Es evidente que Zapatero estaba en la lista mundial de políticos por destruir que guardan desde hace largo tiempo las agencias estadounidenses. Nunca le perdonaron la retirada de nuestras tropas de la ilegal guerra de Irak. A lo que se añade que Trump se la tiene guardada a Pedro Sánchez por liderar la independencia política en la OTAN y por no apoyar la guerra contra Irán. Tal vez se decidió matar dos pájaros de un tiro. Tardaremos tiempo en saber si fue así. O nunca lo sabremos. De momento, lo prudente es escrutar críticamente los hechos que vaya desgranando la justicia. No es lo que hacen algunos medios que condenan antes de enjuiciar, porque llevan desde el 2018 obsesionados con recuperar el poder para los poderes fácticos que subyacen en la derecha española. (Compartimos algunas de las consideraciones del artículo, pero no todas).
Enric Juliana
Zapatero ha sido un referente para la izquierda española e incluso internacional. No a la guerra, derechos humanos reconocidos a mujeres y homosexuales, apoyo a la democracia en el mundo. Por eso, muchos ciudadanos se aferran a la esencial presunción de inocencia ante un caso que está sacudiendo los cimientos del Gobierno más progresista de Europa. Sabremos algo más tras la declaración del expresidente a mediados de junio. Por el momento, hay sospechas de que podría tratarse de un montaje de los servicios de inteligencia de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que fue la que proporcionó los mensajes conducentes a la investigación judicial. Y cuando esta organización hace un montaje lo hace con profesionalidad, no como las chapuzas que practican en España las múltiples manos sucias.
Es evidente que Zapatero estaba en la lista mundial de políticos por destruir que guardan desde hace largo tiempo las agencias estadounidenses. Nunca le perdonaron la retirada de nuestras tropas de la ilegal guerra de Irak. A lo que se añade que Trump se la tiene guardada a Pedro Sánchez por liderar la independencia política en la OTAN y por no apoyar la guerra contra Irán. Tal vez se decidió matar dos pájaros de un tiro. Tardaremos tiempo en saber si fue así. O nunca lo sabremos.
De momento, lo prudente es escrutar críticamente los hechos que vaya desgranando la justicia. No es lo que hacen algunos medios que condenan antes de enjuiciar, porque llevan desde el 2018 obsesionados con recuperar el poder para los poderes fácticos que subyacen en la derecha española. Una derecha que nunca aceptó la legitimidad de un Gobierno que ha construido la economía más exitosa de Europa, al tiempo que ha desarrollado un Estado de bienestar más necesario que nunca. Pero los casos de corrupción que han rodeado la acción de gobierno han socavado la confianza ciudadana, precisamente porque este Gobierno resultó del hartazgo con la corrupción del PP.
Sin embargo, cualquiera que sea la legalidad de las acciones de Zapatero, hay algo más que ha emergido: su relación con personas de algunas empresas que se mueven en ese mundo turbio de los lobbies políticos disfrazados de consultoría y asesoramiento. Aportando sus buenos oficios en Venezuela se acercó peligrosamente a gente ligada a un régimen tan corrupto como el de Maduro. Y a empresas de amigo(s) y de su propia familia haciendo trabajos para dichas empresas. Pero no sabemos si recibió pagos. Cierto que estos asesoramientos pagados son práctica frecuente de expresidentes y políticos en el mundo y en España, desde Clinton, Bush y Obama hasta González y Aznar, pasando por nuestro rey emérito, que constituye un capítulo aparte en este tema.
Podemos señalar los límites éticos del lobbismo y de los políticos que se prestan a dichos negocios. No se trata necesariamente de negocios ilícitos. El lobbismo es una práctica habitual de las democracias que aún no se ha podido legislar adecuadamente en España. Y es una práctica en que el dinero (generalmente de empresas, pero también de gobiernos y de fundaciones variopintas) influencia (o compra) políticas, cuya decisión corresponde exclusivamente a los representantes de los ciudadanos, que somos quienes les pagamos.
Puede admitirse que favorecer decisiones políticas a cambio de dinero es un negocio como otro cualquiera en un mundo en que todo tiene precio. Pero también podemos señalar los límites éticos de tal práctica y de los políticos que se prestan a dichos negocios. Sobre todo para la izquierda. Porque si hay una diferencia entre la derecha y la izquierda es la prevalencia del mercado o de lo público en la gestión del bien común. Eso es lo que se dice en campañas electorales.
Y si quienes defienden lo público se pasan después a lo privado para influenciar lo público aprovechando la oportunidad que les dimos los electores, no es de extrañar que los jóvenes desconfíen de una democracia que incluye la compraventa de servicios entre la clase política.
LA VANGUARDIA

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