miércoles, 4 de febrero de 2026

MUSK INSULTA A SÁNCHEZ: LO PREOCUPANTE NO ES SÓLO ESO, SINO EL CONTEXTO

Sorprende en cierto modo que antes de insultar al presidente del Gobierno, el multimillonario Musk se haya fijado en la eurodiputada de un pequeño partido político español llamada Irene Montero defendiendo la teoría racista del reemplazo. Lo más sano sería -escribe Miñana- que Musk se mantuviera al margen de la política institucional, o al menos que participara con responsabilidad, como cualquier ciudadano informado, y no como un emperador digital repartiendo etiquetas incendiarias. Porque cuando los multimillonarios empiezan a jugar a ser líderes de opinión mundial sin rendir cuentas ante nadie, lo que está en riesgo no es solo la imagen de un político: es el respeto por la soberanía democrática y la convivencia pública basada en argumentos, no en provocaciones.


Ricardo Miñana

Lo preocupante no es únicamente el insulto, sino el contexto. Musk no es un ciudadano cualquiera opinando en una conversación privada: es alguien que controla plataformas, empresas estratégicas y una parte importante del debate público mundial. Cuando una figura así interviene de forma agresiva en política, la línea entre opinión y presión se vuelve muy fina. Y ahí es donde surge la incomodidad: ¿desde cuándo los magnates tecnológicos se sienten con derecho a señalar y deslegitimar gobiernos ajenos como si fueran árbitros de la democracia?
Por supuesto, se puede criticar a Sánchez —como a cualquier dirigente—, pero hacerlo con calificativos extremos y simplistas, sin matices ni argumentos sólidos, parece más una provocación que una crítica constructiva. Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué hay detrás de esa dureza? Porque no parece un comentario casual. Suena más bien a una reacción interesada, o incluso a una estrategia para alimentar polarización, ganar atención o reforzar ciertos discursos.
Además, resulta llamativo que Musk se erija como juez moral de otros, cuando él mismo ha estado rodeado de controversias. Que Sánchez no figure en la lista de Epstein mientras Musk sí aparece mencionado en distintos contextos públicos solo añade una capa de ironía inquietante. No porque eso sea una prueba definitiva de nada, sino porque evidencia una contradicción: quienes más gritan sobre “tiranía” o “corrupción” a veces son quienes menos deberían dar lecciones.
Y ahí es donde la reflexión se vuelve más seria: ¿se está volviendo Musk más impulsivo, más radical, más obsesionado con intervenir en la política? ¿O simplemente está mostrando, sin filtros, lo que siempre ha sido: alguien que entiende el mundo como un tablero donde los poderosos pueden mover piezas a su antojo?
Quizá lo más sano sería que Musk se mantuviera al margen de la política institucional, o al menos que participara con responsabilidad, como cualquier ciudadano informado, y no como un emperador digital repartiendo etiquetas incendiarias. Porque cuando los multimillonarios empiezan a jugar a ser líderes de opinión mundial sin rendir cuentas ante nadie, lo que está en riesgo no es solo la imagen de un político: es el respeto por la soberanía democrática y la convivencia pública basada en argumentos, no en provocaciones.

DdA, XXII/5252

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