Felix Población
Ahora que el señor Lanzarote, alcalde de la vieja ciudad del Tormes, acaba de entrevistarse con el presidente del Gobierno para tratar del contencioso del Archivo de Salamanca, aprovecho la oportunidad para glosar un punto de vista no estimado hasta hoy en la polémica. Digamos, para empezar, que le cabe a Salamanca el dudoso honor de defender la residencia in situ del Archivo de la Represión Franquista (hoy Archivo General de la Guerra Civil), cuya memoria y conjunto requiere la máxima preservación y los mayores horizontes como centro documental de investigación y estudio, y la perenne ignominia de honrar a su artífice, que con Hitler y Stalin conforma el terceto dictatorial más oprobioso de la historia europea, con el correspondiente medallón en la emblemática Plaza Mayor. Pese a los reiterados ataques de los ciudadanos más reacios a este vergonzoso homenaje, no cesa el señor alcalde de invertir presupuesto público en sucesivas restauraciones.
La rancia derecha local apela a razones históricas para conservar la efigie del Caudillo, pero no las esgrime para echar en falta la de los presidentes de la primera y segunda repúblicas, por ejemplo, cuya contrastada dignidad ni tuvo ni tiene asomo en las doradas piedras. La cuestión debería someterse a público examen ahora que se va a conmemorar el ducentésimo quincuagésimo aniversario del monumental recinto y se ultiman magníficos y sonados eventos para celebrarlo. Al día de la fecha ignoro si entre los nuevos medallones programados para llenar los vacíos existentes estarán los que, desde que España recuperó la democracia al menos, deberían figurar en la plaza por derecho propio. Podría explicarse esta ausencia en razón al ralentí con que ciertas autoridades charras fueron asumiendo los nuevos tiempos. O quizá no se haya reparado en ello por una mera cuestión de ignorancia, quién sabe.
Lo cierto es que por azarosas avatares, el ámbito arquitectónico de mayor relieve de esta antigua y hermosa ciudad universitaria, otrora núcleo de la cultura europea, tiene ahora un motivo más de deslucimiento en su inigualable perspectiva. Me refiero a la imaginativa pancarta que con caracteres de un rojo chillón cuelga desde hace meses de los balcones del Ayuntamiento y reivindica el anclaje y la exclusividad del Archivo a la ciudad que lo vio nacer –merced al grado de confianza que le merecía a los nuevos inquisidores-, para afrenta del ideal democrático de tantos españoles, no hace mucho y tardíamente homenajeados en las calles de París con motivo del ¡sexagésimo aniversario! de la liberación del dominio nazi, y reciente y tardíamente desagraviados en la legislación española, gracias sean dadas al actual Gobierno, tras casi treinta años de régimen democrático.
Supongo que la UNESCO no tendría en cuenta esos mínimos detalles para catalogar a Salamanca con el relevante y ejemplar título –que a tanto obliga con la calificación que la honra- de
sábado, 25 de septiembre de 2004
martes, 21 de septiembre de 2004
Aznar aún puede pedir perdón: Carta abierta al ex presidente de España
Félix Población
He dejado pasar unos días, antes de proponerme el comentario que sigue, para comprobar que la frase pasó casi desapercibida entre los analistas políticos que suelo consultar a diario. He llegado a pensar que su elusión, al menos entre los más críticos, pudo deberse a un gesto de delicadeza por no seguir hurgando en las debilidades del líder caído. Pero como las hemerotecas han dejado constancia de ella, por más que nos suene a pasado remoto, y la afirmación me parece muy grave, la recupero en labios de su singular protagonista, don José María Aznar, ex presidente del Gobierno de España: El PSOE es el partido del odio.
Mire usted, don José María, mentar ese término y aplicarlo sin el más mínimo reparo a sus adversarios políticos, democráticamente elegidos para la gobernación de nuestro país, es de tal irresponsabilidad e insensatez por su parte que he llegado a dudar de sus facultades intelectuales. Lo que el diccionario de la Real Academia de la Lengua define como antipatía y aversión hacia una cosa o persona cuyo mal se desea ha sido el sentimiento que más dolor, sangre y atraso ha ocasionado a esta nación cuyo bien, nos consta, usted debe desear tanto como cualquiera de nuestros bienandantes conciudadanos. Tenga en cuenta que los efectos de ese mal todavía perviven en la mentalidad de organizaciones terroristas cuyo largo balance de atentados y de víctimas aún purga este país con muy fresca memoria.
Tengo la sensación, estimado señor Aznar, de que después de una primera legislatura en la que le sonrió la fortuna y hasta el elogio de quienes desde los medios que equidistaban del poder y la oposición valoraban su política económica, usted comenzó a perder los papeles con la catástrofe del Prestige, la boda escurialense de su hija, el trágico accidente del Yakolev y la aciaga instantánea de las Azores. Permítame que le diga que en todas esas circunstancias creí advertir en usted un comportamiento anómalo, similar -si me permite la expresión- al de un guiñol pagado de sí mismo, y cuyo parecido con el político que había decidido poner límite a su carrera en el poder costaba relacionar. Su tránsito de incoherencias, desde la arbitrariedad, la soberbia y la vanagloria, le llevó a elegir a dedo para su sucesión, de entre sus compañeros de partido más idóneos, al más fiel pero menos competente, don Mariano, y a culminar el itinerario de desaciertos con el insólito desprestigio de la mentira y la manipulación mediática tras la por tantos motivos inolvidable tragedia del 11-M.
