Quizá no sea un villano en el sentido literal, pero sí representa algo profundamente problemático: una lógica tecnocrática y distante, casi sociopática en su indiferencia hacia los límites éticos del poder. Para algunos, eso es suficiente para cerrar el juicio moral. No con odio, sino con una conclusión firme: no todo lo que se disfraza de bien común lo es realmente.
Ricardo Miñana
Bill Gates encarnaba una figura inquietante del poder contemporáneo: no el villano caricaturesco de capa y risa malévola, sino algo más frío y perturbador. Un símbolo del modo en que la riqueza extrema puede concentrar influencia sin un control democrático proporcional. La imagen del filántropo visionario se resquebraja cuando se observan las sombras que rodean a las élites globales y sus redes de poder.
Las revelaciones y controversias asociadas a personajes como Jeffrey Epstein no son, por sí solas, pruebas definitivas, pero sí funcionan como detonantes de una desconfianza profunda. Nos obligan a preguntarnos hasta qué punto quienes dicen “salvar al mundo” operan en entornos éticamente contaminados. En ese contexto, Gates deja de parecer un benefactor desinteresado y pasa a verse como parte de un ecosistema donde el dinero compra acceso, silencio y legitimidad.
Mi rechazo no se basa solo en nombres o escándalos, sino en algo más estructural: la idea de que una sola persona, por rica que sea, tenga una influencia tan directa sobre aspectos tan sensibles como los sistemas alimentarios o las políticas de vacunación global. No se trata de negar la ciencia ni el progreso, sino de cuestionar la concentración de poder en manos privadas sin una rendición de cuentas clara.
Con recursos prácticamente ilimitados, Gates pudo haber elegido caminos que fortalecieran instituciones públicas sin protagonismo personal. Sin embargo, el legado que muchos perciben es otro: el de una filantropía que roza el control, que se presenta como salvación mientras desplaza decisiones colectivas hacia despachos privados.
Quizá no sea un villano en el sentido literal, pero sí representa algo profundamente problemático: una lógica tecnocrática y distante, casi sociopática en su indiferencia hacia los límites éticos del poder. Para algunos, eso es suficiente para cerrar el juicio moral. No con odio, sino con una conclusión firme: no todo lo que se disfraza de bien común lo es realmente.
DdA, XXII/6272

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