Frente a la histeria de la derecha, que ha corrido a calificar el fallo de traición a España [Ceuta], he optado (la victoria de los nazis en Alemania tiene bastante que ver con mi cambio de posición) por abordar el asunto con pragmatismo de Estado: prefiero entender el patinazo no como una felonía, sino como un aprendizaje severo. En la alta política, las lecciones más valiosas son las que se pagan caras.
Max Pradera Hay una tendencia reduccionista en la política contemporánea a exigir una impecabilidad casi litúrgica. Se juzga a los gobiernos no por la consistencia de su rumbo ni por el balance general de su gestión, sino por el tropiezo más reciente expuesto bajo el foco mediático. El episodio de Ceuta ha sido, sin rodeos, un grave error; un desatino diplomático e institucional que no admite paliativos. Sin embargo, convertir un borrón puntual en el único criterio para juzgar una obra entera equivale a perder de vista la perspectiva histórica. Mi padre, Javier Pradera, solía resumir con brutal nitidez esa conocida incomodidad del votante crítico cuando el partido afín cometía algún despropósito y no quedaba más remedio que acudir a las urnas con la nariz tapada: «A estos tíos los va a votar su puta madre... y yo». Esa paradoja —la de la exigencia intelectual frente a la responsabilidad pragmática— cobra hoy una vigencia absoluta. Frente a la histeria de la derecha, que ha corrido a calificar el fallo de traición a España, he optado (la victoria de los nazis en Alemania tiene bastante que ver con mi cambio de posición) por abordar el asunto con pragmatismo de Estado: prefiero entender el patinazo no como una felonía, sino como un aprendizaje severo. En la alta política, las lecciones más valiosas son las que se pagan caras. Un líder que ha encajado un golpe de esta magnitud, que ha medido el abismo del error y ha sentido el impacto de sus consecuencias, es hoy un gobernante sensiblemente mejor preparado que ayer. Sánchez vale hoy más que antes de Ceuta precisamente porque lleva esa cicatriz en la piel; ya sabe dónde está la mina y difícilmente volverá a pisar el mismo terreno a ciegas. Si ponderamos la trayectoria del Presidente con ecuanimidad, la balanza sigue inclinándose con fuerza hacia el activo. Un análisis riguroso de sus años de mandato exige evaluar cómo ha reaccionado el Ejecutivo ante las crisis más complejas de nuestro tiempo:
A este expediente se suma una política exterior firme: plantar cara al trumpismo y mantener una defensa coherente de los derechos humanos y del derecho internacional, tanto en Ucrania como en Gaza. Un patinazo en Ceuta no invalida años de decisiones estructurales acertadas. Pretender lo contrario sería tan absurdo como juzgar la trayectoria de un profesional por su momento menos afortunado. Es como si a un servidor —disculpen el ejemplo autorreferencial narcisista—, tras haber capitaneado durante seis años Lo + Plus —un espacio que renovó el lenguaje televisivo en España con su audacia, su agilidad periodística y un nivel de prescripción cultural inédito en la pequeña pantalla—, la posteridad decidiera recordarlo únicamente por las tres semanas de emisión de Maldita la hora. El borrón existe, desde luego. Pero la página, leída en su totalidad, sigue estando magníficamente escrita. Así que, una vez más y a mucha honra, ahí estará mi voto. maxpradera@substack.com |

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