miércoles, 14 de octubre de 2026

DEL ROMANTICISMO Y SUS RAZONES (PARA HACER LA VIDA MÁS VIVIBLE)


GRITOS CON CITA Y GLOSA

José Ignacio Fernández del Castro

«El amor, ¿a qué huele?. Parece, cuando se ama,
que el mundo entero tiene rumor de primavera.
Las hojas secas tornan y las ramas con nieve,
y él sigue ardiente y joven, oliendo a rosa eterna.
Por todas partes abre guirnaldas invisibles,
todos sus fondos son líricos -risa o pena-,
la mujer a su beso cobra un sentido mágico
que, como en los senderos, sin cesar se renueva...
Vienen al alma música de ideales conciertos,
palabras de una brisa liviana entre arboledas;
se suspira y se llora, y el suspiro y el llanto

dejan como un romántico frescor de madreselvas...»
Juan Ramón JIMÉNEZ MANTECÓN (Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881 – San Juan, Puerto Rico,  29 de mayo de 1958), Premio Nobel de Literatura 1956: 
“El amor, ¿a qué huele?” en Laberinto (1913).

Como el amor, la vida no huele a nada y huele a todo lo radicalmente hermoso o desgraciado, puede hacernos sentir una calidez estival en pleno invierno o llenarnos de nostalgias otoñales en medio de la primavera, extiende su magia para transmitir acariciante placidez o gemir maléficos desasosiegos... Suspira y llora, atesora esperanza y se desespera, lucha y se rinde, se hunde y se eleva...
Como el amor, la vida merece ser vivida con romántica vehemencia porque, al menos, esa actitud no nos la podrán recortar los correveidiles de los amos del mundo... Dolerse con los dolores de la vida, amar sus amores, sentir sus sentimientos, pisar sus pasos, es ya un principio de resistencia ante el oprobio globalizado, ante un sistema que quiere que gocemos o padezcamos lo que nos dice la publicidad (el mercado) que debemos gozar o padecer.
El resto es ya una cuestión de recomponer, lírica y colectivamente (o sea, desde el discurso divergente y los actos disidentes), la verdad de nuestras risas y nuestras penas. En la propia casa (si tenemos) o en las plazas. Precisamente porque las calles no son un lugar para vivir… Pero sí para luchar porque nadie tenga que vivir en ellas.

DdA, XXII/6496

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