sábado, 10 de julio de 2021

DEL CAFÉ MANUELA Y OTROS MÁS DE NUESTRO MADRID JOVEN


Le acabo de decir a mi estimado amigo Ocatavio Colis Aguirre, colaborador con una de sus ilustraciones en el último libro de este Lazarillo (La risa de vivir y otros cuentos sin cuento), que después de llevar ya casi medio centenar de crónicas mayúsculas de su Formación del Espíritu Nacional, es notorio el interés de lo que cuenta por las redes y debe tener por eso su pronta y necesaria plasmación editorial, no solo porque lo que escribe  nos toca por dentro a todos los que vivimos en aquel Madrid de nuestra mocedad, sino por su memoriosa y detallada forma e información al hacerlo. Mi gratitud por ello.

Octavio Colis

El jueves, 15 de marzo de 1979, Julián Lago me pidió que acudiera a la inauguración de un café, Manuela, en el número 29 de la calle san Vicente Ferrer, que cogía semi esquina con la calle san Andrés, en el barrio de Malasaña. Y allí acudí aquella tarde noche con un fotógrafo del periódico, con la intención de tomar algunas notas y fotografías para la sección El día por delante.

La gente se agolpaba en la entrada, y me deslumbró desde fuera adentro el aspecto del espacioso local, muy bien amueblado y decorado, repleto de esa talentosa gente nueva y esperanzada en que las cosas iban a cambiar. Y escribí en el cuaderno: “Allí estaban, muy sonrientes, algunos de aquellos nuevos políticos, escritores, artistas, que para la necesaria regeneración española habrían imaginado Jovellanos, Joaquín Costa, Giner de los Ríos, Ricardo Macías Picabea, Emilia Pardo Bazán, Rafael Altamira, Rosa Chacel y tantas otras personas de bien que vieron siempre muy claro por dónde debiera comenzar el renacimiento español en cada época frustrada o agotada”. Y algo así apareció escrito en el periódico del día siguiente.

Dentro del café me dirigí primero a los responsables de la apertura de este lugar con esas bellas características estéticas que tan buenas expectativas proponían, con la intención de anotarlo todo en mi cuaderno de trabajo. Ellos eran: Juan Mantrana y su socio José María Tessio de Costa Magna (al que todos conocían y nombraban como Chema), quienes me pusieron al tanto de los datos que les requerí.

Desde aquél mismo día, hasta el día de su fallecimiento, hace dos meses a causa del covid, fui amigo de Juan. Y ese mismo día conocí allí al cineasta Antonio González Vigil, con quien tanto hemos querido a Juan. Estaba yo acodado en la preciosa barra del café, tomando nota mental de lo que veía y escuchaba para escribirlo luego, cuando oí que alguien a mi espalda decía que había tres personas fundamentales para entender a los españoles y a España: Salvador Dalí, Rafael de Paula, y Marino Lejarreta. Me volví para ver quién decía tal cosa, era Antonio. Nunca me ha interesado el surrealismo en general y, además, Dalí me ha resultado siempre un ser muy antipático; soy muy contrario a la sádica y cruel “fiesta nacional”; y porque el ciclismo no está entre mis deportes favoritos casi nada sabía de ese Lejarreta tan fundamental para la españolidad de Antonio. Así que entramos en una divertida conversación enseguida y aunque no nos pusimos de acuerdo, casi nunca lo estamos, descubrí que era una persona muy interesante. Y nos hicimos amigos, hasta ahora mismo, desde hace más de cuarenta años. Me da siempre mucha alegría verlo y charlar con él. Su relativo suele estar en las antípodas del mío, pero siempre me resulta corto el tiempo que paso en su compañía. Hay algo en lo más profundo de nosotros dos que nos une muy sólidamente.

Aseguraba Jorge Luis Borges que la diferencia entre los amores y las amistades íntimas está en que el amor no deja lugar para la ausencia del ser amado de ni siquiera un día, su ausencia produce angustia, pero la de las amistades íntimas, no. Los amores se cuentan confidencias secretas, pero las amistades no necesariamente, hablan de cosas importantes para ellas, en general, o de insignificancias personales que a nadie importan sino a las amistades íntimas, y aprenden la una de la otra con toda confianza y cariño cuando se buscan, porque las amistades íntimas no se encuentran, se citan entre ellas. Con respecto a esto de las amistades íntimas y sus personalísimas conversaciones y conocimientos mutuos, contaba Borges: “Fíjese que un íntimo amigo mío se casó y se le olvidó decírmelo”.

Aquella primera tarde noche en el Café Manuela estaban allí revueltas esas personas que fueron luego amics, coneguts y saludats, en las proporciones indicadas por Josep Pla: pocs, abundants, i moltíssims, respectivamente.

