A medida que el caos ético –es decir, el infierno– toma posesión de la tierra, se va olvidando que el turbo-capitalismo exprime inmisericordemente al conjunto de la sociedad, a la par que destruye sistemáticamente la naturaleza, escribe el autor del artículo, que formará parte de un nuevo libro de Antonio Monterrubio. La lucha contra la exclusión es necesaria, pero no suficiente. La clave de bóveda del Tinglado es la explotación, y así debe señalarse. Tan delicada es la situación que incluso los más elementales derechos humanos han de ser hoy reivindicados y exigidos. No basta con inscribirlos en grandes declaraciones institucionales, hay que hacerlos encarnar en el modo en que los hombres viven. Si no existen en la familia, el barrio, los institutos y facultades, las oficinas y hospitales, las fábricas y supermercados, entonces no significan nada, están escritos en el agua.
Antonio Monterrubio
Habitamos un punto del espacio-tiempo en el que ante nuestra mirada desolada convergen y coinciden lo patético y lo grotesco. Los ejes de coordenadas están desvencijados, el origen es ilocalizable y las trayectorias han devenido giros y espirales sin sentido. Un oligarca puede alquilar para su fastuosa celebración nupcial nada menos que la entera ciudad de Venecia con sus palacios, canales, teatros, museos y góndolas. Mientras tanto, a lo largo y ancho de nuestra pequeña esfera azul, los miles de personas que trabajan para él sobreviven entre la precariedad, la rutina y el hastío. Paralelamente, sus divisiones blindadas de asesores fiscales y sus jenízaros del derecho corporativo se estrujan las neuronas en la insana tarea de hacer que el porcentaje de impuestos sobre sus beneficios sea absurdamente minúsculo.
Las oligarquías basan su lógica de la dominación en lograr convencer a la población de que su autoridad indiscutible es ley divina o, en todo caso, natural. Su promesa estrella es una redención total y definitiva, pero siempre pospuesta. La fragilidad del mensaje excluye que su estrategia de persuasión se enfrente a una competencia que pueda hacerle sombra. Las élites no ignoran que el conocimiento, la sabiduría, la reflexión o la ética son armas de deslegitimación de su autoproclamado derecho a gobernarlo todo. Por eso el Tinglado se esfuerza tanto en acaparar los canales por los que circulan información, comunicación, educación y cultura. Hasta los más estrechos capilares son objeto de vigilancia y de intervención. No solo aspiran al monopolio del Poder; también decretan que la Verdad es propiedad privada, dificultando, debilitando o suprimiendo el debate abierto.
La libertad para hablar se queda en agua de borrajas si no incluye el derecho a ser escuchado. En una democracia plena y auténtica, la hermenéutica de la realidad exigiría el diálogo competitivo de voces plurales salidas de una comunidad de ciudadanos libres. Y ahí, por cierto, no existirían enemigos a eliminar, a lo sumo adversarios políticos o ideológicos con los que se habría de confrontar. Claro que tal cosa requeriría coraje y, sobre todo, asumir el riesgo de la derrota –situación y posición intolerable para quienes consideran que las riendas les pertenecen por derecho natural–. Así pues, apuestan por eliminar, silenciar o, al menos, volver tartamuda cualquier oposición y disidencia. El relato único se les hace imprescindible, máxime cuando necesitan degradar los controles y las instituciones que podrían y deberían poner límites a sus abusos y corrupción.
De todos los factores que generan desigualdad, el más importante y decisivo es el dinero. Hacernos olvidar esta aplastante evidencia es una de las tareas fundamentales de los aparatos ideológicos que sirven a quienes conocen la combinación de la caja fuerte. Los que manejan los caudales pueden comprar los favores de señores feudales venales de poderes menores, granjeándose así la sumisión de burgueses y villanos. Hasta la consabida expresión la voz de su amo es engañosa, pues quien habla –y su discurso es inevitablemente performativo– es el Capital. Disputarle la hegemonía parece una quimera; en todo caso, sería un trabajo propio de titanes abocado a un fracaso casi seguro. Sin embargo, una sociedad genuinamente decente y democrática no tendría necesidad de héroes caídos. Algo falla en este videojuego que se nos presenta como única realidad posible.
