín González en el último acto de su trayectoria teatral. Con él, en el teatro Reina Victoria de Madrid y durante los últimos meses, dieron memorable fe de vida y profesionalidad a un oficio al que entregaron lo mejor de sí mismos. Ellos ahora saben y sienten como nadie, con la frescura que dan las vivencias del último trabajo en común, el valor personal y actoral de quien acaba de hacer el definitivo mutis.
José Luis López Vázquez y Manuel Alexandre son testigos del apego de Agustín a la responsabilidad y compromiso por el trabajo bien hecho. Poco faltó para que se nos muriera al pie del proscenio. De no haber asumido con esa formidable y autoexigente entrega, tan habitual en él, su papel en Tres hombres y un destino, quizá esa gripe mal curada no hubiese derivado en la neumonía fatal que nos lo llevó para siempre.
Lo vamos a echar de menos. Al teatro, sobre cuya vitalidad y sobrevivencia tantas sombras se ciernen, cómicos como Agustín le prestaban el calor y pulso de la vieja escuela, una temperatura y un nervio sobre cuyos inefables componentes se sustenta la mejor encarnadura interpretativa de nuestros viejos cómicos.
Menos mal que, pese a perderle como magnífica persona y eminente profesional, nos queda a quienes lo admiramos el testimonio de una filmografía extensa en la que, por cortas que fueran sus actuaciones, supo alumbrar personajes singulares de consistente vigor y enjundiosa credibilidad.
Esperamos que TVE las tenga en cuenta, en sus previsiones de programación más inmediatas, para homenajear a quien sin duda se merecerá el aplauso póstumo y la recordación cariñosa de toda la audiencia.
Provocación desde los púlpitos
Félix Población
Don Eduardo Zaplana, muy sobrado de relojes de oro rosa con esfera opalina y fondo de cristal de zafiro, ha previsto para el 2006 el adelanto de las próximas elecciones generales, incapaz de soportar la inopinada oposición que purga su partido por mentiroso. Fue posiblemente ésa la primera intención revanchista alojada en la vesícula del PP tras su pasada derrota en las urnas: forzar ese anticipo a través de un rosario masivo e intensivo de descalificaciones al Gobierno sin más enjundia crítica que la búsqueda de su descrédito mediante la ofensa y la provocación.
Criados a pechos de don José María, sus ahijados políticos se vienen cebando en ese peligroso y nada nutricio reto del agravio como si, dándole la espalda a la sociedad de su tiempo, prefiriesen retrotraerse a otras calendas más oscuras. Cuentan para ello con excelentes instigadores entre los redivivos propulsores de prensa y propaganda ultramontana, militantes confesos de la santa cruzada antisocialista. Comprobarlo día tras día no deja de ser una decepción para quienes alimentábamos la esperanza de una derecha no sólo a tono con su época, sino con una cierta inteligencia política.
Lo que no nos sorprende es que la católica Iglesia, cuyo reloj sigue marcando las horas del ayer, se empecine en la resaca de sus privilegios y no abandone la mayestática infalibilidad de su discurso. A este respecto conviene recordar la sagaz y reciente entrevista publicada en un diario impreso de gran difusión con el secretario de la Conferencia Episcopal. El señor Martínez Camino se ha permitido la impertinencia de advertir al Gobierno que no provoque a la Iglesia católica, que logre un acuerdo para que la asignatura de Religión (católica) sea evaluable y que, a cambio, gracias a tan confesional favor, mayor será la cosecha de sus votos.
Dice don Juan Antonio que su institución no puede acepar el laicismo que se pretende imponer limitando a la religión (católica) al ámbito privado porque eso supondría la imposición de un grave recorte de la libertad. Ante tal afirmación, la avezada periodista inquiere sobre la capacidad de poder de que dispone la Iglesia para decidir quién tiene o no tiene derechos en una sociedad democrática. La respuesta del señor secretario no es precisamente categórica. No contento con poner entre interrogantes esa facultad a través del Parlamento, aclara: El Parlamento es una institución muy importante, pero no define quién tiene derechos.
No es así como se puede facilitar un acercamiento entre la jerarquía eclesiástica y el gobierno socialista. Las manifestaciones de don Juan Antonio Martínez Camino no obedecen al espíritu conciliador de una institución en armonía con el diálogo constructivo. Antes al contrario, ratifican el ánimo de provocación que, desde la injuria y la calumnia, la Iglesia no ha sabido controlar en los últimos meses y que, paradójicamente, ésta imputa al actual gabinete, acosado además por campañas generadas en muchos casos desde los atrios y los púlpitos.
