José Antonio Garmón Fidalgo
Nadie debería tener que demostrar que es suficientemente progresista.
Conozco muchas personas que se definen como progresistas, que votan a la izquierda, que defienden la sanidad y educación públicas, que creen en la igualdad y en la justicia. Algunas de ellas me han dicho en voz baja, casi avergonzadas, que ya no se sienten cómodas en ciertos ambientes o con ciertos discursos. No porque hayan cambiado sus valores. Sino porque alguien ha decidido, sin preguntarles, que están equivocados. Que cosas que llevan años haciendo, cosas que les gustan, incluso que les apasionan, que su vida, en definitiva, está mal. Y eso es un error enorme.
La izquierda, el pensamiento progresista, nació precisamente de la rebeldía contra quienes pretendían dictar la verdad absoluta. Nació de la Ilustración, de la libertad de conciencia, del derecho a disentir. Es una tradición que ha dado al mundo figuras tan distintas como Simone de Beauvoir y Albert Camus, Nelson Mandela y Václav Havel, Rosa Parks y Bertrand Russell. Personas que no pensaban igual en todo pero que compartían algo esencial: la convicción de que el mundo puede ser más justo, más libre y más solidario.
Hoy, sin embargo, hay una tendencia creciente en las redes, en ciertos discursos, en determinadas militancias, a convertir la identidad progresista en un catecismo. A vigilar quién dice las palabras correctas, quién adopta los gestos adecuados, quién ha pasado el examen de pureza ideológica. Y quien no lo supera, queda fuera y queda señalado. Eso no es progresismo. Eso es Inquisición con otra bandera.
Los valores que históricamente han definido a la izquierda como la libertad, la igualdad, la solidaridad o la justicia, no son etiquetas de un club exclusivo. Son valores universales, humanos, que pertenecen a todo el que los abraza con sinceridad, independientemente de cómo vista, cómo hable, qué música escuche, qué películas disfrute o, incluso, qué errores haya cometido en el pasado.
Y aquí quiero reivindicar algo que me parece profundamente progresista y que, sin embargo, se nombra poco: el deseo genuino de ser mejores personas. No la perfección inalcanzable, sino la voluntad. La disposición honesta a escuchar cuando nos equivocamos, a reconocerlo sin excusas y a intentar que no vuelva a ocurrir. Eso es madurez moral. Y eso, también, es izquierda.
Porque la izquierda que más debemos admirar no es la que nunca se equivoca. Es la que tiene el coraje de mirarse al espejo. La que sabe que la coherencia no se demuestra siendo inflexible sino siendo honesto.
Hay millones de personas en este país que se sienten progresistas en lo más profundo. Que creen en los derechos laborales, en la educación pública, en la sanidad universal, en la igualdad entre hombres y mujeres, en una España que conviva en paz consigo misma. Pero que se han ido alejando, poco a poco, no porque hayan abandonado sus convicciones, sino porque el espacio donde deberían sentirse en casa se ha vuelto, a veces, rígido, hostil y excluyente.
A esas personas les quiero decir algo muy claro: vuestro sitio sigue estando aquí. No hace falta que seáis perfectos. No hace falta que habléis con los términos exactos que alguien ha decidido que son los válidos. No hace falta que os disculpéis por pensar con matices. Solo hace falta que creáis, como creéis, que la libertad importa, que la igualdad importa, que la solidaridad importa, que nadie debería quedarse atrás.
El progresismo más auténtico no es un muro. Es una puerta abierta. Y al otro lado no hay un tribunal esperando juzgarnos. Hay personas, imperfectas y comprometidas como vosotros, intentando, juntas, construir algo mejor.
Somos muchos en este país quienes, cuando apagamos el ruido de las redes y de los medios y nos quedamos a solas con nuestra conciencia, seguimos queriendo lo mismo de siempre: que nuestros hijos tengan oportunidades, que nuestras mayores sean cuidadas, que nadie enferme sin atención, que la dignidad no dependa de la cuenta bancaria. Eso es la izquierda. Y eso nunca ha dejado de ser tuyo.
EL COMERCIO DdA, XXII/6311

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