Ricardo Miñana
Resulta llamativo que, tras más de 300 páginas de informes sobre Plus Ultra, la UDEF apenas encuentre un único mensaje relacionado con Zapatero y, aun así, se le otorgue un supuesto papel central dentro de una trama gigantesca. La desproporción entre la evidencia presentada y las conclusiones insinuadas provoca inevitablemente sospechas sobre la intención real de toda esta operación.
Porque una cosa es investigar y otra muy distinta construir un relato. Y cuando el relato necesita rellenar vacíos enormes con interpretaciones forzadas, aparece la sensación de que la conclusión ya estaba escrita antes de encontrar las pruebas.
Lo más desconcertante es el salto lógico. Si no hay comunicaciones, si no aparecen instrucciones claras, si no existen mensajes comprometedores, entonces se insinúa que la coordinación ocurría casi por ciencia infusa. Como si la ausencia de pruebas fuese, paradójicamente, la prueba definitiva.
La situación roza lo absurdo: pareciera que algunos investigadores son capaces de deducir conversaciones invisibles o estrategias telepáticas simplemente porque necesitan sostener una narrativa concreta. Y ahí es donde la credibilidad institucional empieza a erosionarse.
Todo esto recuerda inevitablemente a otros casos recientes donde la imputación mediática avanzó mucho más rápido que los hechos demostrables. El ejemplo de Begoña Gómez está muy presente: grandes titulares, insinuaciones constantes y un clima de sospecha cuidadosamente alimentado durante meses.
Mientras tanto, la realidad judicial parece avanzar con mucha más dificultad de la que prometían quienes daban por hecha la culpabilidad desde el primer día. El problema no es investigar; el problema es convertir cualquier investigación en una condena pública anticipada.
Da la impresión de que el objetivo no es tanto demostrar delitos sólidos como mantener viva una llama mediática constante. Generar titulares. Crear ruido. Instalar dudas permanentes. Porque, aunque más adelante la supuesta trama termine desinflándose como un suflé, el desgaste ya habrá producido efecto político.
En ese escenario, lo importante no es la verdad final del caso, sino el impacto acumulativo de meses de sospechas repetidas. Y ahí entra en juego una estrategia muy vieja: erosionar al adversario hasta hacerlo políticamente inviable.
Hay además una contradicción curiosa en ciertos discursos. Se pretende presentar a figuras políticas experimentadas como si fueran delincuentes torpes que dejarían por escrito cada movimiento comprometedor. Pero la historia demuestra precisamente lo contrario: quienes realmente operan dentro de organizaciones complejas rara vez se exponen directamente.
Hasta Al Capone entendía que los jefes no se “pringan” con mensajes innecesarios y utilizan intermediarios. Sin embargo, aquí se pretende sostener simultáneamente dos ideas incompatibles: que existía una enorme trama organizada y, al mismo tiempo, que deberían existir pruebas burdas y explícitas de cada paso.
Cuando una acusación necesita rellenar sus huecos con suposiciones, analogías exageradas y reconstrucciones imaginativas, quizá el problema no sea la falta de pruebas… sino el exceso de interés en encontrar culpables antes de tiempo.
DdA, XXII/6355

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