viernes, 14 de mayo de 2021

RECORDATORIO GIJONÉS: LA CALLE DE LOS JUGUETES



De toda la memoria solo vale 
el don preclaro de evocar los sueños.
Antonio Machado
Félix Población

El fotógrafo quiso estar más cerca del suelo al captar esta imagen, como lo estábamos los niños de aquellos años, de todos los años y por todos los años, aunque sea esa edad la de todos los sueños. Ese punto de mira, al cabo del tiempo -cuánto tiempo para atajar ahora con unas cuantas palabras-, nos acerca con una gran fidelidad a la mirada de la niñez sobre esa misma perspectiva de la fotografía del final de la Calle Corrida, al desembocar en los Jardines de la Reina. 

Lo que no sabemos es la razón por la cual el fotógrafo (Pedro Alonso Rebollar, Museo del Pueblo de Asturias) un día que parece muy caluroso y despejado de verano, en lugar de poner el foco de la imagen en los propios jardines -como es habitual en los álbumes callejeros del viejo Gijón-, se sentó al pie de la calzada y plasmó a ras del adoquinado una vista parcial de las fachadas del edificio del antiguo Hotel Saboya -del que por aquellas fechas cayó a la calzada el voladizo de un balcón que casi pilla a mi abuelo Teófilo-, con el del Banco Urquijo al fondo de la imagen, en el momento en que atravesaban la calle algunas personas. Más que un encuadre de profesional pareciera que al fotógrafo se le fue el dedo antes de hacerlo.

Cada cual de mi generación tendrá de esta imagen su personal composición biográfica del lugar, con el tranvía del puerto del Musel en la parada de salida, desde donde partía también la línea que iba a Somió cruzando el centro de la ciudad, pero para los niños que crecimos habituados a ese paisaje urbano el punto de mira del fotógrafo sobre la esquina de ese edificio es especialmente significativo. Por esta razón lo elijo para hacer una vez más memoria sentimental de mi infancia. 

Muchos gijoneses de cierta edad recordarán que nuestras madres los sábados o domingos y días festivos - al menos las madres modestas- solían darse un paseo por la calle Corrida para ver escaparates, costumbre con la que entretenían sus pocas horas de ocio los fines de semana, al tiempo que se conformaban o consolaban con ver expuesto en los comercios de alta confección y las zapaterías lo que no podían comprar. Mi madre hacía ese paseo con su hermana mayor, María Luisa, y tenían para su hija Tere y para mí como gran y único aliciente, en las semanas previas a la Navidad, los juguetes con los que se llenaban los escaparates de Navarro Óptico, a mitad de la calle, y la Óptica Covadonga, al final, justamente en la esquina que vemos en la fotografía de Rebollar. 

El paseo solía coincidir con la hora en que mi madre acostumbraba a ir a diario a la Iglesiona, la que por su nombre de pila se llamaba y llama Basílica del Sagrado Corazón y regentaban y regentan los padres jesuitas. Para mi madre el rezo  cotidiano del santo rosario era de obligado cumplimiento, por lo que la excepción de esa tediosa práctica -a la que en ocasiones la acompañaba- era algo muy digno de celebrar. No había nada más lúgubre que aquel espacioso templo casi a oscuras, sin más luz apenas que la precaria y temblorosa de los cirios del altar, encendidos por el sacristán antes del rezo, con la obligada genuflexión ante el sagrario.  Otro punto de luz era el de la pequeña bombilla que aquel hombretón de andar inseguro y vientre prominente encendía en el púlpito y abrillantba su calva mientras recitaba cansinamente la interminable letanía de virgos y madres. 

