miércoles, 17 de abril de 2019

LA TORTURA, VIOLACIÓN Y ASESINATO DE RICARDA, MAESTRA REPUBLICANA

 Félix Población

Se dice de Ana Ricarda Cobacho Cañete (en la imagen) que fue una mujer culta, esbelta y agraciada que formaba parte una familia feliz. Así lo escribe Francisco Moreno Gómez en su libro ‘1936: el genocidio franquista en Córdoba’. Aparte de regentar una modesta tienda de comestibles, Ricarda hizo de maestra particular en el Centro Obrero Socialista de Jauja (Córdoba). También hizo de escribiente para la gente humilde que no sabía leer y necesitaba redactar cualquier papel para realizar alguna gestión administrativa o quizá también alguna carta sentimental.  Nada se nos dice acerca de la identidad del marido de Ana Ricarda, pero sí que el matrimonio tenía cuatro hijos menores de edad, con el mayor Juan José de catorce años. 

En los primeros meses de la segunda República se cruzó en la vida de la maestra de Jauja el guardia civil de ese puesto Antonio Velázquez Mateo, de 33 años de edad, que enviaba a Ricarda notas amenazantes por haber hecho campaña a favor de la construcción de un grupo de escuelas en el pueblo, para lo que se requería por parte del Ayuntamiento la dotación presupuestaria correspondiente. Esa propuesta se enfrentaba a la que reclamaba la restauración del cuartel de la Guardia Civil, apoyada por los propietarios agrícolas. Ricarda se presentó en la comandancia de Córdoba y denunció al guardia, que fue trasladado por esta razón a Málaga. No olvidemos que la construcción de escuelas fue uno de los propósitos y realizaciones en los que más se ocuparon los primeros gobiernos republicanos, alarmados ante el alto porcentaje de analfabetismo que soportaba la nación, especialmente en las zonas rurales y sobre todo en Andalucía. En un cuatrienio, de 1931 a 1935, el número de maestros nacionales pasó de 37.500 a 50.500.

Desconocemos si al final hubo en Jauja las escuelas que pedía Ricarda o el cuartel reformado al que aspiraban los sectores más conservadores de la localidad, lo cierto es que después del golpe de Estado de julio de 1936, el guardia civil Velázquez se presentó en Jauja y Ricarda se trasladó a Córdoba, acaso en evitación de riesgos. También lo hicieron los hermanos de la maestra, que eran socialistas, mientras que los niños quedaron al cuidado de su padre. La relativa calma que había vivido el pueblo desde el comienzo de la guerra se rompió el 13 de agosto, cuando los falangistas de Lucena tomaron Jauja sin ninguna resistencia. Ningún desorden había ocurrido en el pueblo dureante el mes de guerra bajo el gobierno del Frente Popular. Incluso se había protegido al párraoco, Ildefonso Villanueva. Con todo, la llegada de los golpistas supuso un represión dura en extremo, como lo eran todas durante aquel verano del 36, calificado de sangriento.

Muchos campesinos, hombres y mujeres, fueron detenidos. El cuartel de la Guardia Civil y la antigua Casa del Pueblo socialista se convirtieron en cárceles y una terrible ola de fusilamientos a manos de las “personas de orden” se llevó al menos a 21 vecinos a la tumba en el cementerio, en Lucena y en la vecina Badolatosa. Entre las víctimas figuran los funcionarios Pedro Toledano y Ángel Reyes Zaleones, al que torturaron antes de abatirle en el cementerio.

O no debió tener noticia de esa masacre Ricarda o no tuvo más remedio que regresar al pueblo pasados los primeros meses de la guerra, porque en el mes de octubre la maestra estaba otra vez en Jauja.  Inmediatamente fue arrestada por Velázquez Mateo, que había vuelto a su localidad natal convertido en jefe de requetés. Junto a Ricarda fueron también arrestadas su madre, sus hermanas y una amiga de la familia, Rosalía Ruiz Gabacho, de 62 años, cuyos hijos, también socialistas, estaban huidos de la aldea.

A todas las raparon, las obligaron a tomar aceite de ricino y las torturaron en el cuartel durante cuatro días. Querían que Ricarda desvelara el paradero de sus hermanos Juan y Manuel, afiliados al sindicato socialista UGT, que también habían huido del pueblo. Lo que vino después fue peor. El requeté Velázquez se llevó a Ricarda a una casa de campo, la tuvo varios días encerrada, la torturó, la sometió a un calvario, y acompañado por un guardia apodado El Negro Gandul y los requetés conocidos como El Cota y El Mono, la condujeron al arroyo La Coja. A los pocos días apareció allí su cuerpo, semienterrado y destrozado. Ana Ricarda tenía 36 años y al parecer había sido violada y le habían mutilado los pechos. Encontró su cadáver un conocido de la familia, Vicente Maireles Carrasco, que la acabó de enterrar. El marido enfermó, perdió la razón y murió siete años después. Al hijo mayor, de catorce años, le dieron una paliza. La familia se quedó sin tienda y sin casa, expropiadas por los verdugos. 

