Su libro Los campos de concentración de Franco, una investigación exhaustiva que documenta más de 300 campos repartidos por toda España durante los primeros años de la dictadura, es una obra imprescindible. A Carlos Hernández, buen periodista, buena persona, reciente y tempranamente fallecido, le debemos -como dice Allende en el siguiente artículo- una recopilación exhaustiva de la geografía del odio y de los métodos empleados para borrar cualquier rastro de ideas distintas. Pasaron muchos años hasta que ese libro iluminó esa otra parcela oscura de la represión franquista, después de que Carlos publicara Los últimos españoles de Mauthausen. La geografía del odio debería ser historia, pero me temo que no vamos por ese camino. Para eso, arrancándola del olvido, la investigó Hernández, que también quiso ser corresponsal de la paz y no de la guerra, como recuerda hoy su compañera Olga Rodríguez.
Óscar Allende
Para muchos de nosotros, Carlos Hernández era una figura familiar. Uno de esos reporteros que te informaban a través de la televisión contando las atrocidades de la guerra en Kosovo, Afganistán o Irak con un estilo que hacía que le recordaras.
Lo que nunca imaginamos en esos momentos es que es periodista de raza cuya muerte acabamos de conocer hoy podría ser alguien todavía más cercano y respetado: su sensibilidad con las víctimas de las guerras le hizo mirar a una guerra que, por mucho que fastidie a quien quiera olvidarla porque se benefició de ella, estaba presente entre muchas familias españolas. Tan presente como un asiento vacío o una foto con un trozo arrancado: un recuerdo que sabes que existió, pero del que no quieres preguntar por si duele, porque duelo, y al final esa laguna de desconocimiento se hace océano.
El caso es que hoy es más fácil hablar de memoria democrática, de fosas, de exiliados, pero en los años en que Carlos Hernández se puso a fondo, no había tantas puertas abiertas al recuerdo de la historia. Su labor de investigación quedó plasmada en una primera publicación, Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B). Y empezó a escocer porque si bien denunciar el exterminio industrializado nazi era un consenso general, la relación de sus nazis con los nuestros aquí chirriaba más a todas las élites que se hicieron fuertes tras la guerra por venir de quien las habían ganado.
Fue durante ese trabajo cuando surgió una pregunta que él mismo relató en entrevistas y presentaciones públicas: ¿por qué se habla de los campos nazis y no de los campos de concentración del franquismo? Aquella interpelación abrió una segunda etapa decisiva de su carrera.
El resultado fue Los campos de concentración de Franco, una investigación exhaustiva que documenta más de 300 campos repartidos por todo el Estado, desmontando la idea de que se tratara de espacios improvisados o excepcionales. El libro, que en Cantabria conocimos por la presentación en La Vorágine, acredita la existencia de una red concentracionaria estructurada, integrada en el aparato represivo del régimen, más allá del momento de la Guerra.
Un libro que atendía a Cantabria, y gracias al cual, de hecho, pudimos descubrir la tremenda desproporción numérica de campos de concentración en nuestra tierra en relación a su tamaño (ahora empieza a no sorprendernos, toda vez que ya sabemos que de hecho ese modelo se ensayó aquí y se exportó, cortesía de Fidel Dávila y Camilo Alonso Vega, a los que el Ayuntamiento de Santander ha considerado todos estos años merecedores de honores y reconocimiento público, que no otra cosa, un honor, es que te pongan una calle con tu nombre.
Si a Alberto Santamaría le debemos el rescate del campo de concentración de La Magdalena -por mucho que moleste, difícil de desmentir, ya que las fuentes venían de la propia documentación militar franquista–, a Hernández le debemos una recopilación exhaustiva de la geografía del odio y de los métodos empleados para borrar cualquier rastro de ideas distintas.
Ese trabajo le llevó a Cantabria en varias ocasiones, mostrando una cercanía con los movimientos memorialistas cántabros, casi una vocación de servicio. Laredo fue uno de esos sitios, ya que allí el trabajo del colectivo Memoria de Laredo permitió reconocer a los cántabros que estuvieron en Mauthausen, la fábrica del odio, recordando una verdad incómoda: los franquistas mandaron a los republicanos a los campos nazis, de quienes eran aliados. Lázaro y Ramiro aparecían en un documental suyo.
En clave más personal, a este lado de la pantalla guardamos con cariño la atención que nos dedicaba cuando le pedíamos entrevistas, el aval tan desproporcionado que nos dio de cara a la candidatura al Premio José Félix García Calleja de Derechos Humanos y ese último mensaje en el que nos avanzaba que se venía a vivir por aquí y se ofrecía a colaborar de algún modo con nuestro proyecto.
Hoy, cuando la declaración de La Magdalena como Lugar de Memoria Democrática sigue su tramitación, el legado de Carlos Hernández adquiere una dimensión especialmente clara: toca mantener su propia memoria, y toca recordar su trabajo. Podemos participar, añadiendo motivos en positivo, en el proceso de recordar que La Magdalena albergó un campo de concentración desde este enlace.
DdA, XXII/6252

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