jueves, 5 de febrero de 2026

COMO CIENCIA SUPREMA AHORA HAY QUE DESAPRENDER EL MAL


Antonio Monterrubio*

En un mundo donde el menor atisbo de inteligencia es sepultado bajo toneladas de estulticia, el discernimiento autónomo y libre se torna quimérico. Si la desinformación intencional auspiciada por las élites es grave de por sí, más aún lo es su promoción de la inopia satisfecha. Un público desorientado y perplejo es ingenuamente sensible a la credulidad. La desconfianza hacia el pensamiento, sembrada por los medios y el conjunto de los aparatos ideológicos, asfalta las anchas avenidas por las que desfilarán las procesiones de antorchas. Afirmaciones carentes de base avaladas por las grandes plataformas de comunicación, opiniones infundadas jaleadas por aquí y por allá, hipótesis descabelladas y hasta mentiras criminales, nada se ahorra si contribuye a manipular las mentes. De ahí que la mayoría ya ni siquiera sea capaz de emitir juicios falsos. Solo hay falsos juicios, enunciados proferidos sin que medie ponderación alguna. Como en los procesos amañados, la sentencia está dictada de antemano. 

Refranes y proverbios nos proveen de un arsenal ilimitado de máximas que se pronuncian acerca del individuo y la sociedad. A través de variaciones sobre la necedad, la debilidad, la intemperancia, la bajeza y la locura, se analiza el absurdo constitutivo del mundo. El presente libro acude a algunas muestras del rico acervo paremiológico castellano como excusa y chispa para la reflexión. 

Detenerse a meditar, evaluar y profundizar es una necesidad ineludible, en lo personal y en lo colectivo. El Mal debe más a los tontos y a los perezosos que a los intrínsecamente malos. Vivimos acosados por los dogmas, y ponerlos en cuestión es un deber moral. El escepticismo es el antídoto contra las ortodoxias y los argumentarios. Estamos en uno de esos momentos históricos donde cobra plena actualidad la máxima de Antístenes según la cual la ciencia suprema es «desaprender el mal».

*Recomendable la lectura del libro del autor Al revés te lo digo, publicado por ed. Trea en 2024

DdA, XXII/6253

1 comentario:

JOSÉ IGNACIO dijo...

El mal ya lo "desaprendió" socialmente el supuesto consenso normativo de los llamados Estados del bienestar... Y digo supuesto porque nunca fue respaldado realmente por la ciudadanía (más que, muy, muy, muy indirectamente, a través de las periódicas elecciones de los parlamentos que aprobaban -y cambiaban- las normas)... El paso es que esa dubitativa "base consensual" del horizonte normativo era inmediatamente identificada con una suerte de "estado de naturaleza" (como una fuente radicada en la propia esencia o naturaleza humana) para así pasar a considerar que quien no se comportase con arreglo a esas normas no es que fuese malo, no es que tuviese el hábito, costumbre o tentación de obrar mal, sino simplemente que era víctima de algún tipo de locura (de desviación de la propia esencia o naturaleza humana)... Y como tal debía ser tratado. La elusión del mal en nuestras sociedades causó, de hecho, muchos problemas, frecuentemente ligados, con frecuencia, a los "usos lingüísticos" (con tintento de derivada pragmática) de "lo políticamente correcto"... Que, como preclaramente preveía, ya a principios de los noventa, en su época en el Partido Radical italiano, Gianni Vattimo (un filósofo, por otra parte, poco de mi devoción) acabaría por producir una "respuesta reaccionaria" en la que todavía nos encontramos en su máxima (esperemos) expresión.

Publicar un comentario