Ahora, cuando ya está usted más allá de la lid política -o creíamos que lo estaba, aunque sus vasallos populares lo hayan repescado para una presidencia honorífica-, y debería servirse de la distancia para ponderar mejor sus criterios, tiene su osadía la fatua ocurrencia de elegir entre todos los conceptos posibles el del odio para definir al partido que gracias a la voz y el voto de la mayoría de ciudadanos nos gobierna actualmente. ¿Podría desprenderse de ello que el señor Aznar considera a todos o a una parte de esos casi once millones de españoles proclives, allegados o incursos en tan nefasto e incivil reconcomio?
Por mucho que sea su despecho, mucha su frustración o las sin duda ingratas sensaciones que experimentó al salir de la Moncloa, no se deje arrastrar por vocablos tan peligrosas, estimado señor ex presidente. El cargo que ha ocupado como máximo representante del Gobierno de esta nación le obliga a evitar un léxico cuyo recurso es más propio del sombrío tiempo de las dos Españas que nos helaron el corazón, tan descarnado por suerte de razón y sentido en nuestro actual contexto histórico. Esos son útiles más propios de cantamañanas y calenturientos predicadores mentalmente extraviados en la inquina delante de un micrófono, aunque el altavoz sea el de una institución como nuestra católica iglesia, obligada por fidelidad y credo a infundir entre sus oyentes la buena nueva que insta a la concordia desde el siempre respetable y admirable mensaje evangélico.
No creo que este sencillo artículo, redactado con mis mejores intenciones, llegue hasta sus altas instancias, don José María, pero si el azar o los caprichos de la Red de Redes lo permitieran, escuche la sugerencia que me atrevo a proponerle. Los señores diputados que nos representan en el Parlamento han tenido al fin el acierto de decidir que usted comparezca ante la Comisión del 11-M. Quizá sea la última oportunidad pública que se le presente para reparar en lo posible la insensatez que guió sus últimos compromisos, nacionales e internacionales, y muchas de sus manifestaciones públicas en torno a los conflictos que amargaron su segunda legislatura. Estoy convencido de que España valorará su actitud, señor ex presidente, si en lugar de rastrear el odio en los diccionarios de la vieja historia, asoma a sus labios una frase de perdón.
He dejado pasar unos días, antes de proponerme el comentario que sigue, para comprobar que la frase pasó casi desapercibida entre los analistas políticos que suelo consultar a diario. He llegado a pensar que su elusión, al menos entre los más críticos, pudo deberse a un gesto de delicadeza por no seguir hurgando en las debilidades del líder caído. Pero como las hemerotecas han dejado constancia de ella, por más que nos suene a pasado remoto, y la afirmación me parece muy grave, la recupero en labios de su singular protagonista, don José María Aznar, ex presidente del Gobierno de España: El PSOE es el partido del odio.
Mire usted, don José María, mentar ese término y aplicarlo sin el más mínimo reparo a sus adversarios políticos, democráticamente elegidos para la gobernación de nuestro país, es de tal irresponsabilidad e insensatez por su parte que he llegado a dudar de sus facultades intelectuales. Lo que el diccionario de la Real Academia de la Lengua define como antipatía y aversión hacia una cosa o persona cuyo mal se desea ha sido el sentimiento que más dolor, sangre y atraso ha ocasionado a esta nación cuyo bien, nos consta, usted debe desear tanto como cualquiera de nuestros bienandantes conciudadanos. Tenga en cuenta que los efectos de ese mal todavía perviven en la mentalidad de organizaciones terroristas cuyo largo balance de atentados y de víctimas aún purga este país con muy fresca memoria.
Tengo la sensación, estimado señor Aznar, de que después de una primera legislatura en la que le sonrió la fortuna y hasta el elogio de quienes desde los medios que equidistaban del poder y la oposición valoraban su política económica, usted comenzó a perder los papeles con la catástrofe del Prestige, la boda escurialense de su hija, el trágico accidente del Yakolev y la aciaga instantánea de las Azores. Permítame que le diga que en todas esas circunstancias creí advertir en usted un comportamiento anómalo, similar -si me permite la expresión- al de un guiñol pagado de sí mismo, y cuyo parecido con el político que había decidido poner límite a su carrera en el poder costaba relacionar. Su tránsito de incoherencias, desde la arbitrariedad, la soberbia y la vanagloria, le llevó a elegir a dedo para su sucesión, de entre sus compañeros de partido más idóneos, al más fiel pero menos competente, don Mariano, y a culminar el itinerario de desaciertos con el insólito desprestigio de la mentira y la manipulación mediática tras la por tantos motivos inolvidable tragedia del 11-M.
Ahora, cuando ya está usted más allá de la lid política -o creíamos que lo estaba, aunque sus vasallos populares lo hayan repescado para una presidencia honorífica-, y debería servirse de la distancia para ponderar mejor sus criterios, tiene su osadía la fatua ocurrencia de elegir entre todos los conceptos posibles el del odio para definir al partido que gracias a la voz y el voto de la mayoría de ciudadanos nos gobierna actualmente. ¿Podría desprenderse de ello que el señor Aznar considera a todos o a una parte de esos casi once millones de españoles proclives, allegados o incursos en tan nefasto e incivil reconcomio?
