Paco Arenas
Reconozco —no lo voy a negar— que solo un loco puede soñar con ser escritor sin apenas haber pisado la escuela. Un iluso idealista, sí, de esos que sueñan con palabras que antes deben buscar en el diccionario, porque nadie se las enseñó. Un crío que terminó de cambiar los dientes cambiando lápices por callos.
Desde los once años trabajé de casi todo: repartía propaganda de discotecas y restaurantes por la mañana y por la tarde; luego, desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la madrugada, en una pista de Scalextric, y muchos días, en el tiempo libre, pintando camisetas, descargando cajas… y aun así, robaba minutos a la vida para leer.
Con trece empecé a «trabajar en serio», por decirlo de alguna manera, porque a esa edad lo serio debería ser crecer y estudiar, no doblar la espalda. En un hotel hacía jornadas que parecían castigos: de ocho de la mañana a diez u once de la noche, y si había entradas de clientes, también me quedaba por la noche. Mi trabajo era subir maletas por la escalera, mientras el director o el recepcionista subían por el ascensor. Aquello era una metáfora perfecta de España: unos cargábamos el peso y otros se ahorraban los peldaños.
En invierno era peor. Hacía hormigón, y entonces el hormigón se hacía a mano, como si fuera una penitencia. Subía carretillas que pesaban más que yo por rampas de tablones, o cavaba cimientos para chalets de lujo en Es Cubells, esa urbanización donde pasaban el verano estrellas del cine y la música: Brigitte Bardot, Úrsula Andress… No eran jornadas de ocho horas —ya hubiéramos querido—; eran de siete de la mañana a siete de la tarde. Doce horas mal pagadas. Doce horas aprendiendo, a golpes, que el cuerpo también aprende dolor de riñones, esguinces que no evitaban que siguieses trabajando, porque si no, no cobrabas , con las yemas de los dedos sangrantes por el eccema provocadas por el cemento.
Así que a nadie le extrañe que no me tragase lo que decía el director de la escuela, don José: «Franco protege a todos los españoles». Protegía, sí: pero protegía a los que tenían dinero, a los explotadores. A los demás nos protegía… del descanso.
Y de aquellos años de explotación infantil, ¿cuánto pensáis que cotizaron mis patronos por mí? No llegó a nueve meses. Lo supe cuando pedí por primera vez mi historia laboral: en una empresa donde trabajaba los inviernos, de noviembre a abril, figuran tres días y dos semanas cotizados. Primer año, un día. Segundo año, dos días. Tercer año, ningún día. Cuarto año, 1976, dos semanas: Franco recién muerto en su cama, y yo, vivo, pero sin derechos.
El resto del tiempo pertenece al hotel: cuatro años. Uno de botones, sin asegurar. Dos de ayudante de camarero: el primero sin asegurar, el segundo dos meses. Y el tercero, de recepcionista, asegurado todo el tiempo… porque en recepción llevaba los libros de contabilidad.
Y yo, aun así, no podía quejarme: las mujeres lo tenían peor. Las camareras de pisos rara vez estaban aseguradas. Se rompían los riñones haciendo camas y luego ayudaban en el comedor o en la lavandería. De seguros sociales, poco o nada. Recuerdo a dos —madre e hija— que protestaron con razón y fueron despedidas sin ningún derecho. Ya había muerto el dictador. Fueron a Comisiones Obreras, que funcionaba sin tener todavía cobertura legal, y se encontraron con que no habían cotizado ni un solo día. En los hoteles, lo habitual era asegurar a uno o dos trabajadores, y si alguien caía enfermo o tenía un accidente, se apañaban con un médico de confianza. Pero seguro, lo que se dice seguro, nada. España iba bien: pero iba bien para quien no limpiaba la basura del Régimen.
Y yo leía. Leía como quien se agarra a una tabla en mitad del naufragio. Leía hasta quedarme dormido con el libro abierto, y todavía me sobraba tiempo para soñar: escribir, y luchar por un mundo mejor. Leía de todo: desde la Biblia hasta libros prohibidos que llegaban, no sé cómo, de México, de Argentina, de Francia o de Suecia —sí, también de Suecia— por aquellos exiliados chilenos que se refugiaron en el país escandinavo. Repito, hay que estar muy loco —o ser más cabezón que una mula roma— para pensar que alguien que apenas fue a la escuela pueda juntar cuatro letras… y que encima le sobren seis.
Con las manos agrietadas por el eccema del cemento empecé a escribir. Y por cada frase que daba por buena rompía diez. Pero, poco a poco, mi mundo gris, en aquella España gris, empezó a coger color. No por milagro: cabezonería. Porque cada palabra que lograba engarzar con otra era un logro personal, una victoria pacífica y rebelde contra la injusticia.
Y aquí estoy. El albañil que soñaba ser escritor, o sea, este que lo es, lleva ya muchos libros escritos, el último «Las abarcas desiertas», y otros con miles de lectores como «Magdalenas sin azúcar» y otros cuantos más de los que aquel niño campesino, niño o joven albañil, camarero o tabernero, que apenas fue a la escuela, jamás pudo llegar a soñar.
DdA, XXII/6250

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