miércoles, 15 de julio de 2020

¿ESTÁ LA VOZ DE GARCÍA LORCA PERDIDA EN BUENOS AIRES?


Por razones que no hacen al caso, este Lazarillo tuvo ayer una reacción anómala ante la publicación de uno de tantos bulos o tergiversaciones que se dan en las redes sociales, a las que no soy nada dado pero que en ocasiones consulto por haber seleccionado con cierto detenimiento a quienes forman parte de mi relaciones virtuales. Hasta ayer a media tarde era consciente de que la voz de Federico García Lorca no  se conoce hasta la fecha, por mucho que los lamentemos sus lectores y admiradores. Sin embargo, ayer a media tarde, tuve un atisbo fatuo de credibilidad y me creí que la voz  de una imagen manipulada del rostro del poeta granadino, recitando uno de los poemas que más me cautivaron cuando lo leí pro primera vez, era la suya. Al poco deseché esa primera creencia, sin que eso pudiera evitar que imaginara el sonido de estos versos en la voz de quien los escribió: La muchacha dorada/ se bañaba en el agua/y el agua se doraba./ Las algas y las ramas/ en sombra la asombraban/ y el ruiseñor cantaba/ por la muchacha blanca./Vino la noche clara, /turbia de plata mata,/ con peladas montañas/ bajo la brisa parda./ La muchacha mojada/era blanca en el agua,/ y el agua, llamarada./ Vino el alba sin mancha,/ con mil caras de vaca,/yerta y amortajada/ con heladas guirnaldas./La muchacha de lágrimas/se bañaba entre llamas,/ y el ruiseñor lloraba/ con las alas quemadas./ La muchacha dorada/ era una blanca garza/ y el agua la adoraba. 
Bajo los efectos emocionales de este poema, busqué textos relacionados con la voz de García Lorca y, una vez leído el de Sorayda Peguero Isaac, publicado el año pasado en el diario colombiano El Espectador, me parece un magnífico artículo que aporta claves acerca de una posible búsqueda de la voz del poeta, asesinado por las tropas facciosas en 1936, en las fonotecas de dos emisoras de Buenos Aires en las que Lorca habló en 1933:




