José Ignacio Fernández del Castro
«Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.»
Leopoldo María PANERO BLANC (Madrid, 16 de junio de 1948 -
Las Palmas de Gran Canaria, 5 de marzo de 2014). “Dedicatoria” en
Last river together (1980).
España es la que está loca, no yo... Se lo decía Leopoldo María Panero a Jesús Ruíz Mantilla y Miguel Mora en entrevista publicada en su sección “Emergentes y Divergentes” por El País el 9 de agosto de 2005.
Y tenía cierta razón, porque él había elegido la locura como forma casi refinada de enfrentarse a un mundo loco, de posibilitar la implantación estética de un malditismo voluntario en un tiempo y un lugar donde lo maldito, por no servir al negocio del ascenso de la significancia en la sociedad de la enajenación consumista, el imaginario de la felicidad obligatoria y el imperio de la apariencia, era preterido, soslayado, excluido, confinado.
Así que, en esta sociedad alienada y alienante exhalaba el vate chalado su último aliento (seguramente un verso quebradizo y cortante, pero lleno de sorprendente lucidez)… Era el segundo fallecido de “La coqueluche” en menos de una semana (tras Ana María Moix) y el tercero de los nueve novísimos señalados por Castellet (muerto, por cierto, ese mismo año un par de meses antes).
Fue la suya una áspera vida familiar bajo el patriarca y entre poetas, tan bien retratada en las pantallas por Jaime Chávarri (El desencanto, 1976) y Ricardo Franco (Después de tantos años, 1994), que acabó en un deambular por distintos psiquiátricos desde donde iba alumbrando dolorosamente su obra.
Una ubicación insólita, en fin, donde, “más allá de dónde aún se esconde la vida” siempre supo aprovechar los instantes preclaros para “hacer florecer la sucia flor de la agonía”... Hasta “prostituir su muerte y hacer de su cadáver el último poema” en un acto de coherencia postrera.
Bien pensado, al final, algo no tan distinto de la locura de este Estado, de esta sociedad, de este tiempo, de esta vida... Porque la vesania de las instituciones en la España de hoy (entre jueces bien peinados por obsesiones personales que hacen lo que pueden hacer para que ellas concomiten con sus intereses ideológicos familiares, tribunales eminentes dispuestos a consagrar la “doctrina de los entornos” mientras se fían de delaciones futuras de corruptores confesos, gobiernos que cercenan los gastos en cooperación y solidaridad con propios y extraños mientras promocionan fiestas sangrientas y legitiman genocidios, etc.) no es un destino fatal, sino una elección en la que muchas personas (dentro y fuera) participan... Y, en su deambular por esos frenopáticos llamados Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, G-20, Unión Europea o Troika, parece destilar alguna esencia de ese malditismo mediterráneo que nos torna quebradizos y cortantes (aunque, acaso, no tan lúcidos), en la que tal vez sea ya la única posible sensación de libertad a nuestro alcance.
Porque, ¿estaremos caminando hacia el florecimiento de una agonía de España que prostituya el cadáver institucional del Estado como su último poema?.
DdA, XXII/6387

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