Todas las personas que allí estábamos veníamos de los cafés de tertulia franquistas en los que los camareros y responsables de aquellos lugares nos miraban con desconfianza, con mucha desconfianza, y nos trataban mal, o incluso muy mal. En el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao, cuando pedíamos una infusión, nos la traían introducido ya el escapulario en la taza, no en tetera, porque decían que nos llevábamos las teteras. En el Café Gijón, en el Paseo de Recoletos, los camareros se comportaban con los más jóvenes como si fuéramos vagos o maleantes, les parecía injusto que estuviéramos sentados en las mesas y ellos atendiéndonos. Poetas y artistas les parecíamos delincuentes, directamente. En el Café Teide (desaparecido en 1971), Recoletos esquina a la calle Bárbara de Braganza, se respiraba aún el tufillo nazi que había dejado ese tan magnífico escritor y articulista que fue César González Ruano, tanto como persona detestable, y quizá por ello quien se aventuraba a entrar allí parecía más rojo de lo que era en realidad. Esta cafetería aparece en algunas listas de lugares tapadera o lugares de encuentro de los nazis huidos y refugiados en la España franquista. En el Café Lion, calle Alcalá, a medio camino entre Cibeles y la Puerta de Alcalá, de entre las voces imaginadas o ensoñadas de aquellos que en el pasado republicano desarrollaron sus tertulias en esas mesas -allí tuvo Ramón del Valle Inclán uno de sus últimos “rincones de recibir”- nos parecía oír con espanto los cánticos del fantasma de José Antonio Primo de Rivera, provenientes de aquella cueva en la que se instaló uno de sus círculos falangistas, ese espacio del semisótano conocido como Zum Lustigen Walfisch, o Club de la Ballena Alegre. Cuando visité el lugar por primera vez, aunque elegante y lúgubre a la manera de la “parte pobre” del Barrio de Salamanca, me pareció ya todo él decadente y oscuro, grandón y desangelado, y los camareros pululaban por allí como zombis. Además, algunos (o muchos) de los camareros de aquellos lugares eran confidentes de la policía, y no era infrecuente ver aparecer de pronto a los grises o a los secretas dirigiéndose a alguien directamente para detenerlo. Había otros lugares de reunión que frecuenté, el elegante Bar Cock de la calle Reina, lleno de aspirantes a Hemingway, de grahangreenes y mataharis; o la Cervecería Alemana de la plaza de Santa Ana, siempre con sudorosos guiris de paso que bebían litros de cerveza. El Cock y su complejo de clase alta, y la Cervecería Alemana, “para guiris”, estaban atendidos también por camareros muy desagradables.

Y en esa época, además de Manuela, abrieron lugares nuevos como La Aurora, regentada por la Médico sin Fronteras Pilar Estébanez; La Mandrágora, dirigida por el artista emprendedor y regeneracionista Enrique Cavestany, y el Café Estar, que supuso para toda nuestra cuadrilla durante décadas un lugar tranquilo y amable para descansar de tanta actividad, hasta que su creador, Pedro Sahuquillo, el amigo más sereno y equilibrado que he tenido, se jubiló y lo traspasó, hace sólo algunos pocos años. En todos estos lugares presenté obra, hice exposiciones, intervine en tertulias, o asistí a conciertos. Y también en ellos conocí a las personas que me enseñaron tanto, como Agustín García Calvo, Carmen Martín Gaite, Isabel Escudero, Rosa Jiménez, Paco Cumpián, Chicho Sánchez Ferlosio, Javier Krahe, Alexandre de Castellane, Alberto Pérez, Lucía Correa, Jaume Sisa… además de las ya citadas.

Todas ellas eran opositoras o críticas, pero no desde los partidos políticos que forman parte indisoluble del sistema, tanto que son su sostén, sino desde proyectos concretos de regeneración y nuevas prácticas culturales y ciudadanas. Y también empecé a recibir la visión relativa del estado de las cosas desde el feminismo, por parte de las amigas de la cuadrilla, Carmen Esteban, Blanca Berlín, Pilar Caballero, Rosalina Javierre, Itziar Alberdi, Annie Pinto, Cristina Lechuga, Dora Orduña, Chus Gabeiras, Patricia Reija, Ángeles Bejerano… con las que visitábamos casi a diario aquellos nuevos rincones de reunión.

Y tanto empecé a citar esos lugares en mis trabajos del periódico, que un día me preguntó Julián Lago si era accionista de todos ellos. Ya por entonces, Compairé y yo habíamos entrado a formar parte de un grupo de redactores disidentes de Lago, formado por José Luis López, Manuel Sanabria (Tito Gómez), José Ángel Esteban, Elsa Pontvianne, Moncho Alpuente, Juan Pablo Silvestre, Juan Luis Cano, y el único redactor de deportes con quien se podía contar, Pedro González.

Y ya al final de la existencia del diario, del Periódico de Madrid, apareció para dirigirlo y tratar de salvarlo, Miguel Ángel Bastenier, un gran periodista con el que enseguida encajamos el grupo disidente. Pero era ya demasiado tarde, el Grupo Z había decidido que el Periódico de Madrid haría las funciones de lo que hacen hoy los “bancos malos” con el capital, asumiendo en él todas las pérdidas que acumulaba el Grupo Z en Madrid, como si fueran responsabilidad de la redacción de Potosí, cargándole facturas y dispendios que nada tenían que ver con nuestra redacción.

Miguel Ángel Bastenier no se mereció ser el último director de El Periódico de Madrid, debió haber sido el primero.

     DdA, XVII/4889     

2 comentarios:

Octavio Colis colisaguirre@gmail.com dijo...

Gracias por el ánimo que me procura saber que personas como tú siguen los capítulos de este libro, Félix. Pero tú y yo sabemos el lugar en el que se encuentra hoy la aventura editorial en España. En cualquier caso estaré encantado que me recomiendes a alguno de los editores que conoces. El mío, Fernando Villaverde, acaba de jubilarse, y el anterior (Ediciones del Azar), Jaime Lucía, también.

Félix Población dijo...

Voy a sugerirlo a ver si hay suerte, pero no te aseguro nada, claro está. Más que nada porque mis conocimientos son contados y no dsiponen de muchos medios..

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