César Vallejo vivió en aquel tiempo y llegó a decir que creció el mal por razones que ignoramos. Se refiere al de los años treinta del pasado siglo, cuando las fantasías de omnipotencia de Hitler se llegaron a tomar a broma y hubo también quienes pensaron que no se podía hacer nada. Ahora ya no podemos decir que el mal está creciendo y que ignoremos las razones porque lo hemos visto asesinar en tierra palestina, pero sí que, frente al genocidio de ese pueblo en la Franja de Gaza y los proyectos de deportación que planean los genocidas, estos empiezan a creer que pueden seguir con su proyecto porque frente ellos podría haber vuelto a crecer la mefítica sensación de que no se puede hacer nada. Es lo que se empieza a desprender, al menos, del medroso silencio de los gobiernos de Europa ante esta nueva fase de avance del mal.
En la rueda
de prensa conjunta con Benjamin Netanyahu en la Casa Blanca
(4/02/25), el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronunció unas
palabras en las que, como decimos los lingüistas, se puede identificar una
relación de intertextualidad, un eco o hilo subyacente que sitúa dentro de
una misma red de significación el discurso de Trump, la doctrina del
Destino Manifiesto de un pueblo y el concepto alemán de Lebensraum (“espacio
vital”), convertido en principio básico del régimen nazi.
Es cierto
que la intertextualidad no es algo que pueda determinar el autor de un texto -
probablemente Trump no tenía, o sí, la intención de evocar esos otros
discursos-, sino que es el resultado de una operación de interpretación en la
que el receptor/ la receptora pone en juego sus experiencias y conocimientos
sobre discursos previos para construir un sentido a partir de
determinadas isotopías (Greimas), esto es, relaciones semánticas
entre elementos que permiten dar coherencia y sentido a un texto. En este
artículo, me gustaría rastrear las huellas del diálogo que se establece entre
esos diferentes discursos.
El día
anterior a la rueda de prensa, Trump había declarado que “Israel es un país
bastante pequeño en términos de territorio” y “eso no está bien”. Tras
compararlo con la punta de uno de los rotuladores de su escritorio, concluía,
con el tono cerrado y profundo de una evidencia: “es una tierra bastante
pequeña…, una potencia de cerebros inteligentes, pero tiene un territorio muy
pequeño. No hay duda.”
Al día
siguiente, el presidente de los EEUU engarzó una retahíla de eufemismos
prometiendo “hacerse cargo” de Gaza, terminar el “trabajo” comenzado por Israel
(con la inestimable ayuda de 22.000 millones de dólares en armamento),
“desplazar” a millón y medio de palestinos a otras zonas y construir allí una
especie de resort de lujo, playa y colinas plantadas de cipreses sobre la
tierra regada con la sangre de decenas de miles de palestinos.
Las palabras
del mandatario norteamericano escandalizan a los periodistas, no cabe imaginar
tanto cinismo; la disonancia cognitiva cortocircuita el cerebro y provoca
náuseas: Trump habla de Gaza con una aparente compasión, la describe como “un
lugar desafortunado”, un “agujero del infierno” donde la gente ha tenido una
vida miserable, como si hubiera sido víctima de una terrible catástrofe natural
-“francamente, mala suerte”- sin mencionar ni indirectamente a Israel, agente
de tal destrucción masiva, esquivando, tras palabras dulces, la realidad de un
genocidio, razón por la que su invitado tiene una orden de busca y captura del
Tribunal Penal Internacional.
El
presidente de EEUU hablaba de exterminio, de limpieza étnica y de deportaciones
con el léxico tierno de un discurso amistoso: “En su lugar [de Gaza] deberíamos
acudir a otros países interesados con un enfoque humanitario, y hay muchos que
quieren hacer esto, para construir diversas áreas que finalmente serán ocupadas
por los 1,8 millones de palestinos que viven en Gaza, poniendo fin a la muerte,
la destrucción y, francamente, la mala suerte.” De este modo, “pueden ocupar un
área hermosa con hogares y seguridad, y pueden vivir en paz y en armonía, en
lugar de volver atrás otra vez y volver a la Franja”.
