miércoles, 3 de enero de 2018

¡LEJOS DE LA POLÍTICA!



Jaime Richart

El grito de guerra del filósofo griego Epicuro de la anti­gua Atenas en su Academia a sus discípulos...

Desde hace muchos años, después de los primeros compa­ses de la transición de la dictadura a lo que luego se ha mani­festado como una medio farsa democrática, a Es­paña entera le ha absorbido el seso la política. Diríase que los 40 años anteriores ayunos de política y de políticos nece­sitaban otros cuarenta de abotargamiento de política y de políticos. Ha habido cambios. Pero no tantos sustan­ciales. Por ejem­plo, si en el régimen anterior eran unos cuantos los que ace­chaban los favores, las prebendas, las ca­nonjías y los privile­gios que repartía la dictadura, en el actual se cuentan por mi­les. Por ejemplo, si entonces no ha­bía libertad de prensa, ahora oficialmente la hay, pero esa libertad la administran los dueños de  los medios ofi­ciales de comunicación eli­giendo minuciosamente al opi­nante y orientando los parece­res y las tendencias hacia donde a ellos les conviene para mantener en lo posible el statu quo del régimen.  Por ejemplo, si antes no había liber­tad de reunión, ahora la hay sólo a ve­ces, pues situaciones hasta ayer novedosas o inéditas, como la efusión soberanista en Ca­taluña, las re­prime el gobierno con la dureza del tirano…

En todo caso,  al menos las legislaturas del actual partido del gobierno desprenden el tufo de una dictadura,  blanda por los tiempos que vivimos y los compromisos con Eu­ropa, pero al fin y al cabo dictadura, no de un solo dictador sino por cooptación. Es decir manteniendo un cupo “orto­doxo” en las instituciones del Estado repartido principal­mente en­tre los adictos a los dos partidos principales.  De momento sa­bemos que veinte de estos últimos cuarenta años cientos del partido postfranquista los ha dedicado so­bre todo a ma­quinar, dicho por la propia Justicia, y el desvalijamiento de las arcas públicas que se ha ido descubriendo poco a poco después ha sido el resultado. Por eso dejo a un lado el nulo interés en seguir hablando de ese partido cuyos miembros si­guen en la gobernación y no merecen más que el desprecio que se dispensa al oportu­nista, al ventajista, al déspota, al pre­potente y al ladrón de lo público... Pero es que tampoco el otro partido, ése que hace más de un si­glo era socialista, que se ha alternado en la gober­nanza a lo largo de ese mismo tiempo, sale mucho me­jor parado en prestigio. Pues, aparte el pillaje o irregularida­des come­tidas asimismo en rela­ción a los caudales públicos aunque ciertamente menos escandalosos, el incumplimiento de sus promesas ilusionan­tes en materias estructurales del Es­tado le han puesto en evi­dencia y probado que tampoco es digno de crédito.  Es más, su deriva a lo largo de estos cua­renta años y después de ha­ber prestado servicios esti­mables, es lo más deprimente que quepa imaginar. Partido que no sólo se ha limitado a compar­tir el poder con el otro de ideolo­gía y praxis execra­bles, es que no ha cum­plido nin­guna de las prome­sas de cam­bio y de fondo he­chas en los años 80: no ha hecho el más mínimo intento de propósitos ori­ginarios de su ideolo­gía: refe­réndum monar­quía/república, denuncia del Concordato con la Santa Sede, reforma de la ley electoral, de­nuncia de las Ba­ses america­nas, etc; es que en lugar de so­cializar todo lo po­sible, como se supone corresponde a una ideología socia­lizante, ha priva­tizado empresas energéticas, telefo­nía, banca, etc.; propó­sitos cuyos líderes fueron prego­nando de mitin en mi­tin antes de acceder a su primera le­gis­latura. Un partido que ha respaldado y robustecido la ideolo­gía contra­ria ensan­chando con ello la desigualdad y ahondando la ex­clusión so­cial de grandes porciones de po­bla­ción.  Pero no menos de­primente y grave es esta otra de­riva: una ideología que nació republicana y que desde hace al menos dos déca­das se ha ido convirtiendo poco a poco en el principal ba­luarte de la monarquía y de los títe­res que la re­presentan...

