miércoles, 1 de julio de 2026

LA MANIPULACIÓN DE LAS ELECCIONES Y LA COMPRA DE VOTOS

Paco Arenas

El 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones presuntamente libres y democráticas desde aquellas del 16 de febrero de 1936, celebradas cuarenta y un años antes, cuyo resultado no fue aceptado por los militares golpistas ni por la derecha más cavernaria. Aquella negativa desembocó en un sangriento golpe de Estado, una guerra civil y la instauración de un régimen represivo y genocida que se prolongó durante casi cuarenta años.
Viví en Ibiza hasta el 13 de marzo de 1977 y, aunque ya no estaba allí cuando llegaron las elecciones, mis compañeros, amigos y familiares me contaron con todo lujo de detalles lo sucedido antes y después de aquellas elecciones.
En vísperas de los comicios, la mujer del director del hotel sufrió una transformación casi milagrosa. Ella, que jamás se dirigía a los trabajadores si no era para dar órdenes secas y cortantes —muchas veces capaces de provocar más caos que organización—, comenzó de pronto a mostrarse cercana, afable y casi maternal. Aparecía en la habitación donde la camarera estuviera limpiando ( a veces con un refresco), en el comedor, en el bar, se colaba en la cocina o subía a la lavandería, interrumpía el trabajo de cualquiera y comenzaba a hablar de asuntos que la mayoría apenas entendía por falta de costumbre democrática.
—Esto de las elecciones no sirve para nada y, además, es muy peligroso. Imaginad que ganan los comunistas. Todos tendríamos que vestir camisas de cuello Mao, que no dejan ni respirar... ¡Qué horror!
Muy brillante no parecía la argumentación, porque los cocineros y los ayudantes de camarero ya llevaban camisas con cuello Mao; yo mismo llevé durante dos años. Las camareras soportaban un uniforme bastante más agobiante y, en recepción, donde trabajé un año, ocurría exactamente lo mismo. Pero ella hablaba con una convicción digna de mejor causa y, para reforzar su pedagogía, tuvo incluso pequeños detalles con los empleados que jamás había tenido antes.
La culminación de aquella campaña llegó cuando apareció con los sobres electorales ya cerrados con la papeleta de la UCD, acompañados de una promesa: si ganaban, la paga extraordinaria sería más generosa de lo habitual. Aquello debía de ser una innovación y ahorraba al trabajador el esfuerzo de pensar.
En Ibiza se votaba, además de en la capital, en Sant Antoni de Portmany —entonces San Antonio Abad— y en Santa Eulària y no sé si en Sant Josep. La UCD organizó autobuses para recoger a los payeses y llevarlos a los colegios electorales. Durante el trayecto se les entregaba el sobre y una pequeña propina para que, ya que habían tenido la molestia de votar y además era verano, pudieran tomarse una cerveza o comerse un helado. Todo muy refrescante para la democracia.
La costumbre no desapareció en las siguientes elecciones. Muerta la UCD, el relevo lo tomó el PP. En una de las campañas que terminó con la victoria de José María Aznar, la gratificación ascendió a cinco mil pesetas. No en vano, el candidato insular era un multimillonario, propietario de numerosos hoteles y hasta de un banco. La inflación también había llegado a la compra de voluntades.
En las primeras elecciones municipales, en 1979, yo trabajaba en la construcción con Bautista Soler. Una tarde apareció acompañado por el candidato de la UCD, Miguel Pastor López, y nos invitaron a todos al bar.
—Tomad lo que queráis, que esta tarde ya habéis trabajado bastante.
Corrieron las cervezas, las tapas y los discursos sobre la enorme conveniencia de votar a la UCD. Después llegó la inevitable fotografía de familia: ellos, impecablemente trajeados y sonrientes; nosotros, cubiertos de yeso, cemento y polvo. Yo me agaché discretamente y conseguí no salir en la foto.
Las últimas elecciones generales tampoco fueron aceptadas como plenamente democráticas por una parte de la derecha. Como ya es tradición, se habló de fraude electoral antes, durante y después del escrutinio. Ganaron las elecciones y, según sus dirigentes, quien debía gobernar era Feijóo... aunque, por alguna misteriosa razón, no fue presidente porque no quiso... La mayoría representada en el Congreso fue la que decidió, por votación democrática apoyar a un presidente que no fuera títere y rehén de la extrema derecha. Algo que tal vez pueda solucionar sino fuera un cobarde y presentara una moción de censura junto con Vox y Junts, con el apoyo de Puigdemont.
En los sucesivos procesos electorales han seguido alimentando el fantasma del fraude mediante bulos que solo prosperan entre quienes tienen verdadera vocación de creerlos. Primero fueron los votos del extranjero; luego, los descendientes de los exiliados, que ejercían un derecho reconocido por la ley; ahora les toca a los migrantes regularizados, pese a que estos no pueden votar en España salvo que obtengan la nacionalidad, algo que, en la mayoría de los casos, no sucede hasta pasados muchos años.
Da la impresión de que una parte de la derecha española conserva un viejo reflejo histórico: las urnas solo son impecablemente democráticas cuando el resultado les favorece. Cuando no es así, siempre aparece un fraude imaginario, una conspiración, un enemigo oculto, y últimamente algunos jueces dispuestos a realizar el trabajo que antes hacían los militares golpistas.

DdA, XXII/6394

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