A Elisa Mouliaa se le juntaron la consideración de "mala agredida" con la de "mala víctima". Una "mala agredida" es la que ha llegado hasta la cama, quien sabe si a besos, quien sabe si ebria, y en un momento dado decide parar. Denunció la agresión del entonces portavoz de Sumar en el Congreso, Íñigo Errejón. Por supuesto que pensó que su paso animaría a otras, escribe Cristina Fallarás en su columna de opinión en el diario Público. Lo que no creo que supiera es que acababa de empezar un calvario que la iba llevar a ser agredida también y con saña por los medios, el Poder Judicial en la figura, para empezar, del juez Carretero, miles y miles de hombres y, lamentablemente, también gran parte del feminismo.
Cristina Fallarás
Este es el caso de una mujer que puso el cuerpo y la
identidad, su carrera y su futuro, por las que no pudieron o no quisieron dar
el paso. Es difícil, dificilísimo, para una mujer meterse en un proceso
judicial contra un hombre por agresión sexual. Mucho más cuando los únicos
que están presente son ella y él. La voz de la mujer contra la voz del
hombre. La tradición, todo el peso de siglos de patriarcado violento,
indica que nosotras mentimos. Lo mismo apuntala el supuesto honor
masculino. Esto no es un lamento, es la descripción de una costumbre. Por las
carreteras, los chungos aprietan el acelerador con el adhesivo "Todas
mienten" pegado al culo.
Leo a diario casos de mujeres castigadas por el poder
judicial, por las instituciones, por el sistema laboral o el sanitario. No
estoy hablando de un marido o un padre, del hermano mayor o del polvo de una
noche. Es todo un sistema organizado, levantado sobre el silencio de las
mujeres. Por eso, hasta que no aparecieron las redes, no pudimos hacer
públicas las violencias que sufrimos habitualmente, con la sexual en el centro. Fue
gracioso cómo los medios tuvieron que aprender —¡a
estas alturas!— a describir los feminicidios, aprender que una mujer
no "muere" por violencia machista, sino que un hombre la
mata. De ahí los movimientos #MeToo, #Cuéntalo, #NiUna Menos. De
ahí la sorpresa —ninguna para nosotras— que provocaron en el
mundo entero. ¿En qué mundo?, debemos preguntarnos. En el que jamás
permitió que contáramos lo que nos hacen.
Y también por eso, cuando por fin pudimos hablar una a
una, por millones, de forma espontánea, no hablamos de moda, de estética ni de
maternidad, los temas a los que nos habían relegado los medios. Hablamos
de violencias machistas, y muy concretamente de violencia sexual. Las mujeres
teníamos y tenemos muy claro que ese es el eje de nuestro sometimiento desde el
principio de los tiempos. También sabemos que cimenta todo el sistema,
empezando por el económico. El Poder Judicial, las instituciones de Estado, los
medios de comunicación, todo está diseñado para solidificar nuestro
silencio.
De ahí que las mujeres que denunciaron en redes las
agresiones de Íñigo Errejón se negaran a dar el paso a los
juzgados. Pusieron en la balanza las ventajas y el castigo, y tuvieron
claro cuál iba a ser el resultado. Pero hubo una, Elisa Mouliaà, que
se puso al frente de todas ellas, probablemente porque no tenía herramientas
para calibrar hasta qué punto iban a destruirla, hasta qué punto el
castigo que iba a suponer ese paso la destrozaría íntima y
públicamente, en lo laboral, en lo económico, en sus expectativas de futuro,
iba a devastar su salud mental.
Entendí entonces el movimiento de Mouliaà como
un acto de valentía genuina, y a la vez de una ingenuidad rayana en la
inconsciencia. Podía haber pasado lo contrario, pero algo me decía que la mujer
se iba a quedar sola, que el resto de las víctimas —yo estaba en contacto
con media docena— no iba a secundar su decisión. Y con ellas, la sociedad,
que compró el retrato de "mala víctima" inmediatamente
creado por los medios y por los hombres. Hombres conservadores y hombres
progresistas: está loca, no sabe lo que dice, busca fama, quiere sacar
dinero… Nada nuevo.
Lo más salvaje es que, por razones parecidas, gran parte
del movimiento feminista también la ha dejado sola. No les ha parecido,
digámoslo así, un modelo adecuado, pese a llenarnos la boca rebatiendo la idea
de que no puede haber "malas víctimas". Es pizpireta,
salió a contarlo en la televisión y cobró por ello, sus ideas sobre
lo divino y lo humano no coinciden con lo que consideramos que son las de
la "verdadera lucha feminista". Como si eso tuviera algo que ver
con la posibilidad o no de recibir una agresión sexual.
Recuerdo las palabras de Rubiales —hoy condenado por la
Audiencia Nacional— después de su agresión a Jeni Hermoso.
Expresó públicamente una idea que iba más allá de las
consabidas "buenas" y "malas feministas".
Aseguró que, para él,
hay "buenas" y "malas víctimas", algo que
nosotras venimos denunciando desde siempre, al menos en la teoría. Pero lo que
no sabía Rubiales es que también hay "buenas
agredidas" y "malas agredidas". A
Elisa Mouliaa se le juntaron la consideración de "mala
agredida" con la de "mala víctima".
Una "mala agredida" es la que ha llegado hasta la cama,
quien sabe si a besos, quien sabe si ebria, y en un momento dado decide parar.
Llevamos tatuada en el pecho la
palabra "calientapollas".
Con esa pesadísimaa mochila, Mouliaà se
acercó hasta la policía y denunció la agresión del entonces portavoz
de Sumar en el Congreso, Íñigo Errejón. Por supuesto que pensó que su
paso animaría a otras. Lo que no creo que supiera es que acababa de
empezar un calvario que la iba llevar a ser agredida también y con saña por los
medios, el Poder Judicial en la figura, para empezar, del juez Carretero, miles
y miles de hombres y, lamentablemente, también gran parte del
feminismo.
PÚBLICO DdA, XXII/6253
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