Singlutemia Maralar
Por mucho que haya quien sostenga que ser profesor consiste exclusivamente en transmitir conocimientos, nuestro trabajo no puede entenderse sin esa otra parte, cada vez más compleja y más imprescindible, que es educar. El profesorado educa mientras enseña, incluso cuando explica una subordinada, corrige una ecuación o intenta que alguien deje de confundir el volumen de su voz con la razón que le asiste.
Por ejemplo, educar a la adolescencia consiste, entre otras cosas, en aprender a no responder a la violencia con violencia. Incluso cuando quien tenemos delante nos desafía, nos provoca o nos insulta explícitamente, poniendo a prueba nuestra paciencia de manera sistemática. No porque seamos santos, ni porque no tengamos sangre en las venas, sino porque sabemos que tener autoridad sobre alguien no nos concede el derecho a convertir nuestra frustración en su castigo.
Es una de las lecciones más difíciles de enseñar y una de las más necesarias en esta sociedad que nuestra chavalada está aprendiendo a habitar —y a veces a padecer— también a través de unas redes sociales donde la humillación cotiza al alza, la agresividad consigue audiencia y los mismos adultos confunden imponerse con tener razón.
Por eso se me revuelven las entrañas cuando veo a agentes de la Policía Nacional, un cuerpo al que se encomienda la protección de nuestros derechos, emplear una fuerza que, a la vista de las imágenes de las concentraciones de Madrid, parece absolutamente innecesaria, desproporcionada y abusiva. No contra quienes enseñan a ejercer la violencia, sino contra quienes llevamos años intentando enseñar a contenerla.
En las aulas hay provocaciones, insultos y desafíos a diario. Y ningún docente puede convertir su autoridad en una licencia para agredir a sus alumnos. Nuestra responsabilidad exige ser conscientes del poder que ejercemos sobre el otro, precisamente para impedir que ese poder se vuelva abusivo. No siempre es fácil, pero es nuestra obligación y no conozco ningún protocolo educativo que permita resolver a hostias la mala conducta de un adolescente.
La autoridad, cuando se ejerce éticamente, no consiste en poder golpear sin recibir respuesta, sino en comprender por qué no se debe golpear, incluso cuando se dispone de fuerza suficiente para hacerlo.
Y estos días, contemplando determinadas actuaciones policiales en Madrid, una acaba preguntándose en qué dependencia se ha quedado guardada esa diferencia. Si en la comisaría, en el vestuario o en algún lugar mucho más preocupante, en la conciencia de quien confunde una orden con una absolución.
Los profesores a los que se ha golpeado somos quienes recibimos cada mañana a sus hijos en nuestras aulas. Somos quienes los educamos, quienes los acompañamos y quienes intentamos garantizarles un futuro mejor. Y nos han golpeado por defender sus derechos, por reclamar las condiciones que necesitan para aprender y por exigir la escuela pública que merecen.
Los nacionales han golpeado a quienes cuidan y educan a sus hijos mientras ellos trabajan. A quienes intentan que aprendan a resolver sus conflictos sin violencia. A quienes les explican que la fuerza no convierte una injusticia en justicia, que obedecer no siempre significa hacer lo correcto y que ninguna autoridad está por encima de los derechos de las personas. Ea.
Las imágenes están ahí. Cada cual sabrá qué necesita hacer para no verlas...
No hay porra que pueda borrar a hostias semejante contradicción, ni uniforme que la vuelva menos vergonzosa. El examen de conciencia, por supuesto, es cosa suya.
También me pregunto quién decidió desplegar a los antidisturbios en estas concentraciones y con qué instrucciones. Porque la responsabilidad de quien ejecuta una actuación no elimina la de quien la ordena, ni la obediencia convierte automáticamente una decisión en legítima, ¿no? Habrá que aclararlo. En un Estado de derecho, las preguntas incómodas no se resuelven con porrazos. ¿O sí?
Un uniforme no convierte la violencia en justicia, ¿o sí? Una porra no otorga autoridad moral, ¿o sí? Y una orden no hace desaparecer la responsabilidad individual, por muchas protecciones que lleve quien la ejecuta ni por reglamentaria que sea el arma que porta. ¿O sí?
Hola, Marlaska, ¿estás ahí?
Los cuerpos de varios estudiantes y de algún profesor/a van a conservar durante mucho tiempo las marcas de los golpes. Las responsabilidades deberán esclarecerse y exigirse. Pero hay algo que las imágenes ya han dejado claro: la distancia que puede abrirse entre la autoridad que una institución representa y la conducta de quienes la ejercen.
En las aulas intentamos enseñar que la fuerza no da la razón y estos días, algunos nacionales se han empeñado en impartir la lección contraria. Y después habrá quien nos pida que eduquemos en el respeto a la autoridad. Manda huevos. O porras.
Mi querida policía nacional, no, así, no.
DdA, XXII/6500

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