
Enrique del Teso
Punto para Vox. Cuando nuestra conducta es una reacción a lo que hacen otros, no es una conducta espontánea (o libre). Tener la iniciativa es precisamente actuar de manera espontánea y no inducida por otros. Evidentemente, es normal reaccionar a lo que hacen los demás y no deambular como zombis. Pero es un vicio cuando la dosis es muy alta y nos pasamos demasiado tiempo actuando en respuesta a lo que hacen otros. Una cosa es ser un zombi y otra ser un juguete roto incapaz de mantener un rumbo, porque siempre son los demás los que nos marcan el paso. Uno de los efectos de la provocación es que quien se siente escandalizado o desafiado por el provocador pierde la iniciativa, abandona su rumbo para responder a la conducta desafiante. Acumulando provocaciones conseguimos que el grupo al que queremos ofender esté siempre abandonando su rumbo. Es lo que se llama marcar la agenda, sacar de quicio. Las tácticas de la ultraderecha incluyen desafíos constantes a normas elementales de convivencia con expresiones y actitudes deliberadamente canallas, que dan cohesión a los propios y escandalizan y sacan de quicio a los rivales. La audacia puede incluso inducir parálisis y mutismo por el atrevimiento soez. La izquierda es moralmente superior a la derecha, no hay por qué decirlo de otra manera. El problema es que lo sabe y quiere tanto a sus principios que los petrifica y los convierte en lo que no deben ser: argumentos. Argumentar con principios generales supone repetir siempre las mismas razones y así se cae en letanías y sermones. La ultraderecha ladra brutalidad y la izquierda repite letanías, los ultras se cagan en Dios y los progres se santiguan compulsivamente.
Punto para Vox, decía. Soltaron lo del burka y la izquierda hierve de principios y moralidad superior. Los principios son trastos grandes del conocimiento y, cuando se miden las discusiones ordinarias con ellos, chocan, no caben todos a la vez. La izquierda es facilona para la provocación. Dices burka y llegan los principios en tropel: libertad religiosa, luego no hay que prohibirlo; igualdad y dignidad, luego hay que prohibirlo; lo dice la ultraderecha, luego no hay que prohibirlo; los ultras quieran dar lecciones de igualdad, luego hay que prohibirlo y de paso también los hábitos de las monjas, sobre todo los velos y las cogullas. Y así empiezan en redes sociales y púlpitos a bullir las izquierdas con lo de votar a favor o en contra. Como se razona con principios, todo son certezas y todo son berrinches. Puntazo para Vox. Veamos primero el burka y después a los ultras.
Pues claro que el burka es intolerable. Decíamos que no se puede razonar todo con principios, es decir, con grandes convicciones muy generales. Pero tampoco conviene estrechar los razonamientos tanto que perdamos la perspectiva. Si el culto de una religión incluye el sacrificio ritual de hervir a niños en agua, no debe haber una ley específica que prohíba ese ritual. Ya está prohibido el asesinato, agresión y tortura, simplemente se aplica la norma al caso del ritual. De la misma manera que no creo que deba haber una ley específica para los toros. Tendrá que haber leyes que regulen los aspectos de la dignidad humana implicados en el trato con los animales y actuar en consecuencia sobre los toros. Ya hay leyes suficientes para considerar un delito obligar a seres humanos, por su sexo, a sepultar su individualidad con indumentaria tan ominosa. La libertad religiosa no está por encima de las leyes que prohíben hervir a niños o pudrir en vida a las mujeres. Que no haya coerción física directa para ponerse el burka no quiere decir que no haya coacción. Ya hay leyes que señalan la persuasión coercitiva y el maltrato psicológico como agresiones. Votar contra una ley específica que prohíba el burka no es aceptar el burka como un adorno de la multiculturalidad, sobran los sermones izquierdistas y ultraderechistas en esa línea.
