domingo, 28 de febrero de 2021

EL GRAN FAVOR DE LOS CONDENADOS A MUERTE, SEGÚN UN CAPELLÁN FRANQUISTA


José Luis Gavilanes

Aunque todos estamos condenados irremisiblemente a morir, pues llegar a ser existencialmente indultados es tan inconcebible como que las ranas canten por bulerías, es un alivio no saber ‘a priori’ la fecha exacta de nuestra muerte. Que sea cuando Dios quiera. La muerte viene siempre como ladrón en la noche a sorprendernos sin que felizmente nos sea dado conocer ni el día ni la hora precisos del ser a la nada. Sólo el condenado a muerte le es posible saber la hora fijada que ha de comparecer ante el verdugo tras la sentencia de un juez.

El gerundense padre agustino Martín Torrent García (1888-1964) –que fue, inmediatamente después de la caída de Barcelona durante la Guerra Civil, capellán de la cárcel Modelo de la Ciudad Condal y daba los últimos auxilios espirituales a los reos que iban a ser fusilados– le debía torturar no saber el día de su propia muerte. Es tal vez por ello que se esfuerza por demostrar que los condenados a muerte gozaban de un gran favor: «¿Cuándo moriré? ¡Oh, si yo lo supiera; repiten a diario las voces íntimas de millones y millones de conciencias!». Pues bien, como si la vida fuese solamente una correlación inevitable de sufrimientos, el único hombre que tiene la incomparable fortuna de poderse contestar a esa pregunta, de saber el día fijo de su última pena es, según el P. Martín Torrent, el condenado a muerte. Y se pregunta con singular cinismo: «¿Puede darse una gracia mayor para un alma que haya andado en su vida apartado de Dios saber que morirá a las cinco de la mañana?» (Así consta en «¿Qué dice usted de los presos?», libro publicado en Barcelona en 1942 por Imp. Talleres Penitenciarios, pp. 68 y 69, obra al parecer inspirada en el relato de un preso llamado Luis Lucía y Lucía). Para Martín Torrent, como los muchísimos que fueron ejecutados durante el franquismo (él calcula que la población de presos en la Modelo de Barcelona, en un momento determinado, era de unas ocho mil personas) estaban fuera del redil y la mano de Dios, había que reapriscarlos. ¿Cómo? Generalmente se daba a los que iban a ser fusilados la oportunidad de recibir la absolución. La misión de los capellanes de prisiones era conseguir que los reos desviasen su mirada de la tierra al cielo y de este modo pretencioso pudiesen alcanzar la paz de su espíritu y el perdón divino: «No hay bastantes lágrimas para llorarles, mas cuando se piensa en esos mismos condenados mirando sólo al Cielo, nuestro deshecho corazón se rehace al otorgarles la gracia, verdaderamente extraordinaria, de este medio de muerte tan ignominioso a los ojos de los hombres». Aunque, por lo que cuenta en su libro, da la impresión de que las ejecuciones eran diarias y numerosas, tanto de hombres como de mujeres, la misión de la Iglesia no tenía nada que ver con la aniquilación de sus cuerpos, y sí con la salvación de sus almas.

Los obispos españoles, en su famosa pastoral de julio de 1937, tienen el consuelo de poder decir que «al morir sancionados por la Ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres». El obispo de Mallorca Josep Miralles se sentía muy satisfecho de poder decir: «Solamente el 10% de estos amados hijos nuestros han rehusado los santos sacramentos antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales». Tiempos eran en que la Iglesia católica española, como institución, aprobaba los fusilamientos, no solo de los energúmenos que quemaban iglesias, sino de los inocentes maestros defensores de la escuela laica. Sin embargo, le repugnaba y aún le repugna el aborto.

La Nueva Crónica DdA, XVII/4777

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