Luis Hernández Navarro, La Habana., El bloqueo en Cuba –explica la periodista e investigadora Rosa Miriam Elizalde– no es sólo económico y comercial, sino tecnológico y comunicativo. La isla enfrenta una brutal y desigual guerra informativa que forma parte de las intentonas de cambio de régimen impulsadas desde Washington, Miami y Madrid.
Rosa Miriam es coordinadora del Coloquio Internacional Patria de Comunicación Digital, que se realizará este mes en La Habana. Nacida en Sancti Spíritus, Cuba, es una figura central del periodismo latinoamericano. Fundadora y responsable de diversas publicaciones, ha recibido el Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez. Es autora o coautora de libros como Antes de que se me olvide, Jineteros en La Habana, Clic Internet y Chávez nuestro.
En entrevista exclusiva en La Habana para La Jornada –medio con el que colabora–, analiza y disecciona la guerra de redes en la Antilla mayor y la respuesta juvenil en las batallas de las aplicaciones de Internet. A continuación, parte de la conversación con este diario.
–Desde hace muchos años hay una campaña de desinformación alrededor de Cuba. ¿Cuál sería la diferencia con la actual?
–La diferencia tiene que ver con la nueva realidad sociotecnológica e Internet. Estamos a merced de una muy sofisticada gestión de la comunicación, incluso con tecnologías militares.
“Cuba llegó tardíamente a la conexión a Internet debido a distintos factores, entre ellos el impedimento de Estados Unidos para una conexión con los cables de fibra óptica.
“Después, Washington entendió que Internet iba a ser una oportunidad para intentar el cambio de régimen. La Ley Torricelli permitió la conexión de Cuba a Internet en el año 92. Se aplicó en el 94. La concepción que hay detrás de ella es que iba a permitir una especie de glásnost tropical. Así que diseñaron la posibilidad de la conexión de Cuba, pero con un carril de una sola vía. Es decir, que Cuba permitiera la entrada de información y la conexión a Internet, pero que se le impidiera cualquier servicio o aplicación que promoviera su desarrollo.
“Cuba nace a Internet sin posibilidad de comercio electrónico ni otros servicios naturales. Era un ancho de banda muy pequeño. Cada megabit tenía que aprobarlo el Departamento del Tesoro.
“Hoy asistimos a una guerra de información brutal en la que hay un clúster de medios digitales, sobre todo fabricados desde Florida, cuyo único contenido es Cuba y que utilizan elementos de falsa bandera. En el dominio de Internet hay más de 100 sitios que llevan el nombre de Cuba. Sin embargo, están producidos desde Miami o España. No tienen nada que ver con la información de Cuba.
“Dirigen información contaminada, tergiversada, que amplifica los peores problemas que pueda tener el país. Dominan la conversación sobre Cuba en esos escenarios. Las plataformas son estadunidenses. Imponen filtros algorítmicos a los contenidos que se generan desde Cuba, mientras que los generados desde fuera con un contenido antigubernamental son admitidos, incluso violando las regulaciones de las plataformas.
“Hay permisividad con los contenidos que estimulan la violencia contra Cuba. No ocurre lo mismo cuando Cuba genera contenidos defensivos. Éstos son enterrados por los algoritmos”.
–¿Cómo se cruza la guerra de redes con las identidades juveniles?
–Es muy interesante la pregunta, porque no se puede mirar el caso de Cuba con el mismo prisma que se mira cualquier otro país en el mundo.
“En Cuba, desde finales de los años 90 había una política para generar habilidades digitales. Aquí se construyó una de las principales universidades de ciencias informáticas de América Latina.
“Los jóvenes tienen grandes habilidades para el uso de estas tecnologías. En años más recientes, en Naciones Unidas, se hablaba de cómo en Cuba había una débil infraestructura de Internet, pero había amplísimas habilidades para utilizar estas tecnologías.
“Hay conocimiento, hay apropiación, hay uso de estas tecnologías, aunque las condiciones de Cuba a veces son muy limitadas por los apagones y el déficit del servicio. Sin embargo, estos jóvenes se parecen mucho a sus pares en cualquier otro lugar.