Por mucho que sea su despecho, mucha su frustración o las sin duda ingratas sensaciones que experimentó al salir de la Moncloa, no se deje arrastrar por vocablos tan peligrosas, estimado señor ex presidente. El cargo que ha ocupado como máximo representante del Gobierno de esta nación le obliga a evitar un léxico cuyo recurso es más propio del sombrío tiempo de las dos Españas que nos helaron el corazón, tan descarnado por suerte de razón y sentido en nuestro actual contexto histórico. Esos son útiles más propios de cantamañanas y calenturientos predicadores mentalmente extraviados en la inquina delante de un micrófono, aunque el altavoz sea el de una institución como nuestra católica iglesia, obligada por fidelidad y credo a infundir entre sus oyentes la buena nueva que insta a la concordia desde el siempre respetable y admirable mensaje evangélico.
No creo que este sencillo artículo, redactado con mis mejores intenciones, llegue hasta sus altas instancias, don José María, pero si el azar o los caprichos de la Red de Redes lo permitieran, escuche la sugerencia que me atrevo a proponerle. Los señores diputados que nos representan en el Parlamento han tenido al fin el acierto de decidir que usted comparezca ante la Comisión del 11-M. Quizá sea la última oportunidad pública que se le presente para reparar en lo posible la insensatez que guió sus últimos compromisos, nacionales e internacionales, y muchas de sus manifestaciones públicas en torno a los conflictos que amargaron su segunda legislatura. Estoy convencido de que España valorará su actitud, señor ex presidente, si en lugar de rastrear el odio en los diccionarios de la vieja historia, asoma a sus labios una frase de perdón.
lunes, 13 de septiembre de 2004
Las elecciones USA, la miseria en alza y los soldados muertos
Félix Población
George W. Bush, al referirse en la pasada convención republicana a la larga, conflictiva y dura posguerra en Iraq, estimó su balance como fruto de un cálculo erróneo. En esa misma y triunfal convocatoria, entre risas a todo diente, coloristas oriflamas, vítores, agasajos y demás componendas escénicas, Arnold Schwarzeneger, prototipo del político norteamericano con carisma de celuloide, no se recató en echar flores al ex presidente Richard Nixon, el mismo que en 1968 llegó a la Casa Blanca con un plan secreto para acabar con la guerra de Vietnam. La cita no pudo ser más inoportuna porque el precio de aquella idea costó al final 58.000 muertos.
El cálculo erróneo del señor Bush también tiene cifras. Según el Pentágono -no hay otra fuente disponible- asciende actualmente a 1.032 soldados muertos y 7.246 heridos. A esos soldados, sin embargo, se los ha tratado de silenciar a lo largo de los últimos meses. Su muerte no ha tenido siquiera el valor de merecer una cobertura informativa mínima. Sin duda no se lo merecían después de sacrificar su vida en defensa de su país y en contra del terrorismo internacional, tal como proclama su presidente. No olvidemos que la primera fotografía de los ataúdes en la bodega de un avión, cubiertos con la bandera norteamericana, se obtuvo gracias al osado proceder de un periodista/excepción de entre todos los que podrían haberse atrevido a vulnerar las normas de encubrimiento. Lo mismo sucedió, aunque muy otros fueran los hechos y los protagonistas, cuando se revelaron las torturas sufridas por presos iraquíes a cargo de soldados estadounidenses. La Casa Blanca debería tener en cuenta esos matices a la hora de aplicar la misma política informativa a quienes mueren por su bandera que a los que la deshonran.
La campaña de silencio contra las víctimas de la posguerra no es un cálculo erróneo. Obedece a los rigores de una nación que está en galas electorales. Si a los señores senadores le resulta muy molesto que el travieso Michael Moore ponga a prueba su patriotismo ofreciéndoles ante las cámaras el impreso de alistamiento para sus hijos, a los candidatos a la Presidencia también les importuna la sombra de los muertos y mutilados. Bush la justifica como un error de cálculo y Kerry acaso teme pecar de demagogo recordándola, no en vano ambos son muy observantes con la premisa del orgullo nacional y el sentimiento de país herido tras el 11-S. Mientras el presidente apela al grito de América en guerra para cebar a sus votantes, John Kerry no pasa de buscar la lisonja de los profesionales de clase media sin atreverse a salir de la estela guerrera de su adversario, tan afín al parecer a un importante sector de opinión.
Así las cosas, las encuestas favorecen por ahora al candidato republicano, posiblemente porque el aspirante demócrata ha adoptado una postura en exceso timorata que no espolea la conciencia sumisa y amondongada del norteamericano medio. Mal está olvidar a las víctimas de una guerra suscrita por su adversario en contra de los principios más elementales de Derecho Internacional, pero mucho peor es no interceder por ese sector más desfavorecido de la población que nutre buena parte de la milicia, tal como se hacía constar en el agudo documental de Moore Fahrenheit 11/9.