Una ley que prohíba el burka es innecesaria por dos razones: porque las leyes civilizadas de países civilizados ya reprimen un atropello como ese. Es coherente que Rufián votase contra la prohibición y al día siguiente dijera que el burka es una barbaridad. Precisamente, los estados de derecho tienen ya armazón legal para impedir barbaridades tan palmarias. La segunda razón es que es espurio prohibir lo que es manifiesto que no va a suceder. Sería necia una ley que prohibiera castrar a niños para recuperar para la ópera a los castrati. Ni se andan castrando niños, ni hay burkas. Hacer prohibiciones preventivas de aberraciones que no suceden, para las que además ya hay leyes aplicables, parece una necedad.
Pero no lo es. Vox quiere una prohibición expresa del burka para señalar al islam y, por asociación, a la inmigración magrebí. El islam no lleva al burka, como el catolicismo no lleva a la quema de herejes en hogueras. Es un episodio más de racismo y xenofobia ultra. La ultraderecha quiere una sociedad totalitaria y sin derechos, a la que se llegue con el apoyo de la población. La propaganda necesaria para eso necesita siempre a minorías estigmatizadas y señaladas por tres razones. La primera es para el control autoritario. Perseguirte porque tengas ideas distintas de las mías es feo y la gente no lo va a aceptar. Es mejor perseguirte por brujo y para eso tengo que quemar brujas. Si no quemo brujas, no convenceré a la gente de que hay brujería. Tiene que haber etarras, okupas violentos, inmigrantes aprovechados y delincuentes, para que cualquier disidencia de lo que digo pueda señalarse como grados de connivencia con inmigrantes violadores o terroristas antiespañoles. El islam encaja bien, por hechos brutales cometidos en su nombre y por ese imaginario patrio en que anda el Cid y la Reconquista. La segunda es para la eliminación de derechos. La gente no acepta que las autoridades pisoteen derechos ciudadanos. Pero si tenemos minorías deshumanizadas, temidas y odiadas, para ellas el pisoteo es aceptable o indiferente. Si no te cuentan cuentos de miedo de okupas, no aceptarías como normal que se exhiban muchachotes uniformados de negro y embozados gritando amenazas y alaridos. Y la tercera razón es la distracción. Los ultras son los perros de las oligarquías. Deberíamos estar discutiendo en serio las opciones perfectamente constitucionales de expropiar pisos y machacar a impuestos los pisos no destinados a vivienda. El derecho a tener dónde vivir prevalece sobre el lucro y la propiedad. Está en la constitución (artículos 47 y 128) y debería apelarse a ella cuando estamos ante una evidente emergencia nacional. Pero los ricos sueltan a sus lebreles políticos para que nos encrespemos con la extinta ETA, con inexistentes hordas de inmigrantes peligrosos (cuando España sigue teniendo índices muy bajos de criminalidad), o con okupas imaginarios (en España, país con niveles bajos de delincuencia, hay 40 veces más hurtos que okupaciones, afectan al 0,06% de las viviendas, la inmensa mayoría son apropiaciones y no allanamientos y más del 80% son pisos de bancos, fondos y grandes tenedores; no hay problema okupa).7
De esto va la chorrada de la prohibición del burka. La izquierda debe dejar de ser un gallinero cacareando principios y certezas que no están en discusión e ir a lo mollar. La reacción a la propuesta es sencilla. La ultraderecha quiere poner el foco sobre el burka, porque es una infamia fácil de asociar con el islam y, por extensión, a la inmigración magrebí. Es parte del activismo racista y xenófobo que busca desconfianza, rechazo, temor y deshumanización de grupos humanos. Ataca a minorías para controlar de forma autoritaria a las mayorías, para introducir en la sociedad, en grupos limitados, la quiebra de derechos y para distraer y proyectar la frustración de la gente a falsos problemas, y así preservar los privilegios de los amos de los ultras. Es así de sencillo.
NORTES DdA, XXII/6269
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