Hasta ahora, consciente de su peso histórico y social, no ha podido ser más respetuoso el Gobierno con la confesión mayoritaria de los españoles. En atención al menos a ese respeto, la Iglesia debería eliminar de su lenguaje términos como el de imposición -tan afín a su trayectoria- cuando desde la administración del Estado se pretende aplicar un programa electoral votado democráticamente por la mayoría.
Los deberes y derechos de la ciudadanía se acuerdan en el Parlamento, sin interrogantes, y su cumplimiento obliga a todos. Incluidos los señores obispos, entre cuyas vigentes prerrogativas -merced a viejos y ventajosos concordatos que nadie ha puesto en cuestión revisar- están los haberes de la dilatada nómina de profesores del Religión (católica) del país, sufragados con los impuestos de todos los contribuyentes.
Por cierto que en ese mismo paquete de prebendas o canonjías inmunes al tiempo y a las alternancias gubernamentales debe de incluirse la emisión de la misa dominical a través de la radio pública (RNE 1).
Félix Población
Don Eduardo Zaplana, muy sobrado de relojes de oro rosa con esfera opalina y fondo de cristal de zafiro, ha previsto para el 2006 el adelanto de las próximas elecciones generales, incapaz de soportar la inopinada oposición que purga su partido por mentiroso. Fue posiblemente ésa la primera intención revanchista alojada en la vesícula del PP tras su pasada derrota en las urnas: forzar ese anticipo a través de un rosario masivo e intensivo de descalificaciones al Gobierno sin más enjundia crítica que la búsqueda de su descrédito mediante la ofensa y la provocación.
Criados a pechos de don José María, sus ahijados políticos se vienen cebando en ese peligroso y nada nutricio reto del agravio como si, dándole la espalda a la sociedad de su tiempo, prefiriesen retrotraerse a otras calendas más oscuras. Cuentan para ello con excelentes instigadores entre los redivivos propulsores de prensa y propaganda ultramontana, militantes confesos de la santa cruzada antisocialista. Comprobarlo día tras día no deja de ser una decepción para quienes alimentábamos la esperanza de una derecha no sólo a tono con su época, sino con una cierta inteligencia política.
Lo que no nos sorprende es que la católica Iglesia, cuyo reloj sigue marcando las horas del ayer, se empecine en la resaca de sus privilegios y no abandone la mayestática infalibilidad de su discurso. A este respecto conviene recordar la sagaz y reciente entrevista publicada en un diario impreso de gran difusión con el secretario de la Conferencia Episcopal. El señor Martínez Camino se ha permitido la impertinencia de advertir al Gobierno que no provoque a la Iglesia católica, que logre un acuerdo para que la asignatura de Religión (católica) sea evaluable y que, a cambio, gracias a tan confesional favor, mayor será la cosecha de sus votos.
Dice don Juan Antonio que su institución no puede acepar el laicismo que se pretende imponer limitando a la religión (católica) al ámbito privado porque eso supondría la imposición de un grave recorte de la libertad. Ante tal afirmación, la avezada periodista inquiere sobre la capacidad de poder de que dispone la Iglesia para decidir quién tiene o no tiene derechos en una sociedad democrática. La respuesta del señor secretario no es precisamente categórica. No contento con poner entre interrogantes esa facultad a través del Parlamento, aclara: El Parlamento es una institución muy importante, pero no define quién tiene derechos.
No es así como se puede facilitar un acercamiento entre la jerarquía eclesiástica y el gobierno socialista. Las manifestaciones de don Juan Antonio Martínez Camino no obedecen al espíritu conciliador de una institución en armonía con el diálogo constructivo. Antes al contrario, ratifican el ánimo de provocación que, desde la injuria y la calumnia, la Iglesia no ha sabido controlar en los últimos meses y que, paradójicamente, ésta imputa al actual gabinete, acosado además por campañas generadas en muchos casos desde los atrios y los púlpitos.
Hasta ahora, consciente de su peso histórico y social, no ha podido ser más respetuoso el Gobierno con la confesión mayoritaria de los españoles. En atención al menos a ese respeto, la Iglesia debería eliminar de su lenguaje términos como el de imposición -tan afín a su trayectoria- cuando desde la administración del Estado se pretende aplicar un programa electoral votado democráticamente por la mayoría.
