Justo Serna
Arturo Pérez-Reverte abandona ‘XL Semanal’ y Andrés Trapiello ocupa su lugar. Tiene algo de intercambio de cromos: Pérez-Reverte se marcha a ‘El Mundo’ y Trapiello, antiguo columnista de ese periódico, llega al semanario para ocupar uno de sus espacios más visibles.
Hasta aquí, nada que objetar. Trapiello es un escritor destacado y, cuando se ocupa de sus verdaderos menesteres (la literatura, los libros, los diarios, las ciudades, los muertos y los vivos que merecen ser recordados), puede ser un prosista de rigor.
El problema empieza cuando se ocupa de política.
Su última columna, “No curados de espanto”, ofrece una muestra casi de laboratorio. Trapiello no comenta la política española: comenta a Pedro Sánchez. O, mejor dicho, escribe contra Pedro Sánchez.
Todo cuanto sucede acaba desembocando en él y todo cuanto hace Sánchez constituye para Trapiello la prueba de algo todavía peor que está a punto de hacer.
El presidente no gobierna mal o se equivoca, sino que maquina y conspira. No disfruta de unas vacaciones oportunas o inoportunas. Antes al contrario. Sánchez desaparece mientras España arde. Y ni siquiera tiene derecho, según la frase en la que culmina la primera mitad del artículo, a “regresar de ellas”.
No es crítica política. Es otra cosa.
La columna comienza con los incendios y la tragedia migratoria de Ceuta, pasa por Gaza, las feministas, las ministras, el beso de Rubiales, los presupuestos, la corrupción, Bolaños, “la Fontanera”, policías, fiscales, guardias civiles y jueces.
Termina convocando la amnistía, la pandemia, los trenes, la vivienda, un posible referéndum catalán, un recuento electoral imaginativo y hasta una insurrección civil en Ceuta. Todo cabe porque todo conduce al mismo sitio. Sánchez es simultáneamente causa, síntoma y desenlace de cuanto ocurre.
Hay que reconocerle oficio a Trapiello. Hay ritmo, enumeraciones, sarcasmo, preguntas retóricas bien colocadas y una estructura circular que recupera al final el “espanto” anunciado en el título.
Precisamente por eso resulta más llamativa la pobreza del análisis político. Es análisis de vuelo gallináceo. La destreza del prosista tiene algún destello. Lo que desaparece es la voluntad de comprender.
Una cosa es ser antisanchista y otra convertir el antisanchismo en una suerte de enfermedad incurable. Trapiello hace tiempo que escogió lo segundo. Sánchez ya no es para él un presidente al que fiscalizar, combatir o censurar. Es otra cosa: es un personaje moral, una categoría del mal político, el agujero negro alrededor del cual se cuela la realidad española.
Y entonces aparece el peor Trapiello: el antisanchista pertinaz, acérrimo y, demasiadas veces, maleducado. El escritor que podría emplear su inteligencia para desmontar una decisión concreta prefiere la insinuación. Podría argumentar, pero no sabe más que caricaturizar. Podría ironizar, pero solo ultraja. Todo es hipérbole insomne.
El ejemplo más revelador llega cuando, a partir de los cinco días que según él necesitó Sánchez para determinadas maniobras, Trapiello se pregunta qué habrá sido capaz de “maquinar” durante un mes.
Y a continuación despliega las posibilidades: plebiscito republicano, referéndum catalán, recuento electoral, insurrección civil. No se demuestra nada porque nada necesita demostrarse. Basta la sospecha. Trapiello no mira, sospecha y condena. El lector previamente convencido completará el resto.
Este mecanismo tiene además un inconveniente literario: termina siendo previsible. Uno sabe de antemano quién será el culpable antes de comenzar a leer. Cambiarán el asunto, la anécdota y las circunstancias, pero el acusado será siempre el mismo.
Es una lástima, porque Trapiello posee algo que muchos columnistas políticos no tendrán nunca: prosa. Tiene oído, memoria literaria, capacidad de observación y una lengua propia.
Pero ninguna de esas virtudes parece aplicarla aquí con rigor. Es más ninguna de esas habilidades garantiza lucidez política. A veces sucede exactamente lo contrario: la presunta brillantez de la frase permite disimular lo endeble del razonamiento (‘passez-moi le mot’).
Pérez-Reverte deja en XL Semanal. Trapiello tiene literatura suficiente para ocuparlo. Lo que no está tan claro, después de leer “No curados de espanto”, es que tenga intención de hacerlo. De momento parece haber llevado consigo su vieja especialidad: el antisanchismo como patología del intelecto o del razonamiento.

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