Las convulsiones que periódicamente agitaban las aguas del capitalismo no eran sino una agudización temporal de su normalidad. Hoy la crisis se ha cronificado, y se desvanecen las expectativas de revertirla a una serie de brotes que puntuaban periodos de relativa estabilidad. La precariedad, los bajos salarios, la voladura (des)controlada del ascensor social o la entronización del cada uno para sí y Dios contra todos engendran frustraciones y cólera. La catástrofe sistémica obliga a correr sin descanso para permanecer en el mismo sitio, un lugar en el que no se quiere vivir. El malestar acumulado solo espera el momento de eclosionar. La barata demagogia ultraderechista encuentra así la ocasión soñada de verter su ponzoña en oídos desprevenidos y colonizar neuronas somnolientas. No es que su clientela, cada vez más numerosa y turbada, crea realmente en la eficacia terapéutica de sus eslóganes simplistas y sus jaculatorias descabelladas. Lo que necesita, y se le ofrece generosamente, es descargar su amorfa furia en ceremonias o rituales colectivos de execración. El Sistema se ocupa gustosamente de suministrarle una variada gama de dianas de repuesto. La cuestión clave es impedir a toda costa que su ira termine dirigiéndose contra los auténticos artífices de sus desdichas, que, además de sus vidas, controlan sus emociones. Y la noria sigue girando, acarreando agua para mantener siempre llenas las piscinas de los poderosos.
Los amos de la gramática social han cancelado el futuro perfecto, pero también el imperfecto. Hasta diríase que han ocultado en lo más profundo del trastero los modos subjuntivo y potencial. Ahora bien, buena parte de la responsabilidad recae en quienes se dejan atrapar en el cepo de los mañanas gloriosos. Vivir el presente como sala de espera del futuro es un error de apreciación con consecuencias de gran calado. El presente es lo que hay. Desaprovecharlo, tirarlo por la borda, sacrificarlo en el altar de lo etéreo es puro desvarío. Todo es presente. El tiempo no es una realidad a la que se pueda acceder de manera directa, se escapa de las manos. El problema no es que el tiempo pase, sino que nosotros pasamos.
Todo el mundo acelera su vida y se esfuerza por su ansia de futuro, por su hastío del presente. El que organiza todos sus días como si fueran el último, ni ansía el mañana ni lo teme (Séneca: Sobre la brevedad de la vida).
Un extraño teorema rige el funcionamiento del capital financiero: a quien tiene se le dará más, y a quien no, se le quitará lo poco que posee. El jardín del Edén neoliberal es el antibosque de Sherwood. Aquí se roba a los pobres para repartir el botín entre los ricos. La lucha de clases no se ha evaporado. Pero se ha convertido en la rapiña desaforada de una élite sobre sociedades invertebradas en las cuales el individuo narcisista huye de toda idea de fraternidad o solidaridad como de la peste. Es refractario a la unión con sus iguales por la sencilla razón de que no cree tener iguales. Se piensa el único ser cuyo ombligo es redondo.
Una de las bazas triunfadoras del neoliberalismo ha sido instalar en las mentes el dogma de que cada cual es el empresario de sí mismo, un freelance que compite por un trozo de pastel lo más grande posible. El corolario inevitable es que el fracaso es exclusivamente imputable al sujeto y, por tanto, ha de avergonzarlo y hacer que se sienta culpable. La desfachatez con la que invocan la cultura del esfuerzo quienes nacieron entre algodones y siempre han tenido el viento a favor debería causar pasmo y estupor. Sin embargo, es otro de los mantras que pobres y ricos recitan con idéntica devoción.
Los servicios y bienes comunes se van haciendo menos accesibles, escasean o incluso desaparecen. Paralelamente, el control tecnocorporativo sobre nuestras vidas, pensamientos, emociones y movimientos se torna agobiante. La idea de que no hay alternativa reina por doquier, pese a que está en juego nuestra supervivencia. Además, por si fuera poco, en el paraíso turbocapitalista nadie es feliz. Por el contrario, la desdicha crece de día en día. Los asalariados pierden «la propiedad sobre el resultado de su trabajo y la posibilidad de llevar una vida activa más allá de la subordinación». Pero a su vez, los capitalistas «se encuentran encadenados a un proceso sin fin e insaciable, totalmente abstracto y disociado de la satisfacción de necesidades de consumo, aunque sean de lujo» (Boltanski, Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo). Este bucle del que no parece haber salida determina que el tedio sea compañero inseparable de todos, del príncipe y del mendigo, del pobre Lázaro y del rico Epulón.
