martes, 24 de marzo de 2020

EL DISPARATE


 Jaime Richart

  Vaya por delante que ya cuento con el contraataque de los “es­colásticos”. Pero en cualquier caso, como todo sin excepción, en este caso, en esta crisis mayúscula humana, compartir o no una opinión o una óptica depende mucho de la edad del obser­vador, pero también depende de hacia dónde y hacia qué, con la cabeza fría y no calenturienta, principalmente se preste atención: si a lo política y a lo coyunturalmente correcto, o a la sensatez y come­dimiento de quienes, ancianos, como es mi caso, no hemos per­dido el juicio, o no ancianos, piensan por su cuenta y sensata y re­flexivamente disienten de la teoría, más bien la excusa, ofi­cial. Sin embargo, salvo quienes están en el vórtice de esta crisis con toda probabilidad provocada, contra este más que probable “golpe magistral” a la economía y a la vida ciudadana, tanto quienes pro­fesamos la moderación y no nos dejamos arrastrar fácilmente por las prácticas subliminales del poder, como los fácilmente sumidos pero por otro lado gustosos de la exagera­ción, de la hipérbole y del escándalo, sentimos la misma “res­ponsabilidad” cívica aun opinando diferente. Si bien estos, en todos los ámbitos pero tam­bién el médico y el epidemiológico, a nuestro juicio y por expe­riencias directas, en lugar de transmitir ordinariamente consola­ción y esperanza al paciente, ignorando neciamente el juramento de Hipócrates parecen disfrutar de haberse quitado de encima voluntariamente la prudencia. Pero tampoco esto es extraño. Al fin y al cabo es el signo, la mentali­dad y la filosofía propios de los tiempos que vivimos. Tiempos sumidos en la hybris –desmesura-, en el aturdimiento y en el an­sia por los cambios. Pues aquí tenéis servido el cambio superla­tivo, el cambio de los cambios, el hachazo a vuestras vidas que os está haciendo temblar…
 
  Dicho lo cual, todo esto es un disparate.  Me temo que tam­bién a nivel mundial. Pero, tal como se lleva, desde luego un disparate del gobierno español. Un disparate, en línea con lo que profusa­mente atañe a la estulticia humana, magistralmente ex­puesto por Erasmo de Rotterdam en su obra inmortal "Elogio de la locura", publicada en 1511.
 
  Si alguien en un recinto grita ¡fuego!, es segura la desbandada de los que se encuentran dentro, aunque el fuego se apague fácil­mente. Eso es lo que ha sucedido en este caso. Al menos en Es­paña. Eso, si, un gobierno antes no ha sido avisado  por los auto­res de este golpe de mano y luego no ha ido corriéndose la voz entre ellos. En todo caso, las meras medidas draconianas adopta­das por el bisoño gobierno español y la instigación per­sistente al pánico que practican los medios de comunicación por un supuesto “deber” de informar del periodismo (digo supuesto, porque para unas cosas es muy diligente y para otras a menudo muy graves, es renuente y se las calla hasta cuando le conviene, pasados a me­nudo muchos años), ha disparado desde los prime­ros momentos la estampida. Principalmente de gente mayor, pero también de débiles mentales, hacia el hospital ante una tos, un moqueo o unas décimas de resfriado. Así, por eso y por no estar preparados para la avalancha indirectamente provocada, se han saturado hasta la bandera todos los centros de salud públi­cos...
 
  Pero en este asunto, como en tantos otros o en todos, está visto, varía muchísimo la percepción del grado del desastre según la óptica del observador y los aspectos en los que repare.  Lo decía al principio. Pues, aparte de que las cifras bailan cons­tantemente en función de la fuente a la que se consulte, en todo caso hay una enorme desproporción entre los contagiados, los ingresados y los fallecidos (en la inmensa mayoría mayores con patologías pre­vias) de este año, y los mismos en temporadas pa­sadas por gripe común más neumonía. Pero también despropor­ción entre las ventajas, léase Altas, y las desventajas, léase con­secuencias en otros aspectos sanitarios colaterales, como son las crisis psicoló­gicas, las mentales y las nerviosas ante el prolon­gado “encierro” sine die. Desproporción y consecuencias  que cuestionan la ido­neidad de lo acordado por los gobiernos auto­ritarios en defensa de la salud de la ciudadanía; poniendo públi­camente sobre el tapete la idea de si no hubiese sido preferible abandonar el resultado a lo de siempre: a la selección natural. Esto, claro está, lo digo como prueba circunstancial, en el caso de que no hubiese trasfondo. Porque eso es lo que nos lleva a la sospecha. Eso es lo que nos hacer ver en todo esto una maniobra minuciosamente calculada. Lo que falta es la respuesta al ¿quid prodest? ¿a quién beneficia?. Y ya sabemos que el neolibera­lismo, es decir, el capitalismo atroz, no conoce la piedad y de­testa el humanismo…

  Porque en lugar de esto, en lugar de haber dejado que la gripe, la neumonía, el virus… hiciesen sus efectos, como siem­pre hasta ayer, acabando con la vida de tantos con enfermedades crónicos que quizá están deseando morir, desde el primer mo­mento, por tierra, mar y aire se ha utilizado el pánico como arma arrojadiza para conseguir no se sabe bien qué; provocándose esa estampida que cualquier psicólogo social, cualquier sociólogo o cualquiera simplemente despejado, hubiera fácilmente previsto. Estampida en la que se incluye la pronta presencia de tantos políticos que se hacen la foto, y a los que se les da el Alta uno o dos días después. Esto, además de los efectos que se irán produ­ciendo a lo largo to­davía de al menos tres semanas más. Inclui­dos los previsibles sui­cidios de los que nada se dirá en los me­dios, ni se contará su día a día. Medidas adoptadas y compor­tamiento de los funcionarios del orden cumpliendo un mandato, que en todo caso empequeñe­cen o anulan la personalidad indivi­dual, perfilándose como ins­trumen­tos al servicio de los propó­sitos de quienes son la “causa de la causa”. Esto, por si no fue­ran muchas y gravísimas las con­se­cuencias  económicas que harán estragos en la vida de millones y millones, antes y después del crash previsto que nos espera al fi­nal del túnel...
 
  Total, todo un magno disparate que si, por un lado, a juicio de los gubernamentales, de los puristas, de los ortodoxos y de los desquiciados,  da lugar a la “conspiraparanoia” de muchos, entre los que me encuentro, por otro incita a calcular la más que se­gura conspiración de los poderes político y económico mundia­les con­tra la población. Movimiento neoliberal orquestado muy proba­blemente por el Club Bilderberg,  la propia Europa y USA para hacerse con las riendas del poder y asentar un ordine nuovo de morfología inimaginable por ahora. Pero en el que el papel mo­neda, por ejemplo, desaparecerá poco a poco o con velocidad de vértigo, además de toda una batería de consecuencias en ca­dena que en estas condiciones de debilidad mental generalizada será mucho más fácil implantar...

DdA, XVI/4444

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