La voz del poeta español se ha ido diluyendo entre archivos y primaveras. Su tono es, ahora, un elemento místico que se suma a la belleza de su obra que se extiende a los versos y a las tablas.Ya no queda nadie que pueda reconocer la voz de Federico García Lorca. Ya no vive ningún miembro de su familia que recuerde cómo era el habla del poeta. El filólogo Tomás Navarro trató de grabar su voz en Madrid. Acordó una cita con García Lorca, que aceptó con entusiasmo que su voz se incluyera en la colección del Archivo de la Palabra. Concretaron un día y una hora, pero Lorca no acudió a la cita por una causa superior a todas sus fuerzas: se quedó dormido.
En una noticia publicada por La Vanguardia en septiembre de 2002, Manuel Fernández Montesinos —sobrino de Lorca y presidente de la Fundación Federico García Lorca hasta su retiro en 2006— anunció que se localizaron dos grabaciones con la voz del poeta en dos emisoras de Buenos Aires: Radio Splendid y Radio Prieto. Dijo que una de las grabaciones —que sigue sin ser validada— pudo realizarse en 1933, antes de que el poeta viajara a la Argentina. Según Fernández Montesinos, estas fueron algunas de las palabras de García Lorca transmitidas desde Madrid para los oyentes de Radio Splendid: “Nadie sabe ni se imagina la emoción simple y profunda que rodea mi corazón como una corona de flores invisibles, al saber que en estos instantes mi voz se está oyendo en América y que, sobre todo, está vibrando en Buenos Aires enredada en el gran altavoz del bar o disminuida en la pequeña radio que tienen en su cuarto de estudiante, o la muchachita que hace escalas en su piano. ¡Salud, amigos!”.
Se sabe que el suyo era un acento esencialmente andaluz, que hablaba como un granadino de ciudad, pero que a menudo utilizaba palabras coloquiales propias de la gente del campo. Al pronunciar la palabra “hierba”, Lorca decía “yerba”, y en algunos casos sustituía la l por la r, de manera que en vez de decir “delantal”, decía “delantar”. A veces abría las vocales y, como en las cartas que escribía para sus amigos más íntimos, usaba diminutivos: “Escríbeme enseguidita”, le decía a Salvador Dalí en 1925. Su hermano, el escritor Francisco García Lorca, decía que “tenía una voz de tono medio, más bien tirando a grave, y no muy timbrada”. Según el hispanista italiano Indro Montanelli, García Lorca no era un hombre de gran belleza, pero tenía tres atributos destacables: “La mirada luminosa, la risa de niño y la voz”, que era grave y cálida, como la de un barítono, y vibrante, “como un acompañamiento de guitarra en sus poemas”. Mientras hablaba, Lorca gesticulaba con las manos. El periodista Ramón Gómez de la Serna recordaba que, cuando salían de su boca, tomaba las palabras en sus manos y las convertía en una materia viva y maleable, de variadas formas y sonidos.
Había música en la voz de García Lorca. No es una idea extravagante, si se tiene en cuenta que era un músico congénito. Antes de la palabra, y mucho antes de la poesía, fue la música. Su madre decía que cantó antes de hablar. Cuentan que en una velada que se celebró en el hotel Castelar de Buenos Aires, en 1933, alguien lo desafió: “A que no sos capaz de imitar el acento porteño”. García Lorca dejó que sus amigos se divirtieran un rato imitando su acento andaluz. Luego se sentó al piano y cantó, en lunfardo y con acento porteño, los versos de un tango llamado El ciruja. Desde sus primeros años, se acercó a la vida impulsado por dos principios fundamentales: ver y oír. Ver y oír los gestos, expresiones, canciones y conversaciones de las trabajadoras domésticas, con el mismo interés que le dedicaba a una obra de Víctor Hugo o al sonido del agua en los aljibes de su natal Granada. Todos esos sonidos y modos de decir estaban en su poesía, en su música y en su voz.
La voz de García Lorca es un misterio que se reproduce continuamente en el sonido de otras voces. No hemos podido escucharla tal y como era, pero sabemos cómo suena en distintos idiomas, acentos y coloraturas. El universo lorquiano ha dejado su huella en artistas de diferentes estilos y generaciones. La lista de cantantes que han versionado e interpretado sus poemas incluye a Camarón (1979), Leonard Cohen (1986), Carlos Cano (1998), Compay Segundo (1998), Ana Belén (1998), Marta Gómez (2011), Chavela Vargas (2012) y Miguel Poveda (2018).
Leonard Cohen decía que tuvo que leer a García Lorca para encontrar su propia voz. En 1949, en una librería de segunda mano de Montreal, un libro de poesía atrajo la atención del joven Cohen. “La gacela del mercado matutino”, leyó en una de sus páginas. “(…) ¡Qué voz para mi castigo levantas por el mercado! / ¡Qué clavel enajenado en los montones de trigo! / ¡Qué lejos estoy contigo! / ¡Qué cerca cuando te vas!”. Cohen sintió que García Lorca le estaba hablando a él. Llegó a decir que el poeta le había destrozado la vida, que cambió su forma de ser y de pensar radicalmente. Sin duda, fue un impacto de largo alcance. En 1986 Cohen musicalizó el poema Pequeño vals vienés. En 1974, durante la presentación de un concierto en el Palau de la Música Catalana, anunció que se había convertido en el padre de una niña, una criatura recién llegada al mundo que ya tenía un nombre: Lorca Cohen.
Chavela Vargas decía que escuchaba la voz de García Lorca en el canto de un pájaro. Era un pájaro colorado, “como un clavel que revienta”, que se posaba en la rama de un árbol, cerca de una ventana de su habitación en la Residencia de Estudiantes de Madrid. En 1993, Chavela Vargas estuvo alojada en la residencia. La habitación en la que dormía era la misma que ocupaba García Lorca en sus años de estudiante. Rubén Rojo, director de El ruiseñor y la noche, un documental que se sumerge en la obsesión que sentía la cantante por García Lorca, ha dicho que, si Chavela Vargas sobrevivió al dolor de sus últimos meses de vida, fue gracias al poeta. El 10 de julio de 2012, semanas antes de morir y ante quinientos espectadores, la dama del poncho rojo vio cumplido su último deseo: volver a la Residencia de Estudiantes para poder cantarle a García Lorca.
La voz de Federico García Lorca es un sonido extraviado, pero vivo. Está en la palabra que se levanta del libro, en el pájaro encendido, en el llanto alegre de las cuerdas, en los pies de la bailadora, en el cuero ardiente de los palmeros y en la noche de los insomnes perseguidos por la obsesión de haberse cruzado en su camino. A García Lorca siempre lo encuentran, durmiendo un rato, un ratito, soñando el sueño del niño que “quería cortarse el corazón en alta mar”.

      DdA, XVI/4560     

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