Rosalía Ruiz Gabacho, que había soportado el cautiverio y las vejaciones con Ricarda en la cárcel, fue asesinada camino del cementerio, en la calle Pleito, el 5 de novimebre de ese mismo año, al negarse a seguir andando camino del paredón en el que iba a ser fusilada. Su muerte pudo ser también un  nuevo acto de venganza por la huida del pueblo a la zona republicana de su hijo mayor, Francisco Cañete Ruiz, de 36 años, secretario y contador de la UGT entre 1931 y 1934.

Leo que la justicia española dejó sin opciones a Rocío Borrego Cobacho, hija de la maestra republicana torturada, violada y asesinada Ana Ricarda Cobacho Cañete. Tras cuatro años pidiendo en vano la investigación del crimen, el 27 de octubre de 2008 el Tribunal Constitucional desestimó por cuestiones de forma el recurso de amparo presentado por Borrego.

Los nombres de las 21 víctimas mortales de Jauja que hasta el momento están identificadas se pueden consultar en este enlace.

PS. El 2 de junio de 2017 falleció en la citada localidad cordobesa Rocío Borrego Cobacho, hija de Ana Ricarda, que había nacido con la segunda República, en 1931, y tenía cinco años cuando asesinaron a su madre y los pocos bienes de su familia pasaron a manos de sus verdugos, dejando a su familia en la miseria.

"Rocío, junto a sus tres hermanos y decenas de miles de represaliados, vivió la pesadilla de hambre, humillación y desmemoria que los vencedores les habían reservado en el gigantesco campo de concentración en que se convirtió España durante más de 40 años. Rocío superó todas aquellas adversidades, y en la década de los años cincuenta, se unió a Francisco Rodríguez Reyes. Formaron una familia en Córdoba, construyendo al principio una vivienda precaria en las afueras y trasladándose en los años 70 al barrio de la Fuensanta. En aquellas condiciones sacaron adelante once hijos. Rocío es ejemplo de una generación de españolas, aquellas mujeres con todo en contra, sometidas, despojadas de los avances que consiguieron sus antecesoras y que no se recuperarán en muchas décadas. Mujeres que ya ancianas, llegaron apenas a intuir lo que se hizo con ellas y con sus padres. Rocío Borrego Cobacho ha muerto sin saber con certeza que fué del cuerpo de su madre Ana Ricarda Cobacho, pero se va con el cariño indudable de quienes la conocieron y el compromiso de sus sucesores de mantener viva la memoria de lo que sucedió". 
 
Este fue el obituario redactado por la hija de Rocío, Florentina Rodríguez Borrego, ante cuyas palabras sólo cabe sentir respeto y admiración por la memoria de su madre y por la de su abuela asesinada y desaparecida. "Si mi madre no encuentra aquí justicia, la buscaré fuera", había dicho Rocío en una entrevista publicada años antes. Como tantos hijos, hijas, hermanos y hermanas de las víctimas del franquismo enterradas como bestias en fosas y cunetas, la hija de Ricarda falleció sin encontrar la justicia y reparación que merecía su madre. Que los nietos de las víctimas la sigan buscando es una ley de vida que honra su memoria.
 
Ante el caso atroz de Ana Ricarda creo conveniente recordar lo que decía Francisco Giner de los Ríos acerca de la eduación en España: "De todos los problemas que interesan a la regeneración político-social de nuestro pueblo, no conozco uno solo tan menospreciado como el de la educación nacional". Esa reforma educacional importantísima llevada a cabo por la segunda República  concitó, como sostiene José María Maravall, la hostilidad de sectores poderosos de la sociedad española. La Guerra Civil sirvió para que los franquistas eliminaran la educación como escudo y defensa de la República, añade Maravall. El odio de  los estamentos reaccionarios se personificó en Jauja en la figura de ese jefe de requetés, torturador y asesino de una maestra rural, madre de cuatro hijos, apenas iniciado el conflicto armado que daría lugar a una intensa y extensa represión contra el magisterio republicano.
 
(Nota: El Juez Baltasar Garzón dedicó íntegramente el punto decimoquinto de su famoso auto de la ‘Causa contra los crímenes del franquismo’ al caso de Ana Ricarda Cobacho Cañete (págs. 97-117).

Información publicada sobre el caso:

Documentos originales: Arcángel Bedmar. Foro por la memoria. Jueces para la democracia. Cordobapedia. Comisión verdad franquismo.

                DdA, XV/4143                  

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