miércoles, 31 de mayo de 2023

PI Y MARGALL: ANTES LA HONRA QUE LA REHABILITACIÓN POLÍTICA

Félix Población

Una vez concluida la fugaz experiencia de la Primera República, de la que en 2023 se cumplen 150 años, uno de sus cuatro presidentes, Francisco Pi y Margall (el segundo), a quien le cupo la honra -según sus propias palabras- de redactar y sostener la proposición por la que el 11 de febrero de 1973 fue proclamado el nuevo Estado, se apresuró a editar (Madrid, 1874) La República de 1873. Apuntes para escribir su historia, un libro fundamental para tratar de entender aquel régimen y que viene muy a propósito para traerlo a la memoria, un siglo y medio después de que se implantara. Hasta sería deseable una nueva edición, debidamente introducida por quien conociera a fondo aquella etapa histórica y la que la precedió, la llamada Revolución de Septiembre de 1868 -conocida por La Gloriosa- y todo el sexenio democrático.

La obra defiende, obviamente, la fórmula federal, de la que Pi fue su más firme y caracterizado valedor. Extraña hoy en día que, ante la conformación del Estado de las Autonomías, quienes hablan de la posibilidad de la reforma del mismo abogando por una alternativa federalista no reconsideren el papel jugado por don Francisco 150 años antes. ¿Desconocimiento de su obra? ¿Miedo histórico a los focos subversivos cantonales que se desarrollaron entonces? ¿Síndrome yugoslavo? ¿Prejuicios terminológicos? Puede que haya de todo un poco. 

En todo caso, el libro de Pi y Margall expone con rigor un modelo estatal sobre el que convendría despejar prejuicios y acomodar realidades. En aquel periodo de nuestra historia no fue factible adelantar la hora de España sobre su secular atraso. Los propósitos que animaron ese empeño federal y las razones que lo abortaron están en esas páginas. Sin embargo, con ser mucho su interés en ese aspecto, no me propongo hacer aquí una reseña de su contenido, sino recurrir a un fragmento del prólogo en el que el autor vindica antes su dignidad personal que la defensa de su proceder político: Aspiro, sobre todo, a sacar ilesa mi honra. Mi rehabilitación política es lo que menos me preocupa, escribe el autor. 

No debemos olvidar que Francisco Pi y Margall perdió buena parte de la popularidad de que gozaba en España como líder republicano a raíz de su radical oposición a la Guerra de Cuba, por propugnar lo más sensato: la concesión de la independencia a las colonias, que hubiera evitado a su vez la nefasta e inútil guerra con Estados Unidos con sus miles de víctimas. Entre 1895 y 1898 murieron en Cuba algo más de 41.000 soldados españoles, si bien el 22 por ciento falleció a causa de las enfermedades. También encontrará el lector en estas pocas líneas del prólogo aludido referencias a la clase política de entonces que por su vigencia bien podrían pertenecer a la actual política española, tanto las que Pi vivió en el interior de su propio partido como las que observó en la pugnas entre las diversas formaciones políticas y en la prensa de su época:

“Carecería tal vez de autoridad para escribir estos apuntes, si no me sincerara de los cargos que me han dirigido. Perdóneseme que empiece por vindicarme.

Contra mi costumbre, me dirijo a mis conciudadanos para hablarles de mi persona. Correligionarios, amigos, deudos, seres para mí queridos, creen llegada la hora de que levante la voz y rebata las calumnias de que he sido objeto. Lo hice como diputado, pero mis palabras apenas encontraron eco fuera del Palacio de Las Cortes. Perdiéronse entre el confuso y atronador clamoreo de las pasiones contra mí concitadas.

Hoy, más en calma los ánimos, fuera de juego mi persona, postrado y sin armas mi partido, trasladada a otros campos la lucha, será fácil que me oigan los que ayer tenían interés en llenarme de oprobio. Porque así lo entiendo me decido a escribir estas páginas. Léanlas cuantos de imparciales se precien, y júzgueme atentos al fallo de su propia conciencia.

Aspiro, sobre todo, a sacar ilesa mi honra. Mi rehabilitación política es lo que menos me preocupa. Han sido tantas mis amarguras en el poder, que no puedo codiciarle. He perdido en el gobierno mi tranquilidad, mi reposo, mis ilusiones, mi confianza en los hombres, que constituía el fondo de mi carácter. Por cada hombre leal, he encontrado diez traidores; por cada hombre agradecido, cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriota, ciento que no buscaba en la política sino la satisfacción de sus apetitos.

Volvía los ojos a mi partido y no veía sino vacilaciones, dudas, desconfianzas, cuando no injurias; los volvía a los partidos enemigos, y no los hallaba dispuestos más que al ultraje y la calumnia. Hemos llegado a tiempos tan miserables, que para combatir a los contrarios no se repara en la naturaleza de las armas que se esgrimen; nobles o innobles, son tenidas por mejores aquellas que más pronto derriban al hacemos blanco de nuestras iras.

He recibido mal por bien. No por eso se espere ni se tema que sea acalorada mi defensa, ni moje en hiel mi pluma contra mis detractores. Lograré vindicarme, y harto castigo llevarán, si son hombres morales, en sus remordimientos."

      DdA, XIX/5.361     

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