El odio es ya de por sí asqueroso, escribe Malvar en el diario Público -después de remontarse a los tiempos del chabolismo en el Madrid de los años cincuenta y a una ley franquista para devolver a los inmigrantes que lo ocupaban a sus lugares de origen-, pero si además es un odio indocumentado y falaz, como el de Feijóo, Abascal y satélites, da también miedo. Si nada lo remedia, en 2027 recuperaremos con nuestros votos la España de 1957. Qué manera de progresar, españoles. Es de temer que el diagnóstico con el que termina el firmante su artículo pueda cumplirse.
Aníbal Malvar
En septiembre de 1957, el gobierno franquista publicó en el
BOE un decreto que prohibía la entrada en Madrid de cualquier ciudadano español
que careciera de vivienda en la capital. En las estaciones de tren, se
establecieron controles policiales que devolvían en caliente a los
migrantes andaluces, extremeños y gallegos hacia su tierra si no podían
acreditar casa y contrato. En vez de la golden visa, el golden
pisito berlanguiano.
Antes de la publicación de aquel decreto, el ambiente en Madrid era irrespirable. El discreto encanto de la burguesía había dejado de ser discreto, con tanto bárbaro desembarcando en las costas matritenses. Los grandes periódicos y revistas elaboraban fantasiosos reportajes sobre las tendencias delincuenciales y salvajes de aquellos otros españoles que invadían Madrid y la infestaban de chabolas. Indignados ciudadanos pagaban esquelas en los medios para animar a los machos de la sociedad civil a organizarse en somatenes armados y salir a cazar gallegos, extremeños y andaluces chaboleros e ilegales, que suponían un peligro para nuestras mujeres y nuestra cultura.
Lo de habitar infraviviendas lo destaca como delictivo
Francisco Franco en su decreto: “[Están] ocupando [sin K, pero casi]
terrenos lindantes con importantes vías de comunicación e incluidos en planes
urbanísticos aprobados o en proyecto”. Por eso, según el régimen, debían ser
extinguidos. Los provincianos que en 1957 asaltábamos Madrid éramos los putos
moros de ahora y estábamos okupando, lo cual, como gallego, me llena
hoy de orgullo moro.
Franco movilizó en los arrabales de Madrid ejércitos y
excavadoras. Arrasaron sin piedad los asentamientos chaboleros destruyendo
también los pocos enseres de aquellas familias famélicas. A los que
honradamente habían construido su chabola en un pobre terrenito propio, les
expropiaron el terrenito para cedérselo a las grandes inmobiliarias, que se
forrarían construyendo sobre aquellos arrabales de Madrid durante los años 60 y
70. Y a los gallegos, andaluces y extremeños los deportaron hacinados en vagones
de ganado hacia sus provincias y de vuelta al hambre. La historia no se repite,
pero su música se parece.
Tras aquella exitosa operación de desinfección de Madrid
gracias a la ley anti jornaleros (así se conoció popularmente la de
1957), los madrileños se dieron cuenta de que se habían quedado sin hortelanos,
vaqueros, albañiles, poceros y esclavos en general. Ya no estaban en el mercado
negro laboral las míticas nodrizas gallegas y asturianas de grandes tetas que
daban de mamar a los hijos asténicos de la alta burguesía. Las nodrizas
asturianas y gallegas son, en sí mismas, un género literario singular dentro de
nuestra maravillosa novela de posguerra. Muchos respetables autores escribieron
sobre aquellas mujeres con ternura y poesía, sin percatarse jamás de que
aquellos bellos pezones eran pezones esclavos.
El caso es que el franquismo tuvo que relajar la aplicación
de aquel decreto, pues el sistema productivo echaba de menos mano de obra
barata y sin cultura suficiente para plantear demandas laborales. Y hasta les
acabaron construyendo infraviviendas con unas pocas menos goteras que sus
viejas chabolas, haciendo ricos a unos cuantos constructores cuyos apellidos
siguen apareciendo en el Íbex-35.
Costó mucho. Pero Madrid acabó admitiendo que aquellos
invasores extremeños, gallegos y andaluces eran necesarios. Y, con el
desarrollismo, hasta les dieron aguinaldo por Navidad.
Según recientes estudios demoscópicos, la sangre de aquellos
expatriados por ley se ha vuelto sangre racista en solo 68 años. A ojo de buen
cubero que estudia el CIS y el INE, hay unos cinco o seis millones de españoles
vivos en edad de recordar aquella época en primera persona. No es la
prehistoria. Más del 15% de la población con derecho a voto vivió en aquella
España segregacionista o de apartheid, que es como hay que decirlo ahora
para que te entiendan. Y ese 15% hoy vota mayoritariamente racismo, expulsión,
aporofobia, crueldad: PP, Vox, Junts, Aliança Catalana. Incluso, ay, la ERC de
Gabriel Rufián, declarado y orgulloso charnego que debería aplicarse a sí
mismo, con efecto retroactivo, las leyes que hoy sugiere implementar contra los
que, como su familia, están huyendo del terror o del hambre o de todas las
cosas.
Como coda a esta nada sabia reflexión, y por relajar el
ambiente un poco, añadiré solo anecdóticamente que una vez más Alberto Núñez
Feijóo no ha perdido esta dorada oportunidad de hacer nuevamente el ridículo.
Tanto el líder popular como su lideresa Isabel Díaz Ayuso corrieron a
criticar que la reciente regularización de medio millón de trabajadores
migrantes impulsada por Podemos la hacía Pedro Sánchez para comprar su voto. O
no se enteraron o no se quisieron enterar de que esa regularización no habilita
a los recién regularizados para votar en 2027. Pero lo nada sorprendente es que
ninguno de los dos habló de otra cosa que de votos, no de seres humanos, niños,
mujeres, ancianos, amputados y banalidades woke por el estilo.
El odio es ya de por sí asqueroso. Pero si además es un odio
indocumentado y falaz, como el de Feijóo, Abascal y satélites, da también
miedo. Si nada lo remedia, en 2027 recuperaremos con nuestros votos la España
de 1957. Qué manera de progresar, españoles.

1 comentario:
Efectivamente, Madrid tardó mucho... Véase "Surcos" (1951) que a José Antonio Nieves Conde le costó pasar de ser jaleado como uno de los pocos "intelectuales del bando nacional" a ser repudiado y preterido por el franquismo oficial como uno de los molestos representantes de lo que se dio en llamar "falangismo de izquierdas"... El migrante económico siempre fue un ser bajo sospecha, condenado a los trabajos más duros y precarios, a vivir en las periferias más insalubres y conflictivas de las ciudades... Lo fue en ese Madrid (y en las ciudades españolas de la época), lo fue en la Alemania que fuera punta de lanza de la "Europa del bienestar" (para los turcos, pero también para los españoles -véase, por ejemplo, el documentado "Con los perdedores del mejor de los mundos. Espediciones al interior de Alemania", ese ejemplar trabajo periodístico de Günter Wallraff de 2010-)... Y lo es hoy en los Estados Unidos de América que un día llamaran, desde el poema de Lazarus bajo la Estatua de la Libertad, a todos los parias del mundo. Ser migrante es un mal negocio en este mundo (y parece que lo será cada vez más, pese a la necesidad perntoria de inmigrantes que tiene la envejecida Europa)..
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