Los deberes y derechos de la ciudadanía se acuerdan en el Parlamento, sin interrogantes, y su cumplimiento obliga a todos. Incluidos los señores obispos, entre cuyas vigentes prerrogativas -merced a viejos y ventajosos concordatos que nadie ha puesto en cuestión revisar- están los haberes de la dilatada nómina de profesores del Religión (católica) del país, sufragados con los impuestos de todos los contribuyentes.
Por cierto que en ese mismo paquete de prebendas o canonjías inmunes al tiempo y a las alternancias gubernamentales debe de incluirse la emisión de la misa dominical a través de la radio pública (RNE 1).
viernes, 14 de enero de 2005
Contra el olvido de los Niños de la Guerra
Félix Población
Puede que en el puerto gijonés del Musel no exista aún testimonio simbólico que recuerde el atroz dramatismo de aquella diáspora. Para quienes de muchachos nos divertíamos con la afición de la pesca en los ventosos espigones abiertos al mar, el episodio de la partida de los Niños de la Guerra supuso, muchos años después, una de las páginas más desgarradoras de un conflicto pródigo en atrocidades.
Obviamente, si entonces supimos de aquel suceso no fue porque se nos ilustrase del mismo en las lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tampoco porque entre los vencidos hubiera ganas de hacer memoria de lo infausto. Lo más común era que nos enterásemos porque siempre había, entre familiares, parientes o amigos, alguna referencia directa o indirecta, vivida o participada, de esa desventura.
Del puerto del Musel salió un día de otoño de 1937 el mercante francés Deriguerina con más de un millar de niños a bordo. Sobre la antigua villa cantábrica se cernía la amenaza inminente de la aviación franquista cerrando su implacable avance sobre el norte republicano. Víctimas de la orfandad, el miedo y el hambre, 1.100 niños, entre 3 y 14 años, emprendieron contra el más elemental de los derechos -el de vivir en paz con los suyos y en su propia tierra- un largo exilio sin causa.
Fueron en total 3.000 los niños que partieron desde distintos puertos del Cantábrico en dirección a la Unión Soviética entre marzo de 1937 y octubre de 1938. Quienes se hayan interesado un poco por esa odisea, habrán tenido oportunidad de leer en las imágenes que se conservan, dejando a un lado la simbología ideológica que las orla de ingenuo entusiasmo, el tenso desamparo que se dibuja entre lágrimas y abrazos en los rostros de los pequeños protagonistas. Por desgracia, la aventura de esa expatriación forzosa no ha contado hasta ahora, que yo sepa, con una recreación literaria relevante, a tono con la trascendencia del suceso y sus incuestionables merecimientos de perenne recordación.
Mientras eso no ocurra, esa historia sigue teniendo vida en más de 600 corazones. Aunque algunos residen ya en España, la mayoría reparte su ausencia entre la extinta Unión Soviética y varios países de América. Sólo en Rusia, Ucrania y Georgia residen actualmente casi 300 Niños de la Guerra. El calificativo resulta inadmisible para algunos porque aquella guerra no produjo niños, sino sólo muerte a su paso.
El presidente Zapatero estuvo con ellos con motivo de su primer viaje oficial a Moscú no hace muchas fechas. A Rodríguez Zapatero se le podrán reprochar pocas o muchas cosas al término de su gestión al frente del país. Habrá tenido hasta ahora aciertos y errores de mayor e menor entidad según la identidad de quien los juzgue. Pero de lo que quizá empiezan a no dudar los ciudadanos no adscritos a estrechos criterios sectarios es de la indudable sensibilidad del presidente del Gobierno para aquellos asuntos sociales en los que compromete su palabra.
La tuvieron los ancianos Niños de la Guerra en Moscú y el Consejo de Ministros acaba de aprobar un proyecto, a tramitar por el procedimiento de urgencia, para que sus pensiones pasen de los 1.400 a los 6.090 euros anuales estipulados vigentemente en España. Además se les asegurará la asistencia sanitaria allá donde no exista o sea insuficiente. La cuantía del aumento económico y la celeridad en aplicarlo hablan por sí solos del ánimo de servicio y rehabilitación que el señor Zapatero ha querido imprimir a una medida que viene a subsanar las penurias de ancianidad de los sobrevivientes de aquel crudelísimo desarraigo.
