José Ignacio Fernández del Castro
Lo que Paul Ricoeur comenzara a llamar filosofía de la sospecha (en su De l'interprétation. Essai sur Sigmund Freud de 1965) estableció, con pertinente afán y diversidad de enfoques (Marx, Nietzsche, Freud), la necesidad de recelar de toda pretensión moderna de razón unitaria y total, por cuanto ello, de una u otra forma, habría siempre de hacerse arrinconando alguna parte significativa de la realidad... Del mismo modo, cualquier persona que se pretende poseedora de alguna verdad absoluta que puede y debe ser enseñada (y hasta socialmente impuesta) debe resultar, con independencia de la mayor o menor verosimilitud de su verdad, sospechosa, por cuanto siempre relegará a una parte de la humanidad a la triste ignorancia (cuando no a la herejía). Véase, al respecto, a Isabel Díaz Ayuso cuando, iluminada por la clarividencia de Miguel Ángel Rodríguez, se pone a enseñar a la ciudadanía española en que consiste la libertad, o la mexicana los muchos méritos de Hernán Cortés y su decisiva contribución (a base de derramar sangre, eso sí) al mestizaje… O a ambos de los muchos males del gen sociocomunista, que diría Antonio Vallejo-Nágera en sus Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza (1937), Política racial del nuevo Estado (1938), Higienización psíquica de las grandes urbes (1941),…

No hay comentarios:
Publicar un comentario