Orestes Hernández/Aquí en Montevideo
Eran las primeras horas de la tarde del 29 de mayo cuando un puñado de personas se congregó frente a la embajada de Cuba en Montevideo. No eran muchas. Nunca lo son. Pero hacían ruido, como suele ocurrir con quienes creen que el odio estridente puede suplir la falta de argumentos y de respaldo popular.
Eran algunos cubanos residentes en Uruguay, una minoría ínfima dentro de la amplia colonia cubana, pero con una particularidad: sus posiciones extremas, su fervor por una intervención armada de Estados Unidos contra la isla y, según algunas fuentes, su financiamiento proveniente de Miami.
El tufo a vieja política de tierra ajena los delataba.
Les acompañaba cierta diputada de origen cubano, cuya gestión parlamentaria ha estado signada por una obsesión enfermiza contra Cuba.
Tan desmedida es su animadversión que no dudó hace unas semanas en mentir sobre la fecha y el destino de una donación del gobierno uruguayo al pueblo cubano.
En lugar de ocuparse de los uruguayos, de sus problemas reales, de sus desafíos cotidianos, la legisladora prefiere arremeter desde esta orilla contra la isla que la vio nacer.
El odio, decía Benedetti, es una especie de nostalgia al revés. Pero la ironía, caprichosa y justiciera, quiso que la misma tarde de la intentona, una fotografía comenzara a circular mostrando a esta poco conocida diputada casualmente escoltada por un cartel solidario que exigía poner fin al bloqueo contra Cuba.
Un instante involuntario, un encuadre perfecto: la propia imagen la exponía como alguien que, al menos por un segundo, parecía estar del lado que tanto combate. Un premio al ridículo de la parlamentaria.
El frío anochecer montevideano no les sonrió.
Porque mientras el grupúsculo intentaba montar su puesta en escena de supuesta "protesta democrática", lo que ocurrió frente a la sede diplomática fue exactamente lo contrario a lo que esperaban.
El pueblo uruguayo, ese que lleva en el ADN la solidaridad artiguista, se hizo presente. Y no con un puñado, sino en cantidad abrumadoramente mayor.
Ciudadanos comunes, militantes sociales, sindicalistas y estudiantes se apostaron frente a la embajada de la isla con canciones, pasacalles y consignas claras: "No al bloqueo", "Cuba sí, yanquis no", "Manos fuera de la isla".
El valladar solidario fue tan contundente que la intentona anticubana quedó sepultada bajo el canto popular. Allí no hubo espacio para las mentiras de la diputada ni para los dólares de Miami.
Los pocos que intentaron gritar fueron silenciados por la marea humana que, con banderas cubanas y uruguayas entrelazadas, recordaron quién es quién en esta parte del mundo.
Cuando la manifestación concluyó, los convocantes se retiraron cabizbajos, quejosos del poco acompañamiento, derrotados no solo por los números sino por la historia misma.
Y en contraste absoluto, todos los solidarios se acercaron a la puerta de la legación diplomática para saludar a los representantes diplomáticos quienes agradecieron el respaldo del pueblo uruguayo, ese que una vez más supo estar del lado correcto. Los solidarios respondieron con más aplausos y un canto final que se perdió por las calles del barrio montevideano.
El odio había ido por lana, convencido de que su ruido mediático y sus influencias externas le daría el protagonismo que tanto ansía. Pero salió trasquilado, como reza el refrán, porque el pueblo de Artigas demostró una vez más su valía: ni odio, ni injerencia, ni mentiras pagadas desde Miami pueden contra la dignidad de dos pueblos que se saben hermanos y solidarios.
Y en Uruguay, el que va con la lana del imperio a provocar, termina siempre sin lana… y sin vergüenza*.
*Altos mandos militares de Estados Unidos y Cuba se reunieron el viernes en Guantánamo, en medio del deterioro de las relaciones entre ambos países por la amenaza del presidente Donald Trump de tomar el poder de la isla. El encuentro se produjo en la base que tiene Estados Unidos en el extremo suroriental de la isla. Cadena Ser
DdA, XXII/6362

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