Ese aburrimiento que, como dijo Cioran, es «mascar tiempo», provoca la búsqueda de bálsamos extraviados, descarriados o inmorales con la vana esperanza de aliviar su mordedura. Y, naturalmente, cuanto mayor es la opulencia, más grandes las barbaridades. A pesar de censuras, tachaduras y ocultaciones, la publicación de parte de los archivos de Epstein salpica a importantes personajes del cogollito social. Da toda la impresión de que los horrores reales e inenarrables de la isla del abuso y la violación dejarían a los más depravados sueños de la secta retratada por Kubrick en Eyes Wide Shut al nivel de un guateque de adolescentes. Simultáneamente, por aquí y por allá, en los cinco continentes aparecen indicios de que la crème de la crème global y local desprende un cierto aroma a podrido.
Eso sí, para los altavoces de alcance masivo, la noticia de impacto es el presunto fenómeno social de los therians. Se trataría de jóvenes que se identifican con animales, corriendo, brincando y aullando, quizás como muestra de repudio hacia el género humano. Adobando este bombazo informativo, se divulgan fotografías y vídeos realizados con inteligencia artificial o con métodos más rudimentarios. La calidad da igual mientras se meta ruido. Los medios tradicionales se hacen eco, como es de rigor últimamente, de la inagotable capacidad para los delirios ridículos propia de la red de redes.
Nos las habemos con espesas cortinas de (botes de) humo destinadas a disolver cualquier conato de insurrección en forma de exigencia de rendición de cuentas a las élites. Hemos tenido anuncios de supuestas quedadas de therians a las que solamente acudieron grupos de mozos exaltados y un tanto puestos con la única intención de agredir verbal –y quién sabe si físicamente– a alguno que se atreviera a aparecer por allí. Dada la ausencia de víctimas, los cachorros de facha debieron conformarse con corear su himno dedicado a Pedro Sánchez, en la estela de la frutera mayor del reino y sus compinches nacionalcatólicos. Claro que esto, a su vez, habilita a los heraldos negros para proseguir con la canción de moda «Todos (o casi) los varones jóvenes son fachas». Este gran éxito del top ten mediático tiene la misión de ser entendido en el sentido de que todos (o casi) los fachas son varones jóvenes. De este modo, las hordas de sujetos adultos, mucho más temibles, pueden ser presentadas como honrados ciudadanos de centro-derecha, hondamente preocupados por el destino de la nación.
A medida que el caos ético –es decir, el infierno– toma posesión de la tierra, se va olvidando que el turbocapitalismo exprime inmisericordemente al conjunto de la sociedad, a la par que destruye sistemáticamente la naturaleza. La lucha contra la exclusión es necesaria, pero no suficiente. La clave de bóveda del Tinglado es la explotación, y así debe señalarse.
Vosotros por la vida nos lleváis
al pobre lo hacéis ser culpable
y al pesar lo entregáis luego,
pues toda culpa se paga en este mundo.
(Goethe: «La canción del arpista», Misión teatral de Wilhelm Meister)
Tan delicada es la situación que incluso los más elementales derechos humanos han de ser hoy reivindicados y exigidos. No basta con inscribirlos en grandes declaraciones institucionales, hay que hacerlos encarnar en el modo en que los hombres viven. Si no existen en la familia, el barrio, los institutos y facultades, las oficinas y hospitales, las fábricas y supermercados, entonces no significan nada, están escritos en el agua. Las libertades serán cotidianas y rutinarias o no serán. De poco vale que la Constitución certifique y ampare el derecho a una vivienda digna si buena parte de la ciudadanía no puede permitírsela. Agitar el espantajo de la igualdad de oportunidades cuando a las clases populares se les hace cada vez más difícil y caro el acceso a los diplomas y másteres indispensables para triunfar es pura palabrería, un hiriente sarcasmo. Pregonar la universalidad de una zarandeada sanidad al tiempo que apenas se le dejan las migajas a una creciente población irregular es publicidad engañosa. Los derechos legales son papel mojado si las abismales disparidades de riqueza, estatus y poder encasillan a las personas en compartimentos estancos.
Y nada de todo esto importará mientras la ley vital siga siendo la cinta de Moebius de la aspiración y la frustración. El deseo perpetuamente insatisfecho nos mantiene encadenados al samsara capitalista, el ciclo del consumo sin meta y sin fin. Ellos crearon un desierto y lo llamaron normalidad. Pero tal noción, de alcance meramente estadístico, ya fue desacreditada hace décadas.
Lo que calificamos de «normal» es producto de la represión, la negación, la escisión, la proyección, la introyección y otras formas de acción destructiva sobre la experiencia. Está radicalmente alienado de la estructura del ser (Ronald D. Laing: La política de la experiencia).
El bufón resulta ser el único cuerdo en este gran teatro de locos.
DdA, XXII/6368

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