Sería deseable también que el testimonio de quienes lo vivieron no se pierda para siempre con ellos. Cabe confiar en que la imaginación creadora sepa servirse algún día de las claves emocionales y documentales de esa diáspora para hacerla revivir frente al olvido. Personalmente yo creí soñar más de una vez su drama en mis pesadillas de niño después de una tarde pescadora en El Musel, abstraído en el humo de los barcos.
Puede que en el puerto gijonés del Musel no exista aún testimonio simbólico que recuerde el atroz dramatismo de aquella diáspora. Para quienes de muchachos nos divertíamos con la afición de la pesca en los ventosos espigones abiertos al mar, el episodio de la partida de los Niños de la Guerra supuso, muchos años después, una de las páginas más desgarradoras de un conflicto pródigo en atrocidades.
Obviamente, si entonces supimos de aquel suceso no fue porque se nos ilustrase del mismo en las lecciones de Formación del Espíritu Nacional. Tampoco porque entre los vencidos hubiera ganas de hacer memoria de lo infausto. Lo más común era que nos enterásemos porque siempre había, entre familiares, parientes o amigos, alguna referencia directa o indirecta, vivida o participada, de esa desventura.
Del puerto del Musel salió un día de otoño de 1937 el mercante francés Deriguerina con más de un millar de niños a bordo. Sobre la antigua villa cantábrica se cernía la amenaza inminente de la aviación franquista cerrando su implacable avance sobre el norte republicano. Víctimas de la orfandad, el miedo y el hambre, 1.100 niños, entre 3 y 14 años, emprendieron contra el más elemental de los derechos -el de vivir en paz con los suyos y en su propia tierra- un largo exilio sin causa.
Fueron en total 3.000 los niños que partieron desde distintos puertos del Cantábrico en dirección a la Unión Soviética entre marzo de 1937 y octubre de 1938. Quienes se hayan interesado un poco por esa odisea, habrán tenido oportunidad de leer en las imágenes que se conservan, dejando a un lado la simbología ideológica que las orla de ingenuo entusiasmo, el tenso desamparo que se dibuja entre lágrimas y abrazos en los rostros de los pequeños protagonistas. Por desgracia, la aventura de esa expatriación forzosa no ha contado hasta ahora, que yo sepa, con una recreación literaria relevante, a tono con la trascendencia del suceso y sus incuestionables merecimientos de perenne recordación.
Mientras eso no ocurra, esa historia sigue teniendo vida en más de 600 corazones. Aunque algunos residen ya en España, la mayoría reparte su ausencia entre la extinta Unión Soviética y varios países de América. Sólo en Rusia, Ucrania y Georgia residen actualmente casi 300 Niños de la Guerra. El calificativo resulta inadmisible para algunos porque aquella guerra no produjo niños, sino sólo muerte a su paso.
El presidente Zapatero estuvo con ellos con motivo de su primer viaje oficial a Moscú no hace muchas fechas. A Rodríguez Zapatero se le podrán reprochar pocas o muchas cosas al término de su gestión al frente del país. Habrá tenido hasta ahora aciertos y errores de mayor e menor entidad según la identidad de quien los juzgue. Pero de lo que quizá empiezan a no dudar los ciudadanos no adscritos a estrechos criterios sectarios es de la indudable sensibilidad del presidente del Gobierno para aquellos asuntos sociales en los que compromete su palabra.
La tuvieron los ancianos Niños de la Guerra en Moscú y el Consejo de Ministros acaba de aprobar un proyecto, a tramitar por el procedimiento de urgencia, para que sus pensiones pasen de los 1.400 a los 6.090 euros anuales estipulados vigentemente en España. Además se les asegurará la asistencia sanitaria allá donde no exista o sea insuficiente. La cuantía del aumento económico y la celeridad en aplicarlo hablan por sí solos del ánimo de servicio y rehabilitación que el señor Zapatero ha querido imprimir a una medida que viene a subsanar las penurias de ancianidad de los sobrevivientes de aquel crudelísimo desarraigo.