Sí, ya sabemos que la esencia de la política, en todas par­tes, está en el mentir y el desmentir, en el decir y el desde­cirse, en el prometer y el incumplir. Es más, no imagino a un polí­tico íntegro, coherente y de conciencia recta a me­nos que su ejercicio sea de breve plazo, pasajero o de oca­sión. Pues, muy raro será el que, tras un balance de su parti­cipación en la política o en la gobernación, no resulte culpable; si no por acción, por omisión. Por este motivo pero también porque el político al uso no tiene escrúpulos en faltar a la palabra dada, al compromiso o al pacto, en in­cumplir promesas he­chas a quienes le han elegido, la po­lítica es la actividad hu­mana más opuesta al ideal de ciu­dadano libre, hombre y mu­jer, educados en la rectitud de conciencia. Virtud y gala­nura ésta que están presentes en toda pedagogía universal im­partida en cualquier centro de enseñanza o de educación básicas cuyo propósito no fuere inculcar depravación y cana­llismo. Ellos, los profesio­nales de la política, se excusan di­ciendo que es de imbéci­les no cambiar de opinión cuando han cambiado las circunstancias. Sin embargo, basta un poco de perspicacia para observar cuán a menudo son ellos mis­mos quienes cambian las circunstancias con el fin de justifi­car después los cambios de su discurso... La nómina de las im­perfeccio­nes del político, en fin, dejando al margen la se­ducción eventual de su peroración y de su tarea política, tan alejada, por cierto, de la idea de servicio a la comunidad que es lo que le daría sentido, son notables.

Desde luego, y aunque acapare la máxima atención en Es­paña en buena medida precisamente porque la impostura, la mentira y el fácil cambio de rumbo ideológico provocan una atención en general enfermiza, aparte la corrup­ción, la polí­tica que bulle permanentemente en este país es desde luego radi­calmente antagónica con el pensamiento filosó­fico y las acti­tudes que le son propias. Pues sólo la política prudente y eficaz para todos, ésa que no da que hablar y apenas es noti­cia es la que puede considerarse útil y respe­table: justo la con­traria de la que se ha enseñoreado de una España sumida en el escándalo que no cesa. El caso es que la percepción para millones de ciudadanos es que el régi­men que se inau­guró aquel día hace casi cuarenta años, en lugar de estar ma­nejado por uno como el anterior pasó a estar manejado por muchos, y que lo que se ha ido reve­lando después hasta ayer es que se entronizaba con él en España un medio simulacro de democracia que inmediata­mente ya muchos pensaron que debía removerse. Los fon­dos recibidos de la Unión Euro­pea para desarrollar el pro­ceso de aggiornamiento polí­tico actuaron como un espe­jismo que duró las dos primera dé­cadas. Las dos siguien­tes, de unas desastrosas consecuen­cias económicas para mi­llones, en buena medida causadas por la rapiña crónica, dieron paso al desencanto, a mucha más desigualdad so­cial y a una justicia mucho más proclive a la benevolencia con los fuertes y más implacable con los dé­biles sociales. Como siempre ha sido. En suma, los favo­res, los privile­gios, las concesiones y la cada vez mayor distan­cia entre los ciudadanos de primera y los de cola, han ido haciendo más y más abominable la política en España.

En resumidas cuentas, si la política en su conjunto es una ac­tividad sospechosa en cualquier parte, y la democracia bur­guesa es el menos malo de los sistemas, en España la polí­tica y especialmente la atención persistente a la polí­tica es sólo para los espíritus vulgares. Por eso se hace fá­cilmente comprensible a todo ciu­dadano, hombre y mujer, sensitivos, despiertos, responsables y cabales la sugerencia de Epicuro : ¡lejos de la política!

DdA, XIV/3735