Que mi madre desoyera esos días de paseo con su hermana el sonido grave y monótono de las campanas de La Iglesiona convocando al rezo, no dejaba de ser un tímido asomo de alegría, al que se unía el de la compañía siempre grata de mi prima, con la que confraternizaba desde nuestros primeros años, y por la que sentía una especial predilección, porque además de tocar el piano cantaba villancicos en el coro de esa misma iglesia, al que se accedía por una empinada y oscura escalera de caracol. Por imitarla y pretender cantar juntos a dúo algún villancico o cualquier canción del momento, yo también quise entrar en el coro, pero mi afectiva y voluntariosa predisposición fue despreciada por el profesor encargado de seleccionar las voces más aptas, dicho sea en detrimento de quien hoy da nombre a una importante calle de la ciudad y al que nunca perdonaré su desplante. A su cuenta queda mi total renuencia a cantar en voz alta hasta en la más estricta intimidad.

El itinerario por Corrida se iniciaba en la Plaza del 6 de Agosto, presidida por la estatua de Jovellanos, con un muy apetitoso aroma confitero a modo de entrante ambiental, pues había dos pastelerías, dos, en una y otra acerca a la entrada de la calle. Una era La Bombonera, cuyos pasteles de chocolate eran muy estimados, y otra La Playa -la más antigua de la ciudad, todavía en activo-, que servía y sirve como producto estrella las llamadas Princesitas, confitura con la que el entonces recién inaugurado establecimiento repostero celebró la visita a Gijón del príncipe heredero por los años veinte del pasado siglo, sin que sepa discernir por qué a los dulces no se les llamó principitos, como por género les correspondería. 

Como acabábamos de merendar en casa, esa era la excusa que alegaban nuestras madres para privarnos del placer que observábamos en quienes salían de las confiterías comiéndose un exquisito milhojas o cualquier otro pastel, con los labios untados de crema y el pertinente y provocador relamido. Ni siquiera cabía la posibilidad de compartir un milhojas entre Terina y yo, habida cuenta la querencia que por mi parte le tenía a esta confitura. Tanta como para ganarme en una ocasión uno de regalo en la confitería próxima al colegio Jovellanos. Ocurrió el día en que murió mi abuela y por único almuerzo, por aquello del óbito, los formalismos funerarios, los pésames y la tristeza, solo comí un solitario huevo frito y alguna fruta de postre. Bastó que pegara mi cara, tan compungida como posiblemente ansiosa a la luna del escaparate, mirando fijamente al objetivo de mis salivaciones, para que la risueña propietaria me hiciera entrar y me lo regalara con su servilletita de papel y todo, en medio de la envidia de mis compañeros. 

Poco más allá de esas dos primeras confiterías, Tere y yo solíamos echar un vistazo a la cartelera del cine Robledo con el distanciamiento que marcaba no sólo la altura a la que estaba colocados los fotogramas sino el contenido de las películas, generalmente no toleradas y poco aptas para despertar nuestra atención. Esto no impedía que a veces imitáramos la actitud hipnótica de los protagonistas mirándose al borde de un beso, tal como solían figurar en los grandes anuncios donde aparecía el título del film. El hecho de mirarnos fijamente a los ojos durante algunos segundos con los morritos en pompa nos producía repentinos y reiterados ataques de risa, como si con ese entrante bastara nuestra sola compañía para pasar un buen rato a expensas de nuestras ocurrencias.


Uno de los comercios que más nos llamaban la atención en esa primera parte del itinerario era el de Almacenes La Sirena, cuyo edificio -obra del arquitecto Manuel del Busto- data de los años veinte del pasado siglo. Se trataba de un gran establecimiento de tejidos, al que se accedía por una entrada entre pilastras y columnas de orden clásico que daba al comercio una aureola de gran templo comercial, tal como creo que fue promocionado en sus inicios. La Sirena, aparte de las grandes lunas de sus escaparates exteriores, tenía otros interiores de igual formato, con toda la oferta textil expuesta de modo espacioso y elegante, con sus airosas maniquíes en actitudes muy sugerentes. Aquella era la primera parada en la que nuestras madres  se detenían con tanta calma como la que deparaba la espaciosidad de los escaparates, mientras nosotros correteábamos jugando al pilla pilla o a soportar el máximo tiempo posible el cosquilleo de los dedos en las palmas de nuestras manos. En Almacenes La Sirena se solían comprar las telas para los vestidos de novia, por lo que también se le tenía al establecimiento en mucha consideración.

