José Ignacio Fernández del Castro
«-Hay un momento —continuó el padre Eugenio— en el que el hombre tiene que elegir entre la verdad y la mentira. Lo cómodo, lo tranquilo, es siempre la mentira, porque la verdad es sólo una y las mentiras son muchas y puede escogerse la que más acomode.»
Gonzalo TORRENTE BALLESTER (Serantes, Ferrol, 13 de junio de 1910 –
Salamanca, 27 de enero de 1999): Los gozos y las sombras III: La Pascua triste (1962).
La modernidad nace y crece desde los conceptos de duda y certeza... Descartes dixit.
En realidad, es, básicamente, la confianza ilimitada en la capacidad y voluntad humanas de desarrollar su conocimiento para buscar y encontrar verdades.
De todos modos, las “verdades” encontradas por la razón ilustrada (aparte de diversas en su sucesión y frecuentemente en autocrítico conflicto) pronto comenzaron a resultar sospechosas por una ufana y altanera pretensión unitaria y monolítica que siempre parecía legitimar algún desafuero, “naturalizar” alguna diferencia. apuntalar alguna exclusión... Y sobre esa sospecha fueron desarrollándose perspectivas de verdades posibles, más modestas y plurales, en un camino que consistía más en dilucidar lo que es indudablemente falso, mentira, que en sostener la esperanza de alcanzar verdades últimas e indubitables. Ahí estaban los “filósofos de la sospecha” (Marx, Nietzsche, Feud) de los que Paul Ricoeur hablara en su De l'interprétation de 1965, señalando cómo habían cuestionado, ya en el siglo XIX, los ideales “absolutos” de racionalidad, verdad y conciencia de la modernidad, desenmascarado de distintas formas las "falsedades" que esconden la moral, la ideología y la mente, al mostrar cómo el sujeto está condicionado, en su ser y en su estar, por dinámicas económicas, biológicas o inconscientes.
Así que, sobre esas reticencias, la radical crítica postmoderna de los excesos dogmáticos de la razón ilustrada, planteada en último extremo (como lo sintetiza Comte) como una alternativa a las religiones tradicionales en un credo positivista, tiene el valor de vacunarnos contra toda pretensión de verdad única...
Pero, acaso, nos deja inermes ante las mentiras convenientes sostenidas por quienes tienen el poder y la fuerza. Y a fuer que lo hacen con denuedo en su lucha constante por eso que se ha dado en llamar “el control del relato”. En suma, que, si antes dudábamos, ahora simplemente no sabemos…
DdA, XXII/6309

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