Sería deseable también que el testimonio de quienes lo vivieron no se pierda para siempre con ellos. Cabe confiar en que la imaginación creadora sepa servirse algún día de las claves emocionales y documentales de esa diáspora para hacerla revivir frente al olvido. Personalmente yo creí soñar más de una vez su drama en mis pesadillas de niño después de una tarde pescadora en El Musel, abstraído en el humo de los barcos.
miércoles, 12 de enero de 2005
Las otras madres de Beslán
Félix Población
Este artículo fue publicado en elotrodiario.com
con motivo de la comparecencia de doña Pilar Manjón
en la Comisión sobre la Masacre del 11-M, que tuvo
lugar en el Congreso de los Diputados de España.
A las noticias, a veces, se les pierde el rastro. Ocurre incluso con las que alcanzaron en su día y generaron durante unas fechas un notable grado de repercusión y audiencia por su especial dramatismo. Tras su destello inédito sobre el mapa de la actualidad, se difuminan sin que volvamos a tener de ellas reseña alguna para identificar las consecuencias que se desprendieron del hecho. Tal parece que, tras ocupar a toda plana y a pantalla múltiple la efímera preeminencia mediática, se hubiera levantado sobre su contenido un repentino muro de silencio del que tampoco hay la más mínima alusión.
Hace poco más de tres meses el mundo asistió conmovido y alarmado al secuestro de una escuela en la localidad de Beslán, pequeña ciudad de la República de Osetia del Norte, en el Cáucaso, perteneciente a la Federación Rusa. Un comando formado por treinta milicianos chechenos logró con suma facilidad ocupar el edificio y alojar en el mismo un auténtico polvorín. Ese día, primero de septiembre, centenares de padres y alumnos celebraban la inauguración del nuevo curso escolar, por lo que la entidad del conflicto comportaba un riesgo muy numeroso de víctimas.
Sin duda entonces, en el ánimo de los ciudadanos rusos pesaba la angustiosa posibilidad de que se repitiera la tragedia vivida en un teatro de Moscú dos años antes, cuando su asalto por las tropas rusas, en parecidas circunstancias, ocasionó una verdadera carnicería. Tal presentimiento cobró infausta certeza en cuanto el presidente Putin, sin contar apenas con el recurso de las dilaciones para intentar una solución mediadora, se sirvió otra vez de la fuerza para acabar con el secuestro. El saldo final de la operación se cifró en 334 muertos, en su mayoría niños.
A través de los medios de comunicación tuvimos cumplida y redundante información de aquella masacre, según el uso y abuso husmeador que se estila en este tipo de sucesos. Las imágenes fueron de tal dureza que el espectador de la calle, conmovido por los efectos, apenas reparó en las causas de la matanza, obsesionado ante la crueldad del fundamentalismo asesino que la deparó, basada sobre todo en la corta edad de las víctimas. Desde fuentes oficiales rusas se esgrimieron excusas y razones un tanto confusas y poco fiables para justificar el asalto.
El caso mereció severas reprensiones por parte de algún respetable juez del Tribunal de La Haya, hasta el punto de considerar que se vulneraron derechos fundamentales en la resolución del secuestro. Quizá por eso, en evitación de mayores suspicacias, Vladimir Putin estuvo dispuesto -tras negarse a convocarla-, a proponer una comisión de investigación. Claro que lo último que supimos de esa comisión fue que la integraba personal de confianza adepto al presidente, sin que más allá de ese único y sintomático dato nos hayan llegado otros acerca de sus indagaciones.
Sí hemos notado, en cambio, que desde la tragedia de Beslán no se han vuelto a tener más noticias sangrientas del terrorismo checheno, tan activo a lo largo del pasado verano. También que el gobierno de Putin, afectado entonces por notables problemas internos como consecuencia de la crisis petrolera y unas serias acusaciones de corrupción, ha salido reforzado. En ese sentido, tanto él como mister Bush parecen haber llevado rutas paralelas de éxito a través de su beligerante actitud frente al terrorismo fundamentalista. Los dos han contado a tal fin con sus respectivos Ben Laden, el checheno y el saudí -coincidentemente provenientes ambos de la CIA y de la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética-, para afianzar su liderazgo y su gestión presidencial.
En cuanto a las madres de los colegiales muertos, estoy por asegurar que no han tenido ni tendrán voz en el Parlamento ruso. Por eso, tras haber escuchado la soberana lección de humanidad de Pilar Manjón en el nuestro, deberíamos sentirnos confortados por la diligencia con que el presidente del Gobierno español ha tratado de dar respuesta a sus demandas. Seguro que las madres de Beslán no llamarían oportunista a quien de ese modo tratase de aliviar su sufrimiento, del que nunca más se supo.
