miércoles, 14 de octubre de 2026

EL GALLINERO DE LAS MIL IZQUIERDAS

FÁBULA SOBRE LA UNIDAD, EL PODER Y EL HAMBRE DE LOS ZORROS

Paco Arenas

En una granja había un gallinero cuyos habitantes llevaban generaciones defendiendo la igualdad entre todas las gallinas. Unas eran rojas, otras moradas y algunas lucían plumas multicolores. Todas proclamaban que el grano debía repartirse justamente, que ningún polluelo debía pasar hambre y que los zorros constituían el mayor peligro para la convivencia.
En eso estaban de acuerdo. En casi todo, en realidad.
Una mañana, la gallina más vieja anunció que una manada de zorros se acercaba por el camino.
—¡Hay que organizar la defensa del gallinero!
—¡Por supuesto! —respondieron todas.
—¡Unidad! —cacarearon las rojas.
—¡Unidad verdadera! —replicaron las moradas.
—¡Unidad transformadora! —precisaron las multicolores.
Y, como todas estaban de acuerdo en lo fundamental, comenzaron a discutir.
La primera propuso levantar una empalizada. La segunda estuvo conforme, siempre que se reconociera que la idea original había sido suya. La tercera apoyó la iniciativa, pero exigió decidir quién dirigiría las obras. Una cuarta reclamó una asamblea constituyente para determinar democráticamente el orden en que las gallinas ocuparían los puestos de vigilancia.
—Lo importante es impedir que entren los zorros —recordó una gallina joven.
—¡Nadie discute eso! —le respondieron indignadas.
Entonces llegó la noticia de que los zorros habían alcanzado el primer cercado.
—¡Compañeras, los tenemos encima!
—Precisamente por eso no podemos precipitarnos —dijo la gallina de la cresta más encendida—. Una defensa sin liderazgo legítimo sería un error histórico.
—¡Lo que sería un error histórico es que la dirigieras tú! —replicó otra.
—¡Unidad, unidad! —corearon todas, cada una desde su propio rincón.
Ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo, decidieron crear una comisión para estudiar las distintas propuestas. La comisión se dividió en tres.
Una gallina propuso entonces algo verdaderamente revolucionario:
—¿Y si dejamos de discutir y cerramos la puerta?
Se hizo un silencio sepulcral.
—Compañera —respondió la portavoz de las moradas—, nadie puede cerrar una puerta en nombre de todas sin haber consensuado previamente el procedimiento.
—Además —añadió la representante de las multicolores—, habría que determinar de qué lado se cierra. No podemos permitir que una decisión unilateral fracture el gallinero.
La gallina insistió:
—¡Pero nos comerán!
—No dramatices. Ese discurso alarmista favorece a los zorros.
La joven volvió la cabeza hacia el camino. Los zorros ya habían atravesado el primer cercado y avanzaban tranquilamente hacia el segundo.
—¡Pero vienen hacia aquí!
—Precisamente por eso debemos evitar improvisaciones —contestó la gallina más veterana—. La precipitación siempre ha sido enemiga de los procesos históricos.
La asamblea aprobó por unanimidad una declaración en defensa de la unidad. Después se dividió en cuatro grupos para discutir cómo alcanzarla. Al mediodía desaparecieron las primeras gallinas.
La noticia causó una profunda conmoción. Todas condenaron enérgicamente los hechos y guardaron un minuto de silencio, interrumpido únicamente por una discusión sobre quién debía iniciar el homenaje.
Las rojas acusaron a las moradas de haber debilitado la vigilancia con sus constantes exigencias. Las moradas denunciaron que las rojas pretendían apropiarse de la defensa común. Las multicolores lamentaron que ninguna de las dos comprendiera la necesidad de construir un espacio nuevo, aunque discreparon entre ellas sobre el nombre que debía recibir.
Mientras tanto, los zorros cruzaron el segundo cercado.
Uno de ellos, sorprendido por la ausencia de resistencia, se asomó al gallinero. Dentro se celebraba una votación para decidir si la futura alianza debía denominarse Frente Unido, Unidad Popular o Plataforma de Confluencia para la Defensa Democrática del Gallinero.
El zorro entró sin hacer ruido y se llevó a una de las candidatas.
Su desaparición obligó a repetir la votación.
Por la tarde, las gallinas supervivientes alcanzaron un principio de acuerdo histórico: todas estaban dispuestas a renunciar a sus diferencias personales en beneficio del bien común, siempre que las demás hicieran lo mismo primero.
El pacto se celebró con grandes muestras de entusiasmo. Algunas lloraron de emoción. Otras se abrazaron, aunque procurando no rozar sus respectivas crestas.
Se redactó un documento de cuarenta y siete puntos. Los primeros cuarenta y seis recogían principios que ninguna discutía. El último establecía quién debía dirigir la coalición.
