domingo, 1 de diciembre de 2019

ERNESTINA DE CHAMPOURCIN, ENTRE EL CANTO A DIOS Y A LOS MILICIANOS

Félix Población

Acabo de leer -gracias a mi amigo Joaquín- un excelente artículo de María Jesús González Olivar que nos recuerda a una de las poetas más olvidadas de la que dio en llamarse Generación del 27, por el año (1927) en que un grupo de ellos decidió reunirse en Córdoba para celebrar un homenaje al poeta Luis de Góngora. La vida y la obra de Ernestina de Champourcín no tuvo la nombradía de ninguno de los poetas varones que conformaron esa generación. Era una de esas autoras que venía en letra pequeña en los libros de texto.

A Ernestina ese olvido le llegó hasta el año de su muerte, el mismo en el que falleció Rafael Alberti (1999), cuya trayectoria biográfica y extensos y extraordinarios obituarios son sobradamente conocidos, así como la popularidad y honores oficiales de los que gozó al regreso de su exilio en Roma (no así su esposa, la gran escritora Teresa León). Hasta diputado llegó a ser con corbata floreada el autor de Marinero en tierra en compañía de Dolores Ibarruri, La Pasionaria, en las primeras Cortes de la Transición.

Pues bien, en el artículo al que hago referencia (Ernestina Champourcín, la poeta del 27 que reivindicó a Dios) se destaca la personalidad de Champourcin como mujer rebelde, apasionada y moderna, y se recuerda que fue, junto a Josefina de la Torre, la única mujer que otro compañero de generación, Gerardo Diego, incluyó en la edición de su antología española de 1934. 

Aprovechando el interés que me ha procurado ese artículo de González Oliver, quiero citar otro de muy distinto signo en el que se incluyen los cuatro poemas que Champourcín publicó en la revista Hora de España, en diciembre de 1937, bajo el título común de Sangre en la tierra. Este artículo  lo firma el escritor y editor Arturo Villar y aparece esta semana en el número de Crónica popular. De los cuatro poemas inserto este impactante Canto al miliciano desconocido, escrito en versos alejandrinos:
"Bajo el viento y la lluvia tu frente con su signo.
Tu soledad poblada de puños encendidos.
Tus ojos acechando, tus venas en delirio
latiendo con el pulso insomne del destino.
Tus dos pies en la tierra que un sórdido designio
intenta enajenar. Tus pies libres, cautivos
de su afán indomable. ¡Clávalos en el limo
que harás fértil un día y no cedas el sitio
que tus plantas bautizan con el orgullo esquivo
de su inmóvil cansancio! ¡Ya se abre el camino
del alba entre la niebla! ¡Hay un silencio herido
por el heroico esfuerzo con que miles de gritos
sofocan sus clamores! Cerca de ti un gemido
gotea de amargura , y en medio del rocío
va sembrando el dolor su simiente de lirios.
¡Amanecer de muerte sobre los campos fríos!
Bajo el sol que aún no quema sigue tu piel erguida
y en tus manos heladas una visión de siglos
palpita ya hecha carne. ¡Sobre el mundo en peligro
se convierte en aurora la noche que has vencido!”.


                     DdA, XV/4353                  

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