Este artículo fue publicado en elotrodiario.com
con motivo de la comparecencia de doña Pilar Manjón
en la Comisión sobre la Masacre del 11-M, que tuvo
lugar en el Congreso de los Diputados de España.
A las noticias, a veces, se les pierde el rastro. Ocurre incluso con las que alcanzaron en su día y generaron durante unas fechas un notable grado de repercusión y audiencia por su especial dramatismo. Tras su destello inédito sobre el mapa de la actualidad, se difuminan sin que volvamos a tener de ellas reseña alguna para identificar las consecuencias que se desprendieron del hecho. Tal parece que, tras ocupar a toda plana y a pantalla múltiple la efímera preeminencia mediática, se hubiera levantado sobre su contenido un repentino muro de silencio del que tampoco hay la más mínima alusión.
Hace poco más de tres meses el mundo asistió conmovido y alarmado al secuestro de una escuela en la localidad de Beslán, pequeña ciudad de la República de Osetia del Norte, en el Cáucaso, perteneciente a la Federación Rusa. Un comando formado por treinta milicianos chechenos logró con suma facilidad ocupar el edificio y alojar en el mismo un auténtico polvorín. Ese día, primero de septiembre, centenares de padres y alumnos celebraban la inauguración del nuevo curso escolar, por lo que la entidad del conflicto comportaba un riesgo muy numeroso de víctimas.
Sin duda entonces, en el ánimo de los ciudadanos rusos pesaba la angustiosa posibilidad de que se repitiera la tragedia vivida en un teatro de Moscú dos años antes, cuando su asalto por las tropas rusas, en parecidas circunstancias, ocasionó una verdadera carnicería. Tal presentimiento cobró infausta certeza en cuanto el presidente Putin, sin contar apenas con el recurso de las dilaciones para intentar una solución mediadora, se sirvió otra vez de la fuerza para acabar con el secuestro. El saldo final de la operación se cifró en 334 muertos, en su mayoría niños.
A través de los medios de comunicación tuvimos cumplida y redundante información de aquella masacre, según el uso y abuso husmeador que se estila en este tipo de sucesos. Las imágenes fueron de tal dureza que el espectador de la calle, conmovido por los efectos, apenas reparó en las causas de la matanza, obsesionado ante la crueldad del fundamentalismo asesino que la deparó, basada sobre todo en la corta edad de las víctimas. Desde fuentes oficiales rusas se esgrimieron excusas y razones un tanto confusas y poco fiables para justificar el asalto.
El caso mereció severas reprensiones por parte de algún respetable juez del Tribunal de La Haya, hasta el punto de considerar que se vulneraron derechos fundamentales en la resolución del secuestro. Quizá por eso, en evitación de mayores suspicacias, Vladimir Putin estuvo dispuesto -tras negarse a convocarla-, a proponer una comisión de investigación. Claro que lo último que supimos de esa comisión fue que la integraba personal de confianza adepto al presidente, sin que más allá de ese único y sintomático dato nos hayan llegado otros acerca de sus indagaciones.
Sí hemos notado, en cambio, que desde la tragedia de Beslán no se han vuelto a tener más noticias sangrientas del terrorismo checheno, tan activo a lo largo del pasado verano. También que el gobierno de Putin, afectado entonces por notables problemas internos como consecuencia de la crisis petrolera y unas serias acusaciones de corrupción, ha salido reforzado. En ese sentido, tanto él como mister Bush parecen haber llevado rutas paralelas de éxito a través de su beligerante actitud frente al terrorismo fundamentalista. Los dos han contado a tal fin con sus respectivos Ben Laden, el checheno y el saudí -coincidentemente provenientes ambos de la CIA y de la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética-, para afianzar su liderazgo y su gestión presidencial.
En cuanto a las madres de los colegiales muertos, estoy por asegurar que no han tenido ni tendrán voz en el Parlamento ruso. Por eso, tras haber escuchado la soberana lección de humanidad de Pilar Manjón en el nuestro, deberíamos sentirnos confortados por la diligencia con que el presidente del Gobierno español ha tratado de dar respuesta a sus demandas. Seguro que las madres de Beslán no llamarían oportunista a quien de ese modo tratase de aliviar su sufrimiento, del que nunca más se supo.