lunes, 16 de febrero de 2026

ESTAMOS ANTE LA MAYOR AMENAZA A LA CONVIVENCIA DESDE EL GOLPE DE 1981

Magnífico el artículo que firma en Nueva Tribuna mi estimado Pedro Luis Angosto. Si no hay una reacción insospechada -nos dice-, un levantamiento ético del país que produzca el renacer de las conciencias solidarias y justas, estamos a muy pocos meses de la llegada de la extrema derecha española al poder justo en el momento en que también domina la metrópoli y otras extensiones del Imperio. No hay buenas intenciones en sus propuestas, no tienen siquiera un programa en el que hablan de mejorar las cosas que hoy fallan ni compiten por ampliar los derechos de los españoles. Hablan de cancelar, de destruir, de despedazar, de expulsar, de romper, de abolir, de someter, de perseguir. No hay ni una sola palabra que hable de la solidaridad humana, de las urgencias de los que no pueden más con la vida, tampoco llamamientos a la piedad cristiana, al perdón de los pecados, al amor que parece ser predicó el fundador de su religión. Estamos -afirma el articulista- ante la mayor amenaza a la convivencia entre españoles desde el golpe de Estado de 1981.

Pedro L. Angosto

Byung-Chul Han, en su libro Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, nos habla del nuevo nihilismo, no del que hablaba Nietzsche al referirse a la muerte del cristianismo, sino de otro, el de la sociedad de la información digital, que es tanto como hablar de la mentira como verdad inmutable. Para Byung “el nuevo nihilismo es un fenómeno del siglo XXI. Es fruto de las distorsiones patológicas de la sociedad de la información. Se alza cuando perdemos la fe en la propia verdad. En la era de las noticias falsas, la desinformación y la teoría de la conspiración, la realidad y las verdades fácticas se han esfumado. La información circula ahora, completamente desconectada de la realidad, es un espacio hiperreal. Se pierde la creencia en la facticidad…”. Da igual que contemplemos diluvios en enero, cuando normalmente llovía poco en nuestras latitudes o temperaturas nunca vistas durante los interminables veranos que nos asfixian cada vez más, lo mismo que divisemos tornadas en la puerta de casa que playas que desaparecen por un golpe de mar. El cambio climático no existe, así lo dice Trump, así lo afirman los medios mayoritarios, así lo difunden los propagandistas del bulo y el chisme universal. Tampoco pasa nada anormal en Estados Unidos porque la policía asesine con total impunidad, porque entren en los domicilios que apetezcan sin orden judicial, porque se decrete el derecho de todo ciudadano yanqui a ciscarse en la Naturaleza, a contaminar cuando, cuanto y como quiera, del mismo modo que como nación tienen el derecho a invadir cualquier país y quedarse con sus riquezas sin el más mínimo complejo y con el silencio casi general de la comunidad internacional, que dobla sus rodillas esperando que el emperador les deje fuera de su objetivo.

Hace tiempo que la realidad no existe, es posible que no tengamos otra manera de vivir ante tanta atrocidad, ante tanta maldad aupada al poder con el voto de quienes lo sufren y lo sufrirán. La realidad es ofensiva, es dolorosa, es fea, tiene mal gusto y apesta. ¿Inventar una acorde con los sueños de cada cual? Es una posibilidad, pero lo de inventar ya es un esfuerzo demasiado costoso para la mayoría de nosotros, mejor que sueñen por nosotros, mejor encender la pantalla y darle a la plataforma a ver que disparate nos ponen hoy para seguir con la mente en blanco, al fin y al cabo, es una forma de Meditación, quizá la más rápida, desaparecen tus problemas, tus temores, sus remordimientos y te zambulles sin problemas en mundo babosos o terribles pero que no son los tuyos, que son de otros tipos que luego se van a su casa y te dejan en paz, eso sí, con la huella marcada.

Sin embargo, aunque la realidad no exista porque se la inventan a diario quienes manejan la información que nutre nuestro conocimiento, si existen sus consecuencias y no se pueden disimular. Si no hay una reacción insospechada, un levantamiento ético del país que produzca el renacer de las conciencias solidarias y justas, estamos a muy pocos meses de la llegada de la extrema derecha española al poder justo en el momento en que también domina la metrópoli y otras extensiones del Imperio. No hay buenas intenciones en sus propuestas, no tienen siquiera un programa en el que hablan de mejorar las cosas que hoy fallan ni compiten por ampliar los derechos de los españoles, por el contrario, hablan de cancelar, de destruir, de despedazar, de expulsar, de romper, de abolir, de someter, de perseguir. No hay en un programa escrito ni una sola palabra que hable de la solidaridad humana, de la bondad de la gente, de la fraternidad, de las urgencias de los que no pueden más con la vida, tampoco llamamientos a la piedad cristiana, al perdón de los pecados, al amor que parece ser predicó el fundador de su religión. No, hablan de castigo, de represión, de censura, de chulería, de abuso, de tolerancia cien con quienes abusan del poder o de la riqueza. Y cada día tienen más votantes, más ciudadanos entusiasmados gritando vivan las caenas dándose hostias por ver quien sustituye a los caballos para tirar del carro en el que llega Santiago Abascal, el criatura que estuvo al cuidado de Esperanza Aguirre, como su amiga Isabel Díaz Ayuso.

Como no es verdad que para ser atendido por el médico de familia haya que esperar más de dos semanas, como no es cierto que las universidades públicas no tienen dinero ni para reponer el papel que gastan las impresoras, como no es real que las escuelas públicas cada día están más desvencijadas mientras gastan millones en las concertadas, como no es verdad que se llevan años privatizando el mantenimiento de las líneas férreas, como tampoco es cierto que las empresas que reciben servicios públicos se dedican a maximizar beneficios a costa de la bondad del servicio, como ni mucho menos es cierto que exista un porcentaje alto de jueces dispuestos a ser jueces y parte sin que les tiemble el pulso ni se les quite el sueño, como no somos testigos diarios del envejecimiento progresivo de casi todos los servicios esenciales mientras se gastan cantidades desorbitantes de dinero en festejos y cuestiones superficiales, el pueblo soberano ha decidido inmolarse. 

Los resultados de las elecciones autonómicas de Extremadura y Aragón, a los que seguirán del mismo modo, Castilla y LeónAndalucía y otras, demuestran que a cada nueva convocatoria electoral aumenta el voto a la ultraderecha. ¿Hay prestigio en los candidatos que presentan? ¿Son personas ejemplares, generosas, magníficas? ¿Seducen, embaucan, tienen un carisma arrollador, anuncian un mundo nuevo mejor para todos? No, no hay nada de eso, la mayoría de los votantes saben a quien votan, es un voto de destrucción, pero al mismo tiempo de esperanza porque eligen a alguien que habla igual que ellos, a alguien que no tiene esperanza ni maldita la falta que le hace, que no piensa en derechos de minorías y que está dispuesto a comportarse con toda la brutalidad que exige el momento. No se trata ya de construir una sociedad más justa -eso quita votos-, se trata de hacer ver a los demás como se habla aquí, como se piensa aquí, como se viste aquí y cuando se puede uno sentar, qué cosa es tradición y qué otra aberración. Estamos, pues, ante la mayor amenaza a la convivencia entre españoles desde el golpe de Estado de 1981, un golpe no aclarado todavía pero que aparentemente fracasó, cosa que ahora no sucederá, porque si hay algo que está claro cuando el fascismo se hace con el poder es que cumple con su programa, sobre todo con el que no está escrito y todos sabemos de memoria.  

NUEVA TRIBUNA DdA, XXII/6264

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