“A veces, a juzgar por los consumos que uno ve, parecería que sus contenidos son frívolos. Pero pasan cosas muy interesantes. Por ejemplo, ante los combatientes cubanos que cayeron en Venezuela, uno ve cómo, entre esas poblaciones jóvenes, se generaron expresiones de solidaridad y dolor. Cuando murió Fidel, los jóvenes fueron los primeros que incorporaron en las redes estos contenidos.
“Es decir, los jóvenes cubanos se parecen a los de cualquier otro lugar, pero, a la vez, hay una especie de ADN nacional que tiene que ver con los sentimientos antimperialistas, de rechazo a la injusticia, de sentimiento de solidaridad. Cuando hay un huracán, los primeros que se movilizan son los jóvenes”.
Cultura de la VPN
–Multinacionales digitales han vetado el uso de sus plataformas. ¿Qué implica esto?
–Aquí no se puede acceder a un 57 o 58 por ciento de las plataformas que están libres, salvo por VPN.
“Es decir, en Cuba es muy difícil acceder a servicios que están abiertos en Internet en otras partes del mundo. TikTok está totalmente bloqueada para nosotros. Pero hay cultura de la VPN. La gente se conecta a Internet a través de filtros.
“Los espacios más populares de los jóvenes cubanos son Instagram, Facebook, YouTube y X, que sí están abiertas para Cuba, aunque con muchos servicios limitados.
“El bloqueo no es sólo económico y comercial, sino, sobre todo, tecnológico. Hay muchas limitaciones para múltiples servicios, sobre todo de comercio electrónico, a los que no pueden acceder los cubanos”.
–¿La difusión desde las plataformas de estilos de vida lujosos provocan aspiraciones de consumo?
–Claro, totalmente. Es un carril de una sola vía. Aquí no sólo estamos lidiando con las limitaciones de acceso a Internet, sino también a muchos servicios. Por ejemplo, no se puede acceder a la monetización de los contenidos digitales.
“Si tú abres desde Cuba cualquier sitio en Facebook o Instagram, vas a estar bombardeado permanentemente por contenidos tóxicos provenientes de Florida, ejecutados por operadores comunicacionales, muchos de los cuales reciben financiamiento del gobierno de Estados Unidos para empujar sus proyectos de cambio de régimen. Sin embargo, para que un contenido producido desde Cuba se pueda ver fuera, hay que luchar con el algoritmo, que lo bloquea e invisibiliza.”
– ¿Qué tan extendido está el uso de los celulares y el manejo de las redes en la isla?
–Su extensión es enorme. El servicio de datos móviles se abrió en diciembre de 2018 y, en enero de 2019, casi 20 por ciento de la población ya estaba conectada. Por encima de 90 por ciento de la población tiene móviles o servicios de datos.
“El problema está en que, con los apagones, las radiobases que no tienen batería se caen y se limitan las conexiones a Internet. Se está produciendo un fenómeno que los expertos llaman de olas retardadas. Es decir, en los momentos de corriente eléctrica, hay olas de conexiones muy altas”.
–Durante muchos años hubo una prensa con un mensaje muy claro desde el gobierno y el partido. El Internet rompe esta dinámica. ¿Hay una política gubernamental de comunicación desde las redes?
–Sí. Sí, la hay. Pero es muy asimétrica. La avalancha de contenidos que se generan desde la derecha trasnacional se articulan en las redes sociales contra cualquier información o proyecto que se genera desde Cuba. Hay una disparidad muy alta entre la producción de contenidos de los laboratorios de intoxicación mediática en Miami y España, y los que se generan en Cuba.
“Los servicios y las plataformas más populares en el país son las estadunidenses. Los diseños de cambio de régimen han visto en esto una oportunidad para infiltrar o generar información tóxica, que es la dominante en las redes cuando buscas algo sobre Cuba.
“Hay proyectos cubanos como Picta, que es parecido a YouTube, o Todos, que es parecido a WhatsApp, pero no se han consolidado porque necesitan respaldo en servidores y servicio eléctrico. Estamos en medio de la crisis.
“Es muy difícil que los proyectos de acá se visibilicen. Por eso el impacto del convoy Nuestra América. En la medida que ha venido gente que ha conocido nuestra realidad y la ha traducido por medio de sus propias redes y plataformas, ha aparecido otra Cuba que estaba enterrada y escondida por la asimetría comunicacional”.
LA JORNADA MX. DdA, XXII/6308
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