Raulito Torres Candil/Desde La Habana
A aquellos que han desdeñado el suelo donde nacieron, que han pedido invasiones contra su patria, que tienen en vez de un corazón un monolito frío en el pecho; a todos los que quisieron con sus apuestas y sus ofensas en las redes, aquí está su premio: una Cuba anciana, débil, depauperada y con grandes dolores. Le duelen sus hijos enfermos por la falta de medicamentos y recursos, por la falta de alimentos, por la falta de empatía de buena parte del mundo, a quienes ustedes, los odiadores, han ayudado a engendrar desprecios por los cubanos de acá, de nuestra tierra. Pero a esa vieja Cuba también le duelen ustedes; le duele verlos convertidos en viles perros cancerberos; le duelen sus pupilas de vidrio del Averno cuando hablan mentiras sobre su pueblo.
Que nadie confunda la firmeza con el rencor ni la crítica con la traición. La patria se puede discutir, se puede corregir, se puede soñar distinta; lo que no se puede es pedir que la aplaste el invasor. Porque hay una línea sagrada: el que denuncia injusticias para que el pueblo sane, ama; el que pide cadenas para que el pueblo calle, odia. Y como digo siempre: “No se puede besar el fruto y maldecir la raíz; no se puede llamar libertad al incendio que devora la casa.”
Al pueblo no se le defiende desde el desprecio, se le acompaña desde la ternura. Este pueblo coño, es la madre que cose el uniforme roto, el médico con fatiga que alivia sin luz, el maestro que enseña con tiza de carbón, el guajiro que siembra aunque el cielo niegue lluvia. A ese pueblo le duelen sus heridas, pero no entrega su esperanza que no es un adorno: es combustible de la historia. Porque quien traiciona al pueblo puede ganar aplausos un rato, pero pierde el único juicio que importa: el de los humildes.
La crítica sincera es un acto de amor; la invasión disfrazada de libertad es un acto de odio. Y el odio nunca ha construido una escuela, ni ha curado un niño, ni ha levantado una patria. El bloqueo duele, la mentira duele, el desdén duele; pero más duele un hijo que reniega de su madre. Sin embargo, la madre sigue pariendo dignidad. Como digo: “La patria es la casa que sigue oliendo a pan aunque le falte harina; y el pueblo, cuando es raíz, no se arranca: se transfigura.”
Que lo sepan los que apostaron contra su tierra: la historia no absolverá a los que pidieron fuego sobre su propia cuna. Cuba duele, sí, pero vive; y mientras haya un niño que sueñe, una madre que espere y un pueblo que cante una canción de Silvio, no habrá bloqueo, ni mentira, ni desprecio que pueda arrancarnos la raíz. Porque la patria, cuando es del pueblo, no se derrumba: se levanta con cicatrices y con memoria. Y el que niega su sombra, tarde o temprano, camina sin alma.
Este post estará abierto también para aquellos los odiadores, arriba.... venga la danza de los improperios para que el pueblo de Cuba y el mundo les vea lamer la daga empapada de la sangrentira de su desprecio por un país que no se rinde ni muriendo...
DdA, XXII/6482
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