Sentimos que se vayan los que piensan como el firmante, porque algunos de los que nos educamos en otros institutos (durante la dictadura) sabemos de su importancia en nuestra vidas: Toda emoción, toda forma de entusiasmo por el conocimiento queda disuelta ante una lógica que convierte la escuela en un mixto entre club de animadores, hospital psiquiátrico, cárcel y garaje. La idea de un instituto de enseñanza media como centro de difusión de los saberes suena hoy casi a sarcasmo, a pesar de que a los profesionales se nos contrate como expertos en tal o cual disciplina científica, técnica o artística.
David Pablo Montesinos
Como mis amigos saben he solicitado mi jubilación.
Soy vocacionalmente enseñante, pero hace tiempo que no siento apenas nada cuando ingreso por las mañanas en el Centro. A veces se reactiva el poder seductor del aula porque unas crías hacen una exposición magnífica sobre la historia del feminismo. O porque dos chavales de origen hindú me explican cómo se relacionan con los dioses y me miran con atención cuando yo les explico por qué no creo en Dios. Se va enseguida. Toda emoción, toda forma de entusiasmo por el conocimiento queda disuelta ante una lógica que convierte la escuela en un mixto entre club de animadores, hospital psiquiátrico, cárcel y garaje. La idea de un instituto de enseñanza media como centro de difusión de los saberes suena hoy casi a sarcasmo, a pesar de que a los profesionales se nos contrate como expertos en tal o cual disciplina científica, técnica o artística.
Puedes creer que accedes un aula para que tus alumnos aprendan francés, música o biología, pero esa es sólo una neurosis tuya que no tardarán en arrebatarte. Descubrirás que en realidad solo eres un burócrata que expende títulos, un carcelero que custodia las llaves del lavabo y un paraterapeuta que, sin preparación ni vocación, tiene que sofocar los fuegos del disturbio mental que parece estar apoderándose del mundo desarrollado, donde todos, empezando por los jóvenes, estamos cada vez más locos.
El juego tiene truco, hay –como es habitual- un trasfondo político. Cada vez es más evidente que la educación que te permite distinguirte en el mercado tienes que pagártela. Lo público queda reducido a una especie de beneficencia. Es el resultado de treinta años de neoliberalismo o, si lo prefieren, de habernos educado en el principio de que cualquier forma de cooperación solidaria está destinada al fracaso en un mundo que ya solo apuesta por el individualismo. Estupendo…para las élites, claro.
Les diré de una vez lo que me pasa: no soporto la apatía, sin pasión el entorno en que vivo se me hace insoportable. El dictador no es el Gran Hermano de Orwell, ni siquiera el tonto a las tres de Trump. El verdadero déspota es la indiferencia. Disculpen la arrogancia, pero mis alumnos no me miran con esa cara de tedio atroz -deberían ustedes verlo- porque yo sea aburrido o porque lo que cuento no sea interesante. Lo siento, soy un gilipollas y un mamarracho, pero también un buen profesor de filosofía. Mis alumnos se aburren porque llevan el aburrimiento consigo y porque a la inmensa mayoría no les interesa nada, especialmente si requiere esfuerzo.
Sé desde pequeño que lo exquisito cuesta, que la vida es un laberinto, que la pereza es el verdadero gran enemigo del sapiens y que sin esfuerzo no vas a ningún sitio. Por suerte para mis alumnos este tipo empeñado en hacerles currar, y lo que es peor, en hacerles pensar, se va al retiro. Vendrá otro que cometerá idénticos errores o que, por el contrario, se creerá todo eso de que lo importante son las emociones, que se aprende jugando, que en todo profe hay un dictador en potencia y que todo aquello de alcanzar conocimiento es el residuo de una sociedad victoriana por fortuna ya extinta. Tiempo tendrá para el desencanto.
Entre tanto, sigamos produciendo dóciles consumidores, escépticos a la política y mano de obra barata. O que sigan otros, yo me piro.
DdA, XXII/6330

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