viernes, 5 de enero de 2018

UN RETRASO DE CUARENTA AÑOS

 Estamos viendo y comprobando que el retraso que supusie­ron los cuarenta años de dictadura no se recupera así como así

Jaime Richart

El paso convencional de la dictadura a la democracia bur­guesa no tuvo lugar por un acto de voluntad de los que urdie­ron el tránsito, y la Transición no rubricó el cambio más que en aspectos meramente formales, en la forma de ha­cerlo. Quiero decir que la naturaleza del molde democrático o dic­tatorial no se fija por la ley escrita ni por una proclama. No dice el dictador: debéis saber que a partir de mañana em­pieza la dictadura. Y del mismo modo los que maquinan una Constitución, pues fue maquinada, no dijeron el 6 de di­ciembre de 1978: desde mañana empieza la democracia. La dictadura y la democracia lo son por los hechos tangibles, por el modo de gobernar y de actuar los dirigentes y, en tér­minos genera­les, las policías y la justicia. En función de eso de­cimos: eso es una dictadura, aquello una democracia desa­rrollada o esto una democracia en pañales. La democracia la configu­ran además los propios ciudadanos con la complici­dad de los pode­res públicos, y es concluyente la voluntad de todos de sentirnos siempre  relativamente insatisfechos: la clave de una demo­cracia internacionalmente aceptable...

Pero el espíritu del verdadero cambio, del paso de la dicta­dura a la democracia burguesa (recalco lo de burguesa por­que en otros contextos también se habla de democracia popu­lar que, para esos países, es tan democracia como la otra) lleva un camino y un tempo bien diferentes al marcado por una Constitución. Para digerir, casi de la noche a la ma­ñana, un concepto global de sociedad libre y en lo posible di­chosa, acompañado de un estilo y unos valores morales, éti­cos, civiles y políticos se precisa de mucho más tiempo. Com­prender que la sinergia entre los que dirigen y son dirigi­dos y entre los mismos dirigidos, redunda en beneficio de todos, y que el exceso de egoísmo personal es una lacra para la espe­ranza y expectativas de una vida y sosegada con carác­ter general no es tan fácil en lapsus breves de tiempo. Ese metabolismo social requiere de una mentalización colec­tiva, de una concienciación que ha de ir desarrollándose en es­pa­cios de tiempo mucho más prolongados, tanto en el en­tendimiento y el espíritu de los dirigen­tes como en los de los ciudadanos. Cuarenta años perdidos no se recuperan en otros cuarenta. Se requiere por lo menos otro siglo completo para compensar ese vacío y modificar conductas e ideas secu­lares determinadas además por un temperamento o idio­sincrasia dominados por la vehementia cordis como es el del español de estereotipo, y por la influencia del poder es­pi­ritual, el eclesial, casi siempre más fuerte que el material. 
Sea como fuere, España lleva un retraso de 40 años con res­pecto a las sociedades de la Europa Vieja. Justo los que duró la dictadura. Por eso todavía hay algunas cosas, sobre todo relativas a la moral pública y privada, siguen escandali­zando a mucha gente que aún se encuentra en la fase anal del discurrir “nuevo”, y ven naturales otras relacionadas con la trampa, con la desigualdad y con el privilegio porque eran ha­bituales en el anterior régimen. Pero junto a esto, esos 40 años de retraso han supuesto también la dificultad para mu­chos, quizá demasiados, embridada su conciencia y su volun­tad tantas décadas, de saber cómo administrar su li­ber­tad. De ahí la persistencia del abuso.  Aún se interpreta en mu­chos casos la libertad exclusivamente como derecho que no genera obligaciones. Estimular el sentido de la obliga­ción que acompaña a ese derecho de libertad corres­ponde a los po­deres públicos con su comportamiento espe­cialmente, mu­cho más que con leyes que además suelen incumplirse. De modo que si los poderes públicos abusan, difícilmente ha­brá desarrollo de la ecuanimidad y del sentido correcto de libertad en la po­blación. Eso afecta mucho a todo. Al reparto de la riqueza a través de las leyes fiscales, a la igual­dad/desigualdad en la interpretación de las leyes por parte de jueces y tribunales, y también a la moral pública y pri­vada... Eso explica la escasa o nula conciencia fiscal de los lla­mados a corre­gir la desigualdad cumpliendo escrupulosa­mente sus obligaciones tributarias.  (Hace años los más ricos en Francia pidieron al Estado una elevación de la presión tri­butaria para ellos). Pero también, de ahí la facilidad con la que tie­nen lugar la ruptura de la pareja y el divorcio y la difi­cultad de que prospere la monogamia presente en muchas es­pecies animales que causa muchos menos problemas a la progenie. De ahí el excesivo protagonismo que reclaman para sí unos y otras a costa del otro o de la otra, porque aún no se ha en­contrado el punto de equilibrio que sitúe a la socie­dad en unas condiciones paritarias como las que existen más o me­nos en países que llevan siglos vertebrados en la de­mocracia burguesa. España está atrasada en todo eso por­que ha perdido mucho tiempo enredada en una moral hipó­crita y ambivalente, a ca­ballo entre la ruptura total de la mo­ral que vino rigiendo hasta ayer y la falta de reglas y el capri­cho hasta la náusea que hacen estragos tanto en la vida pri­vada, con víctimas más allá de los propios progenitores, como en la pública donde ser un pícaro y un aprovechado es una virtud y una habilidad que se cotizan... El retraso de 40 años sólo se compensa no sólo con el paso del mismo tiempo, como he­mos comprobado dada la todavía bajísima calidad de esta democracia y la escasa separación de poderes en España transcurridas cuatro décadas. El retraso sólo se compensa a marchas forzadas. Entre otras cosas y otras suge­rencias, primero con una pedagogía uniforme, ho­mogé­nea y mantenida en la enseñanza pública y privada (algo muy difícil de conseguir por la interposición de la igle­sia es­pañola que la atrae severamente a su gnoseolo­gía). Segundo, con el cumplimiento riguroso de las directivas de la UE. Y ter­cero, con la pedagogía de urgen­cia que se derivaría del cambio a fondo del signo de las fuerzas políticas que piensan más en el futuro que en el pasado o en el de­primente pre­sente de un país que, pese a lo que se diga, si­gue atrasado y en todo caso bas­tante lejos de lo que cuarenta años des­pués de una dictadura hubiésemos deseado todos...
DdA, XIV/3736