También los últimos datos sobre la pobreza en Estados Unidos, que normalmente llegan a divulgarse en septiembre, se han dado este año anticipadamente para de ese modo ingresar cuanto antes en la amnesia de la ciudadanía: el año pasado, 1,3 millones de estadounidenses han pasado a engrosar las listas de penuria en el país más rico del mundo. Ya son 36 los millones de pobres que registra la Oficina del Censo, entre los que se encuentran 13 millones de menores de 18 años. El número de personas carentes de asistencia sanitaria ha subido 1,4 millones, lo que supone un 15,6 por ciento de la población, en total 45 millones de habitantes. Este ha sido el tercer año (Bush) consecutivo en que todas esa cifras experimentan un notable incremento.
El mundo se va a jugar mucho en las próximas elecciones norteamericanas, quizá las más decisivas de los últimos lustros. Según Timothy Garton Ash, reconocido historiador de la Universidad de Oxford, cuatro años más de Bush pueden suponer la confirmación entre millones de musulmanes de una fobia autodestructiva contra Occidente, además de una Europa hostil hacia USA y toda una potencia, la propia Estados Unidos, de cabeza hacia la ruina fiscal. Los demócratas deberían tener en cuenta en su campaña esos cruciales factores y abundar menos en el flojo expediente de hazañas bélicas del recluta Bush. También es precisa una mayor insistencia en denunciar la regresiva política social del actual presidente a lo largo de los últimos años.
En cuanto a la ciudadanía, no debería esperar, tal como apuntaba John Miller, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Ohio, a que la cifra de 58.000 soldados muertos de Vietnam ponga en alerta su conciencia política. Ese sería un error de cálculo mucho más grave que los norteamericanos pueden evitar ahora con su voz. Sólo hace falta pensar y sentir como las familias de esos millares de soldados muertos y heridos, a cuyo sacrificio se le pretendió privar de la honra de la noticia únicamente por un puñado de puñeteros votos. Claro que si ese puñado sirve a la postre para amañar una victoria, a lo peor todo vale.
o
George W. Bush, al referirse en la pasada convención republicana a la larga, conflictiva y dura posguerra en Iraq, estimó su balance como fruto de un cálculo erróneo. En esa misma y triunfal convocatoria, entre risas a todo diente, coloristas oriflamas, vítores, agasajos y demás componendas escénicas, Arnold Schwarzeneger, prototipo del político norteamericano con carisma de celuloide, no se recató en echar flores al ex presidente Richard Nixon, el mismo que en 1968 llegó a la Casa Blanca con un plan secreto para acabar con la guerra de Vietnam. La cita no pudo ser más inoportuna porque el precio de aquella idea costó al final 58.000 muertos.
El cálculo erróneo del señor Bush también tiene cifras. Según el Pentágono -no hay otra fuente disponible- asciende actualmente a 1.032 soldados muertos y 7.246 heridos. A esos soldados, sin embargo, se los ha tratado de silenciar a lo largo de los últimos meses. Su muerte no ha tenido siquiera el valor de merecer una cobertura informativa mínima. Sin duda no se lo merecían después de sacrificar su vida en defensa de su país y en contra del terrorismo internacional, tal como proclama su presidente. No olvidemos que la primera fotografía de los ataúdes en la bodega de un avión, cubiertos con la bandera norteamericana, se obtuvo gracias al osado proceder de un periodista/excepción de entre todos los que podrían haberse atrevido a vulnerar las normas de encubrimiento. Lo mismo sucedió, aunque muy otros fueran los hechos y los protagonistas, cuando se revelaron las torturas sufridas por presos iraquíes a cargo de soldados estadounidenses. La Casa Blanca debería tener en cuenta esos matices a la hora de aplicar la misma política informativa a quienes mueren por su bandera que a los que la deshonran.
La campaña de silencio contra las víctimas de la posguerra no es un cálculo erróneo. Obedece a los rigores de una nación que está en galas electorales. Si a los señores senadores le resulta muy molesto que el travieso Michael Moore ponga a prueba su patriotismo ofreciéndoles ante las cámaras el impreso de alistamiento para sus hijos, a los candidatos a la Presidencia también les importuna la sombra de los muertos y mutilados. Bush la justifica como un error de cálculo y Kerry acaso teme pecar de demagogo recordándola, no en vano ambos son muy observantes con la premisa del orgullo nacional y el sentimiento de país herido tras el 11-S. Mientras el presidente apela al grito de América en guerra para cebar a sus votantes, John Kerry no pasa de buscar la lisonja de los profesionales de clase media sin atreverse a salir de la estela guerrera de su adversario, tan afín al parecer a un importante sector de opinión.
Así las cosas, las encuestas favorecen por ahora al candidato republicano, posiblemente porque el aspirante demócrata ha adoptado una postura en exceso timorata que no espolea la conciencia sumisa y amondongada del norteamericano medio. Mal está olvidar a las víctimas de una guerra suscrita por su adversario en contra de los principios más elementales de Derecho Internacional, pero mucho peor es no interceder por ese sector más desfavorecido de la población que nutre buena parte de la milicia, tal como se hacía constar en el agudo documental de Moore Fahrenheit 11/9.
También los últimos datos sobre la pobreza en Estados Unidos, que normalmente llegan a divulgarse en septiembre, se han dado este año anticipadamente para de ese modo ingresar cuanto antes en la amnesia de la ciudadanía: el año pasado, 1,3 millones de estadounidenses han pasado a engrosar las listas de penuria en el país más rico del mundo. Ya son 36 los millones de pobres que registra la Oficina del Censo, entre los que se encuentran 13 millones de menores de 18 años. El número de personas carentes de asistencia sanitaria ha subido 1,4 millones, lo que supone un 15,6 por ciento de la población, en total 45 millones de habitantes. Este ha sido el tercer año (Bush) consecutivo en que todas esa cifras experimentan un notable incremento.
