![]()
Como Marx puso negro sobre blanco en El Capital, el valor no es algo inherente a los objetos, sino el resultado de una relación social. Esto no reza solo para la mercancía. En esta época de la tecno-dependencia y la borrachera sin fin de despilfarro, el consumo, la publicidad, el espectáculo, Internet y las mafias de la información someten al individuo a un proceso constante y oneroso de evaluación, revaluación y devaluación. Su valor cotiza en una Bolsa que no cierra en laborales ni en festivos, ni de día ni de noche. Bolsa que, por lo demás, se parece bastante a un bingo. Halagando al paciente hasta límites que dejan atrás la moral y la misma lógica, el Tinglado consigue su propósito: disolver la subjetividad.
Antonio Monterrubio
Los discursos emocional y económico se moldean mutuamente de modo tal que el afecto es convertido en un aspecto esencial de la conducta económica y la vida emocional –en especial de la clase media– sigue la lógica de las relaciones y el intercambio económico (La salvación del alma moderna).
En la primera década del siglo XXI, Eva Illouz introdujo en la sociología el concepto, particularmente rico, de capitalismo emocional.
La quimera consumista y los engranajes económicos invaden, colonizan y parasitan los vínculos, tanto de las personas con los objetos como de ellas entre sí. La vida privada se satura de emociones al tiempo que se hace pública y notoria. La intimidad deviene categoría central y se apodera del escenario público, tomándolo por asalto. Lo interior se da la vuelta, pasa a ser exterior y, por ende, contable, medible y pesable, carne de control social. La mirada continua de los otros es el método de vigilancia perfecto, el Panóptico ideal.
La ideología emocionalista determina que, en la actualidad, el hedonismo esté hipotecado al Capital. La alegría y el placer se agostan, se embotan al volverse normativos y regulados. Olvidando su ambivalencia, su ambigüedad constitutiva, las emociones y los sentimientos se fosilizan. Los que fueron oasis de libertad personal han sido desecados, asfaltados y reducidos a componente impersonal de una anodina autopista o de una circunvalación.
Como Marx puso negro sobre blanco en El Capital, el valor no es algo inherente a los objetos, sino el resultado de una relación social. Esto no reza solo para la mercancía. En esta época de la tecnodependencia y la borrachera sin fin de despilfarro, el consumo, la publicidad, el espectáculo, Internet y las mafias de la información someten al individuo a un proceso constante y oneroso de evaluación, revaluación y devaluación. Su valor cotiza en una Bolsa que no cierra en laborales ni en festivos, ni de día ni de noche. Bolsa que, por lo demás, se parece bastante a un bingo. Halagando al paciente hasta límites que dejan atrás la moral y la misma lógica, el Tinglado consigue su propósito: disolver la subjetividad. Cuando el yo se ve despojado de carácter propio y constreñido a construirse una personalidad-máscara a base de artefactos y actividades que son los mismos para todos, la autonomía pierde pie.
Esto es perfectamente extrapolable al otrora florido campo de los sentimientos y las emociones. Los vínculos se rompen o disuelven con facilidad porque, al igual que las cosas, las personas se han vuelto intercambiables. Hipnotizadas por una supuestamente ilimitada libertad de elección, repiten una y otra vez los mismos gestos vacíos, las mismas palabras huecas. Llaman libertad a su derecho a no decidir, a no elegir entre diferentes opciones cuál es la que realmente desean, a no ser protagonistas de su vida, sino marionetas invitadas. La noción de permanencia se ha perdido. Todo es temporal, fugaz, precario, inasible. La volatilidad es la esencia de la vida líquida contemporánea. La idea de compromiso se ha tornado quimérica. La santísima trinidad a la que se encomiendan los fieles de la nueva religión tecnofeudal es yo-aquí-hoy. No hay más tiempo que el instante presente ni otro lugar que aquel que sus pies pisan. El exterior es una entelequia incomprensible que solo ha de servir para la imposible satisfacción de un ego insaciable y extraviado. El solipsismo –intelectual y moral– es el auténtico príncipe de este mundo.
*Teoría filosófica que postula que la realidad externa solo es comprensible a través del yo.
DdA, XXII/6250
1 comentario:
Bueno, el solipsismo es más bien la afirmación radical (sobre todo en George Berkely, su máximo representante que lleva el empirismo a un extremo paradójico) de que la realidad sólo existe en cuanto es percibida por un sujeto ("esse est percipi")... Lo exterior para así a depender exclusivamente de las capacidades sensoriales de un sujeto que lo percibe. Sin percepción, no hay realidad (en muchos sentidos es la postura del avestruz escondiendo su cabeza en un agujero para no ver lo que le rodea). El problema es que los amos del mundo no son solipsistas: crean la realidad y la forma de hacerla presente ante los sentidos del común de los mortales a su conveniencia... Y ese "común de los mortales", en su mayoría, sí se comporta solipsistamente como el avestruz: hunde su cabeza en los huecos de esos "relatos convenientes para los intereses del amo" o, si un atisbo de conciencia crítica aún se lo impide, simplemente mira para otro lado.
Publicar un comentario