Cuando, ante
su afirmación de “nos apropiaremos de Gaza”, un periodista le preguntó sobre
qué base o autoridad podría “poseer” un territorio ajeno, Trump respondió:
“todas las personas con las que he hablado aman la idea de que Estados Unidos
posea ese terreno, lo desarrolle y cree miles de empleos con algo que será
magnífico, en un área realmente magnífica que nadie reconocería”, una especie
de “Riviera de Oriente Próximo”. El propio Trump ya había hablado de otro
“destino manifiesto” en el discurso inaugural de su Presidencia: el de mandar
astronautas estadounidenses a plantar en Marte la bandera de barras y estrellas
del país.
Esta
doctrina es la base argumentativa sobre la que EEUU cimentó su política
expansionista en Norteamérica durante el siglo XIX. Sobre la creencia de que el
país era una nación elegida por la Providencia y estaba destinada, por tanto, a
su expansión, se conquistó el “Oeste americano” masacrando a su población
india, se justificaron guerras como la de México (1846) o posteriormente contra
España (1898) con el propósito de apoderarse de Puerto Rico y colonizar Cuba y
Filipinas. También se ha utilizado esa doctrina para justificar múltiples
anexiones territoriales posteriores. Sobre un fondo religioso (la idea de la
predestinación calvinista) y una concepción identitaria supremacista de “pueblo
elegido”, de guardianes de la libertad y la democracia, de gestores más
eficaces y más desarrollados, etc., se levanta la idea de un destino asignado
por Dios para extenderse y ocupar el “espacio vital” que el país necesita.
Y es así
como llegamos al concepto de Lebensraum. Fue el geógrafo Karl
Haushofer quien le dio forma; y un alumno suyo, Rudolf Hess, quien
transmitió la idea a Hitler, que la recogió y amplió en el capítulo 14
del Mein Kampf: “Solo un territorio suficientemente amplio puede
garantizar a un pueblo la libertad de su vida […] El movimiento
nacionalsocialista tiene que imponerse la misión de subsanar la desproporción
existente entre la densidad de nuestra población y la extensión de nuestra
superficie territorial […] Y esta es la única acción que ante Dios y nuestra
posteridad alemana puede justificar un sacrificio de sangre” (Javier Bilbao,
“La guerra de exterminio y el espacio vital alemán”, 2013).
En sus
discursos, Hitler jugaba con la idea de que los colonos alemanes
eliminarían o esclavizarían a los Untermensch o subhumanos eslavos en
los territorios conquistados: “El colono alemán vivirá en granjas espléndidas,
espaciosas. Las fuerzas armadas alemanas se alojarán en edificios suntuosos,
los gobernadores en palacios […] Alrededor de la ciudad, en una extensión de
entre treinta y cuarenta kilómetros, tendremos un cinturón de aldeas magníficas
conectadas mediante las mejores carreteras.” Una visión idílica similar al
paraíso artificial con el que fantasea Trump para Gaza. En realidad, se trataba
de que los territorios usurpados les proveerían de recursos agrícolas y
minerales tan abundantes que convertirían al Tercer Reich en la mayor potencia
euroasiática. Tras el ascenso de Adolf Hitler al poder, el Lebensraum se
convirtió en un principio ideológico del nazismo y actuó como justificación
para la expansión territorial alemana en el centro y el este de Europa. También
las autoridades nazis proyectaron transformar Crimea en un destino turístico,
una suerte de “Riviera del Tercer Reich”.
El lado oscuro de esta utopía es que para llevar a cabo el plan “maravilloso” habría que matar o expulsar a unos treinta millones de personas según criterios raciales. Era necesario que la población originaria de Centroeuropa y Europa del Este fuera retirada “permanentemente” mediante deportaciones masivas a Siberia, el exterminio o la esclavitud. El gobierno nazi animó a repoblar estas tierras con colonos alemanes. La población originaria fue diezmada; un daño colateral, “francamente, mala suerte”: era un derecho divino de la raza superior aria alemana exterminarla para conseguir su “espacio vital”. Como sabemos, la utopía del paraíso nunca se realizó; el exterminio de millones de personas, en cambio, fue algo terroríficamente real. Y también fueron millones de personas en todo el mundo las que miraron a otro lado; algunas se tomaron a broma las fantasías de omnipotencia del Führer, otras creyeron que no se podía hacer nada. Ahora estamos más que avisados. Ya no podemos sostener que “crece el mal por razones que ignoramos (César Vallejo).
DdA, XXI/5.904 PÚBLICO
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