Fue imposible aprobarlo.
—¡Nos están comiendo! —gritó una gallina joven, que había pasado toda la jornada junto a la puerta.
—No emplees el miedo como argumento político —le reprochó una de las dirigentes.
—¡Pero es que ya están dentro!
—Eso demuestra la necesidad de una respuesta contundente —replicó otra—. Propongo una declaración conjunta.
—¡Y yo una movilización unitaria! —añadió la tercera.
—Siempre que quede claro quién la convoca —advirtió la cuarta.
En aquel momento, un zorro cruzó tranquilamente la sala y se llevó a la encargada de levantar acta.
La reunión quedó suspendida por falta de secretaria.
Al anochecer apenas sobrevivía una docena de gallinas. Algunas habían empezado a sospechar que quizá estaban equivocando las prioridades, pero ninguna quería exponerse a que la acusaran de romper la unidad.
La más vieja tomó la palabra.
—Compañeras, ha llegado el momento de hacer autocrítica.
Todas asintieron con gravedad.
—Debemos reconocer que hemos cometido errores —continuó—. Hemos sido incapaces de transmitir a nuestras compañeras la importancia de nuestro proyecto. Nos ha faltado pedagogía.
—Y generosidad —añadió una morada.
—Sobre todo generosidad ajena —precisó una roja.
La discusión se prolongó hasta medianoche. Finalmente, acordaron convocar unas primarias abiertas, participativas y vinculantes para elegir a quien encabezaría la defensa común. Cada grupo presentó su propia candidata, convencido de que era la única capaz de garantizar la unidad.
Como ninguna obtuvo la mayoría necesaria, se decidió celebrar una segunda vuelta.
No llegó a celebrarse.
Al amanecer, el gallinero estaba prácticamente vacío. La última gallina permanecía encaramada en el palo más alto, rodeada de plumas dispersas y de los documentos aprobados durante la jornada.
Un zorro viejo entró despacio y se sentó a contemplarla.
—¿Queda alguien más? —preguntó.
—Quedan los principios —respondió ella con dignidad.
El zorro miró alrededor.
—¿Y para qué os han servido?
—Para no traicionarnos.
El animal guardó silencio un instante.
—¿Y qué fue de todas las demás?
La gallina alzó orgullosamente la cabeza.
—Murieron defendiendo sus ideas.
El zorro contempló la puerta abierta, los cercados intactos y las actas esparcidas por el suelo.
—Curioso —murmuró—. Yo diría que murieron discutiendo quién debía defenderlas.
La gallina se indignó.
—¡Eso es una manipulación! ¡Siempre estuvimos de acuerdo en que había que deteneros!
—Ya lo sé —respondió el zorro y se la comió.
Aquella mañana, la manada de zorros celebró una breve reunión para organizar el reparto del gallinero. No hubo discursos, ni candidaturas, ni necesidad de votar. Cada zorro ocupó su lugar y se puso a trabajar.
Antes de marcharse, el más viejo encontró entre las plumas un documento encabezado por unas letras enormes:
«POR LA UNIDAD DEL GALLINERO. NI UN PASO ATRÁS».
Lo leyó con cierta dificultad, se limpió el hocico y dejó el papel donde estaba.
Al día siguiente, el granjero encontró el gallinero vacío. Sobre la mesa permanecía el último acuerdo, firmado por todas las organizaciones.
En su párrafo final podía leerse:
«Las abajo firmantes nos comprometemos solemnemente a no permitir, bajo ningún concepto, que nuestras legítimas diferencias faciliten la entrada de los zorros».
La puerta seguía abierta y los zorros, que nunca habían necesitado ponerse de acuerdo sobre quién debía dirigir la manada, ya habían encontrado otro gallinero.
Moraleja: Todas querían salvar el gallinero. Ninguna estaba dispuesta a que lo salvara otra.
DdA, XXII/6496

1 comentario:

cineforumgijon dijo...

Bueno, en realidad hasta mediados los años ochenta había muchos más partidos de izquierda (marxistas en general -en un tiempo lo era oficialmente hasta el PSOE-, marxistas-leninistas, estalinistas, maoístas, trotskistas... Con varias opciones en cada uno de ellos) entre los que elegir y con mucha más imposible acuerdo (todavía recuerdo, anecdóticamente, en unas elecciones, precisamente las generales de 1982 que llevaron a Felipe González a la Moncloa, en las que concurrían en lista conjunta el Movimiento Comunista de Asturias -MCA- y la Liga Comunista Revolucionaria -LCR-, a militantes de ambos partidos quitando de los carteles pegados en cualquier pared la esquina donde aparecía el nombre del otro -el diseñador, supongo que alguien de agitación y propaganda que se llamaba entonces, había tenido la mala idea, o la mala baba, de poner las iniciales de los dos partidos cada uno en una de las esquinas infreriores del cartel-)... El cainitismo es casi una marca de serie.

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