jueves, 7 de marzo de 2019

LUISA MIRALLES SIENTE ANGUSTIA AL MIRAR HACIA ATRÁS


Félix Población

Son muy contados los momentos en los que la emoción aflora espontáneamente y al desnudo en el siempre corrompido y maquillado mundo de la información/espectáculo que se acostumbra a difundir por los distintos canales de televisión. Los de ayer en El Intermedio de La Sexta, durante la entrevista que Gonzo le hizo en Perpignan a Luisa Miralles, están entre los que no se olvidan. 

Luisa tenía diez años cuando cruzó la frontera con Francia entre aquella muchedumbre de desamparados y desesperados ciudadanos republicanos  que eligieron el camino del exilio para evitar la represión franquista. Tenía, por lo tanto, la suficiente edad para sufrir y recordar esa diáspora durante toda su larga vida, rebasados ya los noventa años de edad. 

Su padre era militante del PSUC, con responsabilidades de alcalde, y hubo de irse porque de lo contrario habría sido fusilado. Luisa y su madre salieron antes del país y durmieron la primera noche en el suelo de una estación. Luego fueron acomodados por unos amigos en su casa, pero enseguida la policía los llevó al campo de concentración de la playa de Argelés-su-Mer, en donde estuvieron entre septiembre de 1939 y abril de 1940. De allí recuerda la solidaridad de los internos (no le faltó la escuela, propiciada por algunas maestras republicanas en un barracón), el frío y el hambre, y haber estado separada de su padre durante esos meses.

Hasta 1958 en que se fueron de París, no se sintió libre su familia, pues su padre -militante comunista- fue perseguido por franquistas, nazis y franceses. Su hija adolescente lo ayudaba en bicicleta a repartir la prensa clandestina durante la Resistencia. 

Cuando le pregunta Gonzo a su entrevista por lo que puede hacer el Gobierno español para reconocer ochenta años después el sufrimiento y las penalidades de los exiliados republicanos en Francia, Luisa Miralles responde que ya nada porque la mayoría han fallecido, pero sí le agradece al reportero la posibilidad de contar la angustia que siente al mirar hacia atrás. Siempre que lo hace, llora, y esta amnésica democracia borbónica no ha hecho más que ignorar ese y otros muchos llantos durante más de cuatro décadas. 

Un día no muy distante Luisa fallecerá en Perpignan (lejos de su país, como Azaña y Machado) y en las escuelas españolas habrá faltado para siempre la voz de esa angustia, que ayer escuchamos decir en El Intermedio que la lucha de su padre por la libertad no es un motivo de orgullo porque aquello fue un deber.

                       DdA, XV/4108                      

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