El mundo se va a jugar mucho en las próximas elecciones norteamericanas, quizá las más decisivas de los últimos lustros. Según Timothy Garton Ash, reconocido historiador de la Universidad de Oxford, cuatro años más de Bush pueden suponer la confirmación entre millones de musulmanes de una fobia autodestructiva contra Occidente, además de una Europa hostil hacia USA y toda una potencia, la propia Estados Unidos, de cabeza hacia la ruina fiscal. Los demócratas deberían tener en cuenta en su campaña esos cruciales factores y abundar menos en el flojo expediente de hazañas bélicas del recluta Bush. También es precisa una mayor insistencia en denunciar la regresiva política social del actual presidente a lo largo de los últimos años.
En cuanto a la ciudadanía, no debería esperar, tal como apuntaba John Miller, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Ohio, a que la cifra de 58.000 soldados muertos de Vietnam ponga en alerta su conciencia política. Ese sería un error de cálculo mucho más grave que los norteamericanos pueden evitar ahora con su voz. Sólo hace falta pensar y sentir como las familias de esos millares de soldados muertos y heridos, a cuyo sacrificio se le pretendió privar de la honra de la noticia únicamente por un puñado de puñeteros votos. Claro que si ese puñado sirve a la postre para amañar una victoria, a lo peor todo vale.
o
martes, 7 de septiembre de 2004
11-S, 11-M, Osetia y otros olvidos
Félix Población
En los últimos días hemos asistido reiteradamente a través de los noticiarios audiovisuales a los impresionantes efectos de la masacre en la escuela de Osetia. El golpe feroz del terrorismo se cebó esta vez en la vida nueva de centenares de niños, como si en su desbocada carrera homicida las oscuras fuerzas que lo alientan no conocieran límite a su vesania. Cabe preguntarse qué calibre de crueldad tendrá el próximo envite. Las imágenes de dolor de los familiares enterrando a las jóvenes víctimas han levantado un clamor de indignación en el mundo. También han incrementado el grado de inseguridad que amenaza a la sociedad occidental a raíz de la aventurada determinación del señor Bush de protegerla (ojo que aún tiene más planes para el futuro si sale reelegido). Mientras el número de muertos prosigue en Beslán, apenas se tiene noticia de los culpables. El asalto acabó con la muerte de los secuestradores. Varios, al parecer lograron huir y sólo uno, según fuentes oficiales rusas, pudo ser mostrado a las cámaras de televisión como supuesto integrante del comando.
El pasado 11 de marzo España vivió una inolvidable jornada de tragedia. Casi dos centenares de personas, modestos trabajadores en su mayoría, perecieron en varios atentados cometidos tras la explosión de sucesivas bombas en distintos trenes de cercanías. Miserables intereses electorales impulsaron al gobierno de la nación a propalar versiones falsas de los supuestos culpables. Eso determinó la victoria del Partido Socialista en las pasadas elecciones generales. Unos y otros, gobernantes y oposición, garantizaron a la ciudadanía una comisión clarificadora de los hechos. Fallecidos los terroristas, semanas después de la masacre, y suspendida la comisión para que sus señorías disfrutaran de las merecidas vacaciones, el Partido Socialista considera ahora que la comparecencia del señor Aznar es innecesaria. Tal criterio, por mucho que se empeñen Rubalcaba y Rajoy en contradecirlo, huele a pacto. Invertidas las tornas, con los socialistas en el poder y los populares en la oposición, una vez más la verdad queda exenta de una comisión parlamentaria, con la grave particularidad, en este caso, de que el mutis afecta a la vida y el dolor de centenares de muertos y heridos. Por muchos monumentos que se les haga a todos ellos, sería únicamente la verdad del 11-M el mejor homenaje a las víctimas. ¿La sabremos algún día?
El avisado e inconformista lector supongo que habrá podido leer la película Fahrenheit 11/9. Digo leer porque la documentación que maneja el travieso Michel Moore no tiene desperdicio. Convendría que cada espectador pudiera llevársela impresa a casa, al salir del cine, para repasar sus interrogantes y premisas desde el mismo momento en que mister Bush llega a la Casa Blanca a través de un pucherazo, con todo un selecto clan de petroleros detrás, encabezados por su señor padre, el avispado ex presidente negociante en crudos. El director ha sabido afinar a fondo en el texto que ilustra las imágenes. De la masacre de Nueva York lo único que se sabe es que la protagonizaron unos terroristas suicidas, sin que más allá de sus perdidos restos se ha haya podido seguir una investigación que conduzca a unas claves creíbles y manifiestas de autoría. ¿Pueden darse márgenes tan altos de error e incompetencia, primero en la seguridad interior y después en la capacidad para analizarlos, en el país más protegido del planeta? También allí se piensa alzar un impresionante monumento a las víctimas. ¿Sabremos algún día toda la verdad?