Otro entretenimiento al que solíamos recurrir, procurando no hacerlo a la vista de nuestras madres, era el de estampar nuestro aliento en los cristales de los escaparates y jugar a besar la huella de nuestros labios. No faltaba tampoco la diversión de ocultáramos en los portales que estaban abiertos y descubrirnos con un grito en la oscuridad de su interior. Por previsible que fuera ese encuentro, pues nuestro campo de acción no pasaba de una decena de metros, había veces en que al advertir de repente nuestra presencia emergiendo de la oscuridad, el propio grito en que prorrumpíamos nos causaba un cierto escalofrío interior que nos lanzaba a uno en brazos del otro, como si así pretendiéramos sofocar nuestro sobresalto. Yo siempre pensé que aquellos abrazos servían para querernos un poco más.

Pasada La Sirena, en la otra acera de la calle y casi frente por frente, estaba La Escolar, una de las dos librerías -con La Nacional, en la calle de San Bernardo- en las que se adquirían los libros de texto durante el bachillerato, días antes de empezar el curso. La Escolar era también papelería y tenía un largo mostrador de madera muy gastada y lustrosa que arrancaba desde la misma entrada y llegaba hasta el fondo, con varios dependientes vestidos con un guardapolvo azul y que empleaban un trato muy obsequioso con los clientes. Lo que más apetecíamos Tere y yo en aquellos años era llegar a tener alguna vez  una de las preciosas plumas estilográficas que se exhibían en el escaparate del comercio y aprender a escribir con ellas, después de haberlo hecho con las de plumín y palillero y tintero de loza. En mi caso creo que asociaba esa posesión de estilográfica con las ganas de vestir una chaqueta americana, pues era en el bolsillo superior de esta prenda donde solían llevarla prendida por la capucha nuestros mayores. 

En esa misma librería compré mi primer diccionario ITER, que comprendía unas 30.000 voces, toda "una depurada selección de los términos más usuales del idioma", según se leía en la portada. Cuando tuve el librito de pastas marrones en mis manos, todo mi empeño fue acostarme cada noche en su compañía y aprender de memoria antes del sueño el significado de cinco palabras que me gustaran por su sonoridad o rareza, con cuyo recuerdo esperaba despertarme al día siguiente para decírselas a mi madre durante el desayuno. La verdad es que no solía cosechar mucho éxito con mi retentiva, pero mantuve esa costumbre durante algún tiempo, hasta que alguien me prestó las leyendas de Bécquer, mucho más entretenidas y auténtico caldo de cultivo para aficionarme a la lectura.

Más adelante, siguiendo por la misma acera de la calle, había una segunda librería que como tantas en nuestro país llevaba el nombre de Cervantes. Tengo el borroso recuerdo de que allí sí nos entreteníamos Tere y yo viendo por un rato las portadas de los pocos cuentos que en periodo navideño se mostraban en los escaparates de la entrada. Nunca olvidaré que fue en Cervantes donde compré en mi adolescencia las Poesías Completas de Antonio Machado en la edición de Austral,  que todavía conservo, tan dañada por las manchas del tiempo como inequívocamente entrañable por la evocación que representa el olor de sus páginas como rastro sensorial de mi primer encuentro con la poesía, compartido con las Rimas de Gustavo Adolfo. Lo que más abundaba en los escaparates de esa librería, con todo, eran los libros técnicos, sobre todos los de electricidad, tal como me recordó recientemente mi amigo Daniel Riera, coleccionista de radios antiguas y experto en palomas mensajeras.



No recuerdo exactamente donde se encontraba uno de los locales que me parecían más vanguardistas y que, por su mercancía, me resultaban más atrayentes, habida cuenta el importante papel que ocupaba la radio en mi entretenimiento cotidiano. Radio Norte ofrecía en su fachada exterior el mismo diseño que podía tener un aparato de radio de los más modernos de entonces, según se puede apreciar en la imagen. En su único escaparate se mostraban magníficos receptores de distintos tamaños, cuya sonoridad imaginaba mucho más potente y nítida que la del viejo aparato que mis padres habían comprado al menos quince años antes, cuando se casaron, y que ocupaba una pequeña mesita en un rincón de la cocina, menos cuando mi padre y abuelo lo transportaban a un lugar más interior, en el comedor de la casa, para que no llegaran hasta los vecinos las horrísonas interferencias con las que escuchaban las emisiones de La Pirenaica, Radio Moscú, Radio París o la "BBC de Londres hablando para España", según presentaba la emisión un locutor con marcado acento anglófono que mi hermano Jose y yo imitábamos por la noches, antes de dormirnos, cuando inventábamos nuestro particular servicio informativo.


Creo que después de pasar por delante  del cine María Cristina, en donde años después asistiría a las primeras funciones de cine-forum, se encontraba un local llamado Electrogas, a unos metros tan solo de la esquina de la calle Corrida con la Plaza del Carmen. En los escaparates de ese comercio, además de la exhibición de diversos electrodomésticos -entre los que destacaban los tocadiscos-, había algunas fotos de los cantantes de más actualidad o con más prestigio, como era el caso de Sara Montiel.  A la afamada actriz y cupletista le debía de dedicar yo una mirada larga un tanto alelada de la que se burlaba mi prima, quizá por presumir el motivo de mi alelamiento. La ceñida blusa de color verde que vestía la actriz, luciendo un escote bastante generoso para la época, dejaba tan ostensible la firmeza de sus pechos que me producía una indefinida y momentánea turbación.

A todo esto, nuestras madres, cogidas del brazo y con su más que premiosa andadura, se mostraban totalmente ausentes, enfrascadas en su charla y en los escaparates de las tiendas de confección  y las diversas zapaterías  que había en la calle,  la más comercial de la ciudad, observando y comentando con detenimiento los modelos de prendas y calzado de cada establecimiento. Para colmo de tan desesperante dilación en su paseo, había que añadir las sucesivas paradas que estaban al albur del frecuente encuentro y correspondiente charla con  familiares, amigas o conocidas, haciendo aún más insoportable nuestra impaciencia por llegar a esas dos emporios de la juguetería en tiempos navideños, que además de vender lo propio de sus especialidades ópticas tenían en sus escaparates otros muchos productos, entre los que primaban a nuestros ojos un gran surtido de coches en miniatura, numerosas muñecas y la joya mas preciada de cuanto podíamos desear en aquellos años: la fabulosa maqueta de un tren eléctrico en circulación.



Los escaparate interiores de Navarro Óptico ocupaban una especie de vestíbulo, presidido por la gran figura de cartón piedra de un heraldo de los Magos -creo que lo llamaban Eleazar-, que portaba en sus manos un buzón para que los niños de la villa depositáramos allí nuestras cartas petitorias. Lo peor del caso era el poco aprecio que nuestras madres solían dedicar a esos escaparates, o al menos así nos lo parecía, pues juzgábamos su detención como una concesiva y fugaz dádiva que apenas contribuía a sofocar nuestros anhelos de mayor permanencia. De ahí que otorgáramos a nuestros ojos la más embebida de las concentraciones en la contemplación de aquel primoroso tren eléctrico, disfrutando de su veloz y silencioso discurrir por la red viaria de una pormenorizada y preciosa maqueta en la que no faltaba ningún detalle: pasos a nivel, jardines, puentes, viaductos, túneles, estaciones, andenes y hasta las figurillas diminutas de los viajeros con su maletas y las de los llamados mozos de estación con sus carretillas. No había nada entonces que estuviera tan cerca de nuestra mirada y fuera, al mismo tiempo, un deseo totalmente inalcanzable que ni siquiera cabía en la torpe escritura de una carta a los Magos de Oriente, por más que fueran magos y tuviéramos a su heraldo de cartón piedra a unos pasos de nosotros, con las manos abiertas a nuestros deseos.

La ilusión navideña propia de las fechas dejaba paso, después de Navarro Óptico, a uno de los establecimientos de mayor prestigio de la ciudad. El comercio se llamó a finales del XIX La dulce alianza y fue inaugurado en 1882 por Joaquín Rato en el número 27 de la calle, subsistiendo hasta 1971 como Casa Rato, en honor a su fundador. Se caracterizaba por la calidad de sus materias primas y por ser a la vez pastelería -con su salón de té-, charcutería y tienda de ultramarinos. Casa Rato exhibía la figura de una vaca que creo movía el rabo, con la que promocionaba sus sabrosas pastillas de café con leche (marca La Vaca), envasadas en una cajita en donde se podía leer: "Pastillas y yemas de café y leche, fabricadas con exquisito café y leche pura de vacas". 

Otro elemento característico del establecimiento era el gran queso redondo de Gruyere que casi ocupaba por entero uno de los escaparates. Eran muy celebrados también sus bombones franceses ("para ir al cine y al teatro, bombones de Casa Rato"), sus tortitas con caramelo y sus bollos suizos con jamón dulce. Había dos accesos al local: por una puerta se entraba a la tienda de ultramarinos y por la otra a la confitería, atendida por jóvenes dependientas que vestían una elegante bata negra de fieltro con el cuellecito blanco. Sobre mostrador de mármol estaba colocada una estantería metálica en cuyas baldas de cristal se mostraba toda su celebrada bollería, con la que se acompañaba el servicio de café con leche, chocolate o té en el salón interior, frecuentado por una mayoría de señoras de la burguesía local. 


Cruzada la calle Munuza, en donde por muchos años estuvo la cartelera de las salas de cine que yo recuerdo siempre bajo la lluvia,  haciendo esquina con la calle Corrida se encontraba el Café Alcázar, que anteriormente se había llamado Café Colón, como tantos otros en España. Se trataba de un espacioso establecimiento al que creo entré una sola vez en compañía de mi tío abuelo Ignacio, con ocasión de uno de sus visitas a Gijón desde Venezuela a bordo de la motonave Santa María, que en una de sus travesías fue asaltada por un pirata portugués (un tal Galvao). 

Mi estancia en ese café debió de ser en verano porque el tío Ignacio, que había sido teniente republicano de intendencia, me invitó a una sabrosísima leche merengada, mientras él leía concienzudamente el diario ABC apoyando el dedo índice de su mano derecha en la mejilla, con el pulgar debajo del mentón. Además de admirarme semejante uso digital para apoyar la lectura del periódico sobre el velador,  no me admiraba menos el que me procuraba su circunspecta y concentrada actitud, hasta el punto de llegar a creer  que el enfrascamiento en esa lectura podría ser imprescindible para hacerse mayor. Puedo asegurar que cuando salí del café, con no más de ocho o nueve años, me hice el propósito de hacer lo propio en cuanto tuviera el más mínimo interés por los periódicos, como así sucedió no mucho más allá de un lustro cuando empecé a leer el diario deportivo Marca y también el ABC dominical, que publicaba pequeños relatos. Con las noticias de uno y otro elaboraba programas informativos de radio y periodiquillos manuscritos, determinantes para mi provenir profesional. 

Más allá del Alcázar había varios cafés. Recuerdo al menos el nombre de dos, el Manacor y el Express. En este último se reunía años más tarde el que fue mi admirado profesor de Latín e introductor en la música clásica, don Francisco Vizoso,  al que acompañaba entre otros contertulios el director de uno de los diarios locales, cuyo viejo edificio estuvo durante mi niñez en las inmediaciones de ese café y sirvió de escenario a una película bastante olvidada, Jandro, entre cuyas secuencias había alguna que mostraba las noticias del día en unos grandes pizarrones expuestos en el exterior del edificio, como correspondía a la época en la que se desarrollaba la historia. 



Ya casi al final de la calle, y en esa misma acera del periódico decano de la prensa asturiana, se encontraban otros dos cafés que llegué a frecuentar en mi adolescencia literaria. En El Oriental tuve con mis amigos y amigas de ese tiempo tertulias muy prolongadas a costa de un único café con leche y varios vasos de agua. De su interior recuerdo que no pocos parroquianos jugaban al ajedrez y que, cierta tarde de verano que nos cogió una tormenta por los campos, olí la lluvia en el cabello rubio de mi compañera de excursión mientras le recitaba unos versos de Cernuda. También tengo cierta memoria del café Príncipe, que seguía al Oriental. Era mucho más pequeño y en las banquetas altas de la barra estuve sentado con una chica a la que llamábamos Sayonara, quizá por los rasgos achinados de sus ojos, a la que le dije -por sus ojos- que las gafas le estorbaban y poco tiempo después  puso lentillas. 

El segundo gran foco de atracción de nuestro paseo se centraba en la Óptica Covadonga, punto en el que nuestra madres se daban la vuelta por la acerca opuesta al sentir el húmedo soplo del mar procedente del puerto interior, para hacer el correspondiente recorrido  a lo largo de los comercios de esa zona. También en este comercio había una serie de vitrinas con mercadería menuda expuestas a la calle y una serie de escaparates interiores totalmente surtidos de juguetes, a los que se accedía a través de un pasillo. Allí no recuerdo que hubiera maquetas de trenes eléctricos en circulación, pero sí se mostraban diversos modelos expuestos en sus cajas y sobre todo un nutridísimo surtido de muñecas que encandilaban a mi prima. El resto de juguetes, salvo los coches a pedales y los diversos modelos de vehículos en miniatura, apenas merecían mi atención. 

En la esquina de la plaza de Italia con Corrida, viniendo del Muelle después de agasajarnos los ojos con la juguetería de Óptica Covadonga, estuvo durante mucho tiempo la más popular de las zapaterías gijonesas, contra la que nos rebelábamos sin éxito los más pequeños. Segarra, que así se llamaba, vendía los zapatos más resistentes de la ciudad, y también los más baratos. Solo tenían como inconveniente no menor -según explicaban los dependientes cuando los probábamos- que nuestros pies debían hacerse a ellos y no al revés. Por suerte, nuestras madres solían comprarnos el calzado de un número más, por aquello del crecimiento, y eso paliaba en parte la prieta horma de botas, zapatos y sandalias. Una vez que coincidimos Tere y yo en la compra de nuestras respectivas botas, recuerdo haber preferido por estética las de mi prima, que me parecieron más ligeras y blandas, en lugar de la pesadez y marcial hechura masculina de las mías, sin que el dependiente pudiera entender mi inclinación por las suelas de crepé, tras de lo que acaso también se escondiera la que luego sería mi atracción por la zapatería femenina.

Más allá de Segarra, siguiendo por la misma acera, estaban los grandes ventanales del Real Club Astur de Regatas, un edificio clasicista de dos plantas que a mi prima y a mí nos parecía -por su anchos ventanales- una especie de pecera en la que estaban sentados en cómodos sillones, con aspecto muy grave y aburrido, señores o matrimonios de elegante y provecta figura  que se nos antojaban los más ancianos de la ciudad, y cuya pasividad de semblante y hieratismo escénico nos movían a calcular el posible y remoto año de su nacimiento en el pasado siglo, una centuria que se nos antojaba remota. Tere y yo jugábamos a calcular la edad de algunos de aquellos ancianos haciendo un rápido cálculo mental, dando por supuesto un año de nacimiento, restando mentalmente la cifra del año en que vivíamos, con victoria para quien lo dijera antes. 

Fruto de aquellos paseos, y en relación con los escaparates que más nos atraían en las semanas previas a las navidades, fue uno de los pocos sueños recurrentes que tuve por aquellos años y que tiempo después anoté en mi primer diario de la adolescencia, en el que ya pretendí hacer precoz memoria de mi niñez todavía reciente, y de cuyas notas me he valido para redactar algunos detalles de lo escrito. Bien pudo obedecer tal sueño a una circunstancia que se dio en alguna ocasión y de la que guardo muy borroso recuerdo.


Una vez, o quizá varias, vete a saber cuántas, la lluvia -tan frecuente en aquellos inviernos del norte- sorprendió a nuestras madres sin paraguas en el momento en que pasábamos por Navarro Óptico, de modo que no tuvieron más remedio que guarecerse en el vestíbulo del comercio, con todo el tiempo que las nubes quisieron para que nosotros nos extasiáramos  en la observación al detalle de aquel fabuloso tren eléctrico. De aquella oportunidad que nos brindó el cielo y que nos tuvo reclinados en el suelo y con los rostros pegados a la luna del escaparate todo el rato que tanto habíamos añorado, ya fuera comentando cada una de las piezas o en un admirativo silencio, afloró posiblemente la matriz de aquel sueño:

Tere y yo estábamos en pijama dentro del escaparate, con toda nuestras risas y todo nuestro júbilo a la luz llena y radiante que brillaba en el interior. Puede que viviéramos una inusitada mañana de Reyes con churros y chocolate, recién levantados de la cama, los dos descalzos y despeinados, poniendo en marcha una y otra vez los mandos de al menos varios trenes eléctricos que estaban a nuestra disposición y que cada uno manejaba a su gusto para que discurrieran por una extensa maqueta que desbordaba los estrechos límites del escaparate y  ganaba la intemperie entre ríos y montañas. Sí había sin embargo consciencia del espacio cerrado, pues a otro lado del  cristal del escaparate avistábamos la calle del paseo bajo una atmósfera húmeda y oscura, con la gente desfilando por delante del comercio muy abrigada y lentamente, casi a cámara lenta,  sin reparar en nosotros para nada, mientras sobre la lona negra de sus paraguas no dejaba de caer una mansa y permanente lluvia que garantizaba nuestra cálida sensación de prolongada e inseparable permanencia, hecha realidad dentro del mayor de nuestros sueños. El sueño, sin embargo, no acababa muy bien -según las notas de aquel diario- porque cuando nuestras madres nos llamaban con una desaforada impaciencia, desde el otro lado del escaparate, no encontrábamos el camino para salir a su encuentro, como si estuviéramos presos del encantamiento del juego y el retorno  a la realidad fuera tan dificultoso como para despertarme lleno de zozobra.

Cuando hace muchos al años conocí al olvidado y gran poeta extremeño Manuel Pacheco, recuerdo haberlo hecho con la intención de entrevistar a quien había escrito un poema que se ajusta a mi viejo recuerdo de aquella calle de los juguetes. Se trata del  Romance del hombre que buscaba su infancia y me parece de lo más oportuno  para cerrar esta pequeña y algo anublada crónica sentimental que acaso les sirva a los lectores de mi generación para recordar una calle muy afincada en la memoria de nuestra niñez :

Miras la imagen de un niño
que hace mucho se te ha muerto
y lo buscas por la noche
en la luz de tus recuerdos.
Almacenes de consumo
para consumir esfuerzos.
Trabajas mientras consumes
y así te vas consumiendo.
Mueles el trigo del alba
y el trigo del sentimiento
y se te quedan los días
sin agua para beberlos.
El niño recuerda triste
escaparates de un tiempo
que escondían los juguetes
para niños con dinero.
Y hoy te queda la tristeza
de mirar en los espejos
el caballito de palo
del niño que se te ha muerto.

DdA, XVII/4846

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