La vieja Rusia es un inmenso país de reciente ingreso en la órbita capitalista. El presidente Putin ha sido revalidado en el poder a través de unas elecciones y su gobierno se ampara en los mismos o parecidos servicios secretos que el país tuviera en la época soviética. Entre ese poder oficial y la redes mafiosas acaparadoras de las fuentes de riqueza nacionales, muchas de ellas encabezadas también por los viejos capos comunistas, existe una auténtica lucha. Cabe pensar, por lo tanto, habiendo de por medio oleoductos y grandes intereses petroleros como los que se ventilan en Chechenia, que a algunas compañías multinacionales del sector les interese incrementar la inseguridad en la zona a fin de cebarse en sus copiosos recursos estratégicos. El barbarismo terrorista fanático y desalmado les podría ser muy útil, dicho sea como candorosa hipótesis de trabajo documental.
El drama de Beslán está ahí con toda su cruda realidad azotándonos con sobrecogedoras imágenes. Cuando tuvimos noticia del secuestro presentimos que la tragedia del teatro de Moscú de hace un par de años podía repetirse. El noble y sufrido pueblo ruso vivirá estos días multitudinarias manifestaciones de dolor y repulsa. Quizá también se le haga un monumento testimonial a las víctimas. Pero ¿y la verdad? ¿Sabremos algún día toda la verdad? La oposición acaba de solicitar a Putin una comisión investigadora sobre los hechos. ¿Será también aquélla una comisión para el olvido?
En los últimos días hemos asistido reiteradamente a través de los noticiarios audiovisuales a los impresionantes efectos de la masacre en la escuela de Osetia. El golpe feroz del terrorismo se cebó esta vez en la vida nueva de centenares de niños, como si en su desbocada carrera homicida las oscuras fuerzas que lo alientan no conocieran límite a su vesania. Cabe preguntarse qué calibre de crueldad tendrá el próximo envite. Las imágenes de dolor de los familiares enterrando a las jóvenes víctimas han levantado un clamor de indignación en el mundo. También han incrementado el grado de inseguridad que amenaza a la sociedad occidental a raíz de la aventurada determinación del señor Bush de protegerla (ojo que aún tiene más planes para el futuro si sale reelegido). Mientras el número de muertos prosigue en Beslán, apenas se tiene noticia de los culpables. El asalto acabó con la muerte de los secuestradores. Varios, al parecer lograron huir y sólo uno, según fuentes oficiales rusas, pudo ser mostrado a las cámaras de televisión como supuesto integrante del comando.
El pasado 11 de marzo España vivió una inolvidable jornada de tragedia. Casi dos centenares de personas, modestos trabajadores en su mayoría, perecieron en varios atentados cometidos tras la explosión de sucesivas bombas en distintos trenes de cercanías. Miserables intereses electorales impulsaron al gobierno de la nación a propalar versiones falsas de los supuestos culpables. Eso determinó la victoria del Partido Socialista en las pasadas elecciones generales. Unos y otros, gobernantes y oposición, garantizaron a la ciudadanía una comisión clarificadora de los hechos. Fallecidos los terroristas, semanas después de la masacre, y suspendida la comisión para que sus señorías disfrutaran de las merecidas vacaciones, el Partido Socialista considera ahora que la comparecencia del señor Aznar es innecesaria. Tal criterio, por mucho que se empeñen Rubalcaba y Rajoy en contradecirlo, huele a pacto. Invertidas las tornas, con los socialistas en el poder y los populares en la oposición, una vez más la verdad queda exenta de una comisión parlamentaria, con la grave particularidad, en este caso, de que el mutis afecta a la vida y el dolor de centenares de muertos y heridos. Por muchos monumentos que se les haga a todos ellos, sería únicamente la verdad del 11-M el mejor homenaje a las víctimas. ¿La sabremos algún día?
El avisado e inconformista lector supongo que habrá podido leer la película Fahrenheit 11/9. Digo leer porque la documentación que maneja el travieso Michel Moore no tiene desperdicio. Convendría que cada espectador pudiera llevársela impresa a casa, al salir del cine, para repasar sus interrogantes y premisas desde el mismo momento en que mister Bush llega a la Casa Blanca a través de un pucherazo, con todo un selecto clan de petroleros detrás, encabezados por su señor padre, el avispado ex presidente negociante en crudos. El director ha sabido afinar a fondo en el texto que ilustra las imágenes. De la masacre de Nueva York lo único que se sabe es que la protagonizaron unos terroristas suicidas, sin que más allá de sus perdidos restos se ha haya podido seguir una investigación que conduzca a unas claves creíbles y manifiestas de autoría. ¿Pueden darse márgenes tan altos de error e incompetencia, primero en la seguridad interior y después en la capacidad para analizarlos, en el país más protegido del planeta? También allí se piensa alzar un impresionante monumento a las víctimas. ¿Sabremos algún día toda la verdad?
La vieja Rusia es un inmenso país de reciente ingreso en la órbita capitalista. El presidente Putin ha sido revalidado en el poder a través de unas elecciones y su gobierno se ampara en los mismos o parecidos servicios secretos que el país tuviera en la época soviética. Entre ese poder oficial y la redes mafiosas acaparadoras de las fuentes de riqueza nacionales, muchas de ellas encabezadas también por los viejos capos comunistas, existe una auténtica lucha. Cabe pensar, por lo tanto, habiendo de por medio oleoductos y grandes intereses petroleros como los que se ventilan en Chechenia, que a algunas compañías multinacionales del sector les interese incrementar la inseguridad en la zona a fin de cebarse en sus copiosos recursos estratégicos. El barbarismo terrorista fanático y desalmado les podría ser muy útil, dicho sea como candorosa hipótesis de trabajo documental.
El drama de Beslán está ahí con toda su cruda realidad azotándonos con sobrecogedoras imágenes. Cuando tuvimos noticia del secuestro presentimos que la tragedia del teatro de Moscú de hace un par de años podía repetirse. El noble y sufrido pueblo ruso vivirá estos días multitudinarias manifestaciones de dolor y repulsa. Quizá también se le haga un monumento testimonial a las víctimas. Pero ¿y la verdad? ¿Sabremos algún día toda la verdad? La oposición acaba de solicitar a Putin una comisión investigadora sobre los hechos. ¿Será también aquélla una comisión para el olvido?
miércoles, 1 de septiembre de 2004
Nostalgias de la radio
Félix Población
En esta pletórica y colmada sociedad de la información, donde la prensa escrita y los medios audiovisuales campan a sus anchas en aras de una pluralidad de contenidos que satisfaga las necesidades de mercado, extraña que la radio se haya olvidado de los niños. Para la radiodifusión española, ya sean las cinco cadenas convencionales de ámbito estatal, ya la concurrida red de emisoras locales en frecuencia modulada o la no menos múltiple oferta de radio musical para la mocedad en esa misma onda, los niños no existen.
Que yo sepa, no conozco un solo programa, ni siquiera como mero indicio testimonial, que los tenga en cuenta. Quizá de todos los colectivos sociales sean los niños los únicos que no merecen la más mínima atención en la programación radiofónica vigente. Consideradas las aptitudes del medio, es muy de lamentar que la audiencia infantil no tenga posibilidad de ejercer su escucha en ningún punto del dial. Quizá la razón obedezca a la exclusividad que la televisión ha ido ganando como escenario audiovisual de entretenimiento, pero eso no debería implicar que los niños se hayan quedado sin radio, como de hecho no se han quedado los adultos.
El lapsus, más bien, habría que achacarlo a un simple y deplorable olvido en el que parecen no haber reparado los gestores de la política mediática. Esa omisión, que podría ser interesadamente disculpable en las cadenas de propiedad privada, alegando quizá estrictas razones comerciales o la competidísima y mimética pugna que sostienen entre sí por los índices de audiencia, debería corregirse al menos en las emisoras de titularidad pública dependientes de RTVE.
Para quienes empezamos a crecer con la radio, cuando ya la televisión iniciaba su galopante conquista del ocio doméstico, no nos resulta difícil recordar la contribución que aquellos viejos receptores, instalados en el lugar más frecuentado de la casa, tuvieron en nuestro desarrollo. Era entonces la radio, sobre todo a las horas vespertinas y entrada ya la noche, antes de la cena, una cotidiana dependencia que nos mantenía con los oídos alerta a cuanto pudiera desprenderse de su escucha.
Por aquellos años, cada vez más desvaídos en las inevitables fugas de la memoria, siempre disponíamos los muchachos de un espacio que de una manera u otra espoleara nuestra imaginación o nos distrajera con las peripecias de unos personajes tan próximos y familiares como Matilde, Perico y Periquín, ineludible y siempre corta cita con la que, a través de la cadena SER, nos aprestábamos a ir a la cama.
Personalmente debo a la radio mis primeras inquietudes por la lectura. No sólo se limitaron estas a perseguir las aventuras del magnífico Coyote, el carismático héroe justiciero de José Mallorquí. Gracias a la radio empecé a leer también una obra que sin su concurso hubiera sido para mí poco menos que inaccesible. Los magníficos actores de la Sociedad Española de Radiodifusión hicieron posible que algunos Episodios Nacionales de Pérez Galdós alcanzaran un relevante interés que me llevó a frecuentar muy pronto las bibliotecas. Tengo incluso una cabal referencia de que buscando en los libros lo que la radio hacía bullir en mi imaginación, también fui mejorando mi capacidad para aprender a leer en voz alta con una cierta soltura. De ese modo llegué a considerarme un precoz radioadicto al que no sólo ningún programa recreativamente literario le era ajeno, sino cualquier otro que con carácter divulgativo se difundía través de las ondas.
Vienen estas ineludibles nostalgias a comentario porque mi hija, que está en esa fabulosa edad en que los libros empiezan a ser interpretados, suele darnos los viajes en coche escuchando una y otra vez las cintas grabadas de los viejos cuentos populares españoles que ahora se difunden en disco o casete. No hay divertimento que más le satisfaga ni al que preste mayor concentración. Cuando le digo que a su edad, en mi tiempo, era frecuente que los relatos y las novelas se dijeran por la radio, no entiende por qué a ella no le ha tocado una época tan estupenda y sí otra en que la facundia rabanera del cotilleo rosa o las lesiones del tendón rotuliano de los futbolistas mueven tanta saliva.
No le falta razón, aunque sólo sea en ese sentido. A los niños de hoy día les sobran ofertas lúdicas en esta sociedad sumida en el consumo de modas y manías sucesivas a golpe de febril mercadotecnia. Se los atiborra de jueguecitos de consola y demás menudencias electrónicas, pero les falta el intelectivo y enriquecedor hábito de la escucha.
La radio tiene en esa vertiente la gran exclusiva que antaño desempeñaron los cuentos del abuelo afincados en la tradición oral. Desde la radio, indiferente en la actualidad a ese compromiso, se podría seguir favoreciendo la aventura más trascendente que comporta la edad infantil: la de imaginar. Sin esa inclinación, la aventura que mejor la alimenta corre el peligro de convertirse en una costumbre tan minoritaria en los pequeños como es la de leer entre los adultos.
En esta pletórica y colmada sociedad de la información, donde la prensa escrita y los medios audiovisuales campan a sus anchas en aras de una pluralidad de contenidos que satisfaga las necesidades de mercado, extraña que la radio se haya olvidado de los niños. Para la radiodifusión española, ya sean las cinco cadenas convencionales de ámbito estatal, ya la concurrida red de emisoras locales en frecuencia modulada o la no menos múltiple oferta de radio musical para la mocedad en esa misma onda, los niños no existen.
Que yo sepa, no conozco un solo programa, ni siquiera como mero indicio testimonial, que los tenga en cuenta. Quizá de todos los colectivos sociales sean los niños los únicos que no merecen la más mínima atención en la programación radiofónica vigente. Consideradas las aptitudes del medio, es muy de lamentar que la audiencia infantil no tenga posibilidad de ejercer su escucha en ningún punto del dial. Quizá la razón obedezca a la exclusividad que la televisión ha ido ganando como escenario audiovisual de entretenimiento, pero eso no debería implicar que los niños se hayan quedado sin radio, como de hecho no se han quedado los adultos.
El lapsus, más bien, habría que achacarlo a un simple y deplorable olvido en el que parecen no haber reparado los gestores de la política mediática. Esa omisión, que podría ser interesadamente disculpable en las cadenas de propiedad privada, alegando quizá estrictas razones comerciales o la competidísima y mimética pugna que sostienen entre sí por los índices de audiencia, debería corregirse al menos en las emisoras de titularidad pública dependientes de RTVE.
Para quienes empezamos a crecer con la radio, cuando ya la televisión iniciaba su galopante conquista del ocio doméstico, no nos resulta difícil recordar la contribución que aquellos viejos receptores, instalados en el lugar más frecuentado de la casa, tuvieron en nuestro desarrollo. Era entonces la radio, sobre todo a las horas vespertinas y entrada ya la noche, antes de la cena, una cotidiana dependencia que nos mantenía con los oídos alerta a cuanto pudiera desprenderse de su escucha.
Por aquellos años, cada vez más desvaídos en las inevitables fugas de la memoria, siempre disponíamos los muchachos de un espacio que de una manera u otra espoleara nuestra imaginación o nos distrajera con las peripecias de unos personajes tan próximos y familiares como Matilde, Perico y Periquín, ineludible y siempre corta cita con la que, a través de la cadena SER, nos aprestábamos a ir a la cama.
Personalmente debo a la radio mis primeras inquietudes por la lectura. No sólo se limitaron estas a perseguir las aventuras del magnífico Coyote, el carismático héroe justiciero de José Mallorquí. Gracias a la radio empecé a leer también una obra que sin su concurso hubiera sido para mí poco menos que inaccesible. Los magníficos actores de la Sociedad Española de Radiodifusión hicieron posible que algunos Episodios Nacionales de Pérez Galdós alcanzaran un relevante interés que me llevó a frecuentar muy pronto las bibliotecas. Tengo incluso una cabal referencia de que buscando en los libros lo que la radio hacía bullir en mi imaginación, también fui mejorando mi capacidad para aprender a leer en voz alta con una cierta soltura. De ese modo llegué a considerarme un precoz radioadicto al que no sólo ningún programa recreativamente literario le era ajeno, sino cualquier otro que con carácter divulgativo se difundía través de las ondas.
Vienen estas ineludibles nostalgias a comentario porque mi hija, que está en esa fabulosa edad en que los libros empiezan a ser interpretados, suele darnos los viajes en coche escuchando una y otra vez las cintas grabadas de los viejos cuentos populares españoles que ahora se difunden en disco o casete. No hay divertimento que más le satisfaga ni al que preste mayor concentración. Cuando le digo que a su edad, en mi tiempo, era frecuente que los relatos y las novelas se dijeran por la radio, no entiende por qué a ella no le ha tocado una época tan estupenda y sí otra en que la facundia rabanera del cotilleo rosa o las lesiones del tendón rotuliano de los futbolistas mueven tanta saliva.
No le falta razón, aunque sólo sea en ese sentido. A los niños de hoy día les sobran ofertas lúdicas en esta sociedad sumida en el consumo de modas y manías sucesivas a golpe de febril mercadotecnia. Se los atiborra de jueguecitos de consola y demás menudencias electrónicas, pero les falta el intelectivo y enriquecedor hábito de la escucha.
La radio tiene en esa vertiente la gran exclusiva que antaño desempeñaron los cuentos del abuelo afincados en la tradición oral. Desde la radio, indiferente en la actualidad a ese compromiso, se podría seguir favoreciendo la aventura más trascendente que comporta la edad infantil: la de imaginar. Sin esa inclinación, la aventura que mejor la alimenta corre el peligro de convertirse en una costumbre tan minoritaria en